6
Amy Gallagher tenía la vista perdida en la ventana cuando Billy entró en la habitación.
Ni siquiera volvió la cabeza al oír cerrarse la puerta.
Afuera llovía con esa calma obstinada tan propia de Nueva Inglaterra; las gotas descendían despacio por el cristal y desdibujaban las luces del aparcamiento.
Incorporada sobre varias almohadas, a la luz gris de la tarde parecía incluso más joven que en las fotografías que habían llenado periódicos, escaparates y tablones de anuncios durante semanas.
El cabello rojizo le caía sin demasiado orden sobre los hombros; la piel seguía tan pálida que las pecas resaltaban como diminutas salpicaduras de pintura.
Había recuperado algo de color desde que la encontraron junto al río, pero aún conservaba ese aspecto extraño de quien regresa de un lugar donde el tiempo ha seguido unas reglas distintas.
Billy conocía aquella mirada. Ya la había visto en Hope. Los mismos ojos hundidos, las muñecas demasiado finas, ese cansancio instalado mucho más adentro que en el cuerpo.
—Gracias por venir —dijo Amy sin apartar la vista de la lluvia.
Billy acercó una silla.
—No tenía nada mejor que hacer.
Ella sonrió.
—Eso es mentira.
—Puede…
La risa se le escapó apenas un instante. Enseguida se llevó una mano al costado.
—Todavía cuesta... —murmuró Amy mientras volvía a acomodarse sobre la almohada—. No recuerdo muchas cosas. Fragmentos, olores... alguna habitación, una voz. Casi todo está borroso.
—Es normal.
—Eso dicen los médicos. —Desvió la vista hacia la lluvia al otro lado de la ventana—. Que quizá vuelva poco a poco. Aunque también puede que no vuelva nunca.
Billy se encogió de hombros.
—También es posible.
—¿Siempre es tan optimista?
—Solo cuando estoy de servicio. —Billy sonrió apenas.
Amy dejó escapar una risa por la nariz y enseguida hizo una mueca.
—No me haga reír... todavía duele.
La sonrisa se le fue apagando. Bajó la vista hacia el dibujo de las sábanas y pasó despacio los dedos sobre la tela.
—Hay una cosa que no dejo de preguntarme. ¿Por qué cree que lo hacía?
—¿Elegiros?
Amy asintió.
—No tengo ni idea —admitió Billy tras un breve silencio.
—Supongo que nunca lo sabremos.
Billy llevaba años escuchando explicaciones.
Había interrogado a asesinos, ladrones, estafadores y a personas capaces de hacer cosas que seguían resultándole incomprensibles incluso después de confesarlas.
Algunos hablaban durante horas; otros apenas pronunciaban un par de frases.
Al final siempre acababa llegando a la misma conclusión: ninguna explicación cambiaba lo ocurrido.
—Domino's Killer no deja de ser un nombre. —Billy se apoyó un poco mejor contra la pared—. La gente necesita ponerles nombre a las cosas que les dan miedo. Da la impresión de que así son más fáciles de entender.
—Pero cambió muchas vidas. —Amy acarició distraídamente la sábana antes de levantar otra vez la vista—. La de mis padres y la mía, no.
—¿Cómo que no?
Amy sonrió apenas.
—Porque sigo aquí. —Sostuvo la mirada de Billy unos segundos—. Y eso es gracias a usted.
Billy bajó la vista. Nunca encontraba una respuesta para aquello. Las palabras de agradecimiento siempre le parecían demasiado grandes, como si estuvieran dirigidas a otro policía, a alguien mejor preparado para recibirlas. Pero Amy seguía viva. Con eso bastaba.
—Inspector...le estaré siempre agradecida.
Sintió el mismo pudor de siempre. Lo había visto en padres, hijos y hermanos.
En demasiadas personas para pensar que algún día terminaría acostumbrándose.
Al fin y al cabo, nunca se había hecho policía para perseguir asesinos o resolver casos imposibles.
Solo quería que la gente pudiera volver a casa.
Asintió con una leve sonrisa.
—Descansa, Amy.
Ya había apoyado la mano en el pomo cuando volvió a oírla.
—Inspector...
—¿Sí?
—¿Tiene perro?
La pregunta lo cogió por sorpresa.
—No.
—Yo tuve uno. Se llamaba Trooper. —Sonrió apenas, con la vista perdida más allá de la ventana—. Murió hace años.
Billy esperó.
—Es curioso... —murmuró Amy al cabo de un momento— lo mucho que puede doler perder un perro.
—¿Curioso?
—Sí. Hay gente que no lo entiende. Piensan que... bueno... que solo era un animal. Cuando murió estaba convencida de que nunca volvería a llorar así por un perro. —Acarició distraídamente la manta antes de encogerse de hombros—. Y, sin embargo... lo hice.
Billy guardó silencio.
Había visto hombres venirse abajo por pérdidas que otros consideraban insignificantes. Hasta que una llevaba tu nombre, todas parecían pequeñas.
Amy volvió a levantar la vista.
—Pensará que estoy loca.
—Depende.
—¿De qué?
—De lo que venga ahora.
Ella soltó una risa baja.
—Siempre tuve la sensación de que Trooper era... alguien.
—¿Alguien?
—Ya sé cómo suena. —Negó para sí mientras acariciaba distraídamente la manta—.
Pero parecía entenderme demasiado bien. Había días en los que bastaba con que me mirara para saber que...
no sé... que entendía exactamente cómo estaba.
Si tenía miedo. Si estaba triste. Si simplemente necesitaba que se tumbara a mi lado.
Sonrió con cierta vergüenza.
—Ahora mismo debo de sonar fatal.
—No. —Billy negó despacio—. He conocido a alguien que decía exactamente lo mismo.
—¿De verdad?
—Sí.
—No lo sé explicar... —Frunció ligeramente el ceño, buscando las palabras—. Simplemente aparecía cuando peor estaba. Cuando estaba convencida de que nadie iba a encontrarme... Y cada vez que lo oía ladrar dejaba de sentirme completamente sola.
Billy guardó silencio.
Amy volvió la vista a la manta y sonrió para sí.
—A veces pensaba que alguien estaba intentando ayudarme. No mi abuela ni nada parecido.
—Menos mal... —murmuró Billy con una sonrisa.
—Pero sí alguien.
Amy apoyó despacio la cabeza sobre la almohada y lo observó unos segundos.
—¿Qué va a pasar con ese perro? —preguntó casi en un susurro.
Billy recordó al señor Hilton en el jardín de su casa. Aquella tarde, cuando le contó que se marchaban a Dallas, le había hecho exactamente la misma pregunta. Quince años después, la respuesta seguía siendo la misma.
—No lo sé.
—No puede acabar mal. Me salvó la vida. Y fue él quien lo llevó hasta mí. Eso tampoco pasa todos los días.
Billy se acercó a la ventana. El aparcamiento del hospital apenas era una mancha gris detrás del cristal mojado. Mientras observaba cómo el viento doblaba las ramas de los árboles, volvieron a su cabeza las mismas palabras que ya le habían repetido Dolores, Hope e incluso el señor Hilton.
Apoyó una mano sobre el alféizar sin apartar la vista del exterior.
Tienen una conexión.
Punky me mantuvo viva.
—Descansa, Amy.
—Lo intentaré.