Punky: El perro que nos encontró 10
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Billy tenía frío. No sabía cuánto tiempo llevaba allí abajo.

El sótano estaba casi a oscuras y apenas un hilo de luz descendía desde la puerta abierta del pasillo, demasiado lejos para alcanzarlo.

Echó a correr hacia ella, pero apenas había dado un par de pasos cuando las piernas dejaron de responder.

Intentó mover una. Después la otra. Seguían allí.

Eran sus piernas. Simplemente habían dejado de obedecerle.

Tiró de ellas con todas sus fuerzas, convencido de que, si lo intentaba una vez más, conseguiría avanzar.

No se movieron ni un centímetro. Entonces el miedo empezó a subirle despacio desde el estómago hasta la garganta.

Abrió los ojos de golpe y tardó unos segundos en reconocer el techo de su habitación.

Respiró aliviado. Todo había sido un sueño.

Pero cuando intentó incorporarse descubrió que las piernas seguían sin responder.

El miedo regresó con la misma fuerza. Parpadeó varias veces, todavía demasiado cerca del sueño para entender qué estaba ocurriendo, hasta que consiguió enfocar el peso cálido que descansaba sobre ellas.

Punky.

La perra se había adueñado de media cama durante la noche. Dormía atravesada sobre sus piernas, boca arriba, con las cuatro patas apuntando al techo y la lengua asomando por un lado del hocico, completamente ajena a todo.

Billy dejó escapar una risa por la nariz.

—Increíble...

La luz gris de la mañana entraba por la ventana y se derramaba sobre las mantas. Al otro lado del cristal, Riverbend empezaba a desperezarse entre el paso de algún coche, el ladrido lejano de un perro y el canto de los pájaros escondidos entre los árboles del jardín.

—Punky... —murmuró mientras le daba un golpecito en el costado—. Vamos, vaga.

La perra abrió un ojo y luego el otro. Bostezó con tanta exageración que pareció desencajarse la mandíbula, se estiró con una calma desesperante y, antes de que Billy pudiera apartarse, le plantó un lametón en toda la nariz.

—¡Puaj!

Un segundo después llegó otro.

—Vale, vale... Buenos días para ti también.

La cola empezó a golpear las mantas con entusiasmo. Billy intentó apartarla, pero Punky volvió a echarse sobre él con toda naturalidad, como si aquella cama hubiera sido siempre de los dos.

—¿Cómo puede un perro tan pequeño ocupar tanto sitio?

Esta vez consiguió esquivar el siguiente lametón por los pelos y acabó riéndose.

La sonrisa, sin embargo, le duró poco. Los ronquidos de Rick habían desaparecido.

La noche anterior habían resonado por toda la casa como una cortadora de césped averiada.

Ahora solo llegaban los sonidos habituales de la mañana: un coche pasando por la calle, el zumbido lejano de un cortacésped y el viejo traqueteo del frigorífico desde la cocina.

—Oh, no... —murmuró incorporándose de golpe.

Punky levantó las orejas.

—Shhh. Tú tampoco hagas ruido.

La orden duró exactamente medio segundo. Punky saltó de la cama y aterrizó sobre una zapatilla que salió disparada contra la pared.

Billy cerró los ojos.

—Perfecto. Gracias.

Se levantó y entreabrió la puerta. La casa tenía un aspecto muy distinto al de la noche anterior. La luz de la mañana entraba por las ventanas del pasillo, dibujando rectángulos dorados sobre el suelo, y desde la planta baja subía olor a café.

Salió al pasillo con cuidado, pero apenas había dado dos pasos cuando oyó el tintineo del collar. Se volvió justo a tiempo para encontrar a Punky pegada a sus talones.

—No. —Señaló la habitación con un dedo—. Quédate aquí.

Punky inclinó la cabeza.

—Vamos... —insistió con un suspiro—. Quédate.

La perra siguió observándolo unos segundos y terminó sentándose en mitad de la habitación. Lo hizo con una solemnidad impropia de quien, cinco minutos antes, había intentado comerse una zapatilla.

—Buena chica.

Cerró la puerta despacio y bajó las escaleras.

—Buenos días.

Billy casi dio un respingo.

—Buenos días —murmuró.

Su padre estaba en la cocina, con la taza de café delante y el periódico abierto sobre la mesa.

Llevaba la misma camiseta del día anterior, el pelo aplastado por un lado y unas ojeras que ya parecían formar parte de su cara.

Billy tuvo la impresión de que llevaba un buen rato leyendo la misma página.

—Deberías estar en el instituto.

Pasó la página del periódico y dio otro sorbo al café.

—Es sábado.

—Ah... —Levantó la vista un momento y asintió para sí—. Entonces deberías estar haciendo deberes.

—Los haré.

—Ajá.

Billy abrió la nevera aunque no tenía hambre. Se quedó mirando el cartón de leche, el ketchup, una pizza que probablemente llevaba allí desde la presidencia de Kennedy y media docena de cosas que tampoco pensaba comer.

—¿Buscas una civilización perdida?

Billy seguía mirando el interior de la nevera.

—Quizá.

—Si la encuentras, avísame. —Rick pasó otra página sin levantar la vista—. Llevo años sospechando que hay vida inteligente escondida detrás de los yogures.

