Punky: El perro que nos encontró 16
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A la mañana siguiente, Riverbend amaneció bajo un cielo gris que parecía apoyarse sobre los tejados como una manta húmeda.

No llovía, pero daba la impresión de que llevaba horas decidiéndose.

Las aceras brillaban, los buzones conservaban pequeñas gotas aferradas al metal y las hojas de los arces habían oscurecido durante la noche.

El pueblo entero tenía el aspecto de alguien que había dormido mal y todavía no terminaba de despertarse.

Billy tampoco.

Había pasado buena parte de la noche dando vueltas en la cama.

Cada vez que cerraba los ojos veía a Punky sentada en el porche, mirándolo con aquella expresión desconcertada con la que siempre parecía preguntarse por qué los humanos se empeñaban en complicarlo todo.

Después aparecía su padre, solo en los escalones de casa.

Billy nunca le había visto esa tristeza.

Y siempre acababa volviendo a las mismas tres palabras.

Tu madre murió.

Seguían sonándole extrañas. En aquella casa nadie hablaba así. Su madre no estaba muerta; Simplemente faltaba. Su madre era la silla vacía de la cocina. La caja que seguía en el armario. La canción que Rick cambiaba antes de que llegara el estribillo. La fotografía que nadie tocaba.

Morirse era otra cosa. Una puerta que nadie volvía a abrir.

Por eso, mientras el señor Arnold recorría la pizarra con una tiza en una mano y el estampado imposible de su camisa hawaiana en la otra, explicando algo sobre polinización, células o cualquiera de esos procesos con nombres capaces de quitarle el interés hasta a las propias plantas, Billy apenas escuchó una palabra.

Permanecía con el cuaderno abierto delante, el lápiz entre los dedos y una línea torcida cruzando media página que ni siquiera recordaba haber dibujado.

—Tss, tss... Indiana Billy... —susurró Jonah, inclinándose hacia él—. Tierra llamando a Billy.

Ni se movió.

La primera bola de papel le golpeó el brazo.

La segunda le dio de lleno en la oreja.

—Señor Kaplan... —dijo Arnold, sin dejar de escribir en la pizarra—. Como esa puntería sea proporcional a la nota que piensa sacar en el examen del viernes, estamos todos perdidos.

La clase dejó escapar unas cuantas risas.

Jonah levantó las manos con gesto inocente.

—Era una prueba científica, señor.

Arnold se volvió por fin hacia ellos. Vio la bola de papel junto a la mesa de Billy y asintió con toda la seriedad de la que era capaz.

—Entonces espero el informe antes del viernes.

—¿Con dibujos?

—¿Por quién me toma? —preguntó mientras se alisaba teatralmente la camisa hawaiana—. Por supuesto que con dibujos.

La clase volvió a reír, aunque sin demasiado entusiasmo. Hacía días que las risas sonaban distintas en Riverbend. Billy alcanzó a sonreír por pura inercia, pero Jonah lo conocía demasiado bien para dejarse engañar.

Cuando sonó el timbre ya lo esperaba junto a la puerta.

—Tengo buenas noticias y malas noticias —anunció mientras Billy cerraba el cuaderno, lo guardaba en la mochila y se la echaba al hombro.

—Empieza por las buenas.

—Probablemente suspenda Biología.

—¿Y esas son las buenas?

—Claro. Así nunca tendré que preocuparme por decepcionar a nadie con expectativas altas.

Salieron al pasillo, arrastrados por la riada de alumnos que cambiaba de clase entre taquillas que se cerraban de un portazo, profesores llamando la atención a los que corrían por las escaleras y el murmullo de cientos de conversaciones mezclándose unas con otras.

—Las malas —continuó Jonah, incapaz de abandonar un tema antes de exprimirlo hasta el final— son que Arnold acaba de descubrir mi talento artístico. Ahora espera un informe ilustrado y creo que no estoy preparado para semejante responsabilidad.

Billy siguió caminando unos pasos sin decir nada.

—Jonah...

—¿Qué?

—Hoy no, tío.

—Vale. —Jonah asintió sin discutir.

Siguieron caminando uno al lado del otro.

El pasillo olía a chicle de fresa, a ropa húmeda y a ese olor difícil de explicar que tenían los institutos después de una noche de lluvia.

Todo seguía exactamente donde siempre había estado: las taquillas, el ruido, las carreras de última hora, los alumnos cruzándose sin mirar.

Y, sin embargo, Billy tenía la incómoda sensación de estar recorriendo un lugar que ya no terminaba de reconocer.

Faltaba algo.

O, mejor dicho, alguien.

Ya no había una correa tirando de su brazo cada pocos pasos, ni un hocico empeñado en olisquear mochilas ajenas o perseguir cualquier olor interesante. Nunca habría imaginado que la ausencia de un perro pudiera hacer tanto ruido.

Dolores levantó la vista de su taquilla al oírlos acercarse. Llevaba varios libros apretados contra el pecho y el pelo recogido deprisa, como si hubiera salido de casa sin mirarse siquiera al espejo.

—Hola, William.

—Hola.

Jonah levantó una mano.

—Buenos días desde el Departamento Oficial de Catástrofes Académicas.

Ella le devolvió una sonrisa distraída antes de mirar otra vez a Billy.

—¿Estás bien?

—Supongo.

Dolores sostuvo su mirada unos segundos. No parecía muy convencida.

