4 #2
Las protestas fueron las habituales. Arnold sonrió para sí, dejó los exámenes sobre la mesa y empezó a hablar de ecosistemas con la calma de quien sabía que solo conseguiría mantener despierta a media clase.
Billy intentó prestar atención. Incluso llegó a copiar un par de apuntes antes de levantar la vista casi sin darse cuenta.
Dolores escribía inclinada sobre el cuaderno, respondía alguna pregunta cuando Arnold la hacía y, de vez en cuando, volvía a apartarse el mismo mechón de pelo que insistía en caerle sobre la frente.
Billy regresó al cuaderno, escribió un par de líneas más y, antes de terminar la frase, ya estaba mirándola otra vez.
Empezaba a preocuparle.
Menos mal que Jonah estaba enfermo. Si hubiera ocupado el pupitre de siempre, habría tardado exactamente diez segundos en darse cuenta. Billy podía imaginarlo levantándose en mitad de la clase sin el menor sentido del ridículo.
—Perdone, señor Arnold...
Toda la clase habría levantado la cabeza.
—Creo que Billy tiene algo muy importante que comunicar a la clase.
—¿Ah, sí? —Arnold habría levantado la vista por encima de las gafas.
Jonah habría señalado entonces a Billy con toda la tranquilidad del mundo.
—Sí. Objetivamente, Billy Kowalski está enamorado.
Después habría esperado apenas un segundo, el justo para que media clase girara la cabeza hacia él, antes de rematar la faena señalando teatralmente a Dolores.
—Y creo que todavía no se lo ha dicho.
Solo de imaginar la escena, Billy sintió un escalofrío. Nunca habría reconocido una cosa así delante de Jonah, pero aquel resfriado estaba resultando sorprendentemente oportuno.
La campana sonó casi por sorpresa y el resto del día pasó como tantos otros: una clase de Matemáticas interminable, un examen sorpresa que provocó un coro de protestas, el señor Bishop perdiendo la paciencia antes del recreo y otra comida del comedor capaz de hacer desconfiar a cualquiera del sistema alimentario estadounidense.
Cuando cruzaron la puerta principal del Riverbend High, el entrenamiento de los Boars ya había empezado. David Mitchum acababa de quitarse el casco cuando vio a Punky acercarse moviendo la cola. Se agachó un momento para rascarle detrás de las orejas.
—Tienes una perra guapísima, Kowalski.
Le guiñó un ojo a Billy, se colgó el casco bajo el brazo y salió corriendo hacia el campo antes de que el entrenador pudiera volver a gritarle.
Más allá del instituto, la nieve resistía únicamente en los rincones donde la sombra todavía se negaba a marcharse y algunos vecinos caminaban ya con la chaqueta desabrochada, como si adelantarse unos días al calendario pudiera convencer definitivamente al invierno de que había llegado su hora.
En cuanto vio aparecer a Billy salió disparada hacia él moviendo la cola con tanto entusiasmo como si llevara una semana esperándolo.
—Hola a ti también. —Billy le rascó detrás de las orejas—. ¿Has oído eso? Mitchum dice que eres guapísima.
Punky aceptó el cumplido durante aproximadamente un segundo. Después volvió a lo verdaderamente importante: un buzón, una rueda de coche, un arbusto y una piedra que, evidentemente, escondía información de máximo interés para cualquier perro de Massachusetts.
Echaron a andar sin demasiada prisa. Dejaron atrás el instituto, cruzaron Elm Avenue y, al llegar a Oak Square, doblaron hacia Maple Street mientras el zumbido de un cortacésped se mezclaba con el ladrido lejano de un perro, el golpe de una puerta y una radio demasiado distante para reconocer la canción.
A esas alturas Jonah ya habría construido una teoría imposible sobre el Domino's Killer, la habría desmontado él mismo cinco minutos después y, antes de llegar a la siguiente esquina, encontraría la forma de relacionarlo todo con una oferta familiar de Domino's o con alguna película que solo él recordaba.
Aquel día, en cambio, solo caminaban Dolores, Punky y él.
—Saes... qué raro se hace sin él. —Dolores miró alrededor—. Parece que Riverbend hace menos ruido.
Punky salió en ese momento de detrás de un seto cubierta de hojas secas y siguió caminando con la misma dignidad de siempre.
—Hasta se oyen los pájaros.
—Saes, he de reconocer que esta da un poco de miedo. —rió Dolores.
Siguieron caminando. Billy abrió la boca un par de veces para decir algo y volvió a cerrarla enseguida.
Hablar del tiempo le sonaba a conversación de adultos; hablar de los deberes era todavía peor y mencionar al Domino's Killer parecía la manera más rápida de arruinar una tarde que, por alguna razón, le estaba gustando demasiado.
Billy miró un momento hacia el bosque.
—Oye... ¿quieres ver una cosa?
—¿Da miedo? —preguntó Dolores mirando hacia los árboles.
—¿Qué? No.
—Qué pena. —Sonrió—. Pero vale.
—Es... bueno... —Billy se rascó la nuca con una sonrisa—. El refugio de Punky y mío.
Como si hubiera oído su nombre, Punky apareció entre unos arbustos con varias hojas pegadas al lomo y una expresión de absoluta satisfacción.
—Está por allí. —Billy señaló la línea de árboles que empezaba más allá de las últimas casas de Riverbend.
