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La radio sonaba baja mientras Billy conducía por la carretera secundaria que salía de Riverbend.
Era una de esas canciones que parecían haber existido siempre, de las que uno acababa escuchando en supermercados, gasolineras, fiestas de instituto o coches ajenos sin recordar nunca la primera vez.
La dejó sonar unos segundos, contemplando los campos todavía salpicados de nieve sucia entre la hierba húmeda, y cambió de emisora justo antes del estribillo.
Una voz ocupó el silencio del coche.
—...las autoridades han confirmado esta mañana la muerte de Theodore Kemp, conocido durante décadas como el Domino's Killer. Fuentes del hospital indican que Amy Gallagher continúa recuperándose favorablemente y podría recibir el alta definitiva en las próximas semanas...
Billy apagó la radio.
El motor siguió zumbando con monotonía mientras las ruedas levantaban pequeñas cortinas de agua sobre el asfalto mojado.
A ambos lados de la carretera la primavera empezaba a abrirse paso con la misma cautela con la que siempre llegaba a Riverbend.
Entre los brotes nuevos aún resistían algunos montones de nieve ennegrecida, las granjas volvían poco a poco a la actividad y, de vez en cuando, el aire que entraba por la ventanilla traía olor a tierra mojada.
Apoyó una mano sobre el volante y dejó que la carretera siguiera haciendo su trabajo.
Theodore Kemp había muerto.
Amy seguía viva.
No intentó pensar demasiado en ninguna de las dos cosas. Había noticias que uno no entendía del todo hasta haber conducido un buen rato.
La perrera apareció al final de la misma carretera estrecha de siempre, apartada del pueblo, rodeada de vallas metálicas y un terreno embarrado que el deshielo todavía no había terminado de secar.
Billy levantó el pie del acelerador casi por instinto.
Riverbend había cambiado mucho desde entonces.
La vieja comisaría donde había pasado media infancia ya no existía; unos años atrás la habían sustituido por un edificio más grande y moderno, al otro lado del pueblo.
La perrera, en cambio, seguía exactamente donde la recordaba, como si allí el tiempo hubiera pasado un poco más despacio.
Hacía años que no entraba en una perrera.
En realidad, llevaba tanto tiempo evitándolas que había dejado de ser una decisión consciente.
Simplemente cambiaba de acera, buscaba otro camino o daba un pequeño rodeo con el coche, igual que uno evita pasar la lengua por una muela rota porque sabe exactamente dónde va a doler.
Aparcó frente al edificio y comprendió que era la primera vez, desde Punky, que volvía a cruzar la verja de una perrera.
Permaneció unos segundos con las manos apoyadas sobre el volante mientras contemplaba las jaulas exteriores y los pequeños patios embarrados donde varios voluntarios paseaban perros de un lado a otro.
Todo seguía prácticamente igual.
La misma pintura beige seguía cubriendo las paredes. Ni siquiera eso parecía haber cambiado, como si alguien hubiera decidido muchos años atrás que aquel era el color oficial de la tristeza.
Un ladrido rompió el silencio. Casi al instante respondió otro, luego varios más, hasta que toda la perrera quedó envuelta en aquel coro desordenado que Billy habría reconocido con los ojos cerrados.
Solo entonces abrió la puerta del coche.
El aire olía a lluvia reciente y a barro removido. Conforme se acercaba al edificio fueron apareciendo otros olores, mucho más antiguos para él: pienso, lejía y serrín mojado. Habían pasado muchos años, pero seguían exactamente donde los había dejado el recuerdo.
La campanilla de la recepción tintineó al abrir la puerta.
Detrás del mostrador, un hombre de poco más de cuarenta años levantó la vista de un viejo ejemplar de Cujo . La cubierta tenía las esquinas dobladas y el lomo estaba tan castigado que apenas dejaba leer el nombre de Stephen King.
—¿Puedo ayudarle... o viene a sacar a alguno de estos sinvergüenzas? —preguntó con una media sonrisa.
—Vengo por uno de los perros del caso Kemper.
El hombre dejó el libro sobre el mostrador antes de que Billy terminara la frase.
—¿Los de la casa del Domino's Killer?
Billy asintió.
—Uno ha tenido suerte. El otro... bueno, digamos que no está teniendo su mejor semana.
—¿Por qué? —preguntó, echando un vistazo al pasillo.
—Porque mordió a un agente durante la operación. —El hombre se encogió de hombros mientras abría la puerta del mostrador—. En cuanto oyen "ha mordido a un policía", desaparecen más rápido que una salchicha delante de un labrador.
—Normal. Después de lo que habrá vivido ese animal, probablemente yo tampoco me acercaría demasiado a la gente.
Una media sonrisa asomó en la cara del empleado.
—Eso mismo dijo el sheriff.
—Pues ya empiezo a hacerme mayor. Repito las mismas tonterías que el viejo.
El hombre sonrió por primera vez. Rodeó el mostrador con la calma de quien ya no tenía prisa por llegar a ninguna parte y señaló el pasillo.
—Espere aquí. Voy a buscarlo.
