Punky: El perro que nos encontró 13
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Punky caminaba unos pasos por delante cuando levantó las orejas de golpe y se quedó completamente inmóvil. Billy siguió la dirección de su mirada, pero no vio nada.

—¿Qué pasa? —preguntó mientras tiraba suavemente de la correa.

La perra echó a andar sin hacerle el menor caso.

Billy supuso que habría descubierto otra mariposa, una ardilla o cualquiera de esas pequeñas obsesiones que solo conseguían distraerla unos segundos y la siguió con resignación.

Dejaron atrás los coches que aún conservaban el calor de la tarde, cruzaron un jardín que olía a hierba recién regada y otra calle más sin que Punky se desviara una sola vez.

Empezó a observarla con más atención. Aquella forma de avanzar le resultaba extrañamente familiar.

—¿Has encontrado algo?

La correa volvió a tensarse.

La primera gran pista fue un arbusto que inspeccionó durante casi medio minuto.

Después apareció un gato naranja sentado sobre una valla con la expresión resignada de quien llevaba demasiados años soportando perros.

Punky decidió investigarlo también. El gato, por su parte, consideró que moverse era un esfuerzo innecesario.

Billy estuvo a punto de convencerse de que todo había sido una falsa alarma hasta que la perra volvió a tirar de la correa.

Esta vez dejó atrás árboles, jardines y papeleras sin concederles siquiera una mirada.

Cruzó una calle, luego otra, y siguió avanzando con la misma determinación que había mostrado frente a la casa de Hope.

—Vamos... —murmuró casi para sí.

Atravesaron el aparcamiento de un supermercado, pasaron junto a un carrito abandonado y dejaron atrás la gasolinera Hargrove.

El viejo McKenna llenaba el depósito de su vieja camioneta mientras un partido sonaba en una radio portátil apoyada sobre el surtidor.

Billy ya apenas prestaba atención a lo que lo rodeaba.

Caminaba pendiente únicamente de Punky y de aquella seguridad extraña con la que seguía avanzando, como si realmente estuviera siguiendo un rastro.

Al otro lado de una verja metálica, Punky se detuvo tan de golpe que Billy estuvo a punto de tropezar con ella. Alzó la vista buscando qué demonios había encontrado y se quedó mirando el enorme cartel rojo que presidía la avenida.

ANTONIO'S PIZZA.

Parpadeó y volvió a leerlo dos veces más.

—No puede ser...

Punky respondió con un ladrido mientras la cola empezaba a golpear el aire.

—No me digas que has encontrado una pizzería.

Otro ladrido.

Billy negó para sí, todavía sonriendo, pero la perra ya había salido disparada hacia la parte trasera del edificio.

Echó a correr detrás de ella, rodeó el local, pasó junto a una puerta metálica marcada con EMPLEADOS SOLAMENTE y acabó en la zona de carga, donde el olor a cartón húmedo, grasa caliente, queso derretido y basura reciente parecía haberse quedado a vivir entre los contenedores.

—¿Qué has encontrado?

Punky permanecía inmóvil junto a los contenedores. Billy miró las cajas apiladas contra el muro, los palés vacíos y las bolsas negras junto a la verja oxidada. Durante un instante imaginó una pista. Una conexión con Hope. Cualquier cosa que la policía hubiera pasado por alto.

—Vale... —murmuró mientras se acercaba al contenedor—. Voy a arrepentirme de esto, pero más te vale haber encontrado algo.

Empezó a apartar cajas. Debajo había otra. Luego una bolsa. Después otra más. Billy empezaba a preguntarse si de verdad estaba rebuscando entre basura porque un perro había confundido una investigación con una excursión gastronómica cuando un ruido húmedo lo hizo volverse.

Punky tenía medio cuerpo metido entre dos contenedores y lamía con absoluta devoción una porción de pizza abandonada.

—En serio... —murmuró.

Punky ni siquiera levantó la cabeza.

—Pensaba que habíamos encontrado algo importante. Una pista... una conexión... cualquier cosa.

Cuando por fin alzó la cabeza tenía queso pegado al hocico y una expresión tan satisfecha que resultaba imposible enfadarse con ella.

—Dios mío Punky...

Punky aprovechó para darle otro mordisco.

—Jonah tenía razón —dijo mientras veía desaparecer otro pedazo sin que Punky se dignara siquiera a mirarlo—. Eres una glotona.

La perra terminó el último bocado, levantó la vista y movió la cola una sola vez.

Billy dejó escapar un suspiro.

—Venga... Vamos a comprarte una pizza.

Punky se dio media vuelta y echó a andar hacia la entrada de Domino's sin la menor duda.

Billy sonrió mientras iba detrás de ella.

—Lo sabías desde el principio.

