9
La noche había terminado de caer cuando Billy llegó a casa.
Desde la acera, la vivienda parecía más pequeña que de costumbre.
Las ventanas estaban oscuras y el viejo arce del jardín proyectaba sombras deformes sobre la fachada cada vez que el viento agitaba las ramas.
A su lado, Punky avanzaba moviendo la cola, feliz después de una tarde entera recorriendo Riverbend.
A Billy, en cambio, se le encogió el estómago en cuanto puso un pie en el porche. Subió despacio los escalones, procurando no pisar las tablas que más crujían. De pequeño le encantaba hacerlas sonar saltando de una a otra; ahora llevaba años evitando precisamente aquellas.
Sacó la llave y la deslizó en la cerradura. Giró el bombín apenas un milímetro cada vez, lo justo para evitar aquel chasquido metálico que parecía atravesar la casa entera. Había aprendido ese truco cuando Rick empezó a beber.
La puerta cedió con un leve clic y, casi al mismo tiempo, desde el salón llegó un ronquido profundo y acompasado, como el motor de un coche demasiado viejo para seguir funcionando.
—Perfecto.
Punky entró la primera, olisqueando cada rincón como si nunca hubiera visto una casa.
Billy cerró con cuidado detrás de ella. El olor seguía siendo el de siempre: cerveza, comida recalentada, polvo...
y ese abandono silencioso que acaba instalándose en los lugares donde la gente sigue viviendo, pero hace tiempo que dejó de cuidar ciertas cosas.
La televisión permanecía encendida y lanzaba destellos azulados sobre las paredes. Billy asomó la cabeza al salón.
Rick dormía en el sofá con un brazo colgando hacia el suelo y la boca entreabierta. Las latas vacías se repartían entre la mesa, el sillón y la alfombra. Bajo aquella luz intermitente parecía mayor.
Punky miró a Rick, luego a Billy y volvió a Rick, ladeando la cabeza.
—Sí... —murmuró Billy mientras cerraba la puerta con cuidado—. Yo tampoco lo entiendo.
—Vamos.
La puerta del sótano estaba al final del pasillo, abierta de par en par. Desde allí solo se veía el comienzo de los escalones y una oscuridad espesa que se tragaba el resto. De día nunca imponía demasiado. Por la noche era otra historia.
Billy avanzó con la correa en la mano. Punky lo siguió hasta el primer escalón, pero la correa se tensó antes de que él llegara al segundo.
Se volvió y la encontró inmóvil, con las orejas erguidas y la vista clavada en la oscuridad.
Bajó también la mirada. Allí seguían las mismas cajas de siempre, las herramientas viejas y aquel olor a humedad que parecía haberse quedado a vivir entre aquellas paredes.
—Vamos, chica. —Tiró suavemente de la correa, esperando que cediera igual que había hecho con la bolsa de plástico, la hoja o el tronco que se había empeñado en arrastrar aquella tarde.
Punky no se movió.
Desde el salón llegó otro ronquido.
—Solo esta noche, ¿vale? Mañana ya pensaremos algo.
Volvió a tirar con cuidado. La perra dio un paso atrás sin apartar los ojos del sótano.
—¿Estás retrocediendo de verdad?
Retrocedió otro.
Billy volvió a mirar la oscuridad. No había nada distinto, nada que no hubiera visto un centenar de veces y, sin embargo, notó que tampoco a él le apetecía demasiado bajar.
—Vamos, Punky.
Ni caso.
—Por favor...
La perra seguía mirando hacia abajo con tanta atención que Billy acabó buscando también algo entre las sombras.
Entonces Punky ladró.
Un único ladrido, seco, que atravesó la casa de punta a punta. A Billy se le encogió el estómago. El ronquido cesó de golpe y el silencio fue tan profundo que alcanzó a oír el viejo reloj de la cocina.
Tic.
Tac.
Tic.
Tac.
