Punky: El perro que nos encontró 4 #3
64%

4 #3

El chapuzón resonó por todo el claro.

Billy echó a correr por puro instinto. Resbaló sobre una de las piedras mojadas, consiguió recuperar el equilibrio en el último momento y siguió avanzando sin apartar la vista del agua, mientras la cabeza empezaba a imaginar todo lo que no quería imaginar: una roca escondida bajo la superficie o la corriente arrastrándola hacia el fondo.

—¡Punky! ¡PUNKY!

—¡Billy NO! —gritó Dolores a su espalda.

Él ni siquiera se volvió. Ya estaba llegando a la orilla cuando una mancha blanca rompió la superficie del agua.

Primero apareció el hocico, después las orejas y, un segundo más tarde, Punky salió nadando con la lengua fuera y aquella expresión de absoluta satisfacción que solo ponía cuando estaba convencida de haber hecho algo digno de admiración.

Billy frenó tan en seco que estuvo a punto de acabar él mismo dentro de la poza. Dolores llegó jadeando a su lado y los dos se quedaron un momento inmóviles, viendo cómo la perra remaba tranquilamente de un lado a otro, completamente ajena a que casi les había parado el corazón.

—William... —Dolores empezó a reírse mientras recuperaba el aliento—. Creo que la señorita está bastante mejor que nosotros.

Él seguía sujetando la camiseta con una mano, sin apartar los ojos del agua.

—Pero… ¿sabe nadar?

—Diría que bastante mejor que nosotros —Dolores no apartó la vista de Punky mientras se encogía de hombros.

Punky puso rumbo a la orilla con toda tranquilidad, como si no acabara de provocar el mayor susto de la tarde. Billy dejó escapar el aire poco a poco mientras la veía salir del agua completamente empapada. Con el pelo pegado al cuerpo parecía haber encogido medio perro.

Dejó la camiseta sobre una roca y se acercó negando con la cabeza.

—Punky... estás fatal. —Billy se agachó delante de ella—. Casi me matas del susto.

Ella lo miró un instante, ladeó la cabeza y flexionó ligeramente las patas.

—Ni se te ocurra...

Pero ya era demasiado tarde. La perra se sacudió con tanta energía que una lluvia de gotas salió despedida en todas direcciones.

Billy recibió la primera de lleno en la cara; la segunda alcanzó a Dolores, que soltó un grito entre indignado y divertido mientras intentaba protegerse sin el menor éxito.

—¡Punky!

—Dios mío ¡Está helada!

La culpable terminó de escurrirse, pestañeó un par de veces y los miró con esa cara de " ¿Habéis visto lo que acabo de hacer?"

Billy bajó la vista hacia los vaqueros empapados. Dolores hizo lo mismo con la chaqueta. Cuando volvieron a mirarse, consiguieron aguantar apenas un segundo antes de echarse a reír.

Se quedaron allí un buen rato, doblados sobre sí mismos, intentando recuperar el aire mientras la risa volvía una y otra vez sin pedir permiso. Punky los observó un instante moviendo la cola y debió de pensar que aquello también formaba parte del juego.

Salió disparada hacia la orilla, volvió a lanzarse al agua sin que nadie entendiera muy bien por qué, regresó empapada, dio un par de vueltas sobre sí misma y salió otra vez detrás de algún enemigo invisible que solo ella parecía capaz de ver.

Las carcajadas fueron apagándose poco a poco hasta que el murmullo constante de la cascada volvió a llenar el claro.

Billy seguía sacudiéndose el agua de los vaqueros cuando levantó la vista y descubrió que Dolores lo estaba mirando desde la otra orilla de la poza.

Ella seguía sonriendo. Sintió cómo el calor le subía hasta las orejas.

Bajó la vista casi por instinto, recogió la camiseta del suelo y se la puso con más prisa de la necesaria.

Estuvo a punto de meter el brazo por donde no era y, cuando por fin consiguió colocársela bien, Dolores ya había vuelto la cabeza hacia la cascada, aunque aquella sonrisa seguía asomando en la comisura de los labios.

—Gracias por traerme.

