Punky: El perro que nos encontró 5
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Aquella tarde el cielo de Riverbend tenía el color del acero viejo. Ya no llovía, pero el aire seguía oliendo a lluvia, a hojas húmedas y a madera mojada; a esas tardes en las que el otoño parecía esperar escondido detrás de la siguiente esquina.

Billy avanzaba por Maple Street con la mochila colgada de un hombro y la camisa aún húmeda por culpa de la "tormenta" de Hargrove.

Cada pocos pasos, el tejido frío se le pegaba a la espalda y le devolvía el recuerdo del rodaje, de Jonah defendiendo que todas las películas importantes necesitaban lluvia y, sobre todo, de la risa de Dolores. Y del beso.

Había intentado quitárselo de la cabeza durante todo el camino de vuelta. No hubo manera. Bastaba con recordarlo para notar otra vez aquel calor absurdo subiéndole por el cuello y sorprenderse sonriendo como un idiota.

Cuando dobló la esquina, Rick seguía medio escondido bajo la vieja camioneta, rodeado de herramientas de McAlister desperdigadas por el jardín.

La sonrisa no llegó a borrársele. Solo vaciló un instante al descubrir una botella de Bud apoyada junto a la rueda delantera.

Estaba abierta y apenas quedaba un tercio.

Dejó la mochila junto al porche.

—¿Qué haces?

Primero asomó una mano sosteniendo una llave inglesa. Un instante después apareció la cabeza de Rick, con una mancha de grasa cruzándole la frente y otra oscureciéndole la mejilla.

—Eso iba a preguntarte yo. —Se incorporó un poco para verlo mejor mientras lo recorría de arriba abajo con la mirada y fruncía ligeramente el ceño—. ¿Cómo es que vienes mojado? ¿Ha vuelto a llover?

Billy bajó la vista hacia la camisa todavía húmeda.

—No. Estábamos grabando una escena para la película. Hargrove decidió que necesitábamos lluvia y acabó persiguiéndonos con la manguera de la gasolinera.

Rick dejó escapar una risa por la nariz.

—Pues procura no coger un resfriado.

Alargó el brazo hacia la Bud apoyada junto a la rueda, le dio un trago largo y volvió a desaparecer bajo la camioneta.

Billy se acuclilló a su lado.

—¿Se ha vuelto a estropear?

El sonido metálico de la llave inglesa golpeando el motor respondió antes que la voz de Rick.

—Sí. —Resopló desde debajo del capó—. Esta furgoneta no da más que problemas.

Billy abrió la caja de herramientas y, antes incluso de que se la pidiera, le acercó una llave fija.

—¿Necesitas ayuda?

—Siempre —contestó Rick con una media risa amortiguada bajo el motor.

Billy terminó arrodillándose junto a la camioneta y, durante los minutos siguientes, apenas hablaron.

Rick iba nombrando herramientas sin levantar la vista y Billy se las pasaba casi antes de que terminara de pedirlas.

Entre los dos solo se oían el tintineo del metal, algún resoplido cuando una pieza se negaba a salir y el golpeteo seco de la carraca perdiéndose bajo el capó abierto.

Al cabo de un rato, Billy apoyó los antebrazos sobre las rodillas y contempló el motor.

—Oye, papá... —preguntó sin apartar la vista del bloque metálico—. ¿Por qué no compras otra?

La llave inglesa dejó de sonar. Rick permaneció un instante inmóvil bajo la camioneta antes de salir despacio, limpiándose las manos con un trapo ennegrecido por la grasa.

—Porque esta todavía tiene arreglo.

Se dejó caer en el suelo, apoyó la espalda en la rueda y le dio una palmada cariñosa al guardabarros.

—Hoy en día la gente cambia las cosas demasiado deprisa.

Un coche, una tostadora, una radio... En cuanto dejan de funcionar, las tiran y compran otras.

Nunca lo he entendido. —Volvió la vista hacia la vieja camioneta y sonrió de medio lado—.

Mientras algo pueda arreglarse, merece la pena intentarlo.

Billy siguió mirando el motor unos segundos.

—¿Y nosotros?

Rick giró despacio la cabeza.

—¿Cómo que nosotros?

—Nosotros. —Señaló la casa con un leve movimiento del mentón—. ¿Crees que algún día volveremos a estar bien?

