Punky: El perro que nos encontró 11
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La radio ya estaba apagada, pero la noticia seguía allí, suspendida sobre la calle como si nadie hubiera encontrado todavía la forma de quitársela de la cabeza.

El señor Wallace permanecía sentado frente al garaje con el vaso de limonada entre las manos, mirando hacia ninguna parte en particular.

Más arriba, las ramas de los arces se mecían con la brisa mientras un coche cruzaba Chestnut Avenue con la ventanilla bajada y la música demasiado alta, completamente ajeno a que acababan de anunciar otra desaparición a pocos kilómetros de allí.

Riverbend seguía teniendo el mismo aspecto de siempre. Solo que algo había cambiado.

Los tres reanudaron la marcha. Apenas habían recorrido unos metros cuando una mariposa amarilla cruzó la acera y Punky salió disparada detrás de ella sin pensárselo dos veces. Saltó convencida de que iba a atraparla, falló por bastante y volvió a intentarlo con el mismo entusiasmo.

Jonah la vio fracasar en otro salto y sonrió.

—Ah, por cierto... Antes he pasado por casa y se lo he contado a mi madre.

—¿Lo de Punky, dices? —Billy volvió la cabeza.

—Sí. Dice que puede quedarse esta noche con nosotros. Así no tendrás que volver a esconderla.

—No hace falta...

—Yo creo que sí. —Dolores se acercó un paso hasta quedar frente a él—. Después de lo de esta mañana, seguro que tu padre anda bastante más pendiente de todo.

Billy siguió con la vista a Punky mientras giraba sobre sí misma antes de lanzarse otra vez tras la mariposa.

—¿Seguro? No quiero daros más trabajo.

—Ninguno. —Jonah se acuclilló delante de la perra y le tendió la mano—. Además, así ella y yo aprovechamos para hacer bonding . A ver... dame la patita.

Punky pasó trotando a su lado como si aquella mano no existiera.

—Bueno... tendremos que trabajar en eso.

—Gracias. —Billy sonrió.

—Eh, Billy, no te pongas sentimental. —Jonah le hizo una mueca—. No llevo nada bien las despedidas.

—¿Qué despedidas?

—Las tuyas. En cuanto me dé la vuelta, seguro que te echas a llorar porque me echas de menos.

—Anda ya... —Billy le devolvió el codazo.

—De verdad... —Dolores negó con la cabeza—. Sois incapaces de admitir que os tenéis cariño.

Punky regresó con la lengua fuera y ni rastro de la mariposa. Billy se acuclilló para rascarle detrás de las orejas. La perra apoyó el hocico sobre su hombro con la naturalidad de quien llevaba haciéndolo toda la vida.

—Vas a portarte bien..., ¿verdad?

La cola empezó a moverse.

Al levantar la vista descubrió que Dolores ya no los estaba mirando. Tenía los ojos fijos calle abajo. Frente al número 24 de Maple Street, los hermanos Nowak habían desaparecido y la pelota seguía abandonada junto al porche mientras Rebecca permanecía allí, inmóvil, observando la calle.

—Os voy a echar de menos... —dijo casi para sí.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Billy, dejando de acariciar a Punky.

—Creo que se acabó.

—¿El qué? —preguntó mientras se incorporaba.

—Esto. —Dolores abarcó la calle con un gesto de la mano—. Salir sin pensarlo. Perdernos una tarde entera en el bosque... grabar la película...

—Mi madre ya no me deja ni bajar a Antonio's a comprar una Coca-Cola sin hacerme un interrogatorio —resopló Jonah.

—La mía tampoco, saes. Creo que voy a pasar una temporada sin acercarme al bosque.

—Bueno... también ayuda que seas exactamente el tipo de persona que anda buscando ese psicópata.

—Jonah...

—¿Qué? Si es verdad.

—Lo sé. —Dolores negó despacio—. No pasa nada.

Billy dio un paso hacia ella.

—Pues iremos a tu casa.

—Gracias, William... —respondió bajando la vista—, pero no me refiero solo a eso.

—Lo sé... Pero, de momento, es lo que hay.

El silencio volvió a instalarse entre los tres hasta que Jonah carraspeó.

—Bueno... pues decidido. La próxima vez quedamos en casa de Dolores.

—Sea... ¿acabas de invitarte tú solo a mi casa?

—Parece que sí. —Jonah sonrió con toda naturalidad—. ¿Habrá comida?

—Mmm… depende de si cocina mi madre sas.

—Entonces llevaré provisiones.

Jonah tomó la correa y Punky aceptó el cambio con una facilidad que Billy encontró casi ofensiva. Se acuclilló una última vez junto a ella y le rascó despacio detrás de las orejas.

—Nos vemos mañana... —murmuró mientras la perra cerraba los ojos de puro gusto—. Y procura no destrozarle la casa a Jonah.

La cola empezó a golpear el aire.

Punky abrió un ojo, le plantó un lametón en mitad de la nariz y volvió a cerrar los dos con absoluta tranquilidad.

Creo que eso ha sido un «sí, claro». Desde un punto de vista canino.

Billy se limpió la nariz con la manga y acabó riéndose también. Después echaron a andar calle abajo. Jonah empujaba la bicicleta con una mano mientras Punky trotaba a su lado, deteniéndose de vez en cuando para olisquear una farola, un arbusto o cualquier misterio invisible para el resto del mundo.

El sol empezaba a bajar detrás de las copas de los arces y las sombras se alargaban sobre Maple Street.

Las aceras se habían ido quedando vacías.

Las puertas de los garajes estaban cerradas, los porches desiertos y las pocas ventanas abiertas dejaban escapar el murmullo lejano de algún televisor.

Riverbend parecía contener la respiración antes de que llegara la noche.

A mitad de la calle, Punky se detuvo. Olisqueó el aire, volvió la cabeza hacia Billy y, con las orejas levantadas, permaneció inmóvil apenas un segundo antes de seguir caminando junto a Jonah.

Billy continuó mirándolos incluso después de que doblaran la esquina. Dolores permaneció a su lado sin decir nada. A lo lejos solo se oía el zumbido apagado de un cortacésped que parecía resistirse a terminar el día. Permaneció allí unos segundos más. Después emprendió el camino de vuelta.