Diez minutos después estaban sentados detrás del local, junto a una vieja valla metálica que separaba el aparcamiento de un descampado cubierto de hierbajos.

El tráfico pasaba despacio por la avenida, el olor a pizza recién hecha seguía flotando en el aire y la caja descansaba abierta entre los dos, como si llevaran toda la vida comiendo allí.

—No se lo digas a Jonah... —dijo Billy antes de darle otro bocado.

Punky engulló un trozo de pizza.

—Ni a Dolores.

Otro.

—Y, desde luego, a los Kaplan.

Billy estaba a punto de darle otro bocado cuando un pequeño gesto de Punky lo dejó inmóvil.

La perra acababa de apartar una aceituna negra del queso con un cuidado casi exagerado antes de seguir comiendo.

Luego apareció otra. Y otra más. Las iba dejando todas en un extremo de la caja, formando un pequeño montón perfectamente separado del resto de la pizza.

Billy dejó de masticar.

Su madre hacía exactamente lo mismo.

La recordó sentada a la mesa de la cocina, apartando las aceitunas con dos dedos mientras refunfuñaba que alguien las había inventado para estropear pizzas perfectamente buenas.

Siempre protestaba igual. Siempre las iba dejando una junto a otra, con la misma paciencia obstinada con la que ahora lo hacía Punky, ajena a todo, retirando otra aceituna antes de llevarse el siguiente bocado a la boca.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—No puede ser... —murmuró.

Seguía mirando el pequeño montón de aceitunas cuando una sombra cayó sobre la caja de pizza.

—Vaya, vaya, vaya...

Habría reconocido aquella voz entre un millón.

Aaron Mercer esperaba al otro lado de la verja con las manos metidas en los bolsillos. Fred y Jamal se habían quedado unos pasos detrás. No decían nada. No hacía falta. Los dos miraban a Billy con esa mezcla de curiosidad y alivio del que sabe que el golpe va a llevárselo otro.

Aaron echó un vistazo a la pizza, los contenedores y volvió a Billy antes de soltar una risa.

—Sabía que las cosas iban mal en casa... —dijo despacio—. Pero no tanto como para verte comiendo detrás de Antonio’s. Aunque, pensándolo bien, igual esto es exactamente lo tuyo.

Billy dejó la porción de pizza sobre la caja y levantó la vista.

—Déjalo ya, Aaron.

—¿Y por qué iba a hacerlo? —respondió con una sonrisa tranquila, casi amable—. Solo intento ayudarte.

Fred soltó una carcajada.

—Igual habría que hacer una colecta.

Aaron arrancó un trozo de pizza con dos dedos. Lo sostuvo un instante delante de la cara, como si examinara algo podrido, y acabó escupiéndolo junto a la caja.

—Toma. —Dejó caer el escupitajo y volvió la cabeza hacia los otros dos—. Venga, chicos. Que Billy tiene hambre.

Fred obedeció casi antes de que terminara la frase.

Jamal, en cambio, siguió inmóvil.

Mercer esperó un segundo. Lo miró de reojo y arqueó apenas una ceja.

—¿Qué pasa?

—No sé... —murmuró Jamal sin mirar a Billy—. Creo que ya nos hemos pasado.

—Claro... —Aaron dejó escapar una risa por la nariz mientras se acercaba despacio a él—. Luego no me vengas llorando para que tu padre nos consiga entradas para ver a los Celtics.

Jamal le sostuvo la mirada apenas un instante. Después bajó los ojos hacia la pizza, escupió junto a la caja y se hizo a un lado sin decir una palabra.

Aaron sonrió para sí antes de ocupar el sitio que acababa de dejar libre. Ahora estaba frente a Billy, tan cerca que el olor a menta de su chicle se mezclaba con el pepperoni de la pizza.

—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja, casi con curiosidad, sin dejar de sonreír—. ¿Ahora vas a llorar?

Billy apretó la caja de pizza hasta que el cartón crujió entre sus dedos.

—Déjame ya.

—No. —Aaron negó despacio, disfrutando de cada segundo que conseguía alargar aquello—. Yo decidiré cuándo te dejo en paz.

Miró a Punky.

—Bonito perro... Primero apareces por el instituto haciéndote el héroe, luego consigues un perro... y ahora resulta que la Whitmore no se despega de ti.

El cartón volvió a crujir entre las manos de Billy.

—No hables de Dolores.

Aaron no respondió enseguida. Se limitó a mirarlo con aquella media sonrisa que parecía ensancharse cuanto más se deformaba la caja de pizza entre los dedos de Billy. Al cabo de un instante se inclinó apenas hacia él.

—¿Ves? Ahí sí... —murmuró sin apartar la mirada—. Ten cuidado, Billy. Hay cosas que duran muy poco.

