Punky: El perro que nos encontró 19
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La mañana siguiente amaneció bajo una lluvia fina que parecía llevar horas cayendo sobre Riverbend. No era una tormenta, solo esa llovizna persistente que apagaba los colores del pueblo y convertía calles, jardines y casas en una fotografía antigua.

Billy volvió a despertarse pensando en Punky. Empezaba a convertirse en una costumbre. Se acostaba con ella en la cabeza, abría los ojos igual y, por mucho que intentara distraerse durante el día, siempre acababa regresando al mismo sitio.

En el autobús apoyó la frente contra el cristal empañado mientras la lluvia desdibujaba el paisaje al otro lado de la ventana.

Pensó en la perrera. Pensó en la conversación del día anterior con Penelope.

Hasta entonces había dado por hecho que Punky seguiría esperándolo detrás de aquellos barrotes, que podría ir a verla al salir de clase y prometerle, una vez más, que encontraría la manera de sacarla de allí.

Pero ¿y si alguien llegaba antes? ¿Y si una familia decidía adoptarla?

Solo imaginarlo le dejó un vacío en el estómago. Quizá no volviera a verla nunca.

El autobús se detuvo con un siseo y Jonah subió cargando una carpeta tan gruesa que parecía contener los planos del Pentágono.

Billy apenas levantó la vista. Conocía demasiado bien aquella expresión: era la misma con la que había intentado demostrar que el director Holloway pertenecía a una organización extraterrestre infiltrada en Massachusetts y la misma que llevaba el verano en que quiso convencer a medio Riverbend de que había un tesoro enterrado detrás del campo de béisbol.

—No —dijo antes siquiera de que Jonah se sentara.

—¿Qué?

—Sea lo que sea... no.

Jonah dejó la carpeta sobre las rodillas y resopló.

—Oeer Billy, sigo pensando que ayer solo intentaba ayudar. No quería que pensaras que Penelope iba a quitarte a Punky.

Billy siguió mirando la lluvia antes de asentir.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué estás enfadado conmigo?

—Porque, si alguien la adopta... ya no volveré a verla.

Jonah no respondió. Se quedó un momento mirando la carpeta apoyada sobre las rodillas y terminó abriéndola con cuidado.

—Vale... entonces te enseño esto.

Sacó un mapa cubierto de círculos rojos y varias fotocopias.

—Creo que he encontrado algo.

—¿Otra teoría?

—Esta vez puede que no sea una tontería.

Terminó inclinándose sobre el mapa.

—Te doy cinco minutos.

—Me conformo—Jonah señaló varios nombres con el dedo—. Hope fue una de las últimas... pero no la última.

Billy recorrió los círculos en silencio hasta que algo empezó a encajar.

—Están cerca... las ambrosías.

—Justo. Yo también he pensado lo mismo.

Siguió un momento más estudiando el mapa. No era una prueba, ni siquiera una pista sólida, pero después de tantos años era mucho más de lo que nadie había conseguido.

—Tenemos que enseñárselo a Morrigan.

La teoría siguió creciendo durante el resto del trayecto.

Cuando cruzaron las puertas del instituto, el Domino's Killer ya no solo tenía acceso a historiales médicos; además contaba con repartidores infiltrados, una organización criminal de dimensiones internacionales y, según Jonah, un loro adiestrado.

—Lo del loro sobra —dijo Billy mientras abría la taquilla.

—De momento.

Billy sonrió, aunque seguía dándole vueltas al mapa. Desde que Punky había entrado en la perrera llevaba días sin pensar en otra cosa, y descubrir que había pasado casi todo el trayecto absorto en la investigación le produjo una sensación extraña, casi culpable.

La lluvia no dio tregua en toda la mañana. A mitad de la clase de Biología, mientras el resto copiaba un esquema de la pizarra, el señor Arnold pasó entre las mesas con una de sus inconfundibles camisas hawaianas. Se detuvo junto al pupitre de Billy, echó un vistazo al cuaderno y levantó una ceja.

Había escrito la misma frase tres veces.

—¿Todo bien?

—Sí.