Dolores se recolocó la mochila sobre el hombro, miró hacia el bosque y volvió a sonreír.
—Pues vamos. —Dolores se ajustó la mochila al hombro—. Más te vale que sea shulo, Kowalski.
El sendero comenzaba detrás de una vieja alambrada vencida por el tiempo.
Nadie parecía recordar ya de quién había sido aquel terreno.
La cerca se inclinaba hacia un lado, devorada por las zarzas, y la abertura por la que entraron tenía el aspecto de llevar muchos años sirviendo de paso a niños, perros y cualquiera con la suficiente curiosidad para adentrarse en el bosque.
Punky cruzó la primera. Desapareció entre los árboles, volvió a aparecer unos metros más adelante, olisqueó una rama caída con enorme interés y la abandonó enseguida para salir detrás de otro olor que, por lo visto, acababa de convertirse en la prioridad de su vida.
—Te juro que no sabe ni adónde va.
—Claro que lo sabe.
—¿Ah, sí?
—Sí. Ser feliz.
Billy volvió a mirar hacia los arbustos, justo a tiempo de ver cómo Punky cambiaba otra vez de dirección sin motivo aparente.
—Pues parece que le está saliendo bastante bien.
Continuaron descendiendo por el sendero.
Bajo los árboles el invierno empezaba a retirarse despacio; el barro seguía blando por el deshielo, la tierra olía a bosque mojado y, entre las ramas desnudas, comenzaban a despuntar los primeros brotes verdes.
Más abajo ya se escuchaba el murmullo del arroyo.
Dolores apoyó el pie sobre una piedra que se movió bajo su zapatilla. Abrió los brazos buscando un equilibrio que ya había perdido, pero Billy la sujetó del brazo casi por instinto y tiró suavemente de ella.
Todo quedó en un simple resbalón.
—Gracias... —dijo recuperando el equilibrio antes de fulminar a la piedra con la mirada—. He estado a punto de morir.
—Es solo una piedra. —Billy la soltó despacio.
Precisamente. —Dolores señaló la piedra—. Sabes lo humillante que sería que ese fuera mi final, ¿no?
—«Joven californiana derrotada por una piedra de tamaño moderado».
—Muy gracioso…
—"Los testigos aseguran que el ataque fue completamente inesperado."
—Mucho mejor.
—"La agresora permanece en el lugar de los hechos y se niega a hacer declaraciones."
Dolores seguía riéndose cuando Punky salió de unos matorrales cubierta de hojas secas y cruzó trotando entre los dos con la satisfacción de quien acababa de resolver un asunto infinitamente más importante que cualquiera de los suyos.
Unos minutos después el bosque empezó a abrirse. Los árboles fueron separándose poco a poco hasta que el sendero dobló entre dos pinos y la cascada apareció delante de ellos.
El agua caía entre las rocas hasta formar una poza oscura. El murmullo de la corriente llenaba el bosque hasta hacer desaparecer cualquier otro sonido y, bajo la sombra de los árboles, todavía resistían pequeños montones de nieve mientras la hierba comenzaba a recuperar el verde.
—Wow...
—La primera vez que vine pensé exactamente lo mismo.
—William... —Dolores avanzó hacia la orilla—. ¿Cómo demonios no me habías enseñado esto antes?
—Porque habrías pensado que exageraba.
—Un poco sí.
—En verano nos sentábamos ahí. —Billy señaló una roca plana junto al agua y, después, otra unos metros más allá—. Y cuando baja el caudal puedes ir saltando de una a otra sin mojarte... bueno, casi.
—William... Este sitio es... es precioso.
Durante un instante la cascada desapareció y volvió a encontrarse allí muchos años antes, con la mano de su madre apretando la suya mientras el sol hacía brillar el agua y ella se reía porque él no quería acercarse demasiado al borde. El recuerdo desapareció tan deprisa como había llegado.
—Lo encontré con mi madre.
Dolores volvió la cabeza hacia él. Billy seguía mirando la corriente.
—Fue un verano... por casualidad. Desde entonces siempre veníamos aquí. Era... nuestro sitio.
Dolores pareció a punto de decir algo, pero se lo pensó mejor y se acercó a la orilla y permaneció allí escuchando el rumor del agua mientras Punky recorría las piedras con el hocico pegado al suelo, ocupada en alguna de esas cosas que solo parecían importarles a los perros.
Billy estaba a punto de enseñarle el árbol donde el verano anterior había intentado colgar una cuerda para hacerse un columpio cuando un batir de alas estalló entre los arbustos de la orilla.
Apenas fue un destello gris cruzando entre las ramas, pero bastó para que Punky levantara la cabeza y se quedara completamente inmóvil, con las orejas erguidas, el cuerpo tenso y la vista clavada en algún punto del bosque.
—Oh, no... —Billy dejó escapar el aire.
—¿Qué pasa?
—Creo que acaba de tener una idea.
—¿Y eso es malo?
—Lola... es Punky.... casi siempre es una mala idea.
El pájaro volvió a levantar el vuelo y la perra salió disparada detrás de él antes de que Billy pudiera sujetarla. Cruzó las primeras rocas a toda velocidad y, cuando el ave pasó rozando la poza, decidió sin pensárselo dos veces que ella también podía seguir aquel camino.
—¡Punky!