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El invierno se retiraba de Riverbend tan despacio que casi nadie parecía darse cuenta.
Todavía quedaban montones de nieve refugiados en los rincones donde apenas llegaba el sol, pero el agua volvía a correr por las cunetas, el barro asomaba junto a los bordillos y los primeros pájaros regresaban a los árboles con la cautela de quien todavía no terminaba de fiarse del calendario.
Billy caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta mientras Punky avanzaba unos metros por delante, deteniéndose cada poco para olisquear un buzón, una piedra, una hoja atrapada junto a una valla o cualquier otro asunto que, por lo visto, no podía esperar.
—¿Qué estás buscando? —le preguntó al verla inspeccionar con absoluta seriedad la base de un árbol—. Porque, si encuentras oro o petróleo, espero llevarme un porcentaje.
Punky levantó la cabeza un instante, lo miró como si acabara de interrumpir una investigación delicadísima y volvió enseguida a lo suyo.
Billy sonrió. Hacía tiempo que hablar con ella había dejado de parecerle raro. Lo raro era que, durante una décima de segundo, todavía esperara que un día fuera a contestarle.
Al doblar la esquina de Maple Street vio a la señora Johnson sentada en el porche de su casa, envuelta en una manta gruesa y con una taza entre las manos.
Era exactamente donde cualquiera habría esperado encontrarla.
Costaba imaginar aquel porche sin la señora Johnson sentada allí.
Sin embargo, aquella mañana bastó acercarse un poco para comprender que algo no iba bien.
Quizá fuera la forma de sujetar la taza, quizá aquella mirada perdida sobre el jardín o, sencillamente, que aquella vez no sonrió al verlos acercarse.
—Buenos días, señora Johnson.
—Buenos días, Billy.
Le sonrió, pero el gesto murió mucho antes de llegar a los ojos.
Punky movió la cola con entusiasmo. Lo normal era que la señora Johnson rebuscara en el bolsillo del delantal, sacara alguna golosina o se inclinara para rascarle detrás de las orejas.
Aquella vez no hizo ninguna de las tres cosas y, antes incluso de que abriera la boca, Billy comprendió que ocurría algo.
—¿Está bien?
La señora Johnson dejó que la mirada descansara un instante sobre Punky antes de volver a la taza.
—Sí... Bueno... más o menos.
Billy se acercó un poco al porche.
—¿Qué ha pasado?
La mujer tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, seguía mirando el café.
—Mozart murió anoche.
Billy volvió la cabeza casi sin darse cuenta hacia la caseta de madera que había junto a la valla.
Le costaba recordar una sola mañana sin encontrar al viejo labrador tumbado al sol, vigilando la calle con esa calma de los perros que parecen convencidos de que nada malo puede ocurrir mientras ellos estén allí.
Aquella mañana la caseta estaba vacía.
—Lo siento mucho.
—Gracias, muchacho... —murmuró la señora Johnson—. Era un buen perro.
Punky se acercó despacio y se sentó junto al porche. No pidió una caricia ni intentó llamar la atención. La señora Johnson dejó la taza sobre el escalón y empezó a rascarle distraídamente detrás de las orejas.
Durante un rato ninguno de los dos dijo nada. El viento movía las ramas desnudas de los árboles y, a lo lejos, un coche cruzó Elm Avenue antes de que el ruido volviera a perderse entre las casas.
—Trece años... —murmuró al cabo de un rato sin apartar la mano de Punky—. Trece años conmigo.
Billy guardó silencio. Trece años. Era casi toda una vida.
Mozart siempre había estado allí: dormitando junto a la verja durante el verano, viendo pasar a los vecinos desde el jardín o levantando una oreja cada vez que alguien se acercaba demasiado a la valla.
Hasta aquella mañana nunca se había parado a pensar que un día dejaría de verlo.
—Es una pena que duren tan poco.
Billy bajó la vista hacia Punky. Ella seguía completamente quieta, con los ojos medio cerrados bajo la mano de la señora Johnson.
—La tuya todavía es joven. —La señora Johnson siguió acariciando a Punky—. Disfrútala, Billy. Todo lo que puedas. Trece años parecen muchísimo cuando empiezan... y luego resulta que no.
Billy volvió la vista hacia la caseta vacía.
—Lo haré.
La señora Johnson no respondió. Se limitó a seguir acariciando a Punky unos segundos más, hasta que la perra se incorporó y apoyó el hocico sobre su rodilla.
—Gracias, chica... —susurró la señora Johnson acariciándole una última vez la cabeza.
Billy esperó un instante. Punky permaneció allí unos segundos más, apoyada contra la rodilla de la mujer, hasta que levantó la cabeza al oír cómo él reanudaba el paseo. Dudó un momento, miró a la señora Johnson y terminó echando a correr para reunirse con él.
Cuando ya se alejaban por la acera, Billy volvió la cabeza casi sin darse cuenta. La señora Johnson seguía sentada en el porche, viéndolos marchar. Billy metió otra vez las manos en los bolsillos.
El agua corría junto a los bordillos arrastrando hojas oscuras y los últimos restos del invierno, mientras los jardines de Riverbend empezaban a recuperar algo de color.
