10 #2
Siguieron caminando. Jonah hablaba de un videojuego que, según él, iba a cambiar la historia de la humanidad; Dolores intentaba convencerlo de que era una estupidez y Punky iba y venía de un lado a otro de la acera, incapaz de decidir qué olisquear primero.
Hacía mucho que una mañana no le parecía tan normal.
Al dejar atrás Oak Square y enfilar Chestnut Avenue apareció el viejo cine de Riverbend, igual de cerrado que siempre, con los carteles descoloridos por el sol y una letra del viejo rótulo perdida mucho antes de que Billy naciera.
Solo había algo distinto. En una de las ventanas alguien había pegado un aviso nuevo.
NO DEJE A SUS HIJOS SOLOS AL ANOCHECER.
El papel, torcido ya por una esquina, se movía ligeramente con la brisa. Los tres lo leyeron al pasar sin hacer el menor comentario.
Punky seguía empeñada en investigar una grieta de la acera cuando Billy rompió el silencio.
—Quiero encontrarlo.
—¿A quién? —preguntó Jonah.
—Al Domino's Killer.
Jonah dejó la patata a medio camino de la boca. Dolores volvió despacio la cabeza hacia él.
—Billy...
—Creo que he encontrado algo.
—Lo sabía... —resopló Jonah, negando para sí.
—Lo sabía... —resopló Jonah.
—¿Ah, sí? —Billy le lanzó una mirada de reojo—. ¿Y qué se supone que sabías?
—Pues que ibas a salir con una teoría. Siempre haces la misma cara.
—¿Qué cara? —protestó Billy, frunciendo el ceño.
—Esa. Justo esa. —La patata volvió a señalar a Billy.
—No tengo ninguna cara.
—La tienes desde tercero.
—Sas... tiene bastante razón.
—Gracias. —Jonah se llevó una mano al pecho con fingida solemnidad.
—No te estaba dando la razón a ti.
—Ah... —murmuró, dejando caer los hombros—. Pues ya decía yo que me había durado demasiado.
Un coche pasó despacio por la calle principal y alguien los saludó desde la acera de enfrente. Punky se detuvo junto a una papelera, la olisqueó con enorme interés y terminó alejándose, claramente decepcionada.
—¿Y cuál es la teoría? —preguntó Dolores.
—Tiene que ver con las alergias.
—Vaya... —Jonah frunció el ceño—. Eso no era lo que esperaba.
—¿Ah, no? ¿Y qué esperabas?
—No sé... —Se encogió de hombros—. Sectas. Túneles secretos... o una fábrica de dominós.
—¿Otra vez con eso? —Billy sonrió—. Sigues obsesionado con lo del dominó.
—Porque el nombre es horrible. La primera vez que lo oí pensé que iba por ahí jugando al dominó. Menudo nombre se marcó Ellis.
Billy soltó una risa por la nariz. Después bajó la vista hacia Punky, que caminaba unos metros por delante con el hocico pegado al suelo. La sonrisa fue apagándose poco a poco.
—En fin... ¿Os acordáis de que la señorita Hope era alérgica a la ambrosía?
—Sí... —Dolores asintió despacio.
—Mi madre también.
Detrás de una verja, un aspersor giraba lanzando destellos al sol.
Frente a la carnicería Donnelly descargaban varias cajas de hielo mientras, unos metros más allá, Eddie Lazlo barría la entrada de su bar sin levantar la vista de la calle.
Y los hermanos John y Bobby se pasaban un balón frente al número 24 de Maple Street, obligando a la señora Parker a apartarse un momento para que no le destrozaran las flores.
—William...
—Ya sé. —Billy levantó una mano antes de que pudiera continuar.
—Lo de tu madre fue hace casi diez años.
—Y entonces nadie hablaba del Domino's Killer. —Billy asintió despacio.
—Eso mismo.
Billy dio una patada a una piedra. Rebotó un par de veces sobre la acera antes de perderse bajo un coche aparcado.
—Lo sé.
El silencio volvió a acompañarlos. Punky aprovechó para detenerse junto a una boca de riego y olisquearla con la concentración de quien estaba convencida de que escondía un gran secreto.
—A ver... —Jonah acomodó una mano sobre el manillar—. Eso tampoco demuestra gran cosa, ¿no?
Billy y Dolores lo miraron.
—Quiero decir... —Jonah se encogió de hombros—. Los asesinos no empiezan siendo famosos.
—¿Qué?
—Pues eso. —Jonah hizo un gesto vago con la mano—. Que hace diez años igual ni siquiera era el Domino's Killer. Igual solo era... un tipo raro haciendo cosas raras.
—No creo que eso ayude mucho ahora Jonah.
—Ya lo sé. —Levantó las manos en señal de rendición—. Solo digo que podría ser.
Siguieron caminando por la calle principal mientras el olor a pan recién hecho escapaba de la panadería. Al otro lado de la calle, el señor McKenna descansaba frente al garaje con una radio portátil apoyada sobre una caja de herramientas y un vaso enorme de limonada sobre la rodilla.
