Punky: El perro que nos encontró 16 #2
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16 #2

—¿Qué quieres decir?

Billy pasó un momento empujando un trozo de carne con el tenedor antes de responder.

—Que está allí por mi culpa. Yo la encontré, la saqué de la perrera, le hice creer que todo iba a salir bien... y ahora vuelve a estar encerrada.

—Los perros no piensan así. —Jonah se recostó un poco en la silla.

Billy levantó la vista.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque Punky está convencida de que eres un genio. —Se inclinó sobre la mesa con la expresión más seria que fue capaz de poner—. Billy, esa perra te mira como si fueras Batman.

—Por raro que resulte decirlo... —Dolores dejó escapar una risa—, creo que Jonah tiene razón.

Billy negó despacio con la cabeza, pero la sonrisa duró poco.

Casi sin darse cuenta volvió la vista hacia las ventanas del comedor.

Una patrulla acababa de detenerse junto al bordillo y reconoció a Morrigan en cuanto bajó del coche.

Lo vio cruzar el aparcamiento, intercambiar unas palabras con un profesor junto a la entrada y desaparecer por el pasillo principal.

—Vas a ir, ¿verdad? —preguntó Jonah.

—Sí.

—Mejor. Porque, si no vas, te pasarás toda la semana preguntándote qué habría pasado.

Billy iba a responder cuando Aaron Mercer apareció al otro lado del comedor junto a Fred y Jamal. Los tres venían hablando entre ellos. Al pasar junto a la mesa, Aaron levantó un instante la cabeza. Billy esperó el comentario de siempre, la sonrisa burlona o cualquier excusa para detenerse.

No llegó.

Aaron siguió caminando sin decir una palabra. Ni siquiera redujo el paso. Los tres desaparecieron entre las mesas igual que habían aparecido.

Jonah arqueó una ceja mientras los seguía con la mirada.

—Oeeer... ¿Qué narices acaba de pasar? Aaron Mercer acaba de pasar a menos de un metro de ti y no ha abierto la boca. Eso es como ver a Darth Vader pedir perdón... o a mi padre decir que los Yankees juegan un béisbol precioso.

Dolores seguía mirando hacia donde habían desaparecido.

—Billy... ¿Ha pasado algo?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque Aaron nunca deja escapar una oportunidad.

—Quizá por fin han entendido de lo que somos capaces. —Jonah asintió con absoluta seriedad—. Somos como los de Los Goonies . Al principio nadie nos toma en serio y luego...

—Jonah...

—¿Qué? —Se encogió de hombros—. Estoy intentando levantar la moral del equipo.

Dolores negó con una sonrisa resignada antes de volver a mirarle.

— William... si pasa algo, me lo dirás, ¿verdad?

Billy asintió.

La campana sonó pocos minutos después y el comedor empezó a vaciarse entre el estruendo de las bandejas, las sillas arrastrándose por el suelo y las conversaciones saltando de una mesa a otra.

Billy recogió la mochila y, antes de salir, volvió la vista hacia las ventanas.

La patrulla seguía aparcada junto al bordillo.

En ese momento supo que, antes de volver a casa, buscaría a Morrigan. Con un poco de suerte, todavía podría ver a Punky unos minutos.

Quizá por eso las dos últimas horas se le hicieron eternas.

Los profesores siguieron llenando las pizarras de fechas, fórmulas y ejercicios, y Billy hizo cuanto se esperaba de él: tomó algún apunte, abrió un libro, lo cerró casi sin darse cuenta y miró el reloj más veces de las que habría reconocido.

Pero una parte de él seguía muy lejos de aquella clase.

Seguía delante de la jaula de Punky. Se preguntaba si habría comido, si alguien la habría sacado a pasear o si todavía se levantaría cada vez que se abría la puerta, convencida de que él aparecería en cualquier momento.

Incluso llegó a preguntarse si podía haberse olvidado de él.

Sabía que era una tontería. Aun así, la idea no dejó de rondarle la cabeza.

Cuando sonó la última campana fue de los primeros en levantarse. Guardó los libros en la mochila, se la echó al hombro y cruzó el pasillo entre grupos de alumnos que hablaban del partido del viernes, del examen de matemáticas o de la nueva película, El sexto sentido .

Ya casi había llegado a las puertas principales cuando una voz lo hizo detenerse.

—¡Billy!

Se volvió justo a tiempo de ver a Jonah abriéndose paso entre la marea de estudiantes, esquivando mochilas, profesores y grupos de amigos con la elegancia de una lavadora cuesta abajo.

Llevaba la mochila medio abierta, los cordones desatados y una hoja de cuaderno pegada a la suela de una zapatilla.

—¿Sabes que corres como una jirafa herida?

—¿Y tú sabes que las jirafas no corren así? —replicó Jonah sin dejar de trotar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque veo documentales. No todo va a ser leer cómics.

Llegó hasta él resoplando y apoyó las manos sobre las rodillas.

—Vale... dos cosas.

—Dispara.

—La primera. ¿Le has preguntado ya al agente Morrigan si quiere salir en nuestra película?

—¿Estás loco? No me atrevería ni aunque me apuntara con una pistola.

—Nunca se sabe. —Jonah se encogió de hombros—. Igual tiene vocación de estrella.

—¿Y la segunda?

—Que no vas solo. —Jonah señaló por encima de su hombro.

Dolores se acercaba por el pasillo con varios libros abrazados contra el pecho. Caminaba sin prisa, dejando que fueran los demás quienes se apartaran a su paso.

