Punky: El perro que nos encontró 17 #2
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17 #2

Una sombra gigantesca descendía lentamente por la fachada del motel.

Von Kurt distinguió primero una pata apoyándose sobre el ladrillo, luego otra y otra más, hasta que el cuerpo entero apareció bajo el resplandor rojizo del neón.

Era una criatura enorme, negra, con el caparazón brillante como si estuviera cubierto de aceite, que bajaba por la pared con una lentitud inquietante.

Las ocho patas encontraban apoyo sin producir el menor sonido.

Markson retrocedió sin apartar los ojos de ella. La chulería de hacía un momento había desaparecido.

—¿Qué... qué demonios es eso?

La criatura alcanzó el asfalto y permaneció inmóvil un instante. El reflejo del neón recorría el lomo oscuro mientras las patas se abrían lentamente sobre el pavimento mojado. Aquella calma daba todavía más miedo que un ataque.

Empezó a avanzar hacia él sin la menor prisa. No corría ni parecía necesitarlo. Cada paso era lento, casi perezoso, pero avanzaba con la tranquilidad de quien sabe que su presa ya no tiene adónde escapar.

Markson siguió retrocediendo sin apartar los ojos de aquella cosa. Había desaparecido toda la chulería de hacía un momento y, cuando volvió a hablar, la voz le temblaba tanto que apenas parecía la suya.

—¿Qué... qué demonios eres?

La criatura no respondió. Se limitó a abrir lentamente la boca y un líquido espeso empezó a caer sobre el asfalto con un chisporroteo violento.

Allí donde tocaba el suelo, el pavimento humeaba como si el ácido se estuviera comiendo el asfalto, y aquello bastó para que el miedo terminara de abrirse paso en el rostro de Markson.

—¡Está bien! —gritó levantando las manos como si realmente creyera que aquella cosa pudiera entenderlo—. ¡Ya está! ¿Me oyes? ¡No volveré a acercarme a él! ¡Te lo juro!

La criatura continuó avanzando con la misma calma.

Markson no esperó más. Dio media vuelta y echó a correr calle abajo sin dejar de mirar por encima del hombro, hasta que la niebla terminó por tragárselo al doblar la esquina.

Von Kurt consiguió incorporarse apoyando una mano en el suelo. Todavía respiraba con dificultad y sentía la mandíbula latiéndole por los golpes cuando levantó la vista en busca de Martha.

La encontró junto a la entrada del motel, exactamente donde la había dejado unos segundos antes.

—¡Martha! —la llamó mientras echaba a correr hacia ella—. ¿Estás bien?

Ella no respondió. Permanecía inmóvil, observándolo con una expresión extraña que él no supo interpretar.

Von Kurt fue reduciendo el paso casi sin darse cuenta.

Algo no encajaba. No habría sabido decir el qué al principio; solo era esa sensación incómoda que tienen los policías cuando descubren un detalle fuera de lugar antes incluso de identificarlo.

Frunció el ceño y volvió a mirarla con atención.

El pelo seguía cayéndole sobre los hombros, pero ya no tenía el mismo brillo de unos minutos antes.

Entre los mechones rubios asomaban ahora finas hebras grises.

También el rostro parecía distinto. Habían aparecido pequeñas arrugas alrededor de los ojos y la piel había perdido parte de aquella tersura juvenil, como si de pronto le hubieran caído encima varios años.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué... qué te ha pasado? —preguntó, acercándose un paso más sin apartar la vista de ella.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella arqueando una ceja.

Von Kurt negó despacio, incapaz de apartar los ojos de su rostro.

—Estás... más vieja.

La mujer dejó escapar una pequeña risa.

—Ten cuidado con lo que dices, jovencito.

—¿Martha?

—¿Martha? —repitió ella—. Billy, soy Penelope.

Billy bajó el guion.

—¿Y eso que es? ¿Me estáis grabando?

Jonah ni siquiera apartó el ojo del visor. Sonrió con esa seguridad inquebrantable que solo tienen los directores que todavía no han rodado su primera película.

—No nos mire a nosotros, señora Whitmore. —Hizo un pequeño gesto con la mano, como si dirigiera a una actriz profesional—. Mire a cámara. La cámara la adora.

—¿Ah, sí?

—Muchísimo. Tiene una fotogenia espectacular.

—¡Jonah! —protestó Dolores desde el otro lado del salón sin levantar apenas la voz—. ¡Deja de grabar a mi madre!

—¡No la estoy grabando! —protestó Jonah, bajando la cámara lo justo para asomar la cabeza por encima—. Estoy rodando una película.

—Claro...

Jonah fingió no haberlo oído y volvió a encuadrar a Penelope con toda la solemnidad del mundo.

—Perfecto. Mantenga esa sonrisa. Spielberg estaría encantado de encontrar un rostro así.

