Punky: El perro que nos encontró 14
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Billy seguía sonriendo al recordar a Aaron y los otros huyendo calle abajo. Punky volvió a dejarse caer sobre el asfalto con la cola golpeando el suelo, tan satisfecha que cualquiera habría jurado que acababa de desmantelar una banda de atracadores en lugar de espantar a tres idiotas del instituto.

—No pongas esa cara... —dijo Billy, señalando la caja de pizza—. No te hagas la heroína.

La perra ladeó la cabeza.

—Sí, esa.

En cuanto vio el cartón, estiró el hocico con una rapidez sospechosa.

—¿Más? Ni hablar.

La cola siguió moviéndose. Billy apartó la caja justo antes de que pudiera alcanzarla.

—Hace cinco minutos me estabas salvando de Aaron Mercer y ahora solo piensas en comida. ¿En serio?

Punky insistió.

—Ni lo sueñes. Además, aunque quisiera, eso está lleno de escupitajos. No pienso dártelo.

Volvió a intentarlo.

Billy resopló divertido y terminó agachándose para rascarle detrás de una oreja.

—Supongo que a ti eso te da exactamente igual...

Punky cerró los ojos al instante. Ya había descubierto que, si le rascaban justo allí, se quedaba completamente inmóvil, como si alguien hubiera encontrado un interruptor escondido bajo el pelo.

No recordaba la última vez que había sonreído tanto.

—Además... —continuó sin dejar de rascarle la oreja—, creo que te he subestimado.

Punky abrió un ojo.

—Eres bastante peor detective de lo que imaginaba. Me has llevado hasta una pizzería... y me has costado siete dólares.

La respuesta fue un lametón en la muñeca.

—¿Qué pasa? ¿No puedes investigar con el estómago vacío?

La cola volvió a golpear el suelo.

—Eso pensaba.

—Parece que os entendéis bastante bien.

Billy levantó la vista. Al otro lado del aparcamiento, junto al escaparate del Burguer King, el agente Morrigan seguía apoyado en una farola, con la chaqueta abierta, las gafas de sol asomando por el bolsillo de la camisa y un vaso de café en la mano.

Nunca estaba del todo claro cuánto tiempo llevaba allí.

Con Morrigan siempre daba la impresión de que aparecía unos minutos antes de que los demás repararan en su presencia.

Cruzó la calle sin prisa, con esa calma de quien nunca parecía llegar tarde a ninguna parte.

Punky siguió sus pasos con las orejas levantadas. No gruñó ni mostró el menor recelo, algo llamativo en una perra que desconfiaba de carteros, bicicletas, bolsas de plástico y de casi cualquier cosa que se moviera.

—Hola, muchacho.

—Hola.

Morrigan se detuvo frente a ellos. La mirada recorrió la caja de pizza abierta, el queso pegado al cartón y las marcas de saliva que decoraban uno de los bordes antes de volver a Billy.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Morrigan.

—Prefiero no comentarlo.

La comisura de los labios del agente apenas se movió.

—Déjame adivinar... Pensabas que había encontrado una pista y resulta que lo único que encontró fue comida.

—Más o menos.

Morrigan bajó la vista hacia la perra, que seguía observándolo con curiosidad.

—Así que esta es la famosa Punky.

—¿Famosa?

—Desde hace unos días no se habla de otra cosa. Esta mañana hasta Eddie Lazlo me ha preguntado por vosotros mientras me servía esto —dijo Morrigan, levantando el vaso—. El chico que encontró a Hope y la perra que le salvó la vida.

La radio prendida a su cinturón crepitó de pronto.

— Central a unidad doce. ¿Me recibe? Cambio.

Morrigan dejó el café en el suelo y se llevó la radio a la boca.

—Unidad doce. Recibido.

— El señor Kowalski ha vuelto a llamar. Pregunta si ha localizado al chico.

Morrigan miró a Billy.

—Sí, recibido. Ya estoy con él. Cambio y corto.

Devolvió la radio al cinturón y recogió el vaso.

—Tu padre lleva casi dos horas buscándote —dijo antes de tomar otro sorbo y torcer el gesto—. Pero imagino que te has entretenido volviendo a seguir a esa perra por medio Riverbend, ¿verdad?

Billy acarició el lomo de Punky.

—Puede.

—Ya —dijo Morrigan—. Eso pensaba. Supongo que no pasará nada porque espere un poco más...

Morrigan señaló el bordillo con el vaso.

—¿Te importa?

—Por lo que yo sé, sigue siendo un país libre

El agente se sentó con toda tranquilidad. Punky se acercó enseguida a olisquear una de sus botas, luego la otra y, satisfecha con el resultado de la inspección, terminó tumbándose entre los dos, apropiándose con toda naturalidad del espacio que los separaba.

—Ya veo quién manda aquí —dijo Morrigan con una sonrisa.

Dio un sorbo al café y torció el gesto.

—Está frío —, señaló la caja de pizza con el vaso—. Vale, cuéntamela.

Billy acarició distraídamente el lomo de Punky.

—¿El qué?

—La teoría. No habrías seguido a esa perra hasta Antonio’s si no tuvieras una.

—No es una teoría

—Claro que lo es. Llevo cinco años viéndote recorrer Riverbend con Jonah, inventando teorías que no se le ocurren a nadie más. Así que adelante.

—Mmm… ¿Sabe lo que es la ambrosía?

—Claro. En Nueva Inglaterra está por todas partes.

—Hope era alérgica. Mi madre también.

El vaso dejó de girar entre las manos de Morrigan.

Billy mantuvo la vista fija en el asfalto.