Arnold sonrió.

—Mentira… Ya me han contado lo de Punky.

Billy dejó el lápiz sobre la mesa. Arnold miró un instante hacia la lluvia antes de volver a él.

—Cuando tenía tu edad perdí un pastor alemán. Durante un tiempo pensé que el mundo se había acabado.

—No es lo mismo.

—No —admitió—. Pero la sensación de perder a alguien sí se parece. A veces querer de verdad también significa aceptar que otro pueda darle una vida mejor.

—¿Y si no quiero?

—Entonces eres completamente normal.

Le dio una palmadita en el hombro y reanudó el paseo entre las mesas sin añadir nada más.

Billy volvió al cuaderno.

La misma frase seguía escrita tres veces.

Esta vez ya no le pareció un accidente.

Cuando sonó la campana, el aula se llenó de sillas arrastrándose, mochilas cerrándose a toda prisa y conversaciones que parecían haber esperado cuarenta minutos para empezar.

Billy guardó el cuaderno sin dejar de darle vueltas a las palabras de Arnold.

No le gustaban. Quizá porque una parte de él empezaba a sospechar que el profesor tenía razón.

Dolores lo esperaba junto a su taquilla. Sonrió al verlo, pero aquella sonrisa se apagó en cuanto Billy intentó corresponderle.

—Mi madre ha preguntado por ti esta mañana —dijo mientras cerraba la mochila—. Y por Punky.

—Sigue pensando que es una perra especial.

—Lo es.

Los alumnos iban y venían por el pasillo entre portazos de taquillas y voces que se mezclaban unas con otras. Dolores dejó que pasara un grupo antes de preguntarle:

—¿Sigues enfadado conmigo?

—No contigo.

—Pues lo parece.

—Es que todo el mundo decide cosas. Morrigan, mi padre... tu madre... Y nadie me pregunta qué quiero yo.

—Perdona... Yo sí.

—Lo siento.

—Solo intentábamos ayudarte.

—Lo sé.

—Entonces deja de mirarme como si quisiera quitarte a Punky.

Abrió la boca para contestar, pero volvió a cerrarla. Llevaba toda la mañana buscando una forma de explicárselo y ninguna terminaba de servir. Dolores tenía razón. Nunca había estado enfadado con ella, ni con Penelope. Era aquella situación la que parecía empeñada en decidir por él.

Estaba reuniendo las palabras cuando una voz resonó por todo el pasillo.

—¡Billy!

Jonah apareció esquivando alumnos a toda velocidad, agitando una hoja llena de anotaciones por encima de la cabeza.

—¡Las demás también tenían alergias!

Billy y Dolores intercambiaron una mirada.

—¿De qué estás hablando? —preguntó ella.

—Luego os lo explico. —Se guardó la hoja bajo el brazo y les hizo un gesto impaciente—. Vamos. Tenemos que hablar con Morrigan.

La lluvia seguía cayendo cuando cruzaron la calle hacia la comisaría. Morrigan los vio acercarse desde la recepción y empezó a negar con la cabeza incluso antes de que empujaran la puerta.

—No.

—Ni siquiera hemos hablado.

—Precisamente por eso.

Cuando entraron, el joven policía seguía apoyado en el mostrador con un café entre las manos. Esperó a que llegaran hasta él y volvió a negar.

—No.

—Morrigan...

—Billy.

—Morrigan...

—¿Ve? —Jonah señaló a Billy—. Él también hace eso.

—Y resulta igual de irritante.

Jonah sonrió. Evidentemente, se lo tomó como un cumplido.

—Bien... ¿qué habéis descubierto esta vez?

No hubo respuesta. Jonah ya estaba desplegando el mapa sobre el mostrador con el entusiasmo de quien acaba de resolver un crimen federal. Morrigan lo observó un instante y arqueó una ceja.

—Parece el plan de invasión de Canadá.

—Técnicamente, todavía está en fase de desarrollo.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Billy intervino antes de que Jonah empezara a demostrar por qué Canadá ocultaba, casi con toda seguridad, algún oscuro secreto internacional.

—Escúchelo.