El trapo dejó de moverse entre las manos de Rick. Bajó la vista hacia la grasa incrustada en la tela y tardó unos segundos en acercarse. Cuando le apoyó una mano en el hombro, la sonrisa que intentó esbozar apenas le duró un instante.

—Supongo que sí... Al menos tú.

Billy levantó la vista.

—¿Y tú?

Rick dejó escapar el aire por la nariz y desvió la mirada hacia el jardín.

—Yo... —Se acarició la barba despacio—. No lo sé, hijo.

Guardó silencio un momento.

—Tu madre... Ya sabes cómo era. —Negó muy despacio con la cabeza—. No hay un solo día que me despierte sin pensar en ella. Ni uno. Y sigue doliendo igual que el primero.

Billy bajó la vista hasta la Bud que Rick hacía girar distraídamente entre los dedos.

—¿Por eso bebes?

Rick contempló la botella unos segundos antes de encogerse ligeramente de hombros.

—Puede ser.

El viento volvió a mover las hojas secas del jardín y los dos permanecieron callados, escuchando únicamente el golpeteo de alguna rama contra la carrocería.

Rick terminó la cerveza de un último trago. Dejó la botella vacía junto a la rueda delantera, dio un par de palmadas al capó, como quien felicita a un viejo compañero de trabajo, y volvió a mirar a Billy.

—Ahora hazme un favor.

—¿Qué?

—Pásame otra Bud de la nevera, anda.

Billy no se movió.

Rick sonrió en cuanto le vio la cara.

—Tranquilo... —Levantó las manos en un gesto conciliador—. Esta será para celebrar que, por una vez, la condenada camioneta ha decidido funcionar.

Billy recogió la botella vacía del suelo, entró en casa y la dejó sobre la encimera antes de abrir la nevera.

Acababa de sacar una Bud, todavía empañada por el frío, cuando el ruido de un motor deteniéndose frente a la casa le hizo levantar la cabeza.

Casi enseguida oyó una puerta cerrarse de un portazo, unos pasos sobre la gravilla y, finalmente, tres nudillos llamando con suavidad a la puerta principal.

Desde el jardín llegó la voz de Rick, amortiguada por la distancia.

—¡Está abierto!

Billy permaneció inmóvil, con la cerveza todavía en la mano.

—Buenas tardes. Soy Nathaniel Hilton... No sé si me recuerda.

Rick ni siquiera lo dejó terminar.

—Sé perfectamente quién eres. —Billy casi pudo imaginárselo incorporándose despacio de la silla para encararse con el recién llegado—. ¿Qué pasa? ¿Has venido a restregármelo?

Al otro lado de la puerta se hizo un silencio incómodo.

—¿Cómo dice?

—Lo has oído.

Billy dejó la Bud sobre la encimera sin hacer el menor ruido. Ni siquiera cerró la nevera. Avanzó despacio por el pasillo hasta detenerse antes de la cocina, donde podía escuchar la conversación sin que ellos alcanzaran a verlo.

—Vienes aquí con tu mujer viva, recién rescatada... mientras la mía sigue sin aparecer.

Hilton tardó unos segundos en responder.

—Señor Kowalski... Siento de verdad que lo vea así. Pero no he venido por eso. En realidad venía a ver a Billy.

Rick dejó escapar un resoplido que acabó pareciéndose demasiado a una risa.

—Lo que tenga que decirle a mi hijo puede decírmelo a mí también. Adelante.

—Quería darle las gracias.

—¿Las gracias? —Rick soltó una carcajada seca—. Mi hijo se metió donde no debía y estuvo a punto de acabar muerto.

—Lo sé. Precisamente por eso mi esposa y yo le estaremos agradecidos toda la vida. Durante el rescate, Billy encontró a Hope gracias a un perro.

Rick dejó escapar una risa por la nariz.

—¿Un perro?

—Sí. Ese perro le salvó la vida a mi mujer.

—¿Has venido hasta aquí para hablarme de un perro?

—Más o menos. Verá... —Hilton vaciló antes de continuar—. Hope y yo hemos pensado que Billy quizá disfrutaría con su compañía y que...

Rick levantó una mano.

—Le voy a ahorrar saliva.