—Hope fue la tercera víctima del Domino’s Killer —dijo Billy sin levantar los ojos del asfalto—. Antes hubo una en Boston, otra en Castle Rock, luego Hope y ahora la chica de Essex.

Tardó un momento en mirar a Morrigan.

—Pero ¿y si nunca fueron cuatro? ¿Y si en realidad fueron cinco?

El tráfico siguió desfilando por la avenida mientras Morrigan miraba la avenida.

—Ya sé por dónde vas, pero estamos hablando de muchos años, demasiadas casualidades y un montón de gente que tendría que haberse equivocado.

—Lo sé.

—Y aun así no consigues quitártelo de la cabeza —dijo, haciendo girar el vaso entre las manos—. ¿Por qué?

Billy se tomó un momento.

—Porque dos víctimas eran alérgicas a la ambrosía. No sé cómo explicarlo, pero no puede ser casualidad. Hay algo ahí.

—Vale. ¿Sabes qué es lo mejor de una teoría?

Billy negó con la cabeza.

—Que no tienes que demostrar que es correcta. Solo que merece la pena investigarla.

Había esperado una sonrisa, una palmada en el hombro o que le recordara que tenía dieciséis años mientras policías de verdad llevaban semanas investigando aquel caso.

En cambio, Morrigan seguía allí, escuchándolo con la misma seriedad con la que habría escuchado a cualquier compañero de la comisaría.

—¿Entonces cree que puede haber algo?

—Creo que has visto algo que otros no han visto. Demostrarlo... ya es otra historia.

Apuró el café, dejó el vaso vacío en el suelo y soltó un suspiro.

—Ahora viene la parte que no te va a gustar.

Billy bajó la vista antes de que continuara. Punky seguía tumbada entre los dos, medio dormida bajo el sol de la tarde. Una mosca le pasó junto al hocico; una oreja se agitó apenas y volvió a quedarse quieta.

—No.

—Billy...

—No, no quiero oírlo.

—Tu padre me ha llamado tres veces. Dos de ellas solo para gritarme.

—Me da igual.

—Necesitas que firme la adopción. Y, aunque ahora te cueste creerlo, está preocupado por ti.

—Va a llevarla a la perrera agente Morrigan.

—Pero Billy...

—La va a llevar. La va a llevar de verdad.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. Punky abrió un ojo, los observó un momento y volvió a acomodar el hocico sobre las patas.

Morrigan sonrió para sí.

—Es una buena perra.

Billy le acarició el lomo.

—Es la mejor.

—Sí... —admitió mientras se ponía en pie y se sacudía el polvo de los pantalones—. Probablemente lo sea.

Esperó un instante antes de señalar el coche con la cabeza.

—Vamos.

Billy siguió sentado. Un coche cruzó la avenida con la música demasiado alta y desapareció calle abajo sin que ninguno de los dos le prestara atención.

—No quiero ir.

—Lo sé.

—Se la va a llevar.

Morrigan siguió mirando la calle.

—Quizá no.

Billy levantó la vista.

—Agente Morrigan...

—¿Sí?

—Usted nunca dice «quizá» cuando sabe algo.

Morrigan sostuvo su mirada unos instantes. Luego se agachó, recogió el vaso vacío del suelo y echó a andar hacia el coche sin responder.

—Venga, anda. Vamos.

Billy bajó la vista. Una grieta cruzaba el bordillo de un extremo a otro. Le resultaba mucho más fácil recorrer aquella línea de cemento que levantar la cabeza.

A su lado, Punky abrió los ojos, se incorporó con toda la calma del mundo y se desperezó hasta hacer crujir las patas delanteras. Después se acercó a Morrigan y le apoyó el hocico en la mano con absoluta naturalidad.

—Mira tú... —murmuró Morrigan, sonriendo mientras le rascaba bajo la barbilla.

Le rascó distraídamente bajo la barbilla.

Punky cerró los ojos al instante. Billy apartó la vista.

En apenas unos días se había vuelto imposible imaginar Riverbend sin ella: dormida junto a su cama, persiguiendo hojas, metiendo el hocico donde no debía o siguiéndolo de una habitación a otra con la fidelidad silenciosa de una sombra.

Apenas hablaron durante el camino. Morrigan conducía con una mano apoyada en el volante mientras el aire templado de la tarde entraba por la ventanilla abierta.

De vez en cuando, Billy miraba por el retrovisor.

Punky dormía hecha un ovillo sobre una vieja manta en el asiento trasero, completamente ajena a todo.

El coche se detuvo en un semáforo. Dos niños cruzaron corriendo la calle y su madre esperó a que alcanzaran la otra acera antes de seguir caminando.

—Tu padre es complicado.

—Es una forma elegante de decirlo.

—Soy policía. Nos entrenan para decir las cosas de forma elegante.

—Pues no funciona.

Morrigan resopló justo cuando el semáforo cambiaba a verde.

—Cuando tenía más o menos tu edad quise quedarme con un caballo.

—¿Un caballo?

—Ya, ya. Sé cómo suena… —dijo Morrigan—. Por entonces reponían El Llanero Solitario los sábados y yo estaba convencido de que necesitaba un caballo. Incluso había decidido llamarlo Silver.

Por primera vez desde que habían salido del aparcamiento, una sonrisa asomó en la cara del agente.

—Mi padre me dijo que no. Aquella misma noche me fui al rancho de los Goodwill, saqué el caballo y lo escondí en el garaje de casa. Hasta dormí allí, en una colchoneta.

—¿Y cuánto duró el plan?

—Hasta la mañana siguiente. Cuando Drew Goodwill apareció preguntando por el caballo.

—No me lo creo.