3
Billy se despertó con sed.
Las cifras del despertador brillaban borrosas sobre la mesilla.
Debía de ser la una o las dos de la madrugada.
Salió al pasillo todavía medio dormido y ya había puesto un pie en la escalera cuando una voz procedente del salón lo hizo detenerse.
No era la televisión ni tampoco una discusión. Alguien hablaba en voz baja.
Bajó despacio, procurando que la madera no crujiera bajo los pies.
El salón permanecía casi a oscuras. La pequeña lámpara junto al sofá derramaba un círculo amarillento sobre la alfombra.
Rick seguía sentado donde siempre, con una botella vacía sobre la mesa y Punky dormida junto a su pierna.
Le acariciaba distraídamente el cuello mientras murmuraba para sí con la tranquilidad de quien está convencido de que nadie puede oírlo.
—Ven aquí, Cla...
La palabra murió antes de completarse.
Rick dejó la mano inmóvil un instante, tragó saliva y bajó la vista hacia la perra.
Punky abrió apenas un ojo, golpeó una vez la cola contra el sofá y volvió a acomodarse.
Al cabo de unos segundos, él reanudó la caricia con la misma lentitud, como si aquel desliz solo hubiera existido dentro de su cabeza.
Billy permaneció inmóvil, conteniendo hasta la respiración.
Nunca se había parado a pensar que su padre también siguiera buscando a su madre.
Él la encontraba de vez en cuando en una mujer pelirroja que cruzaba una calle, en una fotografía olvidada al fondo de un cajón o en un perfume que, durante un instante, le parecía el suyo.
Rick acababa de hacerlo de otra manera y, por alguna razón que entonces no supo explicar, aquello le dolió mucho más.
Regresó a su habitación sin hacer ruido y volvió a meterse en la cama.
Nunca habló de aquella noche, ni con Jonah, ni con Dolores, ni siquiera con su padre.
Durante años aquel recuerdo permaneció escondido en algún rincón de su memoria, sin pedir explicaciones ni reclamar importancia, hasta que el tiempo terminó colocándolo exactamente donde pertenecía: junto a esas pequeñas escenas de la infancia que solo adquieren sentido cuando uno deja de ser un niño y comprende que, mucho antes de empezar a fijarse en las heridas de sus padres, ellos ya llevaban mucho tiempo intentando sobrevivir a las suyas.
Para cuando terminó enero, Riverbend ya había aprendido a convivir con la desaparición de Hope.
Durante las primeras semanas su nombre había estado en todas partes: en los periódicos, en las emisoras locales, en la sala de profesores del instituto e incluso en la carnicería Donnelly llegó a olvidarse del béisbol durante unos días.
Pero el invierno siguió avanzando y el pueblo siguió adelante.
Los niños seguían yendo al colegio, los autobuses llegaban tarde cada vez que nevaba y, todos los sábados por la mañana, el señor Hargrove limpiaba los surtidores de la gasolinera con el mismo trapo ennegrecido de siempre, como si el verano no hubiera terminado nunca.
A Billy aquello le parecía profundamente injusto.
Siempre había creído que, cuando alguien desaparecía, el mundo también debía notarlo.
Pero el mundo nunca parecía dispuesto a detenerse por nadie.
Ellos no.
Casi sin darse cuenta, los sábados se habían convertido en el día oficial de la investigación.
Aquella mañana ocupaban el viejo banco de madera que había junto al lateral de la gasolinera de Hargrove, protegido del viento por la pared del edificio.
La nieve se acumulaba junto al bordillo y, cada pocos minutos, algún coche entraba a repostar antes de incorporarse a Cottonwood Road, la carretera que salía hacia Hollow Creek.
Punky descansaba a los pies de Billy con una rama entre las patas, completamente concentrada en derrotar una rama.
—Tengo una teoría nueva —anunció Jonah mientras rebuscaba en la mochila.
Billy ni levantó la vista.
—No.
—Ni siquiera sabes cuál es.
—Precisamente por eso.
—Todas empiezan igual —sonrió Dolores, subiéndose un poco más la bufanda.
—Es el precio de tener una mente privilegiada —repuso Jonah con toda naturalidad.
—Yo diría que el problema es otro.
—También podría ser.
Sacó la libreta de la mochila, pasó varias páginas con gesto solemne y apoyó el dedo sobre una de ellas.
—Escuchad. Imaginemos que el Domino's Killer es farmacéutico...
—Eso ya lo imaginábamos —lo cortó Billy.
—...y que trabaja cerca de Essex.
—Eso también.
