Punky: El perro que nos encontró 1
57%

1

Tardó casi media hora en volver a casa desde la perrera. No porque estuviera lejos, sino porque caminó sin prestar demasiada atención al camino. Cruzó calles casi por inercia mientras la lluvia le empapaba el pelo, la ropa y unas zapatillas que chapoteaban en cada charco.

Cuando levantó la cabeza ya estaba delante del porche.

Se quedó unos segundos mirando la casa antes de empujar la puerta.

Lo recibió el olor de siempre: café viejo, cerveza y madera húmeda.

La televisión sonaba demasiado alta en el salón.

Rick ocupaba su rincón habitual del sofá, con una lata en la mano y la vista clavada en una carrera de coches que probablemente llevaba varios minutos sin seguir.

—Llegas tarde.

Billy dejó la mochila junto a la entrada y echó a andar hacia las escaleras sin responder. Rick bajó un poco el volumen.

—¿Qué pasa ahora? ¿Otra vez por ese perro?

Billy aflojó el paso, pero no se detuvo.

—Billy.

Siguió caminando.

—Billy.

—¿Qué? —respondió al fin, volviéndose a medias.

—No puedes ponerte así por un perro, hijo.

—¿Y tú qué sabes?

Los motores siguieron rugiendo en la televisión mientras los dos se sostenían la mirada. Rick llegó a abrir la boca, como si fuera a responder, pero acabó recostándose otra vez contra el respaldo.

—Haz lo que quieras.

Billy reanudó la marcha. Ya había apoyado un pie en el tercer escalón cuando un ruido tan leve que casi confundió con su imaginación lo obligó a detenerse.

Se quedó inmóvil mientras la lluvia golpeaba los cristales y una tubería crujía en la cocina. Estaba a punto de seguir subiendo cuando volvió a oírlo: primero un clac seco; después, otro golpecito más apagado.

Tac... tac.

Conocía aquel sonido demasiado bien. Una cola golpeando la madera. Punky siempre llegaba así. Bajó despacio un escalón sin apartar la vista del salón. Rick seguía mirando la carrera con un interés tan exagerado que empezaba a resultar sospechoso.

—¿Papá...?

—¿Qué?

—¿Has oído eso?

—¿Oír qué?

Billy siguió observándolo un instante.

Tac... tac.

El corazón le golpeó el pecho mientras avanzaba hacia el salón sin apartar los ojos de su padre. Avanzó hacia el salón sin apartar los ojos de su padre. El corazón le golpeaba con tanta fuerza que apenas era capaz de pensar.

—Papá….¿Por qué estás sonriendo?

—Qué dices. No estoy sonriendo Billy.

—Sí.

—Que no

—Como que no. Mira... —señaló su cara—. Ahora mismo.

Rick carraspeó e intentó recomponer el gesto, pero ya era demasiado tarde. Billy siguió la dirección de aquella sonrisa. Por un lado del sofá asomó una oreja. Después un hocico negro. Finalmente, dos ojos marrones se clavaron en los suyos.

Durante un instante fue incapaz de moverse.

Habría reconocido aquella mirada entre un millón.

—¡PUNKY!

Billy apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que la perra se le echara encima y los dos acabaran rodando por la alfombra. Las patas le resbalaban sobre el pecho mientras la lengua le recorría la cara sin darle un segundo de tregua.

—¡Punky! ¡Para...!

Era inútil. Le lamió la nariz, la barbilla, una oreja y volvió a empezar.

Billy intentó apartarla, pero acabó riéndose mientras se protegía la cara con una mano.

Punky respondió con aquel ruido extraño, a medio camino entre un gemido y un gruñido, antes de volver a hundirle el hocico bajo la barbilla.

—¿Qué haces aquí, eh? —acertó a decir entre risas, abrazándola por el cuello—. ¿Qué haces aquí?

La cola golpeó el suelo con tanta fuerza que hizo vibrar la pata de una mesa.

