Punky: El perro que nos encontró 18
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Magnolia Drive no se parecía demasiado al resto de Riverbend.

No era cuestión de casas más grandes ni de jardines mejor cuidados.

Simplemente había más aire. Las aceras parecían ensancharse entre los árboles, los coches desaparecían detrás de los setos y las bicicletas descansaban sobre el césped como si nadie tuviera miedo de que fueran a desaparecer.

La casa de Dolores ocupaba una esquina tranquila de la calle. Dos enormes magnolios daban sombra al porche blanco y las ventanas permanecían abiertas de par en par, dejando escapar el olor de algo recién horneado.

El jardín era mucho más grande de lo que parecía desde la calle. Un sendero de piedra se perdía entre flores que crecían sin ningún orden aparente, un viejo columpio colgaba de un roble gigantesco y, al fondo, un pequeño estanque rompía el verde del césped.

Aquel jardín daba la impresión de haber ido apareciendo poco a poco, sin que nadie se molestara nunca en decirle dónde tenía que crecer cada cosa. Sobre una roca que sobresalía del agua descansaba una tortuga. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era de verdad.

—Oeeer... no me creo que no se haya movido ni una vez.

—Se llama Emerson —respondió Penelope mientras dejaba la bandeja sobre la mesa.

—¿Y por qué Emerson?

—Mmm.. pues… porque me mira como un filósofo decepcionado.

Jonah volvió a estudiar al animal con toda la seriedad del mundo.

—Me pregunto qué estará pensando.

—Que tienes cara de idiota.

—Me cae bien —sonrió Billy.

Penelope se sirvió un poco más de té.

—Mi hermana dice lo mismo cada vez que viene de California.

—¿Tiene una hermana en California? —preguntó Jonah.

—Todos los veranos voy a verla.

—Tiene que ser increíble, ¿no?

—¿Has estado alguna vez?

—No.

—Entonces, ¿cómo lo sabes?

—Porque en las películas... y en Baywatch siempre sale así.

—No le hagas caso, mamá —suspiró Dolores.

—¿Por qué? —Penelope parecía divertirse—. A mí me parece encantador. El mundo necesita más gente asi.

—Je, je... ¿ves? Alguien aprecia mi talento.

—No sé si aprecia tu talento... A mi madre siempre le han gustado las cosas raras.

Las risas siguieron sonando a su espalda mientras Billy se alejaba hacia el fondo del jardín.

Una valla blanca separaba la casa de una pequeña extensión de árboles que, para cualquier adulto, apenas merecía llamarse bosque.

Los niños de Riverbend, en cambio, llevaban años convirtiéndola en escondite, fortaleza o escenario de cualquier aventura que se les ocurriera.

Billy apoyó los antebrazos sobre uno de los postes y dejó que la vista se perdiera entre las sombras. El sol empezaba a esconderse detrás de las copas y la luz se filtraba entre las ramas en largas franjas doradas.

—Sigues pensando en ella, ¿verdad? —preguntó Dolores al acercarse con un vaso de limonada entre las manos.

Se apoyó junto a él y miró también hacia el bosque.

—Sí.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. A su espalda seguía oyéndose la voz de Jonah, empeñado en demostrar que las tortugas eran espías del gobierno, y la risa de Penelope, que parecía disfrutar sinceramente de la teoría.

—Yo también pienso en Punky.

—¿Tú?

—Clarooo. La conocí hace poco, pero saes... eso no significa que no pueda echarla de menos.

—Si hubiera algo que pudiera hacer...

—Lo harías, lo se.

Billy esbozó una sonrisa cansada.

—No me gusta que me veas así.

—Pues vas a tener que acostumbrarte.

—Gracias por el apoyo.

—No hay de qué, William.

La sonrisa de Billy apenas duró unos segundos.

—¿Sabes? Echo de menos a mi padre —dijo Dolores sin apartar la vista del jardín.

Billy volvió la cabeza.

—Pensaba que estaba de viaje.

—Eso dice mi madre cuando alguien pregunta. —Sonrió con tristeza.— Pero se divorciaron hace casi tres años.

Billy guardó silencio.

—Todo el mundo cree que, después de tanto tiempo, ya debería dar igual. Supongo que he aprendido a hacer como si no me afectara.

—Pues no se te nota.

—Porque me esfuerzo para que no se note.

Una hoja seca cruzó el jardín empujada por el viento hasta detenerse junto al estanque.

—¿Por eso la tortuga se llama Emerson? —preguntó Billy, siguiéndola con la mirada.

—Mi madre dice que es por el filósofo. Pero no. Mi padre se llama Emerson.

Las campanillas del porche tintinearon un instante.

—¿Lo ves mucho?

—En verano... si tiene tiempo.

—Entonces ves más a la tortuga que a él.

—Bastante más.

No volvieron a hablar durante unos segundos.

