2
Durante las dos primeras semanas, Rick insistió en que aquello era temporal.
Lo decía por las mañanas, mientras se servía café en su vieja taza desconchada; por las tardes, cuando encontraba pelos blancos pegados al sofá o un juguete abandonado en mitad del pasillo; y también por las noches, si Punky aparecía con un calcetín entre los dientes y aquella cara de no haber hecho absolutamente nada.
—Esto es temporal.
Punky respondía moviendo la cola con un entusiasmo que Billy decidió interpretar como un «me parece perfecto».
Billy nunca discutía con su padre. Había aprendido que, con algunos adultos, era mejor dejarles ganar la discusión. Al final casi siempre la perdían ellos solos.
La primera norma oficial llegó un sábado por la mañana. Rick la anunció desde la cocina con la solemnidad de un juez mientras Billy desayunaba cereales y Punky permanecía sentada entre los dos, siguiendo la conversación con demasiada atención para tratarse de un perro.
—Ni se os ocurra subirla al sofá. Ni una pata.
—No sé cómo subiría solo media —murmuró Billy sin levantar la vista del bol.
Rick le lanzó esa mirada que significaba no empieces .
—¿Ha quedado claro?
—Perfectamente.
Punky bostezó.
Cinco minutos después dormía en mitad del sofá, boca arriba, con las cuatro patas apuntando en direcciones distintas y la lengua asomando por un lado de la boca.
Rick apareció secándose las manos con un trapo. Se quedó mirando a Punky unos segundos antes de volver la cabeza hacia Billy.
—¿Qué acabo de decir?
Billy siguió su mirada y estudió la escena con el mismo detenimiento.
—Que no subiera al sofá.
—¿Y dónde está?
—Bueno... —respondió, encogiéndose de hombros—. Tampoco está de pie.
—Bájala. —Rick hizo un gesto hacia la alfombra sin dejar de mirarla.
Billy chasqueó los dedos junto al sofá.
—Vamos, Punky. No me dejes en ridículo.
La perra ni siquiera abrió un ojo.
—Venga...
Le sujetó el collar y tiró con cuidado.
—No puede ser tan difícil —murmuró Rick desde atrás.
Billy hizo un último intento antes de incorporarse.
—Pues ven y ayúdame.
—Ni hablar. Es tu perro.
Billy volvió a tirar del collar. Punky respondió con uno de aquellos ruidos extraños, a medio camino entre un gemido y una puerta vieja negándose a abrirse. Cedió unos centímetros. Las patas delanteras tocaron la alfombra; las traseras siguieron cómodamente instaladas en el sofá.
Rick contempló a Punky unos segundos mientras las patas delanteras ya tocaban la alfombra y las traseras seguían cómodamente instaladas en el sofá.
—Está negociando.
Billy resopló.
—Es un perro.
—Uno muy listo. —Rick negó despacio con la cabeza—. Ya manda más que nosotros.
Aquella guerra terminó esa misma noche. Billy bajó a la cocina a por un vaso de agua y encontró la casa a oscuras. El resplandor azulado de la televisión era lo único que iluminaba el salón mientras, al otro lado de las ventanas, el viento sacudía las ramas desnudas de los árboles.
Al pasar junto a la puerta del salón se detuvo.
Rick estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá y una cerveza sin abrir junto a la pierna.
En la pantalla sonaba una película cualquiera.
Punky dormía en el respaldo, exactamente donde tenía prohibido estar, y él le rascaba distraídamente detrás de una oreja.
Billy sonrió, dio media vuelta y regresó escaleras arriba. Ya en la cama recordó que había bajado a por un vaso de agua, pero, a esas alturas, le importaba bastante poco.
Octubre fue dejando las mañanas cada vez más frías. Una mañana apareció escarcha sobre los jardines, las bicicletas dejaron de verse en los porches y el humo de las chimeneas empezó a salir mucho antes de que anocheciera.
Las primeras heladas blanquearon los jardines al amanecer, las bicicletas desaparecieron de los porches y el olor de las chimeneas empezó a colarse por las calles antes de que anocheciera.
Para entonces, Punky ya formaba parte de Riverbend con la misma naturalidad que el río, la vieja torre del agua o los Johnson discutiendo de béisbol cada domingo.
A Billy le costaba recordar cómo era la casa antes de que llegara. Bastaba encontrar un juguete mordido bajo el sofá, un mechón de pelo blanco pegado a la manga de la chaqueta o verla siguiéndolo de una habitación a otra para sentir que siempre había vivido allí.
Las mañanas acabaron pareciéndose unas a otras.
Antes de ir al instituto repartía periódicos.
Empezaba por Maple Street, cruzaba Chestnut Avenue y terminaba la ruta junto a Oak Square mientras el frío se colaba por las mangas de la chaqueta.
Después llegaba a casa y Punky lo esperaba junto al cuenco con esa expresión de perro desnutrido que desaparecía exactamente dos minutos después de desayunar.
—Vamos a tener que hablar seriamente de esto... —dijo recorriéndola de arriba abajo con la mirada—. Juraría que ayer eras más pequeña.
Punky levantó la cabeza y movió la cola.
—No pongas esa cara. Te vi comerte media pizza.
Ella se acercó al cuenco como si no hubiera probado bocado en días. Cuando terminó, volvió a sentarse delante de Billy y lo miró exactamente con la misma expresión.
