Punky: El perro que nos encontró 17
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—¿Qué te pasa? —preguntó Martha con una sonrisa tranquila mientras se incorporaba entre las sábanas y apoyaba la espalda contra el cabecero—. ¿Estás pensando otra vez?

Guillermo Von Kurt tardó unos segundos en responder.

Permanecía sentado al borde de la cama, de espaldas a ella, con la camisa todavía desabrochada y la vista perdida en la lluvia que resbalaba por la única ventana del motel.

Sobre la moqueta se amontonaban la chaqueta, la corbata y la funda de la pistola, como si durante un rato ambos hubieran olvidado quiénes eran realmente y aquella habitación barata se hubiera convertido en el único lugar del mundo donde todavía podían respirar.

—Lo intento evitar —admitió al fin sin apartar la vista del cristal.

—Se te da fatal —sonrió Martha.

—Lo sé.

Durante unos instantes ninguno volvió a hablar. Solo se oían el zumbido del viejo cartel de neón que parpadeaba al otro lado de la ventana y el golpear constante de la lluvia sobre el tejado del motel, un ruido monótono que envolvía la habitación en una calma prestada.

Martha se acercó despacio y apoyó una mano sobre su espalda desnuda. Sus dedos siguieron con delicadeza una de las cicatrices que descendían hacia el costado antes de detenerse.

—¿Es por el monstruo? —preguntó Martha.

Von Kurt bajó ligeramente la cabeza.

—Sigue ahí fuera.

—Lo encontrarás.

Él negó despacio.

—Cada noche desaparece alguien. La ciudad empieza a perder la esperanza... y yo sigo sin encontrar una sola pista.

Martha guardó silencio unos segundos antes de buscarle la mano y entrelazar los dedos con los suyos.

—¿Recuerdas al Carnicero de Ashville?

Von Kurt dejó escapar una sonrisa fatigada.

—No es lo mismo.

—También dijiste eso de James Hollow. Y del secuestrador del vuelo trescientos siete.

Él no respondió.

—Siempre pones esa cara cuando crees que has llegado demasiado tarde —añadió obligándolo suavemente a mirarla.

—¿Y si esta vez es verdad?

Martha sostuvo su mirada.

—Entonces será la primera vez que te equivocas.

Aquello consiguió arrancarle una sonrisa auténtica.

Apenas duró un instante, pero bastó para que Martha le acariciara la mejilla con el dorso de los dedos antes de apartar la sábana y levantarse de la cama.

Caminó descalza hacia el baño sin la menor prisa, ajena a la mirada de Von Kurt, y, justo antes de cruzar la puerta, volvió la cabeza.

La luz cálida de la habitación dibujó su silueta sobre el marco.

El pelo rubio, todavía revuelto, le caía sobre los hombros y Von Kurt pensó, no por primera vez, que había pasado media vida persiguiendo asesinos, secuestradores y monstruos de toda clase sin imaginar que el premio al final del camino pudiera parecerse tanto a aquella mujer.

Martha sonrió al descubrir que seguía mirándola.

—No pienses demasiado mientras me ducho.

La puerta se cerró con suavidad y, apenas un instante después, el murmullo del agua empezó a llenar la habitación. Von Kurt dejó escapar una sonrisa resignada. Sabía que no iba a hacerle caso.

Se levantó, terminó de quitarse la camisa y la dejó sobre el respaldo de una silla antes de acercarse al pequeño lavabo.

El espejo, viejo y salpicado de manchas oscuras en las esquinas, deformaba ligeramente su reflejo, como si incluso el cristal se hubiera cansado de mirar siempre las mismas caras.

Apoyó las manos sobre la porcelana y alzó despacio la vista.

El hombre que le devolvía la mirada parecía algunos años mayor de lo que realmente era.

Había noches capaces de hacer eso. Sus ojos descendieron lentamente por el torso desnudo, un cuerpo que llevaba demasiado tiempo acumulando recuerdos allí donde los demás solo veían cicatrices.

La primera nacía bajo la clavícula izquierda.

James Hollow. Todavía recordaba el brillo de la navaja bajo la lluvia y el olor salado del puerto de Boston aquella madrugada.

Hollow solo había conseguido alcanzarlo una vez antes de acabar reducido contra el suelo y, dos semanas después, un jurado lo condenaba a cadena perpetua.

Más abajo, otra marca mucho más larga le cruzaba el costado hasta perderse bajo las costillas.

La autopista noventa. Una motocicleta lanzada a casi doscientos kilómetros por hora, un guardarraíl que apareció demasiado deprisa y una caída de la que todavía se acordaba cada vez que cambiaba el tiempo.

La última le atravesaba el hombro derecho. Johannson. El vuelo trescientos siete. Bastó rozarla con el pulgar para que regresaran el compartimento abierto, los pasajeros abrazados unos a otros y aquel cronómetro descendiendo demasiado deprisa.

Treinta segundos.

Solo había dispuesto de medio minuto para decidir si saltaba del avión... o se quedaba.

Nunca llegó a saber si aquello había sido un acto de valentía o una simple estupidez. Bajó despacio la mano, volvió a encontrarse con su reflejo y permaneció unos segundos observándolo en silencio.

