8 #2
—Claro... Porque esconder un perro de cuarenta kilos siempre ha sido facilísimo. Yo, por ejemplo, guardo dos en el cajón de los calcetines.
—Hablo en serio.
Ya estaban junto a la valla. Punky había encontrado una maceta vacía y la olisqueaba con la concentración de un arqueólogo.
—Vale. —Jonah apoyó los brazos sobre la verja—. Imaginemos que hoy la escondes. ¿Y mañana?
—Mañana también.
—¿Y pasado?
—Solo hasta que terminemos el instituto. —Billy soltó el aire despacio.
—Oeeer... No te sigo.
—Mi padre llega de trabajar, se sienta en la cocina y empieza con las cervezas. —Billy señaló la casa con la barbilla—. Antes de que vuelva ya la habré sacado a pasear. Por la noche puede dormir en el sótano.
Mientras hablaba, Punky perseguía una hoja por el jardín, completamente ajena a la conversación.
Jonah cruzó una mirada con Dolores.
—¿Qué? —preguntó Billy al darse cuenta—. Llevo pensando en esto desde que salimos de la perrera.
—Pues... tío... igual hasta funciona.
Dolores volvió la cabeza hacia él.
—¿Estáis de broma? Tu padre bebe, Billy, pero no está ciego. —Señaló la casa con un leve gesto—. La va a ver. O la va a oír. Los perros ladran.
Billy no respondió. Punky acababa de atrapar la hoja y regresaba hacia ellos moviendo la cola con la misma satisfacción con la que unos minutos antes había transportado el tronco.
—La televisión siempre está puesta a todo volumen. —Billy no apartó los ojos de la perra—. Además, se porta bien.
Punky dejó la hoja a sus pies y la cola empezó a agitarse.
—¿Ves?
—No creo que eso pueda considerarse un argumento. —Jonah soltó una risa.
Dolores sonrió, aunque enseguida recuperó la seriedad.
—Solo ten cuidado, Billy. Si no es por ti, hazlo por ella.
Billy bajó la vista hacia Punky.
—Lo haré.
Dolores echó un vistazo a la casa. Luego volvió a acuclillarse para rascarle detrás de las orejas.
—Buena chica...
Punky cerró los ojos con un suspiro.
—Bueno, chicos... —Dolores se sacudió las manos al incorporarse—. Tengo que irme. Mi madre me mata si llego tarde. Aunque dice que quiere conoceros.
—¿A nosotros?
—A ti y a Punky.
Jonah se llevó una mano al pecho.
—¿Y yo qué?
—También tú, pesado. —Dolores rio mientras volvía a rascarle el cuello a Punky—. Era broma. Pero de los tres, a quien más ganas tiene de conocer es a ella.
La perra levantó la cabeza.
—¿Ves? —Billy sonrió—. Es una cotilla.
La cola empezó a golpear el césped.
—Mi madre dice que ya es una especie de heroína local.
Billy se inclinó hacia la perra y y bajó la voz.
—Shhh... No le subas el ego.
—Creo que llegas un poco tarde.
Punky había empezado a perseguirse la cola.
—Sí... Definitivamente llegas tarde.
—En serio. Un día, en vez de quedar en la gasolinera, podríais venir a casa.
—¿A tu casa? —repitió Billy, parpadeando.
—Sí.
—Ah...
Dolores soltó el aire por la nariz.
—Otra vez "ah". Billy, voy a empezar a pensar que sabes dónde están todos los países del mundo, pero todavía no tienes claro dónde está mi casa.
—Déjalo. —Jonah le dio una palmada en el hombro—. El pobre está haciendo lo que puede.
Dolores volvió a reír. Dio un paso hacia Billy y, antes de que pudiera reaccionar, le dejó un beso rápido en la mejilla.
—Nos vemos mañana.
—Sí.
—Joder, Billy... Contigo las conversaciones tienen un ritmo frenético.
—Cállate.
Dolores ya se alejaba calle abajo, todavía riéndose. Punky la vio marcharse y salió trotando detrás de ella.
—¡Punky! —Billy dio un paso hacia delante—. Ven aquí. ¿Adónde vas?
La perra ni siquiera volvió la cabeza. Dolores se giró al verla llegar y volvió a acariciarle la cabeza.
—¿Qué pasa, bonita...? —Levantó la vista hacia los chicos—. Creo que ya tiene humano favorito.
—Ni hablar.
Punky recibió la última caricia moviendo la cola con tanta fuerza que estuvo a punto de perder el equilibrio.
—Nos vemos, preciosa. Ahora vuelve con Billy.
La perra esperó a que Dolores echara a andar antes de salir trotando hacia él. Jonah contempló la escena con una media sonrisa.
—Te lo digo en serio... Algún día me la tendrás que prestar.
—¿Para qué?
—Para hablar con Norah. —Se acuclilló junto a Punky y empezó a rascarle una oreja—. Si ha conseguido que Dolores te bese dos veces... esta perra puede conseguir cualquier cosa.
Billy soltó una risa. Cuando Dolores dobló la esquina, Jonah se incorporó despacio y lanzó una última mirada a la calle.
—Bueno... Creo que yo también debería irme.
Billy asintió. Jonah volvió a acuclillarse junto a Punky. La perra cerró los ojos mientras le rascaba el cuello.
—Ojalá pudiera quedármela yo... pero mi madre me mata.
—Anda, no exageres. Tu madre es la mujer más enrollada de Riverbend.
—Sí, claro... —Jonah resopló con una media sonrisa—. Una vez mi padre apareció en casa con dos gatos. Mi madre estuvo estornudando tres días seguidos.
—¿Tres días?
—Tres. Los gatos acabaron durmiendo en el sofá.
—¿Y tu padre?
—También. —Jonah soltó una risa sin dejar de rascarle el cuello a Punky—. Fue una despedida conjunta. Luego tuvimos que dar los gatos en adopción.
Levantó entonces la vista.
—Siento no poder ayudarte más, tío.
—Ya me habéis ayudado bastante.
Billy volvió a fijarse en Punky. La perra seguía sentada a su lado, moviendo la cola con la misma tranquilidad de siempre.
—Funcionará.
El sol terminaba de esconderse detrás de las casas y las sombras empezaban a alargarse sobre la acera.
—Bueno... —Jonah se metió las manos en los bolsillos—. Nos vemos mañana.
—Nos vemos.
Empezó a alejarse caminando de espaldas.
—Y procura que Punky no se coma toda la despensa.
—Lo intentaré.
—O a tu padre.
—Jonah...
—¿Qué? —respondió sin dejar de caminar, encogiéndose de hombros—. Estoy intentando ayudar.
Jonah levantó una mano por encima del hombro.
—Hasta mañana, Punky.
La perra permaneció junto a Billy mientras él se alejaba. Solo cuando Jonah llevaba ya unos cuantos pasos volvió la cabeza.
—¿Ah, sí...? ¿Conmigo no vienes?
Punky ni se movió.
—Perfecto... —Jonah negó con fingido dramatismo mientras reanudaba la marcha—. Ya veo cómo va la cosa.
Su voz se fue perdiendo calle abajo, todavía mascullando algo sobre traidores, hasta desaparecer al doblar la esquina.
Billy esperó un instante antes de volverse hacia la casa. El viejo Ford seguía delante del porche y la luz de la cocina continuaba encendida. Punky permanecía sentada a su lado.
Se acuclilló para rascarle detrás de las orejas.
—Bueno, chica... —sonrió mientras recogía la correa—. ¿Estás preparada?
Punky le respondió con un lametón en la mano.
—Yo también.
Y juntos echaron a andar hacia la puerta.