Punky: El perro que nos encontró 6 #2
68%

6 #2

—Papá...

—¿Qué?

—Déjalo. Ya se lo he dicho yo mil veces. No hay manera.

David levantó la vista de la barbacoa.

—Pues insiste, hijo. La cultura no entra sola.

—Créeme. Lo he intentado.

—Y seguirás intentándolo.

Jonah miró a Billy con resignación.

—¿Ves? Así llevo quince años.

David hizo un gesto con las pinzas, completamente ajeno al drama de su hijo.

—Además, Spielberg hizo Tiburón , E.T. , Indiana Jones , Jurassic Park , Hook , La lista de Schindler ... Si eso no es una educación completa, que venga alguien y me lo explique.

Se quedó pensativo un instante.

—¿Sabíais que fuimos al mismo instituto?

Billy levantó una ceja.

—¿Tú y Spielberg?

—Bueno... técnicamente no coincidimos. Él terminó unos años antes.

—Oeer… ya estamos...

—No quiero fardar —continuó David, señalándose el pecho con las pinzas—, pero los dos estudiamos en Saratoga High. Así que, si Spielberg aprendió algo allí... estadísticamente, yo también.

Barbara pasó por detrás con una ensaladera.

—David...

—¿Qué?

—Llevas treinta años intentando demostrar que estudiaste con Spielberg... y, de momento, lo único que has dirigido es la barbacoa.

Las risas estallaron alrededor de la mesa.

Incluso algunos de los niños que seguían enfrascados en la guerra entre Terminator y Darth Vader acabaron riéndose sin saber muy bien por qué.

David Kaplan aceptó el éxito con un leve gesto de cabeza, exactamente igual que un profesor satisfecho con una lección especialmente brillante.

Punky iba de un grupo a otro con la tranquilidad de quien se sabía invitada de honor.

Saludaba a unos, aceptaba alguna caricia de otros y, de vez en cuando, se detenía delante de alguien que sostuviera un plato con esa paciencia infinita que solo tienen los perros absolutamente convencidos de que, tarde o temprano, el ser humano acabará compartiendo la comida.

Billy contempló aquel pequeño caos. Los niños corrían de un lado para otro, David seguía impartiendo clases de historia junto a la barbacoa y Punky paseaba entre los invitados como si llevara toda la vida viviendo allí. Billy tuvo la absurda sensación de que aquella tarde podía durar para siempre.

Entonces la vio.

Dolores acababa de salir al porche con una bandeja de vasos entre las manos y Billy tardó un momento en reconocerla.

Llevaba el pelo recogido de una forma distinta a la habitual, unos guantes largos que parecían haber pertenecido a otra época y un vestido rojo que daba la impresión de haber vivido bastantes fiestas antes de acabar en sus manos.

—Vaya...

—¿Qué? —preguntó al ver que no dejaba de mirarla.

—Vas de Rita Hayworth.

Dolores dejó la bandeja sobre una mesa cercana y arqueó una ceja.

—Eres el segundo que me lo dice. La señora Kaplan también estaba convencida.

—Entonces no iba tan desencaminada.

—Pues vais los dos igual de desencaminados. Voy de Lauren Bacall. ¿No sabes quién es?

—No... aunque suena importante.

—Lo era.

—¿Era jedi?

—¿Yodi qué? William... me sorprende que no sepas quien era Lauren Bacall.

—Y a mí me preocupa que tú no sepas lo que es un…

—¡Atención, ciudadanos de Riverbend!

Jonah irrumpió en el porche con los brazos abiertos, dispuesto a recibir una ovación.

O, al menos, una versión bastante discutible de Indiana Jones irrumpió en el porche.

El sombrero le bailaba sobre la cabeza, la chaqueta parecía pertenecer a alguien bastante más alto y una serpiente de plástico asomaba por el bolsillo con la etiqueta todavía colgando.

—Bienvenidos al mayor acontecimiento social del año.

—Jonah, una pregunta...

—Billy, retírala.

—¿Qué? Si todavía no la he hecho.

—Precisamente por eso. Sé perfectamente cuál va a ser.

Billy no pudo contener la sonrisa.

—¿Qué se supone que eres?

—¡Indiana Jones!

—Pues yo veo a un vaquero que ha perdido una pelea con una tienda de disfraces —sentenció Dolores tras observarlo un momento.

—Pero si esto es ropa de aventura.

—Pues que sepas que tu aventura todavía lleva la etiqueta puesta.

Jonah bajó la vista y descubrió el cartoncito balanceándose junto al cuello de la serpiente. Se quedó mirándolo un segundo y recuperó enseguida toda la dignidad que la situación permitía.

—Forma parte del personaje.

—¿La etiqueta?

—Es una serpiente... comercialmente disponible.

Billy ya no pudo contener la risa.

—¿Autorizada por quién?

—Por el sindicato internacional de serpientes de plástico.

—Qué pena…que el presupuesto no diera para una con convenio.

—Reíos, reíos... cuando encuentre el Arca de la Alianza os vais a arrepentir los dos.

En ese momento Punky apareció desde algún rincón del jardín convencida de que cualquier carcajada colectiva requería su presencia.

Subió los escalones de dos brincos y se lanzó sobre Jonah con el entusiasmo de un proyectil blanco.

El sombrero fue lo primero en salir volando; después desapareció el látigo y, un instante más tarde, la serpiente aterrizó sobre el césped mientras su dueño retrocedía hasta chocar de espaldas contra la pared del porche, atrapado bajo una Chewbacca empeñada en lamerle la cara con un entusiasmo difícil de justificar.