Billy cerró los ojos.

—Billy tiene prohibido tener perro.

—Señor Kowalski... —Hilton dejó pasar un instante—.

—Mientras viva en esta casa no habrá perros. Ni gatos. Ni nada que deje pelos. ¿Me entiende?

—Lo entiendo —respondió Hilton tras una breve pausa.

Rick no añadió nada. Dentro de la cocina solo se oyó una silla apartándose de la mesa, el tintineo de unas llaves y, un instante después, la puerta principal al abrirse.

Billy esperó a que Hilton cruzara el porche antes de salir al jardín.

—Señor Hilton...

El hombre ya había llegado junto a la puerta del conductor. Al oír su voz, se volvió y una sonrisa cansada le asomó al reconocerlo.

—Hola, chico. —Cerró la puerta del coche que acababa de abrir—. ¿Qué ocurre?

—Hola...

La sonrisa apenas le duró un instante a Billy.

Hilton lanzó un vistazo hacia la casa. Desde el interior llegó el golpe sordo de un botellín contra la mesa y los dos permanecieron callados hasta que el silencio volvió a adueñarse del jardín.

Billy bajó la vista hacia la gravilla.

—Lo siento mucho.

—Tú no tienes la culpa de nada. No cargues con problemas que no son tuyos. —Hilton negó despacio con la cabeza.

Una ráfaga de viento levantó varias hojas secas entre los dos. Billy esperó a que dejaran de rodar antes de volver a hablar.

—¿Qué quería decirme?

Hilton metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y desvió la vista hacia el final de Maple Street.

—Hope y yo nos marchamos.

Billy levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—A Dallas.

—¿Os vais?

—Sí.

—¿Para siempre?

Hilton apoyó una mano sobre el techo del coche.

—Eso creemos.

Billy permaneció callado. Hacía apenas unos días todo Riverbend había buscado a la señorita Hope por bosques, carreteras y descampados; ahora que por fin había aparecido, se marchaba para no volver.

Pensó en los pasillos del instituto, en el vaso de café que siempre llevaba en la mano y en aquella facilidad que tenía para hacer reír incluso los lunes.

—Hope no puede quedarse aquí. —Hilton mantuvo la mano apoyada sobre el techo del coche—. Cada rincón le recuerda lo que pasó. Necesita empezar de nuevo.

—¿Y Punky?

—Lo intentamos, Billy. —Hilton dejó pasar unos segundos antes de continuar—. De verdad que lo intentamos, pero la alergia de Hope ha ido a peor... y en Dallas vamos a vivir en un apartamento.

Billy empujó una hoja amarilla con la punta de la zapatilla.

—Había pensado que quizá tú querrías quedártela—añadió Hilton.

—¡Claro que sí!

Durante un instante volvió a verla corriendo junto al río, persiguiendo ramas imposibles, dormida al sol junto a la cascada o empujándolo una y otra vez hacia aquel viejo cobertizo perdido entre los árboles.

—Lo sé... —Hilton negó despacio con la cabeza—. Pero no quiero meterte en más problemas. Tu padre ha dejado muy clara su postura.

El viento levantó un remolino de hojas secas entre los dos. Billy bajó la vista hacia la hierba.

—Entonces... ¿qué va a pasar con ella?

—Volverá al refugio —respondió Hilton al cabo de un momento.

Hasta aquella tarde, el refugio no había sido más que un edificio lleno de jaulas a las afueras de Riverbend. Ahora solo veía a Punky detrás de unos barrotes, esperando a que alguien volviera por ella.

—Haré todo lo posible por encontrarle una buena familia.

Billy siguió con la vista fija en el césped.

—¿Y si nadie la adopta?

Hilton no respondió. Se acercó, le apoyó una mano en el hombro.

—Gracias por todo, Billy.

Un trueno retumbó a lo lejos. Ya junto al coche, Hilton abrió la puerta y volvió la cabeza.

—Si algún día pasas por Dallas... —continuó con una sonrisa— allí estaremos.

Hilton le revolvió el pelo, subió al coche y cerró la puerta. Billy no se movió mientras el motor arrancaba y el coche desaparecía calle abajo. Cuando el ruido terminó de apagarse, solo pudo imaginar a Punky de vuelta en el refugio.