12 #2
El resto de la mañana transcurrió con esa lentitud que parecía exclusiva de los lunes.
En Historia, el señor Park perdió el hilo de la explicación y pasó casi un minuto rebuscando entre sus apuntes mientras la clase esperaba en silencio.
En Literatura ocurrió algo parecido. La señora Chambers se quedó mirando por la ventana durante tanto tiempo que varios alumnos acabaron mirándola a ella.
Nadie hablaba de la chica desaparecida, aunque tampoco hacía falta.
Bastaba con ver cómo las conversaciones se apagaban al pasar un profesor o fijarse en los dos hombres de paisano que recorrían el instituto junto al director.
Billy los vio entrar y salir de varios despachos, hablar en voz baja con algunos docentes y desaparecer tras puertas que permanecían cerradas demasiado tiempo.
Nadie parecía tener muy claro quiénes eran ni qué buscaban.
Nadie tenía respuestas. Lo único que corría por el instituto eran los rumores. En el comedor viajaban de una mesa a otra bastante más deprisa que las bandejas.
—Mi hermano dice que encontraron una furgoneta.
—Mi primo asegura que la chica está en Boston.
—Mi padre dice que el asesino ya está muerto.
Jonah abrió una bolsa de patatas.
—Pues alguien debería avisarle... —dijo antes de llevarse una a la boca—. Porque sigue trabajando.
La broma arrancó algunas risas, aunque Billy apenas las oyó.
Sentado junto a la ventana, seguía mirando el aparcamiento mientras las mismas ideas daban vueltas dentro de su cabeza.
Hope. Claire. Las alergias. Aquella pizza con aceitunas negras.
Las piezas seguían moviéndose sin encontrar su sitio.
Y si terminaban encajando, Billy no estaba seguro de querer saber la respuesta.
—Estás poniendo esa cara otra vez... —dijo Dolores, señalándolo con una patata.
—¿Qué cara?
—Esa. La de cuando te encierras ahí dentro y dejas de escuchar al resto del mundo.
Jonah dejó la bolsa sobre la mesa.
—Claro que existe. Es la misma cara que ponías cuando mirabas a tu Rach...
Billy levantó la cabeza de golpe. Jonah siguió su mirada hasta encontrarse con Dolores y carraspeó.
—Rachel... Adams.
—¿Rachel Adams? —Billy lo miró como si acabara de perder definitivamente la cabeza.
—Sí. Rachel Adams. La de segundo. —Asintió—. Ponías exactamente esa cara cuando la veías.
—¿Te gusta Rachel Adams William?
—No.
—Sí —respondió Jonah al mismo tiempo.
—Jonah....
—Vaya... No sabía que te gustaba alguien.
—Es muy tímido —dijo Jonah antes de que Billy pudiera defenderse.
—Sea... pues díselo.
Los dos la miraron a la vez.
—¿Qué?
—A Rachel Adams.
Billy abrió la boca.
—No, si...
—Si quieres, puedo hablar con ella.
—¡No! —exclamaron Billy y Jonah al mismo tiempo.
Dolores dio un pequeño respingo.
—Vale...
Jonah ya estaba mordiéndose el labio para no echarse a reír. Billy sintió que le ardían las orejas. Le lanzó una mirada que prometía ajustar cuentas más tarde y dejó escapar un suspiro.
—¿Podemos dejar de hablar de mi supuesta vida sentimental y centrarnos en lo que de verdad importa?
Las sonrisas se apagaron. Billy bajó la vista hacia la bandeja y empujó una patata con el tenedor.
—Hay algo con las alergias que no termina de cuadrarme. Lo noto, pero todavía no sé qué es.
Mientras hablaba volvió la vista hacia la ventana. El aparcamiento seguía exactamente igual que siempre; las piezas, en cambio, continuaban moviéndose dentro de su cabeza sin acabar de encontrar su sitio.
—Las mejores teorías siempre parecen ridículas al principio. —Jonah se encogió de hombros.
—¿Y eso quién lo dice?
—Yo —Se dio un golpecito en el pecho con exagerada solemnidad—. Soy una autoridad internacional en teorías ridículas je je je.
—Eso sí me lo creo.
Billy terminó sonriendo también. Casi sin darse cuenta pensó en Punky.
Se la imaginó correteando por casa de Jonah, persiguiendo una mariposa, destrozando otra zapatilla o encontrando cualquier otra forma de meterse en líos.
Y fue entonces cuando comprendió por qué aquella sonrisa le estaba durando tanto.
Llevaba toda la mañana sin pensar en su madre.
El timbre resonó por todo el comedor.
A su alrededor empezaron a cerrarse bandejas. Varias sillas chirriaron contra el suelo y los alumnos fueron levantándose poco a poco entre conversaciones a medio terminar.
—Venga. —Dolores se colgó la mochila y los miró por encima del hombro—. Igual todavía nos cruzamos con los de segundo y…
—¿Y? —preguntó Billy mientras recogía la bandeja.
—No sé... Igual aparece Rachel Adams.
—Je, je, Billy...
—No empieces otra vez... —protestó Billy.
—Oeeer... Solo intento ayudarte.
Billy negó con una sonrisa.
—Los dos sois insufribles.
La última campana sonó a las tres y cuarto y, apenas unos minutos después, el instituto empezó a vaciarse.
El aparcamiento se llenó de puertas cerrándose, motores arrancando y profesores despidiéndose desde las aceras mientras el sol empezaba a teñirse de ese dorado que siempre parecía adelantarse unos días al final del verano.
