12
El lunes por la mañana Riverbend amaneció igual que cualquier otro día de finales de verano.
Los árboles seguían alineados junto a las calles, la señora Ellis barría las hojas del porche con la misma escoba de madera que, a ojos de Billy, debía de llevar allí desde el principio de los tiempos y el autobús escolar volvió a llegar tarde.
Lo único distinto era el recorrido. Después de la última desaparición, el instituto había ampliado las paradas para que ningún alumno tuviera que caminar solo hasta clase.
El autobús serpenteó por varias calles en las que nunca antes había entrado y, mientras Billy observaba el pueblo por la ventanilla, vio a la señora Ellis detenerse un momento con la escoba apoyada contra la cadera.
No apartó la vista de los dos niños que esperaban en la siguiente parada hasta verlos subir al autobús.
Solo entonces volvió al porche y reanudó su tarea.
Jonah dejó caer la mochila sobre el asiento de al lado con un resoplido.
—Tío, mi madre no me dejó salir al jardín ayer.
—¿Y eso? —preguntó Billy.
—Porque, según ella, el jardín está fuera.
—Hombre... —Billy sonrió—. Visto así...
—¿Tú también, Brutus? —Jonah se llevó una mano al pecho con teatral indignación—. ¿También vas a darle la razón?
—Un poco.
—Pues prométeme una cosa. Si algún día desaparezco en mi propio jardín, al menos di que tuve una muerte digna.
—Trato hecho.
—Gracias. Es importante cuidar la reputación de un hombre.
Billy seguía sonriendo cuando se acordó de Punky.
—Oye... ¿qué tal se portó?
—Increíble. —Jonah se recostó en el asiento y cruzó las manos detrás de la cabeza—. Mis padres están enamorados de ella.
—¿Sí?
—Mi madre le ha hablado más este fin de semana que a mí en todo el verano.
—¿Y tu padre?
—Dice que es una delincuente... —respondió Jonah con una seriedad impecable—, justo antes de darle el último trozo de su pizza.
—¿Le gusta la pizza? —Billy arqueó una ceja.
—Le encanta. Bueno... le encanta cualquier cosa que pueda comerse, pero con la pizza perdió toda la dignidad.
—Eso explica muchas cosas.
—Eh... —Jonah le lanzó una mirada de reojo—. No te preocupes. Esta tarde volverás a verla. Mis padres vendrán a recogerme con Punky. Mi madre dice que no piensa dejarla sola ni cinco minutos.
Una pequeña risa escapó por la nariz de Billy.
—Menos mal.
—Además... —continuó Jonah con una sonrisa de medio lado—, creo que ya ha decidido que tú eres su humano. Mi padre intentó convencerla para que se sentara con él a ver el partido... y acabó viéndolo solo.
El autobús tomó la última curva y el instituto apareció al fondo.
Billy distinguió las patrullas incluso antes de que las puertas se abrieran.
Dos coches de policía permanecían aparcados junto a la entrada principal, con las luces apagadas, pero ocupando un lugar demasiado visible para pasar desapercibidos.
Los alumnos fueron bajando hasta formar el habitual río de mochilas que avanzaba hacia el edificio. Billy y Jonah se mezclaron con ellos. A simple vista todo parecía igual que cualquier otro lunes, pero el pueblo seguía moviéndose con una cautela nueva.
Algunos padres permanecían junto a la verja hasta ver desaparecer a sus hijos por la puerta principal antes de regresar al coche.
David Mitchum, el quarterback de los Riverbend Boars, caminó hacia los vestuarios con el casco bajo el brazo mientras un par de alumnos comentaban que, si ganaban el viernes, encadenarían la undécima victoria consecutiva.
La conversación murió casi enseguida. Nadie tardó en volver a hablar de la chica desaparecida.
Una profesora llevaba prendida en la chaqueta una pequeña insignia amarilla con el rostro de Hope y, al cruzarse con otro docente, ambos intercambiaron unas palabras en voz tan baja que Billy no alcanzó a distinguirlas.
Hope había vuelto pero el miedo seguía paseándose por Riverbend.
Dentro del instituto el bullicio llenaba los pasillos tambien sonaba distinto.
El señor Arnold seguía plantado frente al aula de Biología con un montón de papeles en la mano, hojeando una y otra vez la misma página sin decidirse nunca a pasarla.
Más allá, la señora Chambers conversaba con el director mientras, de vez en cuando, levantaba la vista hacia la entrada.
Junto a las taquillas habían colgado un cartel nuevo.
SI VE ALGO SOSPECHOSO, AVISE A UN ADULTO.
Jonah lo leyó por encima y torció el gesto.
—Eso me parece bastante discriminatorio.
—¿El qué?
—Lo de «avise a un adulto». —Le dio un golpecito al cartel con un dedo—. ¿Y si soy yo el que ve algo sospechoso?
—Pues avisas a un adulto.
—¿Y por qué no puedo ocuparme yo?
Billy se lo quedó mirando un momento.
—Porque tú eres una de las cosas sospechosas.
—¡Exacto! —Jonah abrió los brazos—. Ese es el problema. Nadie confía en nosotros.
Billy iba a decir algo cuando levantó la vista y se encontró con Aaron Mercer al otro lado del pasillo.
Ya lo estaba observando. Sonrió para sí y echó a andar hacia ellos sin ninguna prisa.
Jamal Brooks y Fred Nolan lo siguieron con la misma tranquilidad de siempre, impecables, con las zapatillas recién estrenadas y esa seguridad despreocupada de quienes nunca habían tenido que mirar demasiado por encima del hombro.