—Te lo dije esta mañana —dijo al colocarse junto a Billy.

—No hace falta. Puedo ir solo.

—Precisamente por eso voy.

—Y yo también. —Jonah levantó una mano.

Dolores arqueó una ceja.

— Sea... lleva toda la tarde buscando una excusa.

—Quiero ver si Kevin ya ha terminado la Fangoria .

—¿Solo por eso? —preguntó ella sin dejar de mirarlo.

—Bueno... también quiero ver a Punky.

Salieron juntos del instituto. El verano seguía resistiéndose a marcharse, aunque empezaba a ceder terreno. Se notaba en el aire, en la luz y en esas sombras largas que, sin pedir permiso, iban adueñándose poco a poco de las aceras de Riverbend.

Junto a la entrada principal varios padres esperaban a sus hijos. Un policía hablaba con una profesora y, al otro lado del aparcamiento, el agente Morrigan descansaba apoyado en la patrulla, con un vaso de café en una mano y el periódico doblado bajo el brazo. Parecía llevar allí un buen rato.

Jonah siguió la mirada de Billy y soltó un suspiro.

—Nos ha visto.

—Hace cinco minutos.

—Todavía estamos a tiempo de escapar.

—No.

—Yo sí.

Apenas terminó de decirlo cuando Morrigan levantó el vaso de café en su dirección.

—Ni se te ocurra correr, Kaplan.

Jonah se quedó clavado en el sitio.

—Esto empieza a dar miedo. Primero Holloway y ahora usted... ¿Cómo sabéis siempre lo que estoy pensando?

—Porque siempre piensas en voz alta.

—Hola, muchacho —dijo Morrigan, volviendo la vista hacia él—. Me han dicho que hoy has pasado más tiempo en las nubes que en clase.

Jonah levantó un dedo.

—Confirmo el informe policial.

Billy hizo como si no lo hubiera oído.

—¿Sigue allí?

Morrigan dio un sorbo al café antes de responder.

—Sí.

Aquella única palabra le aflojó algo en el pecho y, al mismo tiempo, le revolvió el estómago.

—¿Puedo verla?

El agente lo observó unos segundos. Billy ya empezaba a prepararse para el discurso sobre normas, permisos y adultos responsables cuando Morrigan dejó escapar un suspiro.

— Bah. Claro que puedes.

—¿De verdad?

—¿Por quién me tomas? —Morrigan abrió la puerta de la patrulla—. Al contrario de lo que creéis, no soy un gruñón profesional.

—Yo todavía necesito más pruebas. —Jonah miró de reojo a Dolores.

Ella sonrió para sí.

—Subid.

Billy notó que el corazón empezaba a acelerársele.

—Gracias.

Morrigan ya iba a entrar en la patrulla cuando se volvió.

—Billy…mírame... —Hizo una breve pausa—. No te hagas daño con esto, ¿vale?

La patrulla se detuvo detrás de la comisaría y, durante unos segundos, nadie se movió.

Billy conocía demasiado bien aquel edificio. La primera vez había cruzado aquellas puertas con la esperanza de encontrar a Punky. Ahora el miedo era exactamente el contrario.

—Bueno... —murmuró Jonah mientras se desabrochaba el cinturón—. Sigo pensando que este sitio da bastante mal rollo.

—Gracias por el análisis técnico.

—No hablo del edificio.

Morrigan apagó el motor.

—Lo sé.

Bajó del coche y los tres fueron tras él.

En cuanto abrió la puerta metálica, el coro de ladridos volvió a envolverlos.

Al fondo del pequeño mostrador, Kevin tenía los pies sobre la mesa mientras hojeaba distraídamente una revista cuya portada estaba ocupada casi por completo por una sonriente Salma Hayek.

Al oír abrirse la puerta levantó la cabeza y, en cuanto vio a Morrigan, dio un respingo.

La revista desapareció bajo un montón de papeles con una rapidez casi admirable.

— Yo... estaba revisando material de... investigación, jefe.

—Tranquilo, Kevin. Yo me encargo. —Morrigan ni siquiera redujo el paso.

—Eso mismo pensaba hacer yo.

—Con que investigación eh ¿Cuál? —preguntó Jonah.

— No hagas preguntas cuya respuesta pueda decepcionarte, chaval.

Morrigan siguió hablando, pero Billy ya no escuchaba. Sus ojos recorrían las jaulas una tras otra, buscando un pelaje blanco entre perros que ladraban, saltaban o golpeaban los barrotes. Entonces la oyó.

Un solo ladrido.

Habría reconocido aquel ladrido en cualquier parte.

Un instante después llegó el golpeteo frenético de una cola contra el metal.

Tac. Tac, tac. Tac, tac, tac.

Al levantar la vista la encontró al fondo del pasillo.

A Punky le bastó verlo para salir disparada de un extremo al otro de la jaula sin decidir qué hacer primero.

Saltó contra la puerta, volvió al fondo, giró sobre sí misma y regresó otra vez mientras la cola golpeaba los barrotes con tanta fuerza que parecía dispuesta a atravesarlos.

—Punky... —La voz apenas le salió.

Ella respondió con otro ladrido y enseguida empezó a emitir aquel ruido imposible que solo hacía cuando estaba especialmente contenta: una mezcla de gemido, gruñido y conversación que parecía inventarse sobre la marcha.

Billy se acercó despacio a la puerta de la jaula.

—Hola, chica...