2 #2
—Mientras no aparezca un cuerpo, seguimos buscando a una persona viva.
Billy, Jonah y Dolores siguieron presentándose por la comisaría casi todas las semanas con preguntas nuevas o teorías que rara vez llevaban a ninguna parte.
Cruzaban Oak Square, doblaban por Cedar Avenue y llegaban a la pequeña comisaría, pegada al viejo ayuntamiento de ladrillo rojo.
Billy no recordaba haberla visto nunca en otro sitio.
—Buenos días, agente. —Jonah fue el primero en cruzar la puerta—. Una pregunta rápida. En Fangoria dicen que una pistola del treinta y ocho deja residuos distintos según la munición. ¿Eso es verdad o exageran? ¿Habéis encontrado ya el arma? ¿Las huellas? ¿Algún sospechoso?
—Sabes perfectamente que no puedo responderte a eso, muchacho.
—Venga... solo un poquito. —Jonah apoyó los codos sobre la mesa con una sonrisa—. En Arma Letal decían que, si limpias el arma con las piezas en aceite de motor, desaparecen todas las pruebas.
—No era Arma Letal —lo cortó Billy.
—¿No?
—Era El Fugitivo .
—Ah.
—Y tampoco decían eso.
—Oeeer Billy... pero en alguna película lo dirán ¿no?
Morrigan levantó por fin la vista del informe.
—Dolores, querida... ¿qué haces todavía con estos dos?
—Cuidarlos. Alguien tiene que hacerlo mientras ustedes trabajan.
—También es verdad.
Mientras hablaban, Punky se había colado debajo del escritorio. Dio un par de vueltas sobre sí misma y acabó tumbándose junto a los pies de Morrigan.
—¿Y ella sí puede investigar? —protestó Jonah señalándola con un dedo—. Pues yo también quiero.
—Jonah... —Morrigan negó despacio con la cabeza antes de volver al informe—. Vosotros no investigáis. Molestáis.
—Bueno... —se encogió de hombros—. A veces viene a ser casi lo mismo.
—Billy. —Morrigan levantó la vista un instante—. Escuchadme. Agradezco el interés. De verdad. Pero este trabajo nos toca hacerlo a nosotros—, después miró a Dolores—. Y tú procura que estos dos no se metan en líos, ¿vale?
—Haré lo que pueda.
—Vale. Ya habéis trabajado suficiente por hoy. Fuera.
—Venga, Punky... —suspiró Jonah mientras se daba la vuelta—. Nos han vuelto a echar.
La perra levantó la cabeza al oír su nombre, miró a Jonah... y volvió a acomodarse entre los pies de Morrigan.
—Punky... —insistió Billy desde la puerta—. Vamos.
Ni se movió.
Morrigan dejó escapar un resoplido sin apartar la vista del informe. Mientras una mano seguía pasando páginas, la otra bajó casi por inercia hasta encontrar una oreja de Punky y empezó a rascársela distraídamente.
—Si sigue empeñada en que me caiga bien... —murmuró sin dejar de leer—. Bah... sigue empeñándose en caerme bien, aunque ya sabéis que no me gustan los perros.
Billy sonrió.
—Punky.
Esta vez la perra se levantó despacio, estiró las patas delanteras, bostezó y caminó hacia la puerta sin dejar de mirar a Morrigan.
—Y no volváis hasta la semana que viene.
—Perfecto. Entonces el sábado volveremos a molestar… perdón… investigar, quería decir investigar jeje —respondió Jonah con una sonrisa antes de cerrar la puerta.
Aquello tampoco los desanimó. Los sábados, después de desayunar, recorrían Riverbend aunque el viento les helara las orejas o la nieve empezara a cubrir las aceras.
Preguntaban, tomaban notas y buscaban conexiones donde probablemente no las había.
Billy sabía que aquellas caminatas difícilmente iban a resolver nada pero quedarse en casa esperando noticias le parecía bastante peor.
—Miradla... —dijo Billy con una sonrisa—. Ya ha localizado un objetivo.
Punky se quedó completamente inmóvil. Levantó las orejas, clavó la vista en el tronco de un árbol y tensó el cuerpo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Dolores.
