15
Cuando salió del hospital ya estaba anocheciendo.
Las puertas automáticas se cerraron a su espalda con un suspiro mecánico y Billy permaneció unos segundos bajo la marquesina de urgencias, respirando el aire frío después de tantas horas entre pasillos demasiado blancos, máquinas que no habían dejado de pitar y aquel olor a desinfectante que parecía quedarse pegado al fondo de la garganta.
La radio crepitó sobre su hombro anunciando un accidente al otro lado de la ciudad, pero apenas le prestó atención. Después de tantas horas allí dentro, el uniforme pesaba como si estuviera empapado.
Había sido un día largo. Amy apenas había hablado. Seguía mirando cada puerta que se abría con la cautela de quien todavía no terminaba de creer que estaba a salvo, y Billy se marchó con la sensación de que había heridas para las que las palabras siempre llegaban demasiado tarde.
Las farolas del aparcamiento acababan de encenderse cuando vio salir al niño de la escayola.
Iba en una silla de ruedas empujada por su padre, con la pierna cubierta de firmas, garabatos y dibujos torcidos.
En un lateral alguien había escrito I ♥ JIM con rotulador rojo.
El niño hablaba sin parar, orgulloso de aquella fractura como si fuera una medalla, mientras su padre asentía con esa expresión cansada de los adultos que llevan demasiado tiempo fingiendo que todo está bajo control.
Billy los siguió con la mirada hasta que desaparecieron entre los coches. Poco después salió una mujer joven con un bebé dormido en brazos. Lo protegía del frío con una manta demasiado grande para él y sonreía cada vez que bajaba la vista para comprobar que seguía dormido.
Volvió entonces la mirada hacia la entrada del hospital.
Las puertas seguían abriéndose y cerrándose sin descanso.
Entraban familiares con flores, salían pacientes apoyados en unas muletas, una ambulancia ocupaba el lugar de otra que acababa de marcharse y un taxi recogía a una pareja de ancianos junto a la acera.
La vida continuaba. Siempre lo hacía. Daba igual que alguien desapareciera o que pasaras veinte años esperando una llamada que nunca llegaba.
Metió una mano en el bolsillo, sacó el teléfono y se quedó mirándolo apenas un instante antes de marcar. Solo sonó una vez.
Sonrió sin darse cuenta.
—Hola, cariño.
Se apoyó en una de las columnas de la entrada.
Al otro lado siguieron hablando unos segundos.
—Sí... Ya he salido. Ha sido un día muy largo. —Sonrió para sí—. Sí... Por fin la he encontrado.
La sonrisa se apagó apenas un instante.
—No. Mi madre no. Era otra persona.
Una ambulancia abandonó la zona de urgencias con las luces todavía encendidas. Billy la siguió con la mirada hasta que desapareció al final de la avenida.
—Lo sé... Ya lo sé. —Se pasó una mano por la nuca y bajó la vista—. Pero hay una parte de mí que sigue esperando que cualquier día sea ella la que aparezca por esa puerta.
Se quedó mirando el suelo.
—No, de verdad. Estoy bien. Solo cansado... Muy cansado. ¿Y vosotras?... ¿Cómo está la pequeña?... ¿Sí?... ¿Ya está dormida?
Alzó la vista hacia la fachada iluminada del hospital. Detrás de aquellas ventanas alguien acababa de ser padre.
En otra habitación alguien probablemente acababa de despedirse de un familiar.
—Mejor. Déjala descansar. Yo terminaré aquí dentro de un rato y me iré para casa... No, no creo que tarde mucho.
Cerró los ojos un instante mientras escuchaba la respuesta.
—Sí... Yo también. Te quiero.
Colgó despacio y se quedó un momento bajo la marquesina, con el teléfono todavía en la mano. Las puertas automáticas siguieron abriéndose y cerrándose a su espalda con el mismo suspiro mecánico de siempre.
Guardó el teléfono en el bolsillo y se alejó de la entrada del hospital.
Amy volvería a dormir aquella noche en su cama.
Hope también. Su madre llevaba veinte años sin regresar a ninguna parte.
Él, en cambio, todavía tenía una última parada antes de volver a casa: un perro seguía esperándolo en la perrera.