16 #3
Punky apoyó las patas delanteras en la puerta y trató de sacar el hocico entre los barrotes.
En cuanto Billy alargó la mano, empezó a lamerle los dedos con una ansiedad que parecía no tener fin.
Él le acarició el hocico, la frente y detrás de las orejas.
Punky cerró los ojos un instante, pero enseguida volvió a abrirlos para asegurarse de que seguía allí.
A su espalda nadie decía nada. Jonah contemplaba la escena con un silencio impropio de él; Dolores apenas sonreía y Morrigan, apoyado contra la pared del fondo, esperaba sin meter prisa a nadie.
—Mírala... —murmuró Jonah.
Nadie respondió. Morrigan dejó escapar el aire mientras sacaba el llavero del bolsillo y lo hacía girar entre los dedos.
—Cinco minutos.
—Diez.
—Cinco.
—Ocho.
Morrigan levantó la vista por encima de las gafas.
—Cinco.
—Vale... —Jonah alzó las manos con resignación—, pero porque hoy me siento razonable.
La cerradura giró con un clic metálico.
Durante una fracción de segundo, Punky no se movió. Miró la puerta como si todavía no terminara de creer que aquella vez fuera a abrirse de verdad.
En cuanto se entreabrió unos centímetros salió disparada.
Billy ni siquiera intentó mantenerse en pie. Un segundo después estaba sentado en el suelo, riéndose mientras la perra se le echaba encima y lo cubría de lametones con la desesperación de quien intenta recuperar dos días enteros de una sola vez.
—¡Punky...! —protestó entre risas, intentando apartarle el hocico mientras ella volvía una y otra vez a la carga—. ¡Basta! ¡Así no puedo ni verte!
La respuesta fue otro lametón.
Y otro.
Al final dejó de resistirse. Se dejó caer hacia atrás y Punky aprovechó para tumbarse sobre él, moviendo la cola con tanta fuerza que golpeaba el suelo como un tambor.
—Me aplastas... En serio, chica... No puedo respirar.
—Creo que te ha echado un poco de menos —dijo Jonah.
Billy soltó una carcajada mientras intentaba incorporarse sin demasiado éxito.
—Sí... Solo un poco.
Punky decidió que ya había recibido suficiente atención y empezó a ir de uno a otro, como si quisiera comprobar que todos seguían allí.
Dejó que Jonah le rascara las orejas, le dio un lametón a Dolores y, al descubrir una pelota vieja olvidada en un rincón, la cogió con toda la solemnidad del mundo y la dejó a los pies de Billy.
Esperó. Como nadie la lanzó, la recogió de nuevo y repitió exactamente el mismo ritual.
Jonah negó con la cabeza.
—Es oficial. Es la criatura más rara que he conocido.
—Tú tampoco ocupas precisamente el primer puesto en esa clasificación.
Hasta Morrigan acabó sonriendo. Seguía apoyado contra la pared, con el vaso de café vacío entre las manos, observando a Punky mientras iba de Billy a Jonah, de Jonah a Dolores y otra vez de vuelta, persiguiendo la vieja pelota por el pasillo y emitiendo aquel ruido extraño que siempre sonaba como una risa mal aprendida.
Los minutos pasaron casi sin que nadie se diera cuenta.
Entonces Morrigan levantó la muñeca para mirar el reloj. Billy lo entendió antes de que dijera una sola palabra.
—Tenemos que irnos.
La pelota dejó de rodar. Jonah fue el primero en bajar la vista. Dolores retiró despacio la mano del lomo de Punky. Billy permaneció inmóvil, como si quedarse quieto unos segundos más pudiera retrasar lo inevitable.
—¿Ya?
—Ya.
Nadie discutió. No había nada que discutir.
Billy se puso en pie despacio y Punky hizo lo mismo.
Lo miró moviendo la cola, esperando que empezara otro juego, pero, para sorpresa de todos, dio media vuelta y caminó tranquilamente hacia la jaula abierta.
Se detuvo junto a la puerta, volvió la cabeza para mirarlo y esperó, como si aquello formara parte de la rutina; como si estuviera convencida de que él iría detrás o volvería a abrirle dentro de un momento.
Billy tragó saliva. La puerta seguía abierta y él continuaba delante de ella. Aun así, Punky había regresado sola, convencida de que aquello era exactamente lo que él esperaba de ella.
—Vamos, chica... —murmuró. La voz apenas consiguió salirle.
La perra sostuvo su mirada un instante antes de cruzar el umbral con la misma naturalidad con la que habría entrado en casa. Al otro lado se volvió hacia él y se sentó a esperar, todavía moviendo despacio la cola.
Billy no fue capaz de avanzar.
Al final fue Morrigan quien se acercó. Lo hizo sin prisas, procurando hacer el menor ruido posible, pero el cierre metálico resonó igual en todo el pasillo.
Clac.
Punky levantó las orejas. La cola golpeó un par de veces más el suelo antes de detenerse y, cuando Billy pasó la mano entre los barrotes, apoyó el hocico contra sus dedos y cerró los ojos mientras él le acariciaba despacio la frente.
—Lo siento...
La respuesta fue un lametón.
Billy dejó la mano donde estaba unos segundos más.
Poco a poco la perrera recuperó el pulso de siempre: ladridos al fondo del edificio, el tintineo ocasional de una cadena y el zumbido constante del sistema de ventilación.
Al final retiró la mano y dio un paso atrás.
Punky se levantó enseguida y lo siguió con la mirada mientras retrocedía despacio, incapaz de darle la espalda.
Solo se volvió cuando estaba a punto de llegar a la puerta. Punky seguía allí, sentada al otro lado de los barrotes, mirándolo con la misma tranquilidad con la que lo esperaba cada tarde al volver del colegio, como si aquello no fuera una despedida, sino una espera más.
El aire fresco le golpeó la cara al salir al exterior.
La puerta metálica se cerró a su espalda y, durante el camino de vuelta, nadie encontró gran cosa que decir.
Jonah hizo un par de intentos; Dolores también, pero las conversaciones morían antes de empezar mientras Riverbend iba encendiendo poco a poco las luces de las casas.
Billy pasó todo el trayecto mirando por la ventanilla.
Las calles, las casas y los escaparates iban desfilando al otro lado del cristal, pero él apenas los veía.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a encontrarse con la misma imagen: Punky sentada detrás de los barrotes, moviendo despacio la cola, convencida de que volvería a por ella.