8
Durante los primeros diez minutos no avanzaron ni cincuenta metros.
Billy llevaba la correa enrollada alrededor de la muñeca, aunque la sensación era exactamente la contraria.
No era él quien paseaba a Punky; era Punky quien parecía haber decidido enseñarles Riverbend.
Se detenía delante de cada papelera, investigaba bicicletas apoyadas contra las vallas y cambiaba de dirección sin previo aviso porque un arbusto cualquiera acababa de convertirse, por algún motivo exclusivamente canino, en el lugar más interesante del universo.
—Punky... —la llamó Billy.
La perra seguía con el hocico hundido entre unas matas y, si lo había oído, decidió que aquel asunto podía esperar.
—Punky...
Esta vez respondió con un resoplido satisfecho y siguió olisqueando.
—Sabes... —Dolores sonrió sin apartar la vista de ella—. No creo que odie la correa. Más bien parece que esté intentando demandarla.
Billy soltó una risa. Desde que habían salido de la perrera no había dejado de mordisquear la cinta o tirar en dirección contraria
—Ya se acostumbrará.
Dolores siguió observando a Punky, que volvía a mordisquear la correa con auténtica obstinación.
—¿Y si no quiere?
—Dolores... Todos los perros llevan correa.
—Saes... —Le lanzó una mirada a Jonah—. Eso es exactamente lo que diría alguien que nunca ha sido perro.
Jonah abrió la boca, dispuesto a responder, pero se quedó pensándolo un segundo.
—Oeeer... No sé cómo se discute contra eso.
Dolores sonrió para sí. Aprovechando que Billy seguía mirando a Jonah, se acuclilló junto a Punky, pulsó el cierre de la correa y la soltó.
El clic hizo que Billy bajara la vista de golpe.
—¿Qué haces?
—Comprobar una teoría.
—¿Qué teoría?
Dolores terminó de quitarle la correa y se incorporó.
—Que es más lista que vosotros dos juntos.
Punky no esperó a que nadie opinara. Cruzó la acera como una exhalación y desapareció detrás de los setos que separaban Maple Street del jardín de la señora Parker.
—¡Punky!
—Perfecto... —Jonah dejó escapar el aire—. La hemos perdido.
—Han pasado cuatro segundos.
—Eso no me tranquiliza.
Billy ya caminaba hacia los matorrales.
—¡Punky!... ¿Punky?
Las ramas empezaron a agitarse y, un instante después, los arbustos se sacudieron con fuerza.
Una lluvia de hojas secas salió despedida en todas direcciones antes de que Punky reapareciera con una ramita enganchada en una oreja, varias hojas pegadas al lomo y con la cabeza muy alta y la misma expresión satisfecha con la que un niño enseña un dibujo recién terminado.
Corrió hasta Billy, dio un par de vueltas a su alrededor y dejó algo con muchísimo cuidado a sus pies.
Era una hoja.
Punky levantó la cabeza. La cola empezó a golpear el suelo mientras esperaba.
Jonah miró la hoja; luego a la perra.
—Creo que... nos está enseñando una hoja.
—Eso parece —respondió Billy sin dejar de mirarla.
—Ha desaparecido medio minuto para encontrar una hoja...
—Buena chica... —murmuró Dolores mientras volvía a agacharse junto a ella.
Con eso quedó satisfecha. La cola empezó a sacudirse con tanta fuerza que estuvo a punto de mandar la hoja otra vez a la otra punta de la acera.
Se acercó trotando, lo olisqueó un momento y lo mordió por un extremo. Clonc. El tronco rebotó contra la farola. Punky resopló, recolocó las patas y volvió a intentarlo.
Clonc.
—No va a funcionar. —Jonah se cruzó de brazos.
Punky soltó el tronco sin apartar los ojos de él. Le dio una vuelta despacio, volvió a olisquearlo y alternó la mirada entre la madera y la farola con una concentración que hizo sonreír a Billy.
—Sabes... Está buscando otra solución.
—Es un perro, Dolores.
Punky rodeó el tronco despacio y volvió a morderlo, esta vez justo por el centro. Pasó junto a la farola sin rozarla.
—Vaya... —Jonah arqueó una ceja.
—Te ha ganado una perra. —Dolores ya se estaba riendo.
—No me ha ganado.
—Jonah... —Negó con la cabeza sin dejar de sonreír—. Acabas de perder una discusión contra alguien que hace un minuto nos estaba enseñando una hoja.
Punky siguió caminando con el tronco entre los dientes hasta detenerse delante de Billy. Lo dejó caer a sus pies con un golpe seco, levantó la cabeza y la cola empezó a balancearse despacio.
Jonah la señaló con la barbilla.
—Je, je... Creo que quiere que la felicites.
Billy se acuclilló junto a Punky para rascarle el cuello.
—¿Te gusta, eh? —La perra cerró los ojos al instante—. Muy bien... Eres muy buena, sí.
Aquello pareció bastarle. Volvió a coger el tronco, dio un par de vueltas sobre sí misma, asegurándose de que nadie hubiera pasado por alto semejante hallazgo, y acabó abandonándolo para reunirse otra vez con ellos.
No habían recorrido ni diez metros cuando Jonah abrió la mochila.
Crack.
El sonido de la bolsa bastó para que Punky se detuviera en seco. Las orejas se alzaron y el hocico encontró las patatas antes incluso de que Jonah bajara la vista.
—No.
La perra avanzó un paso.
—Ni se te ocurra...
Jonah levantó la bolsa por encima de la cabeza, pero Punky respondió acercándose otro poco.
Billy los observaba con una sonrisa.
