4
Markson apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento.
Von Kurt lo soltó de golpe y el hombre cayó de rodillas sobre el asfalto.
Apoyó una mano en el suelo mientras la sangre le resbalaba desde el labio partido hasta mezclarse con la lluvia, formando pequeños hilos rojizos que corrían calle abajo hacia las alcantarillas.
Escupió a un lado, se limpió la boca con el dorso de la manga y, aun así, dejó escapar una risa quebrada.
El policía ya no le prestaba atención. Permanecía inmóvil en mitad de Main Street, con la respiración todavía agitada y los puños cerrados, sin apartar la vista de la figura que avanzaba bajo la lluvia desde el otro extremo de la calle.
Al principio no fue más que una silueta borrosa al otro lado de aquella cortina gris.
Luego la muchacha echó a correr, cruzó la calzada y se detuvo frente a él.
Respiraba con dificultad. El cabello, empapado, se le pegaba al rostro y al cuello del abrigo mientras intentaba recuperar el aliento.
Von Kurt dio un paso.
Y otro.
—Martha...
Ella levantó despacio la cabeza. Una sonrisa pequeña, cansada y extrañamente triste asomó en sus labios.
—Hola, Guillermo.
Permanecieron unos segundos mirándose bajo la lluvia.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él al fin. La voz le tembló pese a que intentó evitarlo.
Martha tardó en responder. Lo observó con la calma de quien regresa a un lugar que apenas reconoce.
—¿No me estabas buscando?
—Llevo semanas buscándote. —Von Kurt esbozó una sonrisa agotada que apenas le duró un instante—.
He recorrido media ciudad preguntando por ti.
He hablado con personas que ni siquiera conocían tu nombre.
He llamado a hospitales, comisarías, hoteles...
Hubo noches en las que llegué a convencerme de que quizá nunca habías existido, de que todo este tiempo solo había estado persiguiendo un recuerdo.
Ella bajó la mirada.
—Lo sé.
—Entonces dime dónde has estado.
Martha guardó silencio.
Von Kurt respiró hondo.
—Necesito entender qué ocurrió. Desapareciste sin una carta, sin una llamada, sin una sola explicación. Un día estabas conmigo... y al siguiente solo quedaba una casa vacía y un montón de preguntas que nadie supo responder.
La lluvia seguía cayendo entre los dos.
Martha alzó despacio la cabeza.
—No me fui, Guillermo. —Su voz apenas era un susurro—. Me llevaron
—¿Quién?
—Los míos.
—No sé de qué estás hablando.
—Precisamente por eso he vuelto. —Martha sonrió con una serenidad casi melancólica y dejó que el silencio respirara un instante entre los dos—. Porque ha llegado el momento de que conozcas la verdad.
Von Kurt seguía inmóvil. La lluvia resbalaba por el ala del sombrero y se perdía sobre los hombros del impermeable, pero hacía rato que había dejado de sentirla.
—No entiendo nada, Martha.
Ella sonrió con una dulzura resignada y dio un paso hacia él, solo uno.
—Lo sé. Nunca pudiste entenderlo... porque yo nunca tuve el valor de contártelo.
Quise hacerlo muchas veces. El primer día que nos conocimos.
Luego el segundo. Quizá el tercero. Siempre encontraba una excusa para esperar un poco más.
Entonces aparecías tú con una de esas flores que arrancabas de cualquier jardín creyendo que nadie iba a notarlo o insistías en invitarme a cenar al Star Diner...
y volvía a convencerme de que todavía no era el momento.
Von Kurt no apartó la vista de ella.
—¿Contarme qué? —preguntó al fin.
Martha levantó despacio una mano y le acarició la mejilla con la yema de los dedos.
—Que no pertenezco a este mundo.
—¿Eso era todo? —Sacudió ligeramente la cabeza, como si acabara de quitarse un peso de encima—. Por un momento pensé que ibas a decirme algo realmente grave.