Billy sonrió. Durante unos segundos, la cocina volvió a parecerse a la de antes. Un golpe resonó en el piso de arriba y los dos levantaron la cabeza casi al mismo tiempo. El segundo bastó para que Rick dejara el periódico sobre la mesa.

—¿Qué ha sido eso?

Billy cerró la nevera procurando que el movimiento pareciera completamente natural.

—No lo sé.

—Ha sonado en tu cuarto.

—Será una ventana.

Su padre no respondió. Se limitó a observarlo unos segundos por encima del borde del periódico.

—Las ventanas no ladran.

Billy notó cómo se le secaba la garganta.  Rick mantuvo la mirada un instante más.

—Necesito más café. —Rick resopló, apartó el periódico y se levantó con la taza en la mano.

Billy siguió donde estaba, viéndolo servirse otra taza con absoluta tranquilidad. No iba a subir. Ni siquiera parecía acordarse ya del ruido.

Cinco minutos después salió al porche respirando el aire fresco de la mañana, con un alivio que todavía le aflojaba los hombros. Un vecino escuchaba la radio unas casas más abajo, otro lavaba el coche en la acera de enfrente y, calle abajo, un cortacésped seguía peleándose con su dueño.

Punky apareció doblando la esquina de la casa con la misma tranquilidad con la que habría vuelto de dar una vuelta por el jardín. Caminaba moviendo la cola de un lado a otro, como si no hubiera hecho nada fuera de lo normal.

—No... —murmuró Billy, incapaz de apartar los ojos de la perra.

La perra siguió acercándose.

—En serio... ¿Cómo has salido?

Punky se dejó caer delante de él y empezó a jadear con esa expresión de satisfacción que ya empezaba a resultarle desesperadamente familiar.

—Te he dejado encerrada en mi habitación.

La única respuesta fue un par de coletazos contra el suelo.

—Eres imposible.

—¡Eh!

La voz de Jonah llegó desde la otra acera. Billy levantó la vista y los vio acercarse. Jonah empujaba la bicicleta con una mano; Dolores caminaba a su lado con la mochila colgada de un hombro.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó mientras cruzaban la calle.

—He tenido una idea brillante —anunció Jonah con una sonrisa que, por sí sola, ya hacía sospechar lo contrario.

—Y yo quería ver a Punky —añadió Dolores.

No hizo falta decir nada más. En cuanto la vio, Punky salió disparada hacia ella.

—Sí... Definitivamente ya tienes favorita.

Dolores apenas tuvo tiempo de agacharse. Recibió tres lametones seguidos y una embestida cariñosa que estuvo a punto de sentarla en la acera.

—Hola a ti también...

Punky movía la cola con tanta energía que parecía incapaz de decidir si quería saludarla o derribarla.

Los sábados por la mañana Riverbend se tomaba las cosas con calma. Las tiendas abrían más tarde, los coches circulaban sin prisa y los vecinos iban apareciendo en los jardines con una taza de café en una mano y la firme intención de no hacer nada urgente.

Caminaron un rato sin rumbo fijo. Jonah empujaba la bicicleta con una mano y una bolsa de patatas con la otra, mientras Punky parecía empeñada en patrullar toda la calle: corría unos metros por delante, volvía junto a Dolores, desaparecía un instante entre unos arbustos y regresaba otra vez.

—Tu perra tiene más energía que un niño después de tres Coca-Colas y un paquete de M&M's.

—No es mi perra.

—Billy... —dijo Dolores mirándolo de reojo.

—¿Qué?

—La escondes en tu casa, le das de comer... —Fue enumerando con los dedos mientras caminaba—. Y no me digas que ha dormido en el sótano.

—Bueno...

—Ha dormido contigo. —Dolores sonrió antes incluso de que él pudiera responder.

—El sótano no le gustó.

—Así que la subiste a tu habitación.

—Solo por una noche.

—Claro. Igual que solo iba a quedarse un rato. —Jonah soltó una risa.

—Era una situación excepcional.

—Billy... —Dolores negó con la cabeza, divertida—. La escondes en tu casa, duerme en tu habitación y le hablas como si pudiera responderte.

—Bueno... —Billy miró a Punky con una sonrisa de medio lado—. Eso último todavía está por demostrar.

Punky se había detenido en mitad de la acera y lo observaba fijamente.

—Acabas de ofenderla. —Jonah la señaló con una patata.

—Los perros no se ofenden.

Punky resopló por la nariz.

—Yo diría que sí. —Dolores soltó una risa.

Billy sostuvo la mirada de la perra unos segundos antes de resoplar.

—Vale... quizá sea un poco mi perra.

La cola empezó a golpear el aire con entusiasmo.

—¿Lo veis? Lo entiende todo. —Jonah volvió a señalarla con la patata—. Solo finge no entender cuando le conviene.

Punky decidió que la conversación podía continuar sin ella y se desvió hacia el jardín de los Miller. Metió el hocico entre unas flores amarillas y reapareció un instante después con una hoja pegada a la nariz.

—¡Punky! —Billy tiró suavemente de la correa.

Dolores se agachó para quitarle la hoja de la nariz.

—Eres preciosa, pero muy poco elegante.

Punky le respondió con un lametón en la mano.

—Eso significa gracias —rió Billy.

—No. Eso significa que cree que tienes sabor a galleta. —Jonah se llevó otra patata a la boca.

—No tengo sabor a galleta.

—¿Tú qué sabes?

—Porque soy una persona Jonah.