—Bueno... nos tienes a nosotros. A Jonah. Y a mí. No pienso irme a ninguna parte.

—Gracias, William.

El sol empezaba a esconderse detrás de los árboles cuando Dolores volvió a romper el silencio.

—Lo encontrarás.

—¿A quién?

—Al Domino's Killer.

—Ni siquiera sé si existe la mitad de las cosas que creo haber descubierto.

—Existe. Y tú acabarás encontrándolo.

—No funciona así. No encuentras a alguien solo porque quieras hacerlo.

—Quizá no. Pero eres incapaz de dejar un misterio sin resolver. Aunque tardaras diez años, seguirías buscándolo.

—Bueno... siempre puedo acabar poniendo multas por cruzar mal la calle.

—No durarías ni una semana.

—¿Tan mal policía sería?

—No. El problema es que antes de escribir la multa les darías una charla de media hora sobre seguridad vial.

—Puede ser.

El viento volvió a mover las campanillas.

—¿Y tú? —preguntó al cabo de un momento—. ¿Qué quieres hacer?

—Viajar.

—¿California?

—California... Italia... Japón... Me da igual. A todas partes. Mi madre dice que hay demasiadas cosas bonitas en el mundo para quedarse siempre en el mismo sitio.

—¿Y tu padre?

Dolores apoyó la barbilla sobre los brazos.

—Él dice que lo importante es tener un trabajo estable.

—Suena bastante más aburrido.

—Muchísimo.

La sonrisa de Dolores se apagó apenas un instante. Billy ya no preguntó nada. A pocos metros de ellos, Jonah seguía desarrollando una teoría que solo existía dentro de su cabeza.

—Las ardillas no son de fiar.

—¿Y eso por qué? —preguntó Penelope.

—Porque siempre están reunidas.

—¿Reunidas?

—Sí. Tú nunca ves una ardilla sola haciendo cosas normales. Siempre hay otra escondida vigilando.

Penelope frunció el ceño.

—Ahora que lo dices...

—¿Ves? Algo preparan.

—Ug… Mi madre es imposible…

—Creo que Jonah está enamorado de ella —sonrió Billy.

—No digas eso... —gimió Dolores.

—Es verdad, y empieza a preocuparme.

—A mí también. Aunque, pensándolo bien... Emerson nunca lo aprobaría.

—¿Quién, mi padre o la tortuga?

—Los dos.

—Los dos —repitió ella al mismo tiempo.

Billy volvió a reírse y, esta vez, la risa le salió sin esfuerzo.

Después ninguno volvió a hablar.

El viento siguió moviendo las hojas del jardín. Desde el estanque llegaba la voz de Jonah, empeñado ahora en demostrar que las ardillas y las tortugas trabajaban para la misma organización secreta, mientras las campanillas tintineaban sobre el porche.

Años después Billy seguiría recordando aquella tarde.

El olor de la hierba recién cortada, el reflejo del sol sobre el estanque y a Jonah discutiendo con una tortuga como si estuviera a punto de resolver el mayor misterio del siglo.

Lo único que nunca consiguió recordar fue quién dio el primer paso.

Solo sabía que, cuando quiso darse cuenta, Dolores estaba mucho más cerca.

Se besaron.

Fue un beso corto. Muy torpe. Sus narices chocaron antes incluso de que ninguno supiera muy bien qué estaba haciendo.

—Ay...

—Ay...

Se apartaron de golpe y rompieron a reír.

—Ha sido un beso horrible —dijo Billy mientras se frotaba la nariz.

—Muchísimo —consiguió responder Dolores entre carcajadas.

—¿Crees que deberíamos repetirlo? —preguntó, rascándose la nuca.

Dolores sonrió.

—¿Para practicar?

—Más o menos.

—Supongo que sería injusto quedarnos con ese intento.

—Eso pensaba yo.

Se quedaron mirándose un momento.

—Somos malísimos en esto.

—Sí... pero podemos seguir practicando.

—Vale.

Fue Dolores quien dio el primer paso.

Billy apenas tuvo que acercarse.

Esta vez esquivaron las narices.

Las frentes no.

—Ay...

Los dos rompieron a reír otra vez.

—Bueno... —dijo Billy llevándose una mano a la frente—. Creo que vamos mejorando.

—Un poco.

—Igual al tercero empezamos a saber lo que hacemos.

—O al cuarto.

—Me sirve.

Las campanillas del porche volvieron a sonar.

Billy dejó que pasaran unos segundos antes de hablar.

—Entonces... ¿eso nos convierte en novios?

Dolores bajó la vista.

—No lo sé.

Volvió a levantarla.

—Nunca había besado dos veces a la misma persona.

—Yo tampoco.

Otra vez el silencio.

—Supongo que tendremos que investigarlo.

—Sí.

—¡Corten!