—Quiero que sepas…

Billy levantó la cabeza.

—…que ronca.

Punky, completamente ajena a la conversación, decidió que todavía no había terminado de lavarle la cara.

—¿Eso es lo primero que vas a decir?

—Y que ocupa medio sofá.

—Claro...

—Y encima roba mantas.

—Papá... —preguntó sin dejar de sonreír—. ¿Qué hace Punky aquí?

Rick dio otro trago a la cerveza. Durante unos segundos solo se oyeron los motores de la televisión y la lluvia golpeando los cristales.

—Papá...

—Ya te he oído.

—Entonces...

Rick dejó la lata sobre la mesa con un golpe seco.

—Firmé los papeles.

Billy dejó de acariciar a Punky.

—¿Qué?

—Los papeles…Los de la adopción.

—¿Has... has sido tú?

Rick hizo un leve gesto con la cabeza.

—No veo a nadie más sentado en este sofá. ¿No?

Billy volvió la vista hacia Punky. La perra seguía moviendo la cola con la misma felicidad de siempre, completamente ajena a la conversación.

—Pero... si tú odias los perros.

Rick soltó un bufido.

—Y los sigo odiando.

—Dijiste que no querías uno.

—Correcto.

—Que era una mala idea.

—Lo sigue siendo.

Billy abrió otra vez la boca, pero Rick levantó una mano antes de que pudiera seguir.

—Respira un poco, ¿quieres?

—Entonces... ¿por qué?

Rick se rascó la barbilla justo cuando Punky intentó lamerle una mano. La apartó casi por reflejo antes de responder.

—Porque esta mañana apareció una niña rubita empeñada en tocarme las narices.

—¿Dolores?

—Se plantó aquí y no hubo manera de quitármela de encima.

—¿Qué hizo?

—Hablar. Hablar y hablar. Yo escuchaba.

Rick jugueteó un momento con la lata antes de continuar.

—Decía que hacía mucho que no te veía feliz. Que desde que apareció ese perro volvías a reírte. Que volvías a salir de casa. Que incluso habías vuelto a discutir con ella por tonterías, como hacías antes con Claire.

Bajó la vista hacia la cerveza.

—Luego dijo una cosa que me fastidió bastante. Que tú estabas intentando salvar a ese perro... y que, a lo mejor, era ese perro el que te estaba salvando a ti.

Resopló.

—No me gustan esas frases de película. Pero tenía razón.

Los motores siguieron rugiendo en la televisión mientras la lluvia golpeaba los cristales. Rick volvió a llevarse la cerveza a los labios antes de añadir, casi de mala gana:

—La chica Whitmore habla demasiado... pero se preocupa por ti.

Billy bajó la vista hacia Punky. La perra seguía apoyada contra su pierna, moviendo la cola despacio. Cuando Billy le pasó una mano por detrás de las orejas volvió a perder la cabeza.

—¡Eh, eh...! ¡Punky!

Ella respondió lanzándose otra vez sobre él. Billy acabó de espaldas en la alfombra entre lametones, patas que le resbalaban sobre el pecho y aquel ruido extraño, a medio camino entre un gemido y una conversación, que solo hacía cuando era incapaz de contener la alegría.

Rick observó la escena por encima de la lata de cerveza. Negó despacio con la cabeza, dio otro sorbo y murmuró, casi para sí:

—Ya te lo dije...

Billy consiguió apartar a Punky lo justo para mirarlo.

—¿El qué?

—Que es insoportable.

Como si hubiera entendido que hablaban de ella, Punky cruzó el salón de dos saltos y apoyó el hocico sobre la rodilla de Rick.

—Quieta… ni se te ocurra coger confianza.

La perra respondió moviendo la cola.

Rick mantuvo el gesto serio un momento más, pero acabó rascándole distraídamente detrás de una oreja. Billy los observó desde la alfombra y no dijo nada. No hacía falta.