—No... —Billy siguió un momento mirando la cascada—. Gracias a ti. Hacía muchísimo que no me paraba a mirarla.

—Saes... a mí me pasa cuando volvemos a California. —Dolores miró otra vez la cascada—. Hay sitios que dejas de mirar cuando los tienes delante todos los días.

Dolores permaneció un rato escuchando el agua antes de agacharse junto a la mochila.

—Espera un momento...creo que aún podemos mejorar este momento…

Rebuscó entre los libros hasta sacar un viejo Discman plateado. La tapa estaba arañada y una pegatina medio despegada apenas dejaba adivinar el nombre de un grupo.

—Era de mi padre. —Sonrió mientras abría un pequeño estuche lleno de CDs—. Siempre llevo unos cuantos encima. Venga... pide una canción. Igual hasta la tengo. Pero no me pidas a Britney Spears eh.

—No... —rió Billy—. Eso es muy Jonah. Mmm No sé... ¿Sweet Caroline? ¿La tienes? Mi madre era una fanática de los Red Sox.

Una sonrisa se dibujó despacio en la cara de Dolores.

—Entonces estás de suerte.

Buscó un instante entre los discos hasta encontrar el que quería, lo metió en el Discman y le tendió uno de los auriculares.

Billy se colocó el auricular y, cuando Dolores ya iba a pulsar el botón de reproducción, levantó un dedo.

—Pero prométeme una cosa.

—¿Qué? —preguntó ella sonriendo.

—Que no la vas a cantar.

—¿Yo? Si canto fatal.

—No me sirve. Prométemelo, Dolores.

—Está bien. —Dolores sonrió y levantó una mano—. Te lo prometo, William.

Las primeras notas comenzaron a sonar en el auricular compartido. Se limitaron a escuchar la música mientras la cascada seguía cayendo delante de ellos y la brisa movía despacio las ramas de los árboles.

Al cabo de un rato, Dolores apoyó muy despacio la cabeza sobre su hombro.

Billy no se movió. Tampoco quería que terminara la canción ni aquel momento.

Tres canciones después, un ladrido rompió el silencio del bosque.

—Ya está... —Billy miró a Punky—. La alcaldesa ha hablado.

—Creo que quiere dejar claro que el refugio también es suyo.

Billy soltó una risa mientras seguía la dirección de su dedo. Punky movía la cola convencida de ser la legítima propietaria de la cascada, del bosque y, probablemente, de medio Riverbend.

Se agachó para rascarle detrás de las orejas.

—Tienes razón. Ya no es mi refugio... es el nuestro, ¿verdad?

La cola empezó a golpear el suelo con más fuerza.

—Yo diría que eso ha sido un sí —rió Dolores.

Billy alargó la mano, recogió un palo empapado de la orilla y lo acercó al hocico de Punky. La perra levantó las orejas al instante, fijó toda su atención en el palo y tensó el cuerpo con una concentración casi cómica.

Dolores sonrió.

—Está preparada.

—Lleva preparada desde que lo he cogido.

Balanceó un momento el brazo.

—A ver si esta vez aprendes la lección.

Lanzó el palo. Describió un arco sobre la poza y cayó en mitad del agua con un chapoteo limpio.

Punky salió disparada antes incluso de que tocara la superficie. Cruzó las rocas, tomó impulso desde la orilla y volvió a lanzarse a la cascada con exactamente el mismo entusiasmo suicida de hacía cinco minutos.

—No aprende nunca...

—Sea... —Dolores se cruzó de brazos sin apartar los ojos de Punky—. No creo que quiera aprender.

Billy volvió a lanzar el palo sendero arriba. Punky salió disparada detrás de él sin esperar a ninguno de los dos.

Ellos echaron a andar despacio. Entre los árboles empezaban a colarse los primeros tonos dorados de la tarde y el agua del deshielo corría junto al sendero formando pequeños regueros que desaparecían entre las raíces.

Durante un buen rato ninguno sintió la necesidad de decir nada.

Les bastaba con verla correr unos metros por delante, desaparecer entre los arbustos y volver al instante moviendo la cola, igual de feliz que cuando habían llegado.