—Oh, mira... —murmuró Jonah al descubrirlos—Los Tres Mosqueteros.
Aaron se detuvo frente a ellos con las manos en los bolsillos y aquella sonrisa que Billy conocía demasiado bien.
—Vaya... Sherlock Holmes y el doctor Watson.
—Oeeer... —Jonah chasqueó la lengua—. Al final va a resultar que tienes razón. Eso ha estado bastante mejor.
—Hola.
—Hola, detective. —Aaron inclinó apenas la cabeza—. ¿Qué tal va la investigación?
—Bien.
—¿Y has resuelto ya lo de la chica?
Billy negó una vez.
—Qué raro... —Aaron hizo una mueca de falsa decepción—. Por un momento pensé que igual eras tú quien les llevaba flores antes de secuestrarlas.
Jamal dejó escapar una risa. Billy permaneció en silencio. Hacía tiempo que había aprendido que discutir con Aaron era la forma más rápida de darle exactamente lo que buscaba.
—Déjalo ya, Aaron. No tiene ninguna gracia. —Jonah dio un paso al frente.
Aaron ni siquiera lo miró.
—¿Sabes qué sí la tiene? —preguntó sin apartar los ojos de Billy—. Que dicen por ahí que ahora tienes perro.
—¿Y?
—Nada. —Aaron se encogió de hombros—. Me ha sorprendido. No te pegaba..
—Pues acostúmbrate.
—¿Cómo se llama?
Billy no respondió.
—Déjame adivinar... —continuó, como si el silencio también jugara a su favor—. ¿Es porque echabas de menos a tu madre?
Nadie abrió la boca.
—Supongo que, cuando tu madre desaparece, acabas cogiéndole cariño a cualquiera que te haga un poco de caso. Aunque sea un perro.
Jamal volvió a reír.
—Cierra la boca, Aaron. No tiene gracia.
Jonah dio un paso hacia él.
—¿Qué? —Aaron ni siquiera apartó los ojos de Billy—. Solo intento entenderlo.
—Qué triste eres.
—Estaba pensando en pedirle uno a mi padre. Un dóberman, por ejemplo... —Sonrió apenas—. A ver cuánto tarda en poner al tuyo en su sitio.
—¿Por qué eres así, Aaron?
—Porque la vida es injusta, Billy. —Aaron resopló por la nariz—. Y cuanto antes lo aprendas...
—...mejor.
Dolores seguía apoyada contra la hilera de taquillas, con la mochila colgada de un hombro y la misma tranquilidad de siempre.
—Eso de que la vida es injusta... —dijo sin perder la calma— lo dices con mucha facilidad.
—¿Y qué quieres decir con eso?
—Que tú también lo sabes.
—Mírame. —Aaron dejó escapar una risa y abrió ligeramente los brazos—. Tengo todo lo que quiero.
—¿Seguro? Juraría que este verano te pasaste dos meses en Londres.
—Era un campamento.
—Llámalo como quieras. Tus padres tenían demasiado trabajo y decidieron que era mejor tenerte a tres mil kilómetros de casa.
Jamal y Fred intercambiaron una mirada incómoda.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Aaron, avanzando un paso.
—Mi madre se entera de todo. —La sonrisa de Dolores apenas se movió—. Así que sí... A veces la vida también es injusta contigo. Tu padre nunca tiene tiempo para ti...
—Basta.
—...y quizá por eso necesitas hacerles la vida imposible a los demás.
—Ten cuidado, Dolores.
—¿Eso es una amenaza?
—No. Es un consejo. —Aaron la recorrió despacio con los ojos—. Porque, como sigas defendiendo a los amigos equivocados, vas a acabar igual que la hippie de tu madre.
Billy dio un paso al frente, pero Aaron ya se había dado media vuelta.
—Vámonos.
Jamal y Fred ni siquiera dudaron. Echaron a andar detrás de él y los tres desaparecieron por el pasillo sin volver la vista atrás.
—¿Qué demonios acaba de pasar? —murmuró Jonah sin apartar la vista del pasillo—. Acabas de dejar a Aaron Mercer sin saber qué contestar.
—No era tan difícil. —Dolores se encogió de hombros.
Billy seguía mirando el lugar por el que Aaron acababa de desaparecer.
—¿Qué sabe exactamente tu madre?
—Ya os lo he dicho alguna vez. —Dolores sonrió de medio lado mientras se ajustaba la mochila—. No sé cómo lo hace, pero mi madre se entera de todo. Siempre dice que la gente habla más de la cuenta cuando cree que nadie la escucha.
Echó a andar hacia su aula. Jonah esperó a que se alejara unos metros antes de acercarse un poco a Billy.
—¿Tú crees que sabe que todavía tengo calzoncillos de Spider-Man? —preguntó en voz baja.
—No creo.
—Pues yo no me la jugaría. —Miró de reojo hacia Dolores, que ya casi había llegado al final del pasillo—. Esa mujer da miedo.
Billy también volvió la vista hacia ella. Caminaba entre el resto de alumnos con la misma tranquilidad de siempre.
—Sí... —admitió con una sonrisa—. Pero me alegro de que esté de nuestro lado.
—¿Pensáis quedaros ahí todo el día? —Dolores se volvió al comprobar que seguían parados y les sonrió—. Vamos, que llegamos tarde.
—Oeer hasta sabe cuándo estamos perdiendo el tiempo.