Punky avanzaba unos pasos por delante, deteniéndose cada pocos metros para olisquear un árbol, una verja o cualquier rastro invisible que, evidentemente, debía de ser importantísimo.
Billy se agachó para rascarle el cuello.
Punky levantó la cabeza al instante y lo miró con auténtica desconfianza.
—Eh... no te emociones. —Billy le rascó el cuello—. No hay salchicha, ¿vale?
La perra le empujó la mano con el hocico.
Billy soltó una risa, la abrazó apenas un segundo alrededor del cuello y volvió a ponerse en pie. Punky retomó el paseo como si aquel abrazo hubiera sido exactamente lo que esperaba desde el principio. Billy la vio alejarse hacia otro árbol.
¿Cómo sería volver a casa sin ella?
Sacudió la cabeza y siguió andando.
Cuando llegó al instituto, el invierno también parecía empezar a quedarse atrás.
El aire olía a tierra húmeda y a hierba recién despertando bajo el barro; las últimas manchas de nieve resistían en los rincones más sombríos y el sol conseguía abrirse paso entre las nubes durante unos minutos, los justos para recordar que la primavera estaba cerca.
Los alumnos iban entrando por la puerta principal del Riverbend High en pequeños grupos, todavía medio dormidos, mientras algún profesor intentaba poner orden con un entusiasmo que nadie parecía dispuesto a compartir.
Billy acababa de cerrar la taquilla cuando una voz sonó a su espalda.
—Que alguien me pellizque... —dijo Dolores a su espalda—. Kowalski sin su media naranja. Pensé que no viviría para verlo.
Se volvió y encontró a Dolores apoyada junto a las taquillas. La chaqueta vaquera le venía un poco grande, llevaba una carpeta abrazada contra el pecho y los primeros días de sol habían devuelto algunas pecas a la nariz.
—¿Con quién?
—Con Jonah, bobo. Creo que es la primera vez que os veo separados más de diez minutos.
Billy sonrió mientras echaban a andar por el pasillo.
—Pues ahora que lo dices... no tengo ni idea de dónde está.
—William... —Dolores le dio un pequeño codazo—. ¿No te ha dicho que está enfermo?
—¿Enfermo? ¿Enfermo de verdad o enfermo de Jonah?
—Esta vez parece que va en serio. —Dolores se encogió de hombros—. Saes... me llamó ayer para decirme que hoy no venía. Lo que no entiendo es por qué no te llamaría a ti saes… ¿Qué pasa por que pones esa cara?
—¿De verdad no te has dado cuenta?
—¿De qué?
—Te llamó para poder escuchar la voz de tu madre.
—Sea... ahora lo entiendo. —Dolores soltó una carcajada—. Pero ¿cómo puede tener esa obsesión?
—Créeme... si vieras su taquilla, lo entenderías.
—Es imposible tomarse en serio a ese chico.
—Ya... —Billy sonrió—. Nunca lo ha puesto fácil.
Siguieron caminando entre el estruendo metálico de las taquillas, profesores cargados de carpetas y alumnos que iban de un aula a otra como si el timbre acabara de sonar cinco minutos antes. Billy esperó a que un grupo pasara entre los dos antes de volver a acercarse.
—Entonces... supongo que se cancela lo de esta tarde. ¿No? —preguntó Billy.
—¿Por qué iba a cancelarse?
—No sé... Jonah está malo. Pensé que el plan era de los tres.
—Podemos quedar igual, a mi no me importa. Si quieres.
Billy bajó la vista un momento, como si aquella posibilidad ni siquiera se le hubiera ocurrido.
—Sí... claro.
—Entonces vamos a por Punky y quedamos.
La conversación fue derivando hacia otras cosas. Hablaron del examen de Historia, de un profesor empeñado en contar la Revolución Francesa como si acabara de ocurrir y de la lluvia, que parecía haberle cogido cariño a los recreos de Riverbend.
Billy apenas hablaba. Le gustaba escucharla.
Mientras caminaban fue fijándose otra vez en esas pequeñas cosas que siempre parecían pasar desapercibidas.
Dolores saludaba por su nombre a gente con la que apenas tenía trato, se detenía un momento cuando alguien parecía necesitarlo y seguía siendo incapaz de cruzarse con un perro sin agacharse a acariciarlo, aunque llegara tarde a clase.
Sin saber muy bien por qué, volvió a acordarse de la mañana en que había llamado a la puerta de su casa para hablar con si pàdre.
Seguía sin entender cómo había conseguido hablar con Rick como si aquello hubiera sido la cosa más sencilla del mundo....
ni qué demonios le habría dicho para convencerlo de adoptar a Punky.
Cuando entraron en el aula, los últimos alumnos ocupaban ya sus sitios entre mochilas cayendo al suelo, conversaciones que se apagaban a medias y el chirrido de las sillas sobre el linóleo.
Dolores dejó los libros encima del pupitre, apartándose un mechón de pelo detrás de la oreja mientras rebuscaba algo en la mochila, justo cuando el señor Arnold apareció por la puerta con una pila de exámenes bajo el brazo.
—Buenos días. Intentaré que ninguno os durmáis antes de que suene el timbre.