La puerta metálica se cerró a su espalda y los ladridos cambiaron de inmediato.
Allí dentro rebotaban contra las paredes, mezclándose con el tintineo de las correas, el golpe seco de alguna puerta y las voces apagadas de los voluntarios.
Unos ladraban con una alegría casi desesperada; otros lo hacían por pura costumbre, como si insistir fuera la única manera de recordar que seguían allí.
Billy apoyó un hombro contra la pared y dejó vagar la vista por el pasillo.
Por un momento creyó volver a oír otra cola golpeando una puerta metálica con aquella energía imposible que tan bien conocía.
Bastó ese sonido para que regresara la vieja incomodidad que siempre lo esperaba al otro lado de la verja de una perrera.
Una voz grave sonó al fondo del pasillo.
Billy sonrió antes incluso de verlo. Los pasos se acercaban con un ritmo que habría reconocido en cualquier parte.
Walter apareció al doblar la esquina. Los años le habían robado algo de altura, las canas ya habían conquistado casi toda la cabeza y la venda seguía envolviendo parte de la mano izquierda.
Aun así, caminaba con la misma mezcla de cansancio y resignación gruñona que parecía venir de serie con la placa.
—Vaya... —gruñó Walter, echando un vistazo alrededor antes de detenerse frente a él—. ¿Por qué será que no me sorprende encontrarte aquí?
—A mí me sorprende más encontrarte a ti.
—Bah... —Walter levantó la mano vendada como quitándole importancia—. Es lo que pasa cuando uno deja que le muerda un perro.
—Eso pasa cuando uno mete la mano donde no debe.
—Bah... Ya veo de qué lado estás.
—Para eso están los compañeros ¿no?
Una sonrisa amenazó con asomar bajo el bigote del viejo sheriff, pero desapareció casi al instante.
En ese momento regresó el empleado.
—Ya está listo.
—¿Tan rápido?
—Llevaba diez minutos escondido detrás de un cubo. —Se ajustó las gafas con un dedo—. No ha sido precisamente una persecución legendaria.
—Qué pena... Tenía ganas de correr.
— Walter... a tu edad es mejor que no corras. Que luego el que tiene que escuchar tus quejas soy yo.
—A mi edad... —hizo un gesto cansado con la mano—. Es mejor que no haga muchas cosas.
—Eso llevas años diciéndolo. —El empleado resopló con resignación mientras echaba a andar—. Venid, os lo enseño.
Echaron a andar detrás de él. A medida que se internaban en la perrera, los ladridos parecían cerrarse sobre ellos.
Algunos perros corrían hasta los barrotes en cuanto detectaban movimiento, moviendo la cola con una esperanza difícil de sostener demasiado tiempo; otros permanecían al fondo de las jaulas, inmóviles, limitándose a observar cómo pasaban.
El tintineo de las correas, los bebederos golpeando las rejas y aquel coro desordenado de ladridos componían una banda sonora que Billy no había escuchado en años y que, sin embargo, seguía reconociendo al instante.
Walter caminaba unos pasos por delante cuando habló sin volver la cabeza.
—Sigues odiando las perreras.
—Nunca conseguí acostumbrarme. —Billy ni siquiera apartó la vista de las jaulas.
—Lo sé.
No volvieron a hablar hasta llegar al final del pasillo. El empleado abrió una puerta metálica y se apartó.
—Bueno, campeón... tienes visita.
Miró al interior de la jaula. Al principio solo distinguió una manta arrugada, un cuenco metálico apoyado contra la pared y un rincón devorado por las sombras. Pensó que el perro seguía escondido, hasta que dos ojos aparecieron al fondo sin apartarse de ellos.
Permanecieron inmóviles unos segundos. Después asomó el hocico. Luego una oreja doblada hacia delante y, por último, el resto del cuerpo, avanzando con una cautela casi dolorosa.
Era bastante más pequeño de lo que había imaginado.
Bajo el pelaje se adivinaban las costillas y caminaba despacio, como si todavía esperara que cualquier movimiento pudiera traer consecuencias.
Billy había visto aquella expresión demasiadas veces.
No en perros, sino en personas que llevaban tanto tiempo viviendo con miedo que acababan pidiendo permiso incluso para ocupar un poco de espacio.
Casi sin darse cuenta dio un paso hacia la puerta y se agachó lo justo para quedar a su altura.
—Hola.
El perro no se movió.
Walter, apoyado en el marco de la puerta, observaba la escena con tranquilidad.
—Lleva así desde que llegó.
—¿Tiene miedo?
—Puede ser.
Billy no apartó la vista del animal.
—No pasa nada. —Su voz apenas era un murmullo—. No voy a hacerte daño.
Durante unos segundos no ocurrió nada. El perro siguió inmóvil al fondo de la jaula, observándolo con una atención casi dolorosa.
Entonces la punta de la cola se movió una vez.
Solo una.
—Bueno, sheriff... —dijo el empleado mientras abría la puerta—. A ver si con usted tengo más suerte. Llevo toda la mañana intentando convencerlo de que no todos los humanos somos idiotas.