—Perfecto. Entonces...
Jonah se quedó callado. Frunció el ceño, acercó la libreta a la cara y volvió a alejarla, parpadeando un par de veces.
—¿Qué pasa? —preguntó Billy, empezando a sonreír.
—Creo... que he escrito tan deprisa que ahora ni yo entiendo mi letra.
Dolores rompió a reír. Billy tardó un segundo en unirse y hasta Punky levantó la cabeza de la rama, convencida de que tanta risa solo podía significar que estaba ocurriendo algo importante.
—¿Llevas dos semanas preparando esa teoría? —preguntó Billy cuando consiguió serenarse un poco.
—Sí.
—¿Y no puedes leerla?
—Las grandes mentes tenemos nuestros problemas.
—Las grandes mentes escriben de forma legible.
Dolores seguía riéndose cuando Jonah cerró la libreta con dignidad herida y la guardó otra vez en la mochila.
Durante un rato dejaron descansar al Domino's Killer, a Hope y todas las preguntas que seguían sin respuesta.
Se limitaron a ver caer la nieve sobre la carretera mientras, al otro lado, el señor Hargrove terminaba de llenar el depósito de una vieja camioneta, limpiaba distraídamente una gota de gasolina con el mismo trapo ennegrecido de siempre y volvía a colocarlo sobre el hombro con un gesto que debía de repetir desde hacía veinte años.
Punky aprovechó la pausa para desperezarse. Se acercó primero a Billy y le empujó la rodilla con el hocico hasta arrancarle una caricia; después pasó junto a Dolores, que le rascó distraídamente detrás de las orejas, y terminó delante de Jonah, que ya había vuelto a desplegar el mapa.
—¿Lo ves? —le dijo señalando un punto con el dedo—. Todo encaja.
La cola empezó a moverse.
—Lo sabía. ¿Cómo puede ser que ella lo vea y vosotros no?
Billy se quedó mirándolos. Llevaba semanas viendo repetirse aquella pequeña ceremonia. De vez en cuando Punky repetía el mismo recorrido y solo entonces volvía a tumbarse, como si antes necesitara comprobar que todos seguían allí.
Poco después recogieron las cosas y emprendieron el camino de vuelta hacia Maple Street.
Jonah caminaba unos pasos por delante, absorto otra vez en el mapa y explicándole a Punky una teoría que ella escuchaba con una paciencia admirable.
Billy y Dolores, casi sin darse cuenta, fueron quedándose atrás.
—¿Te has dado cuenta de que Jonah ya casi no nos cuenta sus teorías? —preguntó Dolores, apartándose un mechón de pelo.
Billy miró hacia delante. Jonah seguía gesticulando sobre el mapa mientras Punky caminaba a su lado, levantando la cabeza de vez en cuando como si estuviera siguiendo la explicación.
—Yo diría que tiene las mismas de siempre —sonrió—. Lo único que pasa es que ahora ha encontrado a alguien que sí lo escucha.
—Ya... y, sabes, creo que además lo escucha de verdad.
Siguieron caminando mientras la nieve crujía bajo las botas y el río discurría oculto entre los árboles.
Jonah no dejó de hablar en ningún momento.
Muchos años después Billy apenas recordaría ninguna de aquellas teorías.
Todavía podía ver a Jonah caminando junto a la perra, explicándole cómo pensaba resolver un misterio demasiado grande para todos ellos.
Poco a poco, febrero fue adueñándose de Riverbend.
Rick seguía sentándose cada noche frente al televisor con una cerveza en la mano, pero Billy empezó a fijarse en pequeños detalles que unos meses antes le habrían pasado desapercibidos.
Algunas latas llegaban medio llenas al final de la película; otras aparecían olvidadas sobre la encimera de la cocina.
Una tarde encontró una junto al fregadero.
La sostuvo un instante entre las manos, todavía cerrada, y volvió a dejarla exactamente donde estaba.
Tal vez no significara nada. O tal vez sí.
Unos días después regresó del instituto y encontró a su padre reparando por fin la vieja valla lateral que llevaba tanto tiempo rota que casi había terminado formando parte de la casa.
La nieve empezaba a ennegrecer junto a los bordillos y el aire conservaba ese frío húmedo que parecía quedarse atrapado entre las calles durante todo febrero.
Rick sujetaba una tabla con una mano mientras manejaba el martillo con la otra.
A pocos metros, Punky dormitaba... o vigilaba.
Con ella nunca era fácil distinguir una cosa de la otra.
—¿Qué haces? —preguntó, mirando la valla.