—No, no... conmigo no cuela. Venga, arriba.
Punky volvió a mover la cola.
Billy terminó llenándole otra vez el cuenco mientras negaba con la cabeza. Los perros parecían nacer con una extraña capacidad de parecer hambrientos incluso después de comer.
Con el tiempo, aquellas pequeñas costumbres fueron ocupando su sitio.
Los viernes pasaba por el videoclub, alquilaba cualquier película que pareciera interesante, compraba una pizza barata y se encerraba en su habitación.
Punky no tardó en dejar claro que las películas le daban exactamente igual; la pizza y la cama, en cambio, le parecían dos inventos extraordinarios.
Al cabo de unos días Billy ya dormía pegado al borde del colchón mientras Punky ocupaba el centro como si llevara toda la vida haciéndolo.
—Punky... —murmuró una noche, empujándola apenas un poco—. Muévete un poco.
La perra ni se inmutó.
—Venga... que la cama también es mía.
Otro empujoncito.
Ni caso.
—Algún día te caerás.
Punky respondió con un ronquido.
Las noches de pizza también terminaron convirtiéndose en una costumbre. Billy siempre acababa dándole un trozo, salvo cuando llevaba aceitunas negras.
Aquella noche estaba terminando el último pedazo cuando vio a Punky junto a la estantería.
—¿Qué haces?
La perra olisqueaba una de las velas que su madre había comprado en la feria del otoño. En la etiqueta todavía podía leerse: La costa en un suspiro.
Billy sonrió.
—Eso no se come.
Punky levantó la cabeza y fue hasta él moviendo la cola. Billy cogió una aceituna de la caja y se la enseñó.
—¿Y esto? ¿Esto tampoco?
Punky frenó en seco. Retrocedió un par de pasos, lo miró con una mezcla de decepción y desconfianza y abandonó la habitación con el rabo bien alto. Billy soltó una risa.
Aquello bastó para que su madre volviera a colarse en sus pensamientos. La misma pregunta regresó sin pedir permiso. Bajó la vista hacia la caja de pizza y dejó escapar el aire. Sabía que era imposible. Pero aquella pregunta siempre acababa volviendo.
Mientras Billy seguía haciéndose preguntas que nunca encontraban respuesta, el resto de Riverbend parecía haber resuelto las suyas mucho antes. Para cuando él consiguió levantar la vista, Punky ya había dejado de ser solo su perra.
—¡Buenos días, Punky!... Ah, y buenos días, Billy —decía el señor Johnson cada mañana desde el jardín.
En la carnicería del señor Donnelly ocurria algo parecido.
—¡Hombre, Billy! ¿Qué te trae por aquí?
—Mi padre quiere hacer una barbacoa.
—Ya iba siendo hora de que ese hombre saliera un poco de la cueva.
Mientras envolvía unas salchichas en papel de estraza reparó en la perra, que esperaba junto al mostrador moviendo despacio la cola.
—¿Y esta señorita?
—Se llama Punky.
—Vaya nombre... —sonrió inclinándose un poco para verla mejor—. Encantado de conocerte.
Punky respondió moviendo la cola.
—¿Sabes una cosa, muchacho? —continuó mientras ataba el paquete con un cordel—. Este año los Red Sox tienen buena pinta.
—Eso dices todos los años.
—Bueno... algún año tendré que acertar. —Dejó la bolsa sobre el mostrador y echó un vistazo por la ventana—. Tengo ganas de volver a escuchar el Sweet Caroline en Fenway. Hace demasiado que no nos llevamos una alegría.
—Ojalá.
—Ya veremos. Como los Red Sox empiecen ganando los diez primeros partidos, acuérdate de mí. —Empujó la bolsa hacia Billy—. Son quince dólares con veinticinco.
Billy estaba sacando el dinero cuando Punky apoyó el hocico en el borde del mostrador y se quedó mirándolo sin pestañear.
Donnelly soltó una risa.
—Ya, ya... no me pongas esa cara. Sabía que tú no habías venido solo a saludar.
Abrió una neverita bajo el mostrador, sacó una alita de pollo y se la tendió. Punky la atrapó al vuelo.
—Se aprovecha de usted, señor Donnelly.
—Claro que se aprovecha. —La siguió con la mirada mientras empezaba a masticar la alita—. Igual que mi exmujer.
—¿Y aun así le da otra?
—Con una diferencia.
—¿Cuál?
—Esta, por lo menos, no habla.
Billy soltó una risa.
—Dale recuerdos a tu padre, muchacho. Y no dejéis que queme las salchichas.
—Lo intentaré.
—Hasta luego, Punky.
Punky respondió moviendo la cola antes de seguir a Billy hasta la puerta.
Salieron de la carnicería con una bolsa de salchichas y una Punky tan satisfecha que cualquiera habría dicho que acababa de recibir una medalla.
Sin que nadie se pusiera de acuerdo, Riverbend había acabado adoptándola.
Con Hope pasaba justo lo contrario. Su nombre seguía apareciendo de vez en cuando en los periódicos y las emisoras locales repetían que la investigación continuaba abierta.
Pero el pueblo empezaba a acostumbrarse a vivir sin respuestas.
Billy lo notaba cada vez que oía frases como «ya aparecerá alguna pista» o «la policía sigue investigando». Nadie lo decía en voz alta.
El agente Morrigan nunca hablaba de rendirse. Siempre terminaba diciendo lo mismo: