7
—¿Estás seguro de que quieres adoptar al perro, chaval?
Billy levantó la cabeza. La voz llegaba desde el fondo del pasillo, mezclada con los ladridos y el zumbido cansado de unos fluorescentes que parecían llevar encendidos desde los años setenta.
La perrera municipal ocupaba un edificio pequeño junto a la comisaría. Desde fuera parecía un garaje cualquiera; por dentro olía a lejía, pienso húmedo, pelo mojado y ese olor difícil de explicar que tienen los sitios donde demasiados animales esperan a que alguien los elija.
Al fondo del pasillo, un chico rubio de poco más de veinte años hojeaba un ejemplar de Fangoria mientras una pequeña radio escupía a Eminem con el volumen lo bastante alto para competir con los ladridos.
Al darse cuenta de que lo miraban, bajó la música con un dedo y dejó la revista sobre el mostrador.
—¿Entonces? —preguntó Kevin desde el marco de la puerta, con una media sonrisa—. ¿Estás seguro?
—Sí.
—Oeeer... —Jonah ya se había inclinado sobre el mostrador—. ¿Un especial de Stephen King? Esto empieza bastante bien.
—Las mejores adaptaciones al cine. —Kevin le dio un golpecito con los nudillos a la revista—. Cultura obligatoria, chaval.
Jonah se inclinó un poco más sobre el mostrador.
—¿Y esa cuál es? —preguntó al ver el enorme san bernardo que enseñaba los colmillos.
— Cujo . —Kevin sonrió al verlo mirar la fotografía—. ¿No la has visto?
—Tengo dieciséis años... —respondió Jonah entre risas—. No creo que mi madre me hubiera dejado verla.
—Pues ya tardas. Yo la vi de crío y todavía me da mal rollo cada vez que me cruzo con un san bernardo. —Cerró la revista con la palma de la mano—. Ahora me está entrando el gusanillo de leerme la novela.
—¿No da un poco de mal rollo leer eso mientras trabajas en una perrera? —preguntó Dolores mientras paseaba la vista de la portada a las jaulas.
—Eso es precisamente lo que mola, tronca. —Kevin sonrió antes de mirar a los tres—. ¿También venís a adoptar o solo habéis venido a hacerle compañía?
—Somos ayudantes —dijo Billy.
—No somos ayudantes —lo corrigió Jonah sin dejar de mirar las jaulas.
Kevin arqueó una ceja.
—Pues entonces no tengo ni idea de lo que sois.
—La verdad... —Jonah se metió las manos en los bolsillos y alzó un momento la vista al techo—. Yo tampoco.
Kevin esperó un segundo hasta que Dolores dejó de reír.
—Bueno. —Kevin señaló a Billy con la barbilla—. En ese caso voy a necesitar una autorización firmada por tus padres.
Billy ya la estaba sacando del bolsillo.
—Aquí.
—Joder... Qué rapidez.
—Mi padre es muy organizado.
—Sí, claro... —Le devolvió el papel con una sonrisa torcida—. Y yo soy astronauta.
Jonah carraspeó para esconder una carcajada. Billy decidió fingir que no la había oído y los cuatro echaron a andar por el pasillo de la perrera.
Había más animales de los que recordaba.
Las jaulas se sucedían bajo la luz amarillenta de unos fluorescentes que zumbaban sin descanso.
Un pastor alemán dormitaba apoyado contra los barrotes con una dignidad casi humana; un beagle levantó la cabeza al verlos pasar y decidió que no merecía la pena moverse, mientras un gato naranja los observaba desde el fondo de su jaula con la expresión cansada de un juez obligado a escuchar la misma excusa por centésima vez.
El ruido no cesaba nunca. Ladridos que aparecían y desaparecían a lo largo del pasillo, cuencos metálicos chocando contra el suelo, uñas arañando el cemento...
y, por debajo de todo aquello, esa tristeza silenciosa que Billy reconocía cada vez que entraba allí.
Bastaba mirar a los perros que se acercaban esperanzados a los barrotes cuando alguien pasaba...
y a los que ya ni siquiera se molestaban en levantarse.
Dolores fue bajando el paso mientras recorría las jaulas con la mirada.
—Dios mío...
—¿Qué pasa? —preguntó Billy siguiendo la dirección de su mirada.
—Me los llevaría a todos ¿saes?
—Ese parece querer matarte. —Jonah señaló un mestizo enorme que, como si hubiera entendido la conversación, enseñó los dientes en ese mismo instante.
— También. Ese también.
—Ese gato te odia.
