Punky: El perro que nos encontró 14 #2
49%

14 #2

—Si si, pues créetelo.

Cuando Billy dejó de reír, continuó.

—¿Sabes cuál era el problema? No, claro que no, como vas a saberlo. El problema era que yo estaba convencido de que luchaba por un sueño. Mi padre, en cambio, estaba convencido de que acabaría rompiéndome el cuello.

—¿Por un caballo?

—No. Por todo lo que podía pasarme encima de uno —dijo Morrigan.

Durante unos instantes solo se oyó el motor y la respiración tranquila de Punky en el asiento trasero.

—Lo curioso es que los dos queríamos exactamente lo mismo.

—No lo entiendo.

—Los dos queríamos que yo estuviera bien —dijo Morrigan—. Él veía un accidente y yo solo veía el caballo.

Guardó silencio unos metros.

—Con tu padre pasa algo parecido, Billy.

Billy volvió la vista hacia la ventanilla.

Dejaron atrás la cafetería Miller, el escaparate de la pescadería Donnelly y el viejo cine de Chestnut Avenue antes de entrar en Maple Street.

Unos metros más adelante distinguió la camioneta de Rick, con el espejo sujeto por cinta adhesiva y el óxido asomando junto al guardabarros.

Su padre esperaba sentado en los escalones del porche. No leía. No fumaba. Ni siquiera parecía hacer otra cosa que mirar la calle. Cuando el coche patrulla dobló la esquina, levantó despacio la cabeza.

Morrigan aparcó frente a la casa, apagó el motor y permaneció un instante con las manos apoyadas sobre el volante.

—No te preocupes. Saldrá bien.

A su espalda, Punky bostezó, apoyó las patas en el respaldo del asiento y empezó a mover la cola en cuanto reconoció la casa.

—Vamos.

Morrigan salió primero. Billy bajó un instante después y Punky saltó al asfalto detrás de él. Se sacudió con tanto entusiasmo que el collar tintineó un par de veces.

Su padre ya estaba de pie. Su mirada pasó de Billy al agente y terminó deteniéndose en Punky, que avanzó hacia él. Rick se pasó una mano por la cara.

—Billy... —dijo Rick.

Solo pronunció su nombre, pero bastó para que Billy bajara la vista.

—Papá...

—¿Qué es esto? —preguntó Rick, señalando a Punky sin apartar los ojos de ella.

—Es un perro. Se llama…

—Ya veo que es un perro.

—Yo...

—Llevo horas buscándote, Billy.

—Lo sé.

—No —dijo Rick, negando despacio—. Si lo supieras, no habrías desaparecido durante horas sin decir dónde estabas.

Punky fue a sentarse entre los dos, como si con eso pudiera terminar una discusión que apenas acababa de empezar. Rick la miró y dejó escapar el aire.

—El perro se va.

—P-pero, papá... Encontró a Hope.

—Lo sé.

—Entonces también podría ayudar a encontrar...

—Billy, no.

La cola de Punky siguió golpeando el suelo con suavidad mientras miraba primero a uno y luego al otro.

—Es distinta —dijo Billy.

—¿Distinta cómo?

Billy abrió la boca, pero las palabras no salieron enseguida. Terminó agachándose junto a Punky y hundió los dedos en el pelo de su lomo.

—No lo sé... Hace cosas.

—¿Qué cosas?

Billy tragó saliva.

—Pues… no se… me recuerda a mamá.

Durante un instante no se oyó nada, ni siquiera el tráfico de la calle.

—Espera —dijo Morrigan—. ¿A Claire?

Billy asintió sin mirar a ninguno de los dos.

—Muchacho, ¿estás diciendo que Punky te recuerda a tu madre?

—No digo que sea ella. Solo... hace cosas. Pequeñas manías. A las dos les gusta la pizza, las dos apartan las aceitunas y ninguna quería bajar al sótano.

Morrigan lo observó un momento.

—Vale —dijo al fin—. Ahora te entiendo.

—Billy... —murmuró Rick, cerrando los ojos mientras se pasaba una mano por la cara.

—Papá, no digo que sea ella.

—Entonces no hables así. No conviertas cada cosa que hace ese perro en una señal.

—No estoy haciendo eso.

—¿No? La pizza, las aceitunas, el sótano... —Su padre negó con la cabeza—. Llevas años buscándola en cada rincón de Riverbend.

—Papá solo digo que se parece a ella.

—Pero ¿te estás oyendo? —Rick lo miró como si no supiera si estaba enfadado o asustado—. Por Dios, Billy. Es un perro. No se parece a ella.

—Pues para mí sí.

—Billy, se acabó.

—No puedes decirme lo que me recuerda y lo que no.

Rick apretó los labios.

—Deja de buscar a tu madre, Billy —dijo, bajando la voz—. Tu madre está muerta.

Hacía años que nadie pronunciaba esa palabra en aquella casa.

Su madre seguía viviendo en las fotografías, en las cajas olvidadas del desván y en todas esas conversaciones que cambiaban de rumbo justo antes de llegar a ella.

Habían aprendido a rodear su ausencia igual que se rodea un agujero en mitad del camino. Rick acababa de pasar por encima.

—Hijo, tienes que seguir adelante.

—¿Y me lo dices tú?

El aspersor del jardín siguió girando con su rumor monótono mientras él mantenía la vista perdida en algún punto de la calle. Cuando volvió a hablar, no levantó la voz.

—Cada uno hace lo que puede, hijo —dijo Rick.

Se pasó una mano por la cara y señaló la puerta.

—Entra.

Billy asintió.

Ya no le quedaban fuerzas para seguir discutiendo.

Echó a andar hacia el porche y Punky salió detrás de él con la naturalidad de quien daba por hecho que aquel también era su sitio.

Apenas habían recorrido un par de metros cuando la correa se tensó de golpe. La perra se detuvo en seco. Volvió la cabeza hacia Morrigan y después miró otra vez a Billy, desconcertada. Tiró una vez, muy despacio. Luego otra, convencida de que aquello no podía ser más que un malentendido.

Nadie dijo una palabra.

Punky fue pasando la mirada de uno a otro con la paciencia de quien espera que, de un momento a otro, algún adulto arregle por fin aquel pequeño error que ella era incapaz de comprender.