Contuvo la respiración. Ya veía a Rick incorporándose en el sofá, encender la luz del salón y descubrir a Punky allí plantada. Pero, al cabo de unos segundos, volvió a oírse un ronquido.
Y otro.
Billy cerró los ojos y dejó escapar el aire.
—Casi me matas.
Punky apartó por fin la vista del sótano para mirarlo.
—No tengo ni idea de lo que intentas decirme. —Billy resopló al ver que la cola golpeaba una vez el suelo—. Pero eres la criatura más cabezota que he conocido jamás. Y eso incluye a Jonah.
La cola empezó a moverse con más fuerza.
—Vale... Has ganado.
Punky se levantó de un salto y los dos subieron al piso de arriba procurando no hacer ruido.
Cada escalón crujía más de la cuenta y Billy no dejó de mirar hacia el salón mientras avanzaban, esperando oír la voz de Rick.
No llegó. Los ronquidos seguían subiendo desde abajo con la misma cadencia de siempre.
Cuando cerró la puerta de la habitación soltó por fin el aire.
—Vale... Hemos sobrevivido a la primera parte.
Punky ya estaba inspeccionándolo todo. Olisqueó las patas de la silla, rodeó el escritorio y acabó delante del montón de ropa que Billy llevaba días prometiéndose recoger.
—No... —dio un paso hacia ella cuando el hocico apuntó a los calcetines—. Eso no. Créeme, no quieres saber qué hay ahí.
La perra hizo caso omiso y Billy tuvo que apartarla antes de que decidiera que un calcetín usado era el mejor hallazgo del día.
—Escucha. Si mi padre entra y te ve, vamos a tener un problema bastante serio.
Punky ya había perdido el interés. Una vieja pelota de tenis asomaba bajo la cama y bastó empujarla una vez para que empezara a perseguirla de un lado a otro de la habitación.
Billy la observó unos segundos antes de negar con una sonrisa.
—Estoy hablando solo. Claramente.
Abrió uno de los cajones del escritorio y apartó una linterna, un par de pilas gastadas, una cinta de casete y un ejemplar arrugado de National Geographic antes de encontrar la galleta para perros. Apenas la levantó unos centímetros, Punky abandonó la pelota y acudió disparada.
—Ajá... —Billy sonrió—. Así sí escuchas.
Punky se sentó delante de él y siguió la galleta con tanta atención que apenas apartó la vista cuando Billy señaló el rincón de la habitación.
—Vamos. No es tan difícil.
Agitó el premio y la perra avanzó un par de pasos, despacio, sin perder de vista la galleta. Billy acabó riéndose y se la dio. Desapareció de un bocado y Punky volvió inmediatamente a inspeccionar la habitación.
Al cabo de un momento se detuvo junto a una vieja caja de cartón apoyada contra la pared.
Dentro seguían las cosas de Claire: unas fotografías, dos novelas de bolsillo con las esquinas dobladas, una bufanda de lana y un jersey azul que todavía conservaba un leve rastro de su olor si acercabas mucho la nariz.
Ni Rick ni él habían encontrado nunca el valor para deshacerse de ellas.
Punky olisqueó el borde de la caja, apoyó el hocico sobre el cartón y cerró los ojos con un largo suspiro. Billy negó con una sonrisa. Dolores iba a conseguir que acabara viendo señales hasta en un perro.
Se puso el pijama, apagó la lámpara y se metió bajo las mantas.
Los grillos cantaban entre los árboles del jardín.
El viento hacía rozar las ramas del viejo arce contra la ventana y, desde la planta baja, seguían llegando los ronquidos de Rick, tan familiares como las tuberías o el viejo frigorífico.
Permaneció un rato con la vista perdida en la oscuridad. La casa ya no parecía tan vacía.
—Buenas noches, Punky... Y gracias.
La perra abrió un ojo desde la caja.
—Te quiero.
La cola dio un solo golpe contra el suelo.
Después, todo volvió a quedar en silencio.