El gato naranja ni siquiera parpadeó.
—También. —Dolores sonrió—. Sobre todo ese.
—Y ese bulldog está intentando comerse una escoba.
—También.
Jonah resopló.
—Tienes un problema, Lola.
—Lo sé.
—Je je je.
Se detuvieron frente a la jaula de un cachorro negro que corría de un lado a otro como si acabara de descubrir el café. La cola giraba tan deprisa que parecía una hélice.
—Mi madre dice que tener animales es un poco egoísta. —Dolores buscó un momento las palabras—. Que ellos también tienen sus intereses, sus... motivaciones, supongo. Y que, cuando los metemos en casa, les quitamos la posibilidad de decidir qué vida quieren tener.
—Eso es porque tu madre también cree en la reencarnación —dijo Jonah sin apartar la vista del cachorro.
Dolores hizo como si no lo hubiera oído.
—Por eso dice que no le gustan todos los animales. Solo los que siente que tienen alguna conexión con ella.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Billy.
— Ni idea. Saes... una vez adoptó una chinchilla porque juraba que tenía el mismo lunar que mi tío Alberto.
—Espera... —Billy volvió la cabeza hacia ella—. ¿Lo dices en serio?
—Completamente. —Dolores sonrió al recordar la escena—. Al principio no pasó nada.
—¿Y luego?
—Luego descubrimos que las chinchillas se hacen pis encima cuando se asustan.
—Una defensa razonable —dictaminó Jonah con absoluta solemnidad.
—Y pierden muchísimo pelo. Así que, al cabo de una semana, tuvimos que devolverla.
Jonah arrugó la frente unos segundos, concentrado.
—¿Segura de que no era tu tío Alberto?
—¿Qué?
— Solo digo que mi abuelo también se mea encima... y pierde pelo. No descartemos hipótesis.
Dolores fue la primera en romper a reír. Billy la siguió casi al instante y Jonah acabó doblado sobre sí mismo, riéndose tanto de su propio chiste que tuvo que apoyarse en la pared para recuperar el aliento.
Todavía sonreían cuando llegaron al final del pasillo.
Billy la vio enseguida. Punky estaba sentada al fondo de la jaula, observándolo con aquella paciencia tranquila que solo parecen tener algunos perros.
Permaneció inmóvil unos segundos. Después levantó despacio las orejas, inclinó un poco la cabeza y, como si acabara de reconocerlo de verdad, se puso en pie de un salto.
La cola empezó a golpear el suelo con tanta fuerza que el ruido resonó por toda la perrera.
—Vaya... —Kevin ya buscaba las llaves en el cinturón sin apartar la vista de la escena—. Parece que alguien te echaba de menos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Billy sin apartar los ojos de Punky.
—Que parece que te conoce.
— Je, je, Lola…Claro que le conoce. Técnicamente resolvisteis el caso antes que media policía del estado. Eso crea vínculo emocional. Lo he visto en un documental... o en una película. Ahora no me acuerdo.
Kevin dejó escapar una risa mientras introducía la llave en la cerradura.
—No te flipes, chaval.
—Es verdad.
—Lo dices porque nunca has conocido a la otra media.
Punky ya había perdido cualquier intención de comportarse como un perro tranquilo. Iba de un lado a otro de la jaula, giraba sobre sí misma, se levantaba sobre las patas traseras y volvía a caer al suelo, incapaz de decidir cómo celebrar que Billy estaba allí.
Él se acercó casi sin darse cuenta. Apenas unos días antes había salido de aquella misma perrera convencido de que iba a perderla.
Verla ahora, golpeando el suelo con la cola como si el resto del mundo hubiera dejado de existir, le recordó a las tardes en que regresaba del colegio y encontraba a Claire cantando en la cocina mientras preparaba la cena.
El pestillo hizo un clic seco.
Kevin abrió la puerta de la jaula y se apartó.
—Bueno... ¿Piensas quedarte mirándola o vas a llevártela de una vez?
Punky salió como un resorte. Un instante seguía al otro lado de los barrotes y al siguiente Billy tenía encima cuarenta kilos de pelo blanco, patas y lengua.
—¡Eh! ¡Punky!... ¡Vale, vale!
Un lametón le cruzó la cara de lado a lado.
Otro.
Y, antes de que pudiera apartarse, otro más.
—Creo que intenta comerte —dijo Jonah, doblándose otra vez de la risa.
—¡Pues haz algo!
—Ni hablar.
—Traidor.
—Si sobrevives, prometo contar tu historia.