—Está pensando.
Y, por la expresión de la perra, no parecía una exageración. Se quedó inmóvil un instante. Después dobló las patas traseras con toda la calma del mundo y se sentó frente a Jonah con una dignidad casi solemne: muy recta, las orejas erguidas, los ojos clavados en la bolsa. Ni siquiera pestañeaba.
—Madre mía... —Dolores soltó una risa—. Está actuando.
—Y funciona. —Billy no podía borrar la sonrisa.
—No funciona.
Punky inclinó la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro sin apartar la vista de las patatas.
—¿Y ahora qué hago? —Jonah suspiró mirando la bolsa como si esperara encontrar la respuesta escrita en ella.
Billy se encogió de hombros.
—Ni idea. Yo nunca he tenido perro.
—Yo tampoco. —Volvió a mirar a Punky y frunció el ceño—. ¿Se pueden comer esto?
—Creo que sí... —admitió Billy.
—"Creo". Magnífico.
Punky levantó una pata con una lentitud casi estudiada.
—No... —Jonah cerró los ojos un instante—. No hagas eso.
—Te está ganando. —Billy soltó una carcajada.
—Ay... qué shula es.
—¿Habéis probado a darle las Jumpers?
La voz llegó desde la acera de enfrente. Los tres levantaron la cabeza al mismo tiempo. Un anciano cruzaba despacio hacia ellos con una correa roja en la mano; al otro extremo caminaba un perro salchicha tan viejo que parecía haberse cansado de tener patas.
—A la mía le encantan —añadió cuando estuvo a su altura, señalando a Winston con una sonrisa.
El perro salchicha ni siquiera levantó la cabeza. Seguía caminando con esa parsimonia de los perros muy viejos, como si hubiera descubierto hacía años que ninguna prisa merecía realmente la pena.
—¿Seguro? —Jonah dudó un instante.
—Claro.
Sacó una patata de la bolsa y la lanzó al aire. Punky la atrapó antes de que tocara el suelo.
—¡Pero bueno! —Billy abrió los ojos al verla desaparecer de un solo bocado.
—Ya sabe cómo va esto. —Jonah sonrió.
El anciano terminó de acercarse y señaló a Jonah.
—Tú eres hijo de los Kaplan, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Lo sabía.
Luego señaló a Billy.
—Y tú eres el hijo de Rick.
Billy asintió. Seguía sorprendiéndole que en Riverbend hubiera gente capaz de reconocerte aunque la última vez que te hubieran visto todavía llevaras las rodillas llenas de costras.
—¿Y usted quién es? —preguntó Jonah.
El hombre sonrió.
—El vecino, muchacho.
La respuesta pareció satisfacer a los tres.
Punky, sin embargo, ya había puesto toda su atención en el perro salchicha.
Se acercó moviendo la cola con tanto entusiasmo que daba la impresión de haber encontrado a un viejo amigo.
Le dio una vuelta completa, dio un saltito hacia atrás y se inclinó sobre las patas delanteras en una invitación al juego imposible de malinterpretar.
Winston levantó la cabeza un instante, la miró y siguió caminando como si aquella exhibición no fuera con él.
—Creo que no le impresionas. —Dolores sonrió al verlo pasar de largo.
Punky volvió a adelantarlo y repitió la reverencia. Como Winston ni siquiera redujo el paso, desapareció un momento entre los arbustos y regresó con una hoja en la boca. La dejó con muchísimo cuidado delante de él.
El viejo salchicha la rodeó sin mirarla.
—Mírala... No se rinde. —Billy ya se estaba riendo.
Esta vez apareció con una ramita. Winston siguió avanzando con paciencia infinita mientras Punky insistía una y otra vez, convencida de que tarde o temprano encontraría el regalo adecuado.
El anciano negó con una sonrisa y dio un suave tirón de la correa.
—Vamos, Winston.
El viejo perro obedeció sin levantar la vista. Punky todavía los siguió unos metros antes de rendirse. Regresó trotando hasta Billy con la cola en movimiento, como si la derrota tampoco le hubiera parecido para tanto.
Dolores los vio alejarse calle abajo.
—No sabía que era tu vecino.
—¿Mi vecino? —Billy la miró extrañado—. Yo pensaba que era el tuyo.
—¿El mío? —Dolores soltó una risa—. Si ni siquiera sabía que tenía perro.
Jonah los siguió con la vista hasta que doblaron la esquina.
—Eso es muy de Riverbend, ¿no? Descubrir que alguien ha vivido a veinte metros de tu casa toda la vida... y enterarte ahora.
Billy también los siguió con la vista hasta que desaparecieron. La sonrisa se le fue apagando sola. El viejo Ford de su padre seguía aparcado delante de casa.
Punky también pareció reconocer el lugar. Tiró suavemente de la correa y cruzó el jardín inspeccionándolo todo con la tranquilidad de quien acaba de mudarse.
—Bueeeeno... —Jonah se metió las manos en los bolsillos mientras contemplaba el viejo Ford aparcado frente al porche—. Ha sido bonito conocerte, Billy. Te echaré de menos.
—¿Y ahora qué mosca te ha picado?
—Que tu padre va a matarte. —Señaló a Punky con la barbilla—. Lo digo completamente en serio.
Dolores seguía mirando la casa.
—¿Y qué vas a hacer cuando la vea?
Billy tardó unos segundos en responder. Llevaba dándole vueltas desde que Hilton pronunció la palabra refugio .
—Esconderla.
Jonah pasó la vista de Billy a Punky y de Punky otra vez a Billy antes de asentir muy despacio.