Billy se echó la mochila al hombro y, casi sin darse cuenta, volvió a fijarse en el agente Morrigan.
Seguía junto a la verja, hablando con otro policía, aunque daba la impresión de prestar mucha más atención al instituto que a la conversación.
La mirada le iba de las puertas a los coches, de los grupos de alumnos que abandonaban el edificio a los padres que esperaban junto a la acera, como si buscara algo... o a alguien.
Billy tuvo la impresión de que Morrigan sabía más que cualquiera de los que estaban allí. Tenía que hablar con él.
—He llegado a una conclusión importantísima —anunció Jonah después de esquivar a un grupo de alumnos de primero.
Billy apartó la vista de Morrigan.
—A ver.
—Objetivamente, los lunes deberían ser ilegales.
—Eso mismo decías de los martes —rió Dolores.
—Y de los miércoles —añadió Billy.
—Exacto. —Jonah asintió muy serio—. Solo debería haber clase los viernes. Aprenderíamos exactamente lo mismo. Sobre todo con la señora Chambers.
Billy estaba a punto de contestar cuando algo al otro lado de la calle llamó su atención.
Junto a una vieja camioneta azul esperaba Punky.
Permanecía sentada muy derecha, con una solemnidad tan poco propia de ella que costaba creer que fuera la misma perra que llevaba dos días persiguiendo hojas, mariposas y cualquier cosa que se moviera.
Pero bastó con que encontrara a Billy entre la gente.
Las orejas se levantaron.
La cola empezó a golpear el suelo.
Y salió disparada.
—Ay, no... —murmuró Jonah antes de echar a correr tras ella—. ¡Punky! ¡Vuelve aquí!
La correa iba rebotando sobre el asfalto mientras la perra cruzaba la calle sin dignarse a mirar atrás. Un segundo después ya estaba encima de Billy, apoyándole las patas en el pecho y repartiéndole lametones antes incluso de que pudiera reaccionar.
—¡Puaj! —protestó entre risas mientras intentaba apartarla—. ¡Un poco de dignidad!
—Creo que te ha echado de menos —dijo Dolores.
Billy consiguió esquivar otro lametón por muy poco.
—O eso... —rió mientras volvía a apartarle el hocico—. O intenta arrancarme la cara.
Punky decidió comprobar aquella teoría y redobló sus esfuerzos.
—Confirmado. —Jonah llegó por fin junto a ellos, todavía sin aliento—. Quiere matarte.
—Te quiere porque hueles a comida.
Los cuatro volvieron la cabeza al mismo tiempo.
Barbara Kaplan cruzaba la calle con una bolsa de la compra en una mano. Bobby caminaba a su lado cargado con otras dos y con esa expresión resignada de quien llevaba tantos años casado que ya había aceptado que, en su casa, las decisiones importantes las tomaba otra persona.
—Buenas tardes, chicos.
—Hola, mamá.
Billy inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenas tardes, señora Kaplan.
—¿Señora Kaplan? —Barbara hizo una mueca de fingido disgusto—. Ni hablar. Llámame Barbara.
Sonrió enseguida a Dolores.
—Y tú debes de ser Dolores.
—Sí. Encantada.
—Encantada yo. Y este gruñón de aquí es mi marido, Bobby.
—No le hagas caso. —El hombre levantó una de las bolsas a modo de saludo—. Solo gruño antes de cenar.
Barbara ya se había acuclillado junto a Punky y le rascaba las orejas con las dos manos.
—Pero mírala... Si es un cielo.
—Eso es porque acaba de llegar. —Jonah soltó una risa—. Dale diez minutos.
—Desde ayer ha intentado comerse una zapatilla, perseguir al cartero y robar seis salchichas —dijo Bobby con toda naturalidad.
—Lo de las salchichas fue espectacular —reconoció Jonah.
—Ni caso, ¿eh? —murmuró Barbara sin dejar de acariciar a Punky, que respondía golpeando la cola contra el suelo—.
Y tú tampoco. Si alguna vez necesitas que nos quedemos con ella, ya sabes dónde vivimos.
Birch Lane está a cinco minutos del instituto.
Además, Jonah sería capaz de traértela a casa aunque estuviera nevando.
Billy pasó una mano por el lomo de la perra.
—Se lo agradezco de verdad, Barbara... pero me las apañaré.
—Ya lo sé, cielo. —Barbara asintió sin dejar de sonreír—. Solo quería que lo supieras. Si algún día necesitas ayuda, aquí estaremos. Para Punky... o para cualquier otra cosa.
Dudó un instante antes de añadir, ya con mucha más suavidad:
—Y procura no juzgar demasiado a tu padre. Todo esto también debe de estar siendo muy difícil para él.
—Sí... supongo.
Barbara sonrió con esa tristeza serena que solo aparecía de vez en cuando.
—A veces intentamos hacer lo correcto... y nos equivocamos.
Bobby dejó las bolsas en el suelo.
—Por cierto... —dijo mirando a Jonah—. ¿Ya has invitado a Dolores a Kaplanmanía?
—¿Kaplan... qué?
—Halloween. Mis padres insisten en llamarlo Kaplanmanía.
—No insistimos. —Bobby adoptó una solemnidad casi institucional—. Es el nombre oficial.
—Todos los años montamos una fiesta en casa. —Barbara puso los ojos en blanco—. Disfraces, comida... demasiado azúcar...
—Y premio al mejor disfraz —añadió Jonah—. Así que más vale que empieces a pensar uno bueno.
—Que shulo. Acepto la invitación.