Morrigan dejó el café sobre el mostrador, soltó un suspiro resignado y les indicó con la mano que continuaran.

—Cinco minutos.

Jonah llevó el peso de la explicación. Billy fue señalando fechas, nombres y pueblos marcados en el mapa mientras Dolores completaba los detalles que se le escapaban.

Morrigan apenas los interrumpió. Escuchaba con los brazos cruzados, hacía alguna pregunta de vez en cuando y volvía enseguida al mapa, ajeno al ir y venir de agentes y vecinos que atravesaban la recepción bajo el golpeteo constante de la lluvia contra los ventanales.

Cuando terminaron, cogió el mapa y lo extendió sobre una mesa cercana. Recorrió los círculos con el dedo hasta detenerse sobre uno de ellos.

—Las ambrosías...

Jonah dio un paso al frente.

—¿Lo ve?

—Estoy viendo algo.

—¿Lo ve? Je, je... sabía que acabaría viéndolo.

—Jonah. Cinco segundos sin hablar.

Morrigan volvió al mapa.

—Vale... si alguien tuviera acceso a historiales médicos... sabría quién padece determinadas alergias, quién toma cierta medicación e incluso quién vive solo.

—¿Un farmacéutico? —preguntó Billy.

—O cualquiera relacionado con la sanidad.

Dolores recorrió con el dedo varios de los pueblos marcados.

—Sea... también podría hacerse pasar por repartidor. Nadie desconfía de un repartidor.

Morrigan alzó la vista hacia ella. Pensó unos segundos, enrolló despacio el mapa y acabó asintiendo para sí.

—Vale. Voy a enseñar esto.

Los ojos de Jonah se iluminaron.

—¿En serio?

—No significa que tengáis razón.

—Pero tampoco que no la tengamos.

Una sonrisa apenas perceptible asomó a la comisura de los labios de Morrigan.

—No.

Guardó el mapa bajo el brazo y, al volver la vista hacia Billy, comprendió enseguida que hacía rato que había dejado de seguir la conversación.

—¿Y Punky...? —preguntó él en voz baja.

Aquella pregunta hizo desaparecer el mapa, las ambrosías y el Domino's Killer. Jonah dejó de sonreír. Dolores buscó la mirada de Morrigan, que permaneció unos segundos con el vaso de café entre las manos antes de dejarlo sobre el mostrador.

—Venid. Una cosa cada vez, muchachos.

Atravesaron la comisaría en silencio y salieron por la puerta que comunicaba con la perrera. Los ladridos llegaron mucho antes que el edificio. Billy conocía demasiado bien aquel pasillo. Aquel olor. Y el lugar exacto donde estaba la jaula de Punky. Por eso sus ojos fueron directamente hacia ella.

Estaba vacía. La manta seguía doblada en un rincón, la pelota descansaba junto al cuenco del agua y el collar permanecía donde él mismo lo había dejado dos días antes. Todo seguía en su sitio, salvo la única cosa que de verdad importaba.

Kevin apareció desde el fondo del pasillo con una carpeta bajo el brazo. Al ver la expresión de Billy aflojó el paso y soltó el aire despacio.

—Joder, chaval...

—¿Qué ha pasado, Kevin?

—Han venido esta mañana, bien temprano. Firmaron los papeles... y se la llevaron.

—¿La han adoptado?

—Sí.

—¿Quién ha sido?

Kevin hizo una pequeña mueca.

—No puedo decírtelo, chaval. Te lo digo en serio.

Billy bajó la cabeza. Casi habría preferido un nombre. Una dirección. Cualquier cosa contra la que poder enfadarse.

—Billy...

Oyó la voz de Dolores a su espalda.

Se volvió.

—Mi madre no ha sido. Te lo prometo.

Billy sostuvo su mirada. No necesitó más. Cuando volvió la vista hacia la jaula, la pelota seguía junto al cuenco y la manta continuaba doblada en el mismo rincón, como si Punky fuera a regresar en cualquier momento.

Pero los barrotes seguían vacíos. Y, por mucho que intentara mirar cualquier otra cosa, era lo único que veía.