Durante años había perseguido asesinos, secuestradores y monstruos con la misma determinación con la que otros hombres iban a trabajar cada mañana. Nunca se detenía demasiado a pensar. Confiaba en el instinto, en la experiencia y, cuando ninguna de las dos bastaba, simplemente seguía avanzando.

Todo aquello le había servido hasta que apareció Martha.

Levantó despacio la vista hacia la puerta del baño.

A través del cristal empañado apenas distinguía su silueta moviéndose bajo la ducha.

Tarareaba una canción que él no alcanzaba a reconocer y, aun así, aquella voz llenaba de vida una habitación de motel que, apenas una hora antes, no había sido más que otro refugio barato junto a la carretera.

Von Kurt sonrió sin darse cuenta.

Siempre había dado por hecho que hombres como él terminaban solos. Era el precio del trabajo. Tarde o temprano los casos acababan ocupándolo todo, hasta que un día descubrías que ya no quedaba sitio para nadie más.

Pero Martha estaba allí.

Se sorprendió preguntándose si el problema no era que el Monstruo de Riverbend hubiera aprendido a esconderse mejor, sino que él había empezado a mirar el mundo de otra manera.

Quizá, después de tanto tiempo viviendo únicamente para el trabajo, había encontrado por fin algo que realmente temía perder.

Bajó la vista.

—Espero estar equivocado... —murmuró para sí.

—¿Has dicho algo? —preguntó Martha desde el baño.

Von Kurt negó con la cabeza, aunque sabía que ella no podía verlo.

—Nada.

Cogió la camisa del respaldo, terminó de vestirse y esperó junto a la puerta mientras el agua seguía cayendo al otro lado.

Cuando, unos minutos después, la puerta del baño volvió a abrirse, el vapor salió antes que Martha.

Se había recogido el pelo en una coleta improvisada y algunas gotas todavía le resbalaban por el cuello hasta perderse bajo la camisa remangada.

Von Kurt la observó acercarse y volvió a hacerse la misma pregunta de siempre: cómo había conseguido que una mujer como ella quisiera compartir una habitación de motel con un policía que llevaba demasiados años viviendo para su trabajo.

—¿Nos vamos? —preguntó Martha al encontrarlo esperándola junto a la puerta.

Él asintió, abrió la puerta y los dos salieron al pasillo exterior.

La lluvia había cesado por completo. Solo quedaban los charcos repartidos por el aparcamiento y el zumbido del viejo cartel de neón, que seguía parpadeando sobre la fachada del Riverside Motel como si también estuviera demasiado cansado para mantenerse encendido.

La ciudad parecía contener la respiración.

Von Kurt bajó los escalones el primero. Martha lo siguió, abrochándose los últimos botones de la camisa mientras él recorría la calle con la mirada. A aquellas horas apenas circulaban coches y el silencio volvía a adueñarse de Main Street.

—¿Todavía piensas volver al bosque esta noche? —preguntó ella al llegar a la acera.

—El monstruo tampoco descansa.

—Algún día aprenderás a pensar un poco más en ti.

—Cuando todo esto termine.

Ella dio un paso, le colocó el cuello de la chaqueta con un gesto casi automático y sonrió.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque siempre acabo creyéndomelo.

Durante un instante quedaron tan cerca que Von Kurt estuvo a punto de besarla.

No llegó a hacerlo.

Un golpe brutal le estalló en la espalda y lo lanzó contra el asfalto antes siquiera de comprender qué había ocurrido. Rodó sobre uno de los charcos, notó el sabor metálico de la sangre al morderse la lengua y apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando un segundo puñetazo le sacudió la mandíbula.

La carcajada llegó antes de que pudiera enfocar la vista.

—¿Pensabas que habíamos terminado, poli?

Von Kurt escupió sangre sobre el pavimento mojado y levantó despacio la cabeza.

Markson.

El labio seguía abierto por la pelea de aquella tarde y uno de sus ojos empezaba a cerrarse por la inflamación, pero aún conservaba aquella sonrisa torcida que parecía alimentarse más del rencor que del alcohol.

—Debiste dejarme tirado donde estaba.

Se lanzó sobre él sin darle tiempo a responder.

Chocaron con violencia y volvieron a caer al suelo, resbalando sobre el agua mientras los golpes se mezclaban con respiraciones entrecortadas y el chirrido de las suelas contra el asfalto.

Markson seguía peleando igual que siempre, sin técnica ni medida, dejando que la rabia decidiera por él.

Von Kurt bloqueó un derechazo, respondió con un golpe seco al estómago y aprovechó el instante en que su rival perdió el equilibrio para quitárselo de encima.

Los dos empezaban a incorporarse cuando Markson volvió a sonreír.

—¿Qué pasa, Vonn? Antes eras más rápido.

Von Kurt estuvo a punto de responder, pero las palabras se quedaron donde estaban.

El zumbido del neón cesó de golpe.

Después el viento.

Después el tráfico.

Durante un instante la ciudad pareció quedarse vacía.

Markson levantó la cabeza.

Von Kurt hizo lo mismo.