Punky: El perro que nos encontró 2 #3
60%

2 #3

Los primeros adornos de Navidad empezaron a aparecer casi sin que Billy se diera cuenta.

Una tarde descubrió una guirnalda colgada en la casa de los McClusky; al día siguiente, los Johnson inflaron aquel reno enorme que todos los años acababa medio deshinchado sobre el césped antes de Nochebuena.

Al caer la tarde, Riverbend olía a leña y chocolate caliente.

Rick fingía que todo aquello le daba exactamente igual.

Y, sin embargo, Billy empezó a notar pequeñas cosas.

Una tarde arregló la verja del jardín; unos días después cambió una bombilla que llevaba meses fundida y, antes de que acabara diciembre, reparó la bisagra de la cocina que todos habían terminado aceptando como parte del mobiliario. Billy no dijo nada.

La víspera de Navidad volvió aterido después de repartir los últimos periódicos. Todavía llevaba nieve pegada a las botas cuando vio dos bolsas enormes junto a la puerta.

—Papá... ¿y todo eso? —preguntó mientras se quitaba la chaqueta.

Rick siguió mirando la televisión.

—Unas cosas.

—¿Qué cosas?

—Las ha dejado Santa Claus.

—Si todavía no es Navidad.

—Pues no te acostumbres. —Rick hizo un gesto hacia las bolsas—. Es comida. No le des más vueltas hijo.

—¿Para quién?

—Para Alf.

—¿Quién demonios es Alf?

Rick señaló a Punky con la barbilla.

—El perro.

—Papá... se llama Punky.

Levantó una oreja al oír su voz.

—Pues tiene cara de Alf. Mírala. —Rick cambió de canal sin darle mayor importancia—. Se parecen bastante.

Billy negó riéndose mientras rebuscaba en las bolsas.

—Papá, esto te ha debido costar un dineral.

—Llevas tres meses partiéndote el lomo para mantenerla. Considera que éste es mi regalo.

—Gracias, papá.

—Feliz Navidad —murmuró Rick sin dejar de mirar la carrera.

—Feliz Navidad.

Aquella misma noche Billy encontró a Punky sentada en mitad del salón con un gorro de Papá Noel torcido sobre la cabeza. Ella seguía allí, inmóvil, con el pompón tapándole un ojo.

Billy dejó la mochila junto al sofá y soltó una risa.

—¿Quién ha sido?

—Ni idea —respondió Rick sin apartar la vista de la televisión.

Billy se agachó delante de Punky.

—Papá...

—¿Qué? —preguntó Rick mientras cambiaba de canal.

—Has sido tú.

Rick hizo un gesto distraído con la mano.

—¿Yo? Eso tendrás que demostrarlo.

—Pobrecilla... —dijo Billy sonriendo mientras le colocaba el gorro—. Mira que es pesado, ¿eh, Punky?

La cola empezó a golpear la alfombra.

—Así está mucho mejor.

Punky respondió intentando lamerle la mano.

Desde el sofá se escapó una risa tan breve que casi se confundió con el sonido de la televisión.

Billy levantó la vista apenas un instante. Rick seguía mirando la carrera con la misma expresión de siempre, como si no hubiera pasado nada.

Él tampoco dijo nada. Se limitó a rascarle el cuello a Punky mientras la cola seguía golpeando la alfombra con aquel ritmo alegre que ya empezaba a formar parte de la casa.

Las luces desaparecieron de las ventanas, los adornos volvieron a los desvanes y, antes de las cinco de la tarde, Riverbend ya parecía recogerse bajo el humo de las chimeneas y el crujido de los árboles desnudos.

Billy siguió repartiendo periódicos antes del instituto, recorriendo Riverbend con Jonah y Dolores los sábados y preguntándole siempre lo mismo a Morrigan cuando se cruzaban. La respuesta nunca cambiaba. Al cabo de un tiempo dejó de esperar otra.

Cada vez que volvía a casa, Punky parecía haber encontrado una forma distinta de esperarlo.

Unas veces dormitaba junto a la puerta; otras asomaba el hocico por la ventana del salón y, de vez en cuando, fingía seguir profundamente dormida en el sofá hasta que lo oía subir los escalones del porche.

Entonces levantaba la cabeza con toda la tranquilidad del mundo, como si acabara de darse cuenta de que había vuelto.

Con el tiempo dejó de fijarse. No volvió a pensar en aquella rutina hasta la tarde en que regresó más tarde de lo habitual. Había estado paseando con Dolores junto al río, hablando de profesores, de música y de todas esas cosas que, con doce años, parecían importantes.

Al volver de Magnolia Drive, abrió la puerta y encontró a Punky sentada frente a la entrada. No corrió hacia él. Se quedó donde estaba y, en cuanto sus miradas se cruzaron, la cola empezó a golpear el suelo con tanta fuerza que parecía llevar horas esperando aquel momento.

Billy dejó la mochila junto a la pared.

—¿Lleva mucho esperando? —preguntó sin apartar la vista de Punky.

Rick bajó un momento el periódico.

—Una hora... más o menos.

—¿Una hora?

—No había manera de moverla —respondió Rick encogiéndose de hombros antes de esconderse otra vez detrás del periódico.

Punky se acercó entonces al sofá y apoyó el hocico sobre su rodilla.

—Es idiota.

Ella respondió acercándose un poco más.

—Sí... —murmuró Rick mientras seguía leyendo y le rascaba distraídamente detrás de una oreja—. Completamente idiota.

Billy sonrió para sí, dejó la mochila junto a la puerta y subió las escaleras. Cuando llegó al rellano todavía alcanzó a oír el periódico pasar de página.

Y el inconfundible tac... tac... tac...