Los dos se giraron. Jonah seguía junto al estanque con una mano levantada.

—La escena está bien —dictaminó—, pero el beso necesita otra toma.

—¡Jonah!

—¿Qué? Has cerrado los ojos demasiado pronto.

—¡No he...!

—Y tú tampoco —continuó Jonah señalando a Dolores—. No estabais mirando a cámara.

La carcajada de Penelope resonó por todo el jardín.

—Creo que todo esto necesita otra ronda de galletas.

—Toda situación mejora con galletas. Es un principio científico —sentenció Jonah mientras se ponía en pie.

—Por eso eres mi favorito.

Jonah se llevó una mano al pecho.

—¿Lo habéis oído?

—No.

—Acabo de convertirme en el heredero oficial de esta casa.

—¿De toda? —preguntó Billy.

—No seas ambicioso. —Jonah señaló el jardín—. De las plantas.

—Te durarían dos días.

—Tres —corrigió Jonah con toda la dignidad del mundo—. Si llueve.

La madre de Dolores desapareció dentro de la casa todavía sonriendo. Billy siguió su marcha con la mirada y, al volverse hacia Jonah, descubrió que este observaba la puerta con una atención sospechosa.

Dolores se agachó, recogió una piedrecilla del camino y se la lanzó. Jonah consiguió apartarse por muy poco.

—¡Eh! ¡Eso ha sido un intento de asesinato!

—Ha sido un aviso.

—La justicia me dará la razón.

Billy soltó una carcajada de las que llegan sin pedir permiso y obligan a coger aire otra vez.

Jonah dejó de hablar. Lo observó desde el otro lado del estanque. Después sonrió, satisfecho.

—Ya está.

Billy se secó una lágrima del rabillo del ojo.

—¿Qué ya está?

—Ya hemos hecho lo que veníamos a hacer.

—¿Y eso era...?

—Que te rieras otra vez.

Billy quiso responder con alguna broma, pero no encontró ninguna. Se limitó a negar con la cabeza.

El viento agitó suavemente las ramas del roble y las campanillas volvieron a tintinear sobre el porche.

Durante unos segundos el jardín recuperó la tranquilidad del final de la tarde.

El sol descendía entre los árboles y Emerson seguía inmóvil en mitad del estanque, observando el mundo con su habitual indiferencia.

La puerta volvió a abrirse. La madre de Dolores apareció con otra bandeja de galletas recién hechas, aunque Billy se fijó antes en lo que llevaba bajo el brazo: una carpeta gruesa de color azul que no parecía tener ninguna relación con la merienda.

La dejó sobre la mesa, junto a la limonada, tomó asiento y observó a los tres con una expresión tan pensativa que incluso Jonah dejó de hablar.

—He estado reflexionando.

—Mamá... cada vez que dices eso pasa algo raro.

—Eso no es verdad.

—La última vez compraste una cabra.

—La cabra era adorable.

—La cabra vivió tres días en nuestra cocina.

—Porque estaba lloviendo.

—¡Era una cabra!

La madre de Dolores hizo un gesto despreocupado con la mano, como si aquel detalle careciera de importancia. Después volvió la vista hacia Billy y él sintió una pequeña alarma en el estómago.

—He estado pensando en Punky.

Las campanillas de viento siguieron sonando en el porche y, al fondo, una cortacésped rugió durante unos segundos en alguna casa vecina.

Jonah dejó una galleta suspendida a mitad de camino.

—Mamá... —suspiró Dolores.

—Déjame terminar.

La mujer apoyó los codos sobre las rodillas y entrelazó las manos.

—Jonah me ha contado que sigue en la perrera. Y que las cosas están complicadas.

—Es una buena perra.

—Lo es.

—Muy buena.

—Mamá...

—Hija… solo estoy pensando en voz alta.

—Nunca piensas en voz alta mamá. Planeas cosas.

—Dolores.

—¿Qué?

—Déjame hablar.

La mujer sonrió apenas un instante antes de volver la vista hacia Billy.

—Solo digo que, si nadie encuentra una solución inmediata y las cosas siguen complicadas... quizá podría venir a vivir con nosotros.

—¡Eso sería increíble! —dijo Jonah.

—Jonah...

—¿Qué?

—No delante de Billy.

—¿Pero por qué...?

Jonah siguió hablando. Billy ya no distinguía las palabras.

Solo el murmullo de las voces y el tintineo de las campanillas mientras imaginaba a Punky corriendo por aquel jardín, persiguiendo hojas entre los árboles, robando galletas de la cocina o dormida junto al sofá al final del día.

Aquel era el hogar que cualquier perro habría querido.

Lo comprendió enseguida. Lo que tardó un poco más en comprender fue por qué seguía doliéndole tanto: por mucho que lo intentara, no conseguía imaginarse formando parte de aquella vida.