Billy iba a contestar cuando un gruñido grave le atravesó el pecho. Durante una fracción de segundo creyó que había salido de él mismo, de toda la rabia que llevaba demasiado tiempo tragándose. Al volver la cabeza encontró a Punky delante de él.

Ya no era la misma perra que hacía un momento rebuscaba entre la pizza. Permanecía quieta con la cabeza ligeramente baja y los ojos fijos en Aaron, mientras aquel sonido profundo escapaba de su garganta con una calma infinitamente más inquietante que cualquier ladrido.

Aaron dejó de sonreír.

—Aparta a tu perro.

Billy no respondió. Ni siquiera apartó la vista de Punky. El gruñido continuó. y la perra avanzó un solo paso, despacio, sin perder de vista a Aaron. Retrocedió casi por instinto hasta que la espalda rozó la verja metálica.

—No pasa nada... —murmuró Fred con una risa demasiado forzada, buscando más la aprobación de Aaron que la de nadie—. Solo es un perro.

Punky enseñó los dientes sin dejar de mirar a Aaron y el ladrido estalló un segundo después, tan cerca de él que dio un respingo y volvió a pegar la espalda a la verja.

—¡Billy! —La voz se le quebró por primera vez—. Dile que pare... ¡Por favor!

Billy no respondió. Punky volvió a ladrar y Aaron intentó apartarse otra vez, pero la verja ya se le clavaba en la espalda. Respiraba cada vez más deprisa, incapaz de encontrar un sitio al que retroceder.

—¡Billy, joder!

Fred había dejado de reír.

—Venga, Billy... dile que pare.

Jamal dio un paso hacia delante, aunque se detuvo en cuanto Punky giró apenas la cabeza hacia él sin dejar de gruñir.

—Tío... En serio...

Aaron volvió a mirar a Billy. Tenía los ojos enrojecidos y las lágrimas empezaban a correrle por las mejillas sin que pareciera darse cuenta.

—Por favor...

Billy lo observó en silencio. Durante un instante le vinieron a la cabeza imágenes sueltas, rápidas, casi sin orden: Aaron arrebatándole la mochila en quinto de primaria; las carcajadas de toda la clase mientras recogía los libros del suelo; el balonazo en el recreo que todos fingieron no haber visto; Dolores apartando la mirada, incómoda, mientras Aaron volvía a humillarlo delante de ella.

Otro ladrido hizo que Aaron cerrara los ojos por puro reflejo. Cuando volvió a abrirlos, la mancha oscura ya se extendía despacio por sus pantalones. Fred bajó la vista. Jamal hizo lo mismo.

Billy dejó pasar un segundo más. Solo entonces recordó a su madre diciéndole que siempre era fácil parecerse a quien hacía daño y mucho más difícil decidir no hacerlo.

Soltó el aire despacio, se agachó junto a Punky, le acarició el cuello y habló con la misma tranquilidad con la que la llamaba cada tarde.

—Ven aquí.

En cuanto oyó su voz, la perra dejó de gruñir. Se acercó moviendo tranquilamente la cola, volvió a sentarse a su lado y levantó la cabeza hacia él con la misma expresión de siempre, como si no entendiera por qué aquella merienda se había complicado tanto.

Aaron permaneció inmóvil unos segundos más, con la espalda apoyada en la verja y los ojos clavados en Punky, hasta que Jamal rompió el silencio.

—Vámonos...

Nadie esperó una respuesta. Aaron se apartó de la verja sin decir una palabra y echó a andar calle abajo con la cabeza gacha.

Fred y Jamal lo siguieron casi de inmediato.

Jamal fue el último en marcharse; al llegar a la esquina volvió un momento la cabeza hacia Billy, pero enseguida desvió la mirada y echó a correr para reunirse con los otros.

Billy los vio desaparecer antes de volver la vista hacia Punky. La perra ya estaba otra vez sentada sobre el asfalto, rascándose una oreja con una concentración absoluta, como si expulsar a Aaron Mercer de allí hubiera sido mucho menos importante que acabar con aquel picor.

—Siempre sabes cuándo te necesito, ¿eh? Gracias.

Punky dejó de rascarse, levantó la cabeza y la cola empezó a golpear despacio el suelo. Billy abrió la caja, rescató el último trozo de pizza y se lo tendió.

—Toma. Te lo has ganado.

Punky aceptó el premio sin hacerse de rogar. Billy soltó una risa por lo bajo mientras la veía devorar el último pedazo. Al otro lado de la avenida, los coches seguían pasando igual que antes, ajenos a todo.

Para Punky, sin embargo, el asunto parecía bastante claro. Había salvado a su humano.