Punky: El perro que nos encontró 12 #3
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—¿Seguro que no necesitas que te acerquemos a casa? —preguntó Barbara mientras volvía a levantar las bolsas—. Tal y como están las cosas...

—Gracias, pero mi madre...

Un coche azul oscuro dobló la esquina y se detuvo junto al bordillo.

—...ya está aquí.

La puerta del conductor se abrió y una mujer alta salió al exterior.

Billy la había visto alguna vez desde lejos, esperando a Dolores a la salida del instituto o entrando en alguna tienda del centro, pero nunca habían hablado.

Llevaba una falda larga estampada y tantas pulseras en las muñecas que tintineaban suavemente cada vez que movía las manos.

—Hola, mamá.

Penelope besó a Dolores en la frente y, antes de que pudiera decir nada más, Jonah dio un paso al frente y le dedicó una inclinación tan exagerada que estuvo a punto de perder el equilibrio.

—Buenas tardes, señora Whitmore. Jonah Rosenfeld, para servirla.

Penelope soltó una risa.

—Así que tú eres el famoso Jonah.

Él se señaló el pecho con gesto ofendido.

—¿Famoso? ¿Yo?

—No sé qué le habrá contado su Dolores de mi hijo... —dijo Barbara con una sonrisa—. Pero seguro que se ha quedado corta.

Las dos mujeres se saludaron con la naturalidad de quienes llevaban media vida cruzándose por Riverbend.

Penelope volvió entonces la vista hacia Billy.

—Y tú debes de ser William... —Sus ojos descendieron hasta Punky mientras se acuclillaba junto a ella—. Y esta preciosidad tiene que ser Punky.

Le acarició la cabeza con una delicadeza casi instintiva.

—Hace mucho que no veía unos ojos así...

Punky cerró los ojos y dejó caer el peso de la cabeza sobre su mano.

—Tengo la impresión de que entiendes mucho más de lo que aparentas... —murmuró, sin dejar de acariciarla—. Mira esos ojos. Hay perros que escuchan... y otros que entienden. Esta hace las dos cosas.

Entonces levantó la vista hacia Billy.

—Cuídala, ¿vale?

—Lo haré.

—A veces los perros aparecen justo cuando más falta hacen... y casi siempre terminan cuidándonos ellos a nosotros.

—Mamá... —protestó Dolores con una sonrisa resignada—. Vas a asustar a William el primer día.

—¿Qué? Si es verdad.

—Sí... pero no hace falta contárselo así.

—Intentaré contenerme.

Barbara empezó a recoger las bolsas mientras Bobby se despedía levantando una mano.

—Nos vemos en Kaplanmanía.

—Halloween —lo corrigió Barbara sin dejar de sonreír.

—Eso he dicho.

Jonah aprovechó el momento para acercarse a Penelope con la solemnidad de quien iba a pronunciar un discurso histórico.

—Ahora entiendo perfectamente de dónde ha sacado Lola la belleza.

—Ay, hijo... —Barbara le dio un golpecito cariñoso en el brazo.

—Gracias... creo.

—Está en esa edad —dijo Barbara con resignación mientras negaba despacio con la cabeza—. Lleva unos meses intentando ligar con cualquier cosa que respire.

—¡Oeer mamá!

Dolores suspiró con teatral paciencia. Después se agachó junto a Punky, le dio un beso en la cabeza y, al incorporarse, buscó a Billy con la mirada.

—Hasta luego, William.

—Hasta luego.

Penelope se despidió con una última sonrisa y, ya desde el asiento del conductor, volvió la cabeza hacia Punky un instante antes de cerrar la puerta.

Bobby esperó a que el coche se alejara unos metros antes de dejar escapar un silbido.

—Qué mujer más...

—Ni se te ocurra. —Barbara giró muy despacio la cabeza hacia él.

—...mística.

—¿Mística?

—Guapamente mística.

—No sé quién es peor. Si tú... o tu hijo.

—¿Seguro que no quieres que te acerquemos? —preguntó Barbara.

Billy bajó la vista hacia Punky, que inspeccionaba con enorme interés una grieta de la acera.

—Gracias, Barbara, pero iremos andando. Desde aquí hasta Maple Street apenas hay diez minutos.

—Pues no os entretengáis por Oak Square ¿de acuerdo?

—Mamá... —Jonah ya había abierto la puerta de la camioneta cuando volvió la cabeza—. Que estás hablando con el héroe de Riverbend.

Fingió pensárselo un instante al mirar a Punky.

—Perdón. Con los héroes de Riverbend.

Bobby asintió muy serio.

—Entonces será mejor que el Domino's Killer empiece a preocuparse.

—Hasta luego. —Billy negó con la cabeza sin conseguir borrar la sonrisa.

La camioneta dobló la esquina y desapareció calle abajo. Billy siguió mirando la calle unos segundos. Después bajó la vista hacia Punky.

—Bueno, chica... —murmuró mientras la perra levantaba las orejas al instante—. Parece que volvemos a quedarnos tú y yo.

Poco a poco el aparcamiento terminó de vaciarse. Los últimos profesores abandonaron el instituto y el ruido de los motores fue apagándose hasta dejar paso al murmullo lejano del tráfico que llegaba desde la calle principal.

Billy miró hacia el centro de Riverbend. Las copas de los arces se mecían con la brisa y unas nubes blancas cruzaban el cielo con esa calma engañosa de finales de verano. Hope seguía allí. Claire también. Y las preguntas continuaban ocupando el mismo sitio de siempre.

Se acuclilló junto a Punky y empezó a rascarle distraídamente detrás de las orejas.

—¿Qué hacemos ahora? —murmuró—. Porque yo empiezo a quedarme sin ideas.

Punky levantó una oreja y, como única respuesta, apoyó el hocico sobre la punta de su zapatilla.

—Sí... Supongo que también es un plan.

Se echó la mochila al hombro y echó a andar.

No hizo falta llamarla.

Punky ya caminaba a su lado.

La tarde seguía siendo cálida. Al pasar por Chestnut Avenue, Eddie Lazlo sacaba unas mesas a la puerta del bar mientras saludaba con la mano a todo el que cruzaba la calle.

Un poco más adelante, la señora Parker seguía arrodillada entre los rosales de su jardín como si llevara allí desde primera hora de la mañana.

Un gorrión salió disparado de unos setos y Punky arrancó tras él como una flecha. Billy ni siquiera aminoró el paso. La perra reapareció unos segundos después, lo adelantó trotando, volvió la cabeza para comprobar que seguía allí y continuó calle abajo con la cola balanceándose de un lado a otro.

—Vamos. —Billy sonrió.

La cola respondió antes que ella. Riverbend seguía recuperando poco a poco el aspecto de cualquier otra tarde mientras los dos desaparecían calle abajo.