—Lo es. Muchísimo más de lo que imaginas.
La lluvia seguía cayendo alrededor de los dos. Martha lo contempló unos segundos en silencio antes de ponerse ligeramente de puntillas y rozarle la mejilla con un beso.
—Perdóname Kurt.
—¿Por qué me pides perdón?
—Porque te mentí desde el primer día. —Retrocedió apenas un paso antes de continuar—. Ni siquiera me llamo Martha. Mi verdadero nombre no podrías pronunciarlo. Ningún ser humano podría hacerlo. Allí de donde vengo los nombres no se dicen... se sienten.
Von Kurt seguía observándola sin pestañear.
Martha levantó la vista hacia el cielo cubierto de lluvia.
—Amber. —Levantó la vista hacia el cielo cubierto de lluvia y lo pronunció casi como una oración—.
Así se llama mi hogar. Un planeta situado mucho más allá de cualquier estrella que vuestros telescopios sean capaces de encontrar.
Pertenece a otra galaxia. Hace once años me enviaron aquí con una expedición científica.
Debía observar vuestra especie, estudiar vuestra historia, aprender vuestro idioma, comprender vuestra forma de vivir...
y analizar esa sustancia extraordinaria que llamáis H dos O.
Sonrió con una melancolía serena.
—Creía que ese sería el gran descubrimiento de mi misión. —Negó despacio—. Me equivoqué. El verdadero descubrimiento fuisteis vosotros.
Su voz apenas cambió al añadir:
—Las personas.
Von Kurt avanzó otro paso.
—No me importa de dónde vengas.
—Debería importarte.
—No.
—Los míos han venido a buscarme. No puedo quedarme mucho más tiempo.
La lluvia seguía cayendo entre los dos.
—Entonces nos iremos los dos. —Von Kurt negó despacio con la cabeza, como si aquella fuera la única respuesta posible.
Martha sonrió con una mezcla de tristeza y cariño.
—Siempre encuentras soluciones demasiado humanas.
—Porque soy humano.
—Precisamente por eso. —Le buscó las manos y las sostuvo entre las suyas—. Pedí permiso para regresar una última vez. Quería despedirme. Quería darte las gracias. Durante estos años he aprendido cosas que ninguna expedición científica había descubierto jamás.
—¿Qué cosas? —preguntó Von Kurt sin apartar la vista de ella.
—Que vuestra especie posee una capacidad extraordinaria para querer a los demás.
Calló un momento. Sus dedos seguían entrelazados con los de él mientras la lluvia resbalaba entre ambas manos.
—Y que yo... —añadió en poco más que un susurro, apretándoselas con suavidad—...
como decís vosotros... he terminado enamorándome de ti.Von Kurt no se movió.
El agua corría entre sus dedos entrelazados y golpeaba el asfalto con tanta fuerza que empezaba a abrir pequeños riachuelos hacia las alcantarillas.
Martha levantó despacio la otra mano y dejó que varias gotas resbalaran sobre la palma. Las observó con curiosidad, frunció ligeramente el ceño y murmuró:
—Qué extraño...
—¿Qué ocurre?
Ella volvió a mirar la lluvia, acercó la mano a los labios y probó una de las gotas.
No pasó nada.
Probó otra.
Esta vez hizo una mueca.
Escupió.
Miró la lluvia con desconcierto, volvió a probar una gota y, casi al instante, empezó a escupir una, dos, tres veces seguidas mientras intentaba limpiarse la lengua con la manga del abrigo.
—¡Puaj!
Von Kurt dio un paso hacia ella.
—¿Qué ocurre?
—¡El agua! —protestó Martha sin dejar de escupir—. ¡¿Cómo podéis beber esta cosa?!
Lo intentó una vez más y volvió a hacer una mueca.
—No... no puedo...
Von Kurt se acercó un paso.
—¿Qué ocurre Martha? ¿Qué no puedes? —preguntó.