—Pues dile a Spielberg que espere un momento —rió Penelope—. Antes voy a preparar la merienda.

—¡Merienda! —exclamó Jonah, llevándose una mano al estómago—. Ahora mismo siento un vacío espiritual bastante serio.

—Tengo leche, té y Mountain Dew. ¿Qué os apetece? —preguntó Penelope mientras desaparecía camino de la cocina.

—Yo quiero té.

Billy giró la cabeza hacia él.

—Vaya...

—¿Qué pasa?

—Que no has pedido té en tu vida.

—Je je je Billy, es momento de ampliar E horizontes.

—Hace dos semanas dijiste que el té sabía a agua que había suspendido un examen.

Jonah hizo un gesto filosófico con la mano.

—La gente madura.

Penelope volvió a asomar la cabeza desde la cocina.

—Pues ven conmigo, joven maduro, y me echas una mano.

—¿Yo? —Jonah se levantó como si acabaran de ofrecerle un papel protagonista en Hollywood—. Será un placer.

Se volvió hacia Penelope con una sonrisa impecable.

—Por cierto... ¿puedo llamarla Pe?

Ella volvió a reír.

—Claro.

—Perfecto. Pues, Pe, dígame dónde guarda el té.

Desaparecieron juntos por el pasillo y Billy los siguió con la mirada hasta que sus voces acabaron perdiéndose al fondo de la casa.

Negó despacio con la cabeza. Jonah llevaba todo el camino asegurando que aquella visita lo ayudaría a olvidarse un rato de Punky.

Ahora empezaba a sospechar que también tenía otros intereses.

La casa de los Whitmore no se parecía en nada a la suya.

Nada más cruzar la puerta lo envolvió un olor cálido a canela, galletas recién hechas y libros viejos.

El salón se abría directamente frente al recibidor y daba la impresión de que cada objeto llevaba años esperando a que alguien preguntara por él: estanterías repletas de novelas, fotografías familiares en marcos de madera, plantas que habían conquistado medio salón y una colección de piedras de colores perfectamente alineadas sobre una repisa.

Al levantar la vista descubrió un atrapasueños colgado sobre una puerta.

Después otro.

Y otro más.

—Mi madre tiene cierta obsesión con esas cosas —comentó Dolores al descubrir hacia dónde miraba.

—¿Funcionan?

Ella sonrió.

—No.

—Entonces, ¿para qué sirven?

—Para que mi madre tenga una excusa para comprar otro.

Billy asintió con absoluta seriedad.

Desde la cocina llegó una carcajada, seguida casi al instante por otra.

—No, espere un momento... —se oyó decir a Jonah con absoluta convicción—. ¿Me está diciendo que las tortugas pueden enamorarse?

Billy y Dolores intercambiaron una mirada.

Los dos sonrieron al mismo tiempo. Cuando entraron en la cocina, Penelope acababa de sacar una bandeja de galletas del horno.

Billy cogió una casi por instinto. Todavía estaba caliente y, al partirla entre los dedos, el olor a mantequilla le despertó un recuerdo inesperado: tardes de lluvia, una mesa preparada antes de cenar y aquella seguridad infantil de que los adultos siempre sabían cómo arreglar las cosas.

Penelope debió de adivinarle el pensamiento.

—He oído lo de Punky —dijo con suavidad mientras dejaba la bandeja sobre la encimera—. Lo siento muchísimo, Billy.

Billy bajó la vista hacia la galleta.

Durante unos segundos nadie volvió a hablar. Penelope hacía girar distraídamente una de las pulseras que llevaba en la muñeca, como si buscara la forma de decir lo siguiente sin sonar extravagante.

—Cuando la conocí... tuve una sensación muy rara.

—Mamá...

—¿Qué?

—No empieces.

—No estoy empezando nada, hija. Solo quiero decirle a tu amigo que hay animales que llegan por casualidad... y otros que aparecen cuando alguien los necesita.

Jonah arqueó una ceja.

—¿Eso también lo dicen las tortugas?

—¿Qué? No. Eso lo digo yo.

Billy permaneció en silencio. Pensó en Punky encontrando a Hope, en las aceitunas negras cuidadosamente apartadas sobre la caja de pizza y en la manera en que se había negado a bajar al sótano de su casa.

—Disculpad, chicos. Mi madre lleva toda la vida hablando así.

—Oye, y todavía no me ha ido tan mal. —Penelope miró a Billy—. A veces una casa no necesita más muebles. Lo único que necesita... es volver a tener vida.

Billy pensó en su padre.

Quizá Penelope no estaba tan equivocada.

Un rato después salieron al jardín trasero con una bandeja de galletas, varios vasos de limonada y una jarra de té que, para sorpresa de Billy, Jonah seguía bebiéndose, decidido a fingir que llevaba toda la vida disfrutando de aquella bebida.