Billy acabó sentado en el suelo mientras Punky seguía subiéndosele encima con un entusiasmo completamente desproporcionado.
Dolores se acuclilló a su lado.
—Hola, preciosa...
La perra giró la cabeza como si acabara de descubrir que había otra persona en la habitación y, sin pensárselo dos veces, le estampó un lametón en toda la nariz.
—¡Oh, Dios mío! —soltó Dolores entre sorprendida y divertida mientras intentaba apartarse.
—Creo que le gustas —dijo Jonah.
Punky volvió junto a Billy, regresó otra vez con Dolores y repitió el recorrido una y otra vez, incapaz de decidir con quién quería celebrar más aquel momento.
Solo cuando Dolores empezó a rascarle detrás de las orejas se dejó caer contra ella con un suspiro exagerado, cerrando los ojos como si llevara meses esperando exactamente aquello.
Cada vez que Billy miraba a Punky descubría un detalle nuevo. La pequeña mancha clara junto al hocico, la forma en que inclinaba la cabeza al oír su nombre o aquellos ojos marrones que parecían prestar demasiada atención a todo cuanto ocurría a su alrededor.
Volvió a sentir lo mismo que junto a la cascada. Aquella sensación difícil de explicar, antigua y familiar, como reconocer una canción que llevas años sin escuchar desde las primeras notas.
Claire le cruzó la cabeza apenas un instante. Los paseos junto al río. Las tardes de verano que parecían no acabarse nunca.
—Muy bien... —Kevin regresó con una correa en la mano y se la tendió, sacándolo de sus pensamientos—. Ya es oficialmente tu problema.
—Gracias. —Billy pasó la mano por el cuello de Punky sin dejar de mirarla.
—No me las des todavía. —Kevin señaló a la perra sin perder la sonrisa—. Ahora parece un angelito.
—Ya... lo es.
Kevin negó entre risas.
—Eso es exactamente lo que quieren que pienses. Primero consiguen que te enamores y, cuando ya no hay vuelta atrás, rompen algo caro, se comen medio sofá... y acabas gastando más dinero en veterinarios que en comida.
—Sigue sonando bien. —Dolores siguió rascándole la barriga a Punky sin perder la seriedad.
—Porque tienes dieciseis años.
—Exacto.
Billy se agachó para colocarle la correa. Punky permaneció completamente quieta mientras ajustaba el cierre y, en cuanto terminó, le empujó la mano con el hocico antes de mover despacio la cola.
—Creo que acaba de adoptarte, Kowalski—comentó Dolores sin dejar de rascarle detrás de las orejas.
—Eso mismo estaba pensando yo.
—Vale, pero se supone que soy yo quien la adopta. —Billy resopló mientras ajustaba un poco la correa.
—Eso dices tú.
—Eso dice la ley.
—Pues la perra parece tener otra versión de los hechos. —Kevin sonrió, cruzado de brazos al otro lado del pasillo.
Jonah señaló a Punky con la barbilla.
—Je, je... Mírala, Billy. Esa es exactamente la cara que pone mi madre cuando consigue que alguien haga lo que quería desde el principio. Técnicamente ya no es tuya. Tú eres suyo.
Punky le respondió lamiéndole la mano.
—Vale... —Jonah se limpió los pantalones con resignación—. Sigue siendo bastante genial.
Cuando salieron de la perrera, el aire olía a hierba recién cortada y a asfalto caliente.
El sol empezaba a caer sobre Riverbend, tiñendo de naranja las ventanas de la comisaría, mientras Punky avanzaba unos pasos por delante de ellos.
Cada pocos metros volvía la cabeza para comprobar que seguían allí y, satisfecha, reanudaba la marcha con la tranquilidad de quien ya se había adjudicado el papel de guía de la expedición.
—Las garrapatas mutantes no existen, Jonah.
—Claro que sí. ¿Y si una chupa la sangre de un perro y luego la de un murciélago?
—Siguen siendo garrapatas.
—Sí... pero garrapatas mutantes.
—Sea... —Dolores levantó las manos y miró a Billy—. ¿Y tú qué opinas?
Billy siguió un momento a Punky con la vista.
—Yo opino que, mientras ella no se encuentre ninguna, me da igual.
—Eso es porque todavía no has visto una de cerca. —Jonah soltó una risa—. Cuando ocurra, recordarás esta conversación.
Jonah siguió defendiendo su teoría mientras echaban a andar calle abajo. Billy ya había dejado de prestar atención. Punky caminaba unos pasos por delante de ellos y, cada cierto tiempo, volvía la cabeza para comprobar que seguía allí.