—Buenos días, chicos.
—Buenos días, señor McKenna.
—¿Y esa perra? —preguntó el anciano, señalándola con la barbilla.
Punky levantó las orejas.
—Se llama Punky.
—Pues tiene cara de lista.
—No se confíe. —Jonah abrió otra bolsa de patatas—. Hace cinco minutos intentó comerse una babosa.
El señor McKenna soltó una carcajada.
—Entonces va por buen camino. Los perros curiosos siempre acaban encontrando algo.
Punky siguió caminando con la cola bien alta, como si acabara de recibir el mayor cumplido de su vida.
Billy apenas prestó atención al resto de la conversación.
Las voces fueron quedándose poco a poco en un segundo plano.
Volvió a ver las luces azules reflejadas en las ventanas de casa, a los policías entrando y saliendo de la cocina y a su padre sentado frente a una taza de café que llevaba demasiado tiempo enfriándose.
Su madre apartaba siempre las aceitunas negras con la punta del tenedor mientras hacía aquella mueca de asco que acababa provocando la misma escena. Su padre alargaba el brazo, le robaba la aceituna del plato antes de que pudiera protestar y se la llevaba a la boca entre risas.
—Qué cosa más asquerosa —replicaba ella mientras apartaba otra aceituna.
—¿William? ¿Todo bien?
La voz de Dolores lo sacó del recuerdo. Billy tardó unos segundos en responder.
—La pizza...
—¿Qué pizza? —preguntó Jonah, deteniéndose junto a la bicicleta.
—La que dijeron que pidió mi madre aquella noche.
—¿Qué pasa con ella? —Jonah frunció el ceño.
—Tenía aceitunas negras. Mi madre las odiaba. Siempre las apartaba una por una antes siquiera de probar el primer trozo. Jamás habría pedido una pizza así.
—Pero eso tampoco demuestra gran cosa.
—Puede que no... —admitió Billy mientras reanudaba la marcha—. Pero no lo sé, Jonah. Es raro. Muy raro.
Caminaron unos metros en silencio. Punky aprovechó para detenerse junto a un árbol y olisquear el tronco.
—Si de verdad quieres averiguar qué pasó... —dijo Dolores cuando volvió a alcanzarlo—, te ayudaremos.
—¿Nosotros? —Jonah giró la cabeza hacia Dolores.
—Sí, nosotros.
—Ah, claro... —resopló—. Nosotros. El escuadrón antialérgico.
—Sea... es un nombre horrible, Jonah.
—Lo sé. Precisamente por eso funciona.
—Cuidado, Jonah. —Billy dejó escapar una risa—. Empiezas a sonar como Ellis. Pero, en serio..., no tenéis por qué hacerlo.
—Claro que sí. —Jonah se encogió de hombros con toda naturalidad—. Alguien tendrá que impedir que hagas alguna tontería.
Punky regresó trotando después de terminar una investigación exhaustiva sobre un poste de madera.
—Y además tenemos a la perra. —Jonah volvió a señalarla con una patata.
—La perra no cuenta. —Billy negó divertido.
—Je, je, Billy... Claro que cuenta. Dale dos días y encuentra hasta a Elvis.
—Elvis está muerto. —Dolores soltó una risa.
—Eso díselo a la madre de Aaron.
Como si hubiera esperado exactamente ese momento, Punky ladró. Los tres se volvieron hacia ella.
—¿Lo veis? —Jonah abrió los brazos—. Está de acuerdo.
Billy estaba a punto de contestar cuando, al otro lado de la calle, algo hizo que todos levantaran la cabeza.
La radio del señor McKenna seguía sonando junto al garaje.
Hasta entonces había ido alternando música, anuncios y resultados deportivos, pero la canción se cortó a mitad de una estrofa y una breve sintonía hizo que varios vecinos levantaran la cabeza.
La voz de la locutora llegó unos segundos después.
—Interrumpimos la programación para informar de una desaparición ocurrida esta mañana en el condado de Essex...
El aspersor seguía girando detrás de la verja blanca. Un hombre cruzó la avenida con dos bolsas de la compra y, al otro lado de la calle, una Mercedes Nowak llamaba a Bobby y Teddy para que dejaran el balón y entraran en casa.
—La policía investiga la posible relación con los secuestros atribuidos al llamado Domino's Killer...
El señor McKenna permaneció inmóvil unos segundos, con la vista clavada en la radio.
—Dios santo... —murmuró.
Alargó la mano y la apagó.
—Billy... —susurró Dolores, sin apartar la vista de la acera—. Ha vuelto a hacerlo.
Billy notó entonces la correa tensa entre los dedos. Ni siquiera se había dado cuenta de que la estaba apretando.
Punky levantó la cabeza y lo miró.
Al otro lado de la calle, el aspersor seguía girando sobre el césped. Un coche pasó despacio por la avenida y alguien continuaba descargando cajas frente a la tienda de alimentación, como si nada hubiera cambiado.
Nadie volvió a decir una palabra.