—Es por Punky..., ¿verdad? —Dolores bajó la voz casi sin darse cuenta—. ¿Está en la perrera?

—Sí.

Jonah apartó la vista. Dolores permaneció inmóvil, abrazando los libros contra el pecho, mientras el instituto seguía girando a su alrededor como si nada hubiera ocurrido.

Un chico pasó corriendo con un libro bajo el brazo.

Desde un aula una profesora recordó, por enésima vez, que aquello no era una pista de atletismo.

Una taquilla se cerró de golpe y alguien soltó una carcajada.

—Lo siento... —dijo al fin.

Billy asintió, sin encontrar nada que decir.

—No está bien. —Jonah se metió las manos en los bolsillos—. Quiero decir... es una mierda.

—¿Puedes verla?

Billy no respondió enseguida. Al fondo del pasillo, junto a la entrada principal, dos policías hablaban con el director Holloway. Hacía unas semanas todo el instituto se habría quedado mirándolos. Ahora casi nadie levantaba la cabeza.

—No lo sé... —acabó diciendo—. Supongo que, si Morrigan quiere, me dejará.

Jonah abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Tratándose de él, aquello rozaba el milagro.

—Entonces iremos a verla —dijo Dolores con la misma naturalidad con la que habría propuesto ir a la biblioteca.

—No sé si es buena idea.

—Precisamente por eso, William. —Dolores sostuvo su mirada—. ¿Cuándo te ha frenado una buena idea?

La campana sonó sobre sus cabezas y el pasillo cobró vida de golpe. Las puertas de las aulas se abrieron al mismo tiempo y, durante unos segundos, solo hubo mochilas, carpetas y alumnos cruzándose en todas direcciones.

Dolores dio un paso atrás. Antes de marcharse le rozó el brazo con la punta de los dedos.

—Eh... no vayas solo.

Levantó la vista.

—Solo digo eso. —Dolores se encogió ligeramente de hombros antes de perderse entre la marea de alumnos.

Billy siguió mirando unos segundos hacia el lugar por el que se había ido, hasta que un golpe suave en el hombro lo devolvió al pasillo.

—Tiene razón —dijo Jonah.

—Siempre dices que da miedo.

—Y lo da. —Se encogió de hombros—. Pero una cosa no quita la otra. Mi madre también da miedo... y casi siempre acaba teniendo razón.

Billy soltó el aire.

La sonrisa estuvo a punto de aparecer.

Pero, una vez más, no terminó de hacerlo

El resto de la mañana transcurrió con una lentitud extraña.

No era la de cualquier día de clase, sino otra más pesada, como si cada hora necesitara empujar a la siguiente cuesta arriba.

Billy escuchó a los profesores, tomó apuntes, respondió un par de preguntas cuando lo señalaron e incluso leyó en voz alta durante Literatura.

Hizo todo lo que se suponía que debía hacer, aunque tenía la sensación de que era otra persona quien levantaba la mano, escribía en el cuaderno o pasaba las páginas.

Una parte de él seguía delante de aquella jaula, preguntándose si Punky entendería por qué no había vuelto.

A la hora del almuerzo, el comedor sonaba casi igual que siempre.

En una mesa discutían sobre béisbol; en otra comparaban las respuestas del examen de matemáticas; un grupo hablaba de una película y, un poco más allá, alguien defendía con absoluta convicción una teoría absurda sobre videojuegos.

Nadie mencionaba a Hope. Nadie hablaba del asesino.

Aun así, Billy tenía la impresión de que todas aquellas conversaciones acababan girando alrededor de lo mismo.

Llevaba varios minutos con la bandeja delante. Había dividido el pastel de carne en cuatro trozos. Luego en ocho. Después en dieciséis. A esas alturas parecía el trabajo de un forense especialmente meticuloso.

Jonah observó el plato un momento antes de señalarlo con el tenedor.

—Estoy bastante seguro de que ya está muerto.

—¿Qué?

—El pastel. No creo que necesite más cirugía.

Dolores dejó escapar una risa por lo bajo.

—No tengo hambre. —Billy dejó el tenedor sobre la bandeja.

— Técnicamente, eso es porque no eres un perro—Jonah abrió mucho los ojos y enseguida levantó una mano—. Vale... espera. No era una broma sobre Punky.

Billy no respondió.

—Bueno... sí. Lo era —admitió con un suspiro—. Pero era una broma buena. O, al menos, pretendía serlo.

Dolores le dio una patada por debajo de la mesa.

—¡Ay!

—Cállate.

—Eso intento —protestó, frotándose la espinilla—, pero cuando me pongo nervioso hablo demasiado. Además —añadió señalando a Billy con el tenedor—, él lleva toda la mañana sin abrir la boca. Estoy intentando ayudar. Dentro de mis limitadas posibilidades.

—Tu concepto de ayudar siempre ha sido bastante discutible.

Jonah abrió la boca para defenderse, pero el estruendo de una bandeja al caer hizo que medio comedor levantara la cabeza. Un profesor cerró los ojos con resignación. Alguien aplaudió. Varias mesas rompieron a reír antes de que el ruido fuera apagándose y cada uno volviera a lo suyo.

Billy volvió a bajar la vista hacia el pastel de carne.

—¿Creéis que lo entiende?

—¿Quién? —preguntó Jonah, dejando el tenedor sobre la bandeja.

—Punky.

Dolores dejó de comer.