—Por las orejas. Siempre pone esa cara cuando cree que va a cazar algo.
Jonah entrecerró los ojos.
—¿Crees que ha encontrado al asesino?
Billy soltó una risa.
—No. Una ardilla, como mucho.
—¿Una ardilla? —Jonah se frotó las manos—. Cinco dólares a que la coge y la degüella.
—Puaj, Jonah...
—¿Qué? —replicó levantando las manos—. La naturaleza es así de cruda. Lo echan siempre en los documentales de National Geographic .
—Sea... ni de broma —Dolores miró a Punky—. William…mírame. No dejes que le haga daño.
—Shhh... —Billy levantó una mano sin apartar la vista del árbol—. Ya la ha visto. Y acepto la apuesta.
La ardilla descendió un par de palmos por el tronco. Punky dio un paso.
Luego otro.
—Vamos... vamos... —susurró Jonah inclinándose hacia delante como si estuviera viendo el último minuto de una final.
La ardilla echó a correr.
—¡Ahora!
Punky salió disparada detrás de ella...hasta que una hoja seca cruzó la acera empujada por el viento. Cambió de dirección sin pensárselo dos veces y salió detrás de la hoja con el mismo entusiasmo.
—Se distrae con más facilidad que tú Jonah.
—Igualito... —rió Dolores mientras veía a Punky perseguir la hoja calle abajo.
—Billy, di la verdad... tú ya sabías que iba a distraerse.
—Puede...
—¡Lo sabías!
—¿Nunca has visto las escenas eliminadas de los documentales?
Los tres rompieron a reír.
Siguieron caminando junto al río, por el sendero que unía Oak Square con el viejo puente de madera.
Hacía semanas que repetían aquellos paseos y Poco a poco Billy empezó a fijarse en pequeñas cosas en las que antes ni reparaba.
Si Dolores se quedaba unos pasos atrás, él aflojaba el ritmo sin pensar; cuando Jonah soltaba una de sus teorías imposibles, la primera persona a la que buscaba con la mirada era ella.
Fue al bajar la vista cuando descubrió que llevaba un buen rato caminando de su mano.
—Bueno... pues ya está. —Jonah los miró a los dos y negó con la cabeza—. Se acabó.
—¿Qué drama toca hoy? —preguntó Billy sin soltar la mano de Dolores.
—Pues que acabo de dejar de ser el coprotagonista. —Se llevó una mano al pecho con gesto solemne—. Desde hoy soy el amigo simpático.
—No seas dramático.
—No es drama, Lola. Es un análisis completamente objetivo de mi situación. Dentro de nada os iréis por ahí los dos y yo acabaré hablando con las ardillas.
En ese momento Punky volvió corriendo, se acercó a Jonah y le dio un lametón en la mano.
—¿Ves? —dijo Dolores sonriendo—. Alguien todavía cree que tienes arreglo.
Jonah le revolvió una oreja a la perra.
—Al menos alguien sabe apreciar mi compañía.
Billy y Dolores volvieron a reír. Al cabo de un momento Jonah volvía a caminar con ellos.
A veces se adelantaba unos metros; otras se quedaba rezagado comentando cualquier ocurrencia con Punky, que iba y venía entre los tres con la tranquila determinación de no dejar que ninguno caminara demasiado tiempo solo.
Morrigan aguantó más que nadie.
—¿Quién ha dejado entrar a este bicho? —preguntó Morrigan, levantando la vista del informe y señalando a la perra con el bolígrafo.
—Ha entrado sola, jefe.
Morrigan resopló. Punky abrió un ojo y, en cuanto reconoció su voz, la cola empezó a golpear el suelo con aquel ritmo inconfundible.
Tac... tac... tac...
—Ni se te ocurra hacer que me caigas bien —gruñó sin apartar la vista del informe.
—Pues me parece que va perdiendo la batalla —comentó uno de los agentes con una sonrisa.
Morrigan no respondió. Siguió leyendo y, casi sin darse cuenta, dejó caer una mano para rascarle detrás de una oreja.