—¡Billy! ¡Haz algo!

—Eso te pasa por faltar al respeto a los wookiees.

—¡No he faltado al respeto a nadie!

—La has llamado comercial.

—¡Pero lo decía como un cumplido!

Dolores ya apenas podía contener la risa. Jonah consiguió rescatar el sombrero justo cuando la voz de Barbara Kaplan llegó desde el interior de la casa.

—¡Que nadie se muera antes de la tarta! ¡No pienso fregar otra vez!

Jonah cerró los ojos mientras intentaba apartar el hocico de Punky con una mano y levantaba la otra hacia el techo.

—¡No prometo nada!

La tarde siguió con esa lógica extraña. Las cajas de pizza empezaban a amontonarse sobre las mesas, los vasos de refresco aparecían en los lugares más improbables y, cada pocos minutos, nacía una discusión nueva. La última había estallado junto a la barbacoa.

—Freddy Krueger da mucho más miedo.

—Ni de broma.

—Se mete en tus sueños.

—Darth Vader tiene la Fuerza.

—Freddy lleva cuchillas en los dedos.

—Vader te corta una mano.

—Pues no te duermas.

—Eso es hacer trampas.

David Kaplan llevaba un rato escuchándolos mientras daba la vuelta a las hamburguesas. Al final levantó la vista con la tranquilidad de quien estaba a punto de resolver el debate de una vez.

—Os equivocáis todos.

Los niños se callaron.

—Ay, no... ya viene otra vez.

David señaló a todos con las pinzas.

—El que da más miedo es el tiburón.

—¡Papá! ¿Cómo va a dar más miedo un tiburón?

—¡Si vive en el agua!

—Precisamente por eso. Pensadlo un momento. Vosotros vais a la playa dos semanas al año. Él lleva allí todo el tiempo esperándoos. Además... el cuerpo humano es casi un setenta por ciento agua. Técnicamente, un tiburón ya vive bastante cerca de vosotros.

—Papá... eso no tiene absolutamente ningún sentido.

—Pues explícame tú por qué os ducháis con la puerta cerrada.

Mientras seguía defendiendo su teoría, David no dejó de dar la vuelta a las hamburguesas.

Una de ellas resbaló de las pinzas y desapareció antes siquiera de tocar el césped.

Frunció el ceño al ver desaparecer la hamburguesa.

Bajó la vista hacia la parrilla y volvió a levantarla casi al instante.

Punky ya estaba masticándola con una tranquilidad insultante.

Billy habría jurado que un segundo antes seguía al otro lado del jardín.

Jonah señaló a la perra con una sonrisa de absoluta suficiencia.

—Habéis visto. La he entrenado yo.

—Ni tú te crees eso.

—¿Cómo que no? La paciencia exige sacrificios.

— Pues la paciencia acaba de comerse mi cena.

Punky terminó el último bocado, movió la cola y se alejó sin volver la vista atrás.

—¿Tambien la has enseñado a robar?

— Noooo … técnicamente no ha sido un robo.

—¿Ah, no?

—Si una hamburguesa toca el suelo... pasa a ser de Punky. Lo dice la ley.

Billy dejó de escucharlos casi enseguida.

Barbara Kaplan acababa de enzarzarse con Dolores en una conversación sobre un puñado de nombres del cine clásico que él sospechaba que jamás conseguiría colocar en la cara correcta.

Seguía intentando averiguar quién demonios era Lauren Bacall cuando, casi sin darse cuenta, volvió la vista hacia Punky.

Seguía junto a la valla, inmóvil, con la cabeza levantada y las orejas orientadas hacia las últimas casas de Riverbend.

Un trueno rodó muy lejos, amortiguado entre las nubes, pero nadie pareció prestarle atención.

Los niños seguían discutiendo alrededor de la barbacoa, David continuaba defendiendo la superioridad de Tiburón mientras daba la vuelta a las hamburguesas y Barbara no había dejado de hablar ni un instante.

Punky tampoco se movió. Giró despacio la cabeza hacia Billy y volvió a mirar al horizonte. Él todavía no alcanzaba a oír nada, pero conocía demasiado bien aquella manera de quedarse inmóvil para no entender que la perra había detectado algo mucho antes que cualquiera de ellos.

El segundo trueno llegó unos instantes después, más grave y mucho más cercano.

Punky abandonó la valla sin prisa, cruzó el jardín y fue a detenerse junto a Billy.

No pidió nada. Se limitó a apoyar el costado contra su pierna, como si hubiera decidido que aquel era el mejor sitio para esperar a que pasara la tormenta.

—¿Qué pasa William? ¿Ha visto una ardilla?

—No… tormenta.

Otro trueno hizo vibrar los cristales de la casa y Punky se apretó un poco más contra él.

—No las soporta.

—Pobrecilla...

Barbara Kaplan apareció entonces con una manta doblada bajo el brazo. Billy nunca supo de dónde salían tantas mantas en aquella casa. Le daba la impresión de que Barbara tenía una escondida en cada habitación por si el mundo decidía enfriarse de repente.

—Ven aquí, cielo.

Punky permaneció completamente quieta mientras Barbara le colocaba la manta sobre el lomo y le daba un par de palmadas cariñosas.

—Nunca le han gustado las tormentas —explicó Billy.

—Ni las aceitunas negras —añadió Barbara sin dejar de acariciarla.

—Ni los sótanos —aportó Jonah alzando la voz desde la barbacoa.