Martha abrió la boca, pero volvió a cerrarla enseguida. Levantó las manos con frustración, como si quisiera explicar algo que ni ella misma supiera poner en palabras.
—¡Puaj!... No... espera... —Volvió a escupir, frustrada—. Así no puedo Jonah
El silencio cayó de golpe sobre Main Street.
—¿Cómo qué no? —preguntó Jonah.
Dolores seguía limpiándose la lengua con la manga cuando negó despacio con la cabeza.
—No me sale.
Jonah dejó la cámara sobre el capó.
—¿El qué?
—La escena. —Hizo un pequeño gesto con el guion—. Martha acaba de decir que ha cruzado media galaxia para despedirse del hombre al que quiere. Está dejando atrás a su planeta, a su familia... toda su vida. No me pega que, justo en ese momento, se distraiga con lo del agua. No me la creo.
Jonah parecía dispuesto a responder, pero Dolores no le dio tiempo.
—Piensa en E.T. Cuando E.T. quiere quedarse, tú también quieres que se quede.
O en Blade Runner. Los personajes tienen el corazón dividido.
Quieren una cosa, pero necesitan otra. —Le devolvió el guion—.
A Martha le falta eso. Tiene que desear volver con los suyos...
pero también quedarse con Guillermo. Si no, todo esto parece un discurso muy bonito, pero no una despedida.
—Tiene razón. —Billy asintió sin dejar de mirar el guion.
—Bueno... —Jonah se rascó la nuca—. Puede que un poco.
—Bastante.
Billy sonrió mientras volvía la cabeza hacia la manguera, que seguía apuntándolos.
—Lo que sigo sin tener claro es si todo esto justificaba empaparnos.
Hargrove abrió mucho los ojos.
—¡Claro que sí!
—Oeeer... —Jonah levantó las manos como si la respuesta fuera evidente—. ¡Todas las películas importantes tienen lluvia!
—No todas.
—Las buenas sí.
Hargrove cerró por fin el agua.
—Pues yo creo que ha ganado muchísimo. La lluvia siempre da categoría. —Mientras hablaba fue enrollando la manguera.
Billy resopló mientras intentaba escurrirse la manga de la camisa.
—Mi padre va a pensar que me he caído al río
—Eso se llama sacrificio artístico. —Jonah ni siquiera miró a Billy; seguía pendiente de Dolores—. Oeeer... bueno, ¿veredicto?
Ella paseó la vista por los tres. Hargrove todavía recogía la manguera con el orgullo de quien acababa de inventar los efectos especiales. Aguantó la risa un par de segundos
No hubo manera.
—Tengo que reconocer que hasta lo del agua iba bastante bien. ¿saes?
—¡¿Lo veis?! —Jonah levantó un dedo como si acabara de demostrar un teorema y buscó enseguida la mirada de Billy—. Ha dicho "bastante bien". En idioma actriz eso significa "obra maestra".
—Eso no significa eso.
—Todavía.
—Bueno, artistas. —Hargrove consultó el reloj mientras se colgaba las llaves al cinturón—. Id recogiendo el equipo. Todavía tengo que pasar por el supermercado antes de que cierren.
—¿A comprar qué? —preguntó Jonah.
—Salchichas para los perritos calientes. Como mañana me quede sin ellas, los camioneros me montan una huelga. —Se volvió hacia Dolores con una sonrisa—. Y tú has estado fantástica, muchacha. Muchísimo mejor que estos dos.
—¡Eh! —protestó Billy—. Eso tampoco es justo.
—Es verdad. —Hargrove se encogió de hombros—. Tú pegas muy bien, hijo, pero ella actúa mejor.
—Lo sabía desde el casting. —Jonah asintió con absoluta seriedad mientras se echaba la mochila al hombro.
Billy siguió desmontando la cámara del trípode.
—No vuelvo a dejaros dirigir una película.
—Eso mismo dicen todos los grandes actores. Luego siempre vuelven para la secuela.