5 #2
Walter dejó la correa en el suelo con toda la calma del mundo. El perro siguió el movimiento con la mirada. Después miró a Walter, volvió a Billy y repitió el mismo recorrido, incapaz todavía de decidir cuál de los dos podía hacerle daño.
La cola volvió a moverse.
Billy dio un paso más y se acuclilló frente a él.
—Hola, chico...
Ahora podía verlo mejor. Las pequeñas cicatrices alrededor del hocico, una vieja lesión en la pata delantera y algunos mechones de pelo apelmazado bastaban para entender que no había tenido una vida fácil. Pero fueron los ojos los que hicieron que Billy dejara de mirar el resto.
Conocía aquella mirada.
La había visto otras veces: al otro lado de una mesa de interrogatorios, en una sala de urgencias o frente a un psicólogo después de una declaración. Personas que habían vivido tanto tiempo con miedo que ya no sabían cómo dejar de tenerlo.
—Sí... ya sé. —Billy dejó escapar el aire despacio sin apartar la vista del perro.
La punta de la cola volvió a balancearse apenas unos centímetros.
Walter seguía apoyado contra la pared, sin decir una palabra. Siempre había sido así. Prefería quedarse atrás y dejar que las cosas encontraran su sitio solas, igual que años atrás, cuando tres chavales aparecían por la comisaría con mapas, teorías imposibles y una perra convencida de llevar placa.
El empleado observó al perro unos segundos antes de sonreír.
—Tiene buena mano con ellos.
—No le infles el ego —refunfuñó Walter—. Ya tiene bastante.
—Lo digo en serio. No suele acercarse a nadie.
Billy extendió la mano despacio. El perro permaneció inmóvil unos segundos, observándolo desde el fondo de la jaula. Olfateó el aire y avanzó con cautela, primero un paso y después otro, como si siguiera esperando que, en cualquier momento, algo pudiera salir mal.
Cuando la nariz húmeda rozó por fin sus dedos, nadie dijo una palabra.
—Ya está. —Walter rompió el silencio sin apartar los ojos del perro.
—¿Ya está qué?
—Que ya te ha adoptado.
—Eso no funciona así.
—Claro que funciona así. —Walter señaló al perro con la barbilla—. Vosotros siempre os creéis que sois los que elegís.
El empleado abrió del todo la puerta de la jaula. El perro tardó unos segundos en decidirse. Miró la salida, volvió la cabeza hacia Billy y dio el primer paso. La correa se arrastraba detrás de él mientras avanzaba despacio, sin perderlo de vista.
Billy estaba convencido de que, en cuanto cruzara la puerta, buscaría el primer rincón donde esconderse.
Pero no.
Siguió caminando hasta detenerse a su lado. El costado terminó rozándole la pierna y se quedó allí, quieto, sin pedir nada.
Billy bajó la vista. La oreja doblada, las costillas marcándose bajo el pelaje y aquellos ojos que todavía desconfiaban de todo le recordaron demasiado a algunas personas que había conocido a lo largo de los años.
—Eso espero. —murmuró Billy mientras le acariciaba el cuello.
—Además...
—¿Qué?
El sheriff hizo un leve gesto hacia el perro.
—A Claire le gustará.
Walter carraspeó, levantó la mano vendada con gesto de fastidio y recuperó enseguida el tono de siempre.
—Y ahora llévate a este desgraciado, muchacho, antes de que decida morderme la otra.
Billy sonrió y, unos minutos después, los dos cruzaban el aparcamiento bajo un cielo gris que amenazaba lluvia. El viento arrastraba olor a tierra mojada y asfalto húmedo cuando abrió la puerta trasera del coche y dio un par de palmadas sobre el asiento.
—Vamos.
El perro se quedó quieto. Miró el interior del coche, después a Billy y otra vez al asiento trasero, con esa expresión cautelosa de quien seguía convencido de que, en alguna parte, tenía que esconderse el truco.
—No me hagas esto. —Billy dio un par de golpecitos sobre el asiento—. Mira qué sitio más bonito. Amplio, cómodo... y oficialmente homologado para perros.
Ni se movió.
—Te prometo que no es una trampa.
El perro continuó observándolo con idéntica desconfianza mientras la llovizna empezaba a oscurecer el asfalto. Permanecieron así unos segundos, cada uno esperando que cediera el otro, hasta que Billy acabó resoplando, cerró la puerta trasera, rodeó el coche y abrió la del copiloto.
—Está bien. Haz lo que quieras.
Apenas terminó la frase, el perro subió de un salto al asiento delantero con absoluta naturalidad, como si aquella hubiera sido la única opción razonable desde el principio y el único que hubiera tardado en comprenderlo fuera Billy.
—Claro... —murmuró mientras rodeaba el coche—. Debí imaginarlo.
Cuando se sentó al volante, el animal ya había dado un par de vueltas sobre sí mismo y descansaba junto a la ventanilla, observando el exterior con la serenidad de quien llevaba ocupando aquel sitio toda la vida.
Billy arrancó y, durante los primeros minutos, solo se oyó el ir y venir de los limpiaparabrisas marcando un ritmo lento sobre el cristal mientras Riverbend desfilaba al otro lado entre árboles todavía desnudos, jardines embarrados y las primeras señales de una primavera que empezaba a abrirse paso.
El perro alternaba breves miradas hacia la carretera con otras dirigidas a Billy, atento a todo cuanto ocurría a su alrededor.
Al detenerse en un semáforo, Billy volvió la cabeza un instante hacia el asiento del copiloto. Había algo familiar en aquella forma de mirar. En esa prudencia con la que parecía medirlo todo antes de dar un paso más. Cuando el disco cambió a verde, sonrió para sí.
—Bueno... creo que vas a encajar perfectamente en esta familia.
La cola golpeó una vez el asiento y Billy reanudó la marcha con la sensación de que aquella respuesta era más que suficiente.