Rick dio otro martillazo antes de levantar la vista.
—¿A ti qué te parece?
—Pensaba que ya formaba parte del paisaje.
—Muy gracioso.
Billy dejó la mochila en el porche y apenas tuvo tiempo de incorporarse. Punky salió disparada hacia él, le apoyó las patas en el pecho y empezó a repartir lametones con el entusiasmo de quien llevaba demasiado rato esperando.
—Vale, vale... —rió mientras intentaba apartarla—. Ya estoy en casa. Eres una pesada.
Rick los observó un instante antes de volver al martillo.
— Cada día ocupa más sitio.
—Porque todo el mundo le da de comer.
—Claro. Luego las bisagras lloran.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Billy, señalando la tabla.
Rick levantó una ceja.
— ¿Tú? ¿Ofreciendo ayuda? Apunta el día.
—Sí si, muy gracioso.
—¿Y sabes distinguir un martillo de un destornillador?
—Papá...
—Bueno... toma—Le tendió la tabla—. Si acabamos en urgencias, al agente Morrigan le das tú las explicaciones.
La reparación les ocupó buena parte de la tarde.
Rick medía, Billy sujetaba la madera y, cada pocos minutos, discutían sobre qué clavo convenía usar con la seriedad de dos carpinteros que estuvieran levantando un puente en vez de arreglar una vieja valla.
Punky tampoco perdió la tarde. Inspeccionó un arbusto con enorme concentración, dio un par de vueltas alrededor del manzano y terminó instalándose bajo el porche, donde aún quedaba un poco de sol.
Cuando clavaron el último tablón, el día empezaba a apagarse. Rick dejó el martillo en el suelo, se estiró despacio para desentumecer la espalda y señaló con la cabeza hacia el porche.
— Mírala, chico.
Punky dormía boca arriba, con las cuatro patas apuntando al cielo y un ronquido tan discreto que casi se confundía con el viento.
—Ha sido un día durísimo —dijo Billy muy serio, señalando a Punky—. Después de verla dormir toda la tarde.
—Bah... si lleva tres horas sin moverse.
— Precisamente por eso. Un día así agota a cualquiera.
Aquella noche volvió a nevar.
Billy estaba tumbado sobre la cama con un cómic abierto sobre las rodillas mientras la radio sonaba muy baja encima del escritorio.
De vez en cuando levantaba la vista hacia la ventana para ver caer los copos bajo la luz de las farolas.
Siempre le había parecido que, cuando nevaba, Riverbend respiraba de otra manera.
Al cabo de un rato oyó la voz de su padre.
Bajó el volumen de la radio y prestó atención.
—No... por ahí no me vas a convencer.
Billy sonrió antes de levantarse. Dejó el cómic sobre la cama y bajó descalzo las escaleras.
Su padre seguía en su rincón del sofá con un plato de patatas fritas sobre las piernas.
Frente a él, sentada con una paciencia casi heroica, Punky seguía cada movimiento de su mano sin apartar los ojos del plato.
—Ni se te ocurra poner esa cara —murmuró su padre mientras lo alejaba unos centímetros.
Punky ladeó la cabeza.
—No funciona.
La inclinó un poco más.
—Bueno... un poco sí. Pero no abuses.
Billy se apoyó en el marco de la puerta sin hacer ruido. Ninguno de los dos parecía haber reparado en su presencia.
—No necesitas más comida... y no me pongas esa cara, que ya nos conocemos.
La cola empezó a golpear despacio. Levantó una pata y la dejó con toda delicadeza sobre su rodilla.
—Eso es jugar sucio.
Cogió una patata y la hizo girar distraídamente entre los dedos. Miró la patata. Luego a Punky. Después otra vez la patata.
—No.
Punky ni se movió.
—Ni hablar.
La cola siguió golpeando el sofá con el mismo ritmo tranquilo.
Rick aguantó unos segundos más. Al final resopló por lo bajo y le lanzó la patata. Punky la atrapó al vuelo sin el menor esfuerzo.
—No pongas esa cara de victoria anda—refunfuñó negando despacio con la cabeza—. Esto solo demuestra que hoy he tenido un momento de debilidad.
La risa de Billy rompió el silencio del salón.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente.
Rick carraspeó mientras volvía la vista al televisor.
—No te acostumbres. Como cualquiera de los dos se pase de listo, la devuelvo.
Billy sonrió y subió a su habitación. Desde abajo todavía llegaba la voz de Rick, mezclada con el murmullo del televisor y el roce de la nieve contra los cristales.