Punky: El perro que nos encontró 6
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El cumpleaños de Jonah Kaplan cayó en sábado. Jonah pasó toda la semana convencido de que aquello demostraba, sin ningún género de dudas, que el universo tenía favoritos.

—No digo que Dios me quiera más que a los demás —anunció el viernes, durante el almuerzo, mientras atacaba una montaña de patatas fritas con la determinación de quien acababa de sobrevivir a una guerra—, pero mi cumpleaños cae en sábado. Vosotros sacad vuestras propias conclusiones.

—El año pasado cayó en martes —le recordó Billy sin levantar la vista de la bandeja.

—Un martes también es aceptable.

—Pero si llorabas cuando nos pusieron examen de matemáticas.

—No lloré. Sudé por los ojos.

Dolores dejó el tenedor sobre la bandeja.

—De verdad... no sé qué es peor.

La señora Kaplan llevaba años organizando cada cumpleaños alrededor de un tema distinto.

Nadie recordaba habérselo pedido nunca, pero aquello nunca había parecido preocuparle demasiado.

El verano anterior decidió que todos debían disfrazarse de músicos famosos, una ocurrencia que provocó varios días de discusiones perfectamente inútiles sobre quién merecía realmente semejante categoría.

El señor Kaplan apareció convertido en Bob Dylan; la señora Kaplan eligió a Barbra Streisand y Jonah pasó media fiesta intentando convencer a cualquiera que se acercara lo suficiente de que su disfraz de Weird Al Yankovic era una obra maestra incomprendida.

Billy fue de Billy Joel. O, al menos, esa había sido la intención de Rick.

Le colgó del cuello un cartel donde ponía JOEL con letras enormes, encontró un pequeño teclado de juguete en una tienda de segunda mano y dio el asunto por resuelto con la satisfacción de quien acababa de solucionar un problema muy serio.

—Si alguien pregunta, dices que eres Piano Man. —Le dio un par de golpecitos al teclado de juguete—. Mira, hasta llevas piano incorporado.

—¿Y si no lo entienden?

—Pues les dices que eres un chico con un piano. Si aun así no lo pillan... tampoco merece la pena hablar con ellos.

Billy nunca supo si alguien entendió el disfraz.

Aquel año, en cualquier caso, la señora Kaplan había decretado que la fiesta estaría dedicada al cine. Jonah sostenía que aquello no era un cumpleaños, sino una humillación pública cuidadosamente organizada para arruinar su reputación. Su madre prefería llamarlo cultura.

—Si vais a poneros de azúcar hasta las orejas... —había sentenciado unos días antes mientras sacaba una bandeja de brownies del horno—, al menos hacedlo con un mínimo de educación cinematográfica.

Cuando Billy dobló la esquina de Birch Lane ya podía oír la radio del jardín de los Kaplan.

La fiesta llevaba un buen rato en marcha.

Había niños corriendo entre los árboles del jardín, una radio sonando junto a la barbacoa y suficientes bicicletas tiradas sobre el césped como para pensar que medio Riverbend había llegado pedaleando.

Del porche colgaban unas guirnaldas improvisadas y, desde el interior de la casa, escapaba el olor de las pizzas que, según la señora Kaplan, solo pensaba sacar «cuando la gente empezara a comportarse como salvajes», una expresión que en aquella casa ya tenía traducción: quedaban unos diez minutos para cenar.

La propia señora Kaplan defendía que una fiesta sin música era simplemente gente comiendo de pie. También tenía opiniones igual de firmes sobre prácticamente cualquier otro asunto conocido por la humanidad.

—¡Han Solo!

Billy apenas había cruzado la verja cuando el señor Kaplan apareció junto a la barbacoa blandiendo unas pinzas con la solemnidad de un caballero medieval.

—¡Mira nada más! —exclamó señalándolo con las pinzas—. Este año has venido preparado.

—Intento estar a la altura.

—Bah... lo vas a tener difícil.

Solo entonces Billy se fijó en el disfraz.

El señor Kaplan se había propuesto convertirse en Darth Vader y, aunque el entusiasmo había sido enorme, el presupuesto había dicho basta mucho antes.

La máscara le bailaba sobre la cabeza, la capa le quedaba varios centímetros corta y la armadura de plástico libraba una batalla desigual contra una barriga que llevaba demasiados años negándose a obedecer al Imperio.

—Y eso que todavía no has visto a mi copiloto. —Señaló el jardín con las pinzas de la barbacoa.

Punky apareció trotando entre un grupo de niños que intentaban seguirle el ritmo sin demasiado éxito y Billy no pudo evitar sonreír.

La idea había sido de Rick; la ejecución, de Dolores.

Él se había limitado a sujetar a la perra mientras los otros dos discutían detalles que Punky consideraba completamente irrelevantes.

El resultado era una versión sorprendentemente convincente de Chewbacca: un cinturón cruzándole el lomo, varias tiras de pelo sintético alrededor del cuello y aquella expresión de paciente resignación con la que parecía soportar cualquier cosa siempre que hubiera comida al final de la experiencia.

Barbara Kaplan apareció en el porche con una bandeja entre las manos. Llevaba el pelo recogido como Carrie Fisher y una túnica blanca que, a juzgar por el estampado que asomaba en el dobladillo, probablemente había tenido otra vida como cortina.

—Espera un momento... —se quedó mirando a Punky unos segundos antes de echarse a reír—. ¿Es... Chewbacca?

Punky movió la cola al oír su nombre artístico y movió la cola como si realmente supiera que hablaban de ella.

—¿Ves? —David levantó las pinzas como si aquello demostrara algo importantísimo—. Ella sí entiende de cine.

—Ella entiende de salchichas. —Barbara dejó la bandeja sobre la mesa sin dejar de sonreír—. Llámala "croqueta" y verás cómo también viene.

Como para demostrar que tenía razón, Punky abandonó el porche y se acercó enseguida a un grupo de invitados que sostenían platos de papel.

Caminaba entre ellos con la seguridad de una estrella recorriendo una alfombra roja, convencida de que, tarde o temprano, alguien terminaría perdiendo un trozo de pizza por puro accidente.

Billy bajó la vista hacia el chaleco de Han Solo y no pudo evitar acordarse de su padre.

—No sabía que te gustaba Star Wars .

—Claro ¿ Y tú como sabes de que voy?

—Todo el mundo sabe quien es Han Solo hijo.

Y Rick volvió a lo suyo.

—¡Entrad, entrad! —los llamó el señor Kaplan desde la barbacoa mientras hacía girar las pinzas entre los dedos con mucho más entusiasmo que habilidad—. ¡Y recuerda! Usa la Fuerza con la puerta.

—¿Qué?

—Para entrar. —señaló la puerta con las pinzas y sonrió satisfecho de sí mismo—. Ciérrala... con “fuerza”.

Jonah apareció entonces en el porche con un sombrero de Indiana Jones calado hasta las cejas y un látigo de juguete colgando del cinturón.

—Lleva dos horas así.

—Y todavía me quedan muchas.

—Papá... No tiene gracia.

—Eso lo dirás tú.

—Lo dice todo el mundo.

—Pues todo el mundo se equivoca.

—No le hagas caso. —Barbara señaló a su marido con la cuchara de madera—. Desde la una del mediodía intenta estrangular niños con la Fuerza.

—Y he tenido bastante éxito.

—Cariño... has vuelto a asustar al cartero. —Barbara negó divertida con la cabeza antes de mirar a Billy—. Por cierto, este año estás mucho mejor. Aunque… todavía sigo sin entender el disfraz del año pasado.

—¡Como que no? ¡Era buenísimo! —levantó las pinzas antes de que Billy pudiera abrir la boca—. Iba de Billy Joel.

—No iba de Billy Joel.

—Claro que sí. Llevaba un cartel enorme que ponía JOEL.

—David... ponía JOHN.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí. Elton John.

—¿Y el piano?

—¿Qué pasa con el piano?

—Pues que llevaba un piano.

—David... Elton John también toca el piano.

—Bah... era Billy Joel.

—David...

—Billy Joel.

Jonah se acercó a Billy sin apartar la vista de sus padres.

—Llevan casi un año con esta discusión.

—Lo sé.

—Y ninguno va a ganar.

Billy sonrió.

—Eso también lo sé.

Los dos permanecieron un momento observándolos.

Barbara gesticulaba con la cuchara de madera mientras David respondía agitando las pinzas de la barbacoa como si estuvieran debatiendo el futuro del país en lugar del piano de Elton John.

Nadie habría dicho que discutían. Parecía una conversación que llevaban tantos años repitiendo que ya formaba parte de la casa, igual que las fotos del pasillo o el olor a brownies cuando Barbara se metía en la cocina.

Junto a la mesa donde se amontonaban las bolsas de patatas, los refrescos y varias fuentes que Barbara Kaplan había prometido vigilar de cerca antes de olvidarse por completo de ellas, un grupo de niños mantenía una discusión cuya intensidad habría resultado más apropiada para una reunión de la ONU.

—Terminator gana.

—Ni de broma. Darth Vader tiene la Fuerza.

—Ya... pero Terminator lleva una escopeta.

—La Fuerza para las balas.

—Eso era en Matrix .

—¿Y quién te dice que Neo no era un Jedi?

Billy pasó junto a ellos justo cuando otro niño decidió aportar su teoría.

—Además, Terminator viaja en el tiempo.

Uno de los mayores resopló con absoluta seguridad.

—Pues Darth Vader vive en una galaxia muy, muy lejana. Es casi lo mismo.

La discusión amenazaba con sobrevivir al verano cuando Barbara apareció con una bandeja de refrescos apoyada sobre la cadera. Se quedó escuchándolos unos segundos antes de negar despacio con la cabeza.

—Vosotros… lleváis diez minutos discutiendo unas reglas que alguien se inventó.

—Precisamente por eso son importantes.

Barbara los miró unos segundos, fingiendo que se lo pensaba de verdad.

—Pues... visto así...

—...sigue sin tener ningún sentido. Los Connor son infinitamente mejores que los Skywalker.

Mientras tanto, David Kaplan aprovechó que nadie le prestaba atención para levantar la tapa de la barbacoa. Examinó las hamburguesas, les dio la vuelta con las pinzas y, sin apartar la vista de las brasas, señaló a Billy.

—Oye, Han Solo... ¿Sabías que Hollywood existe gracias a los judíos?

—Pues... no exactamente.

—Eso es porque en el instituto os enseñan fatal. Los hermanos Warner eran judíos. Louis B. Mayer también. Spielberg. Billy Wilder. Mel Brooks... Si te descuidas, media historia de Hollywood la levantaron ellos.