Punky: El perro que nos encontró 3
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Los días posteriores al regreso de la señorita Hope tuvieron algo extraño. No era exactamente alegría. Se parecía más a esa sensación que queda después de una tormenta fuerte, cuando uno sale al porche y descubre que la casa sigue en pie, aunque todavía haya ramas rotas por el jardín.

Poco a poco Riverbend empezó a parecerse otra vez al pueblo de siempre.

May volvió a sacar las mesas metálicas a la acera y llenó el pequeño mercadillo de otoño de tarros de mermelada, velas con olor a canela y calabazas de todos los tamaños. En Maple Street volvió a escucharse la voz de alguna madre llamando a gritos a su hijo desde el porche.

—¡Danny! ¡A cenar!

Danny respondió con el clásico «¡Cinco minutos!», una batalla que llevaba perdiendo desde principios de los noventa.

En el jardín de los Johnson, Cole intentaba batear una pelota de béisbol mientras Mozart dormitaba panza arriba sobre la hierba, ajeno al entusiasmo de su dueño y al hecho de que el mundo hubiera estado a punto de romperse unas semanas antes.

Los periódicos seguían dedicando páginas enteras al Domino's Killer, pero ya no eran lo único de lo que hablaba la gente.

Poco a poco las conversaciones volvieron a llenarse de asuntos importantes: los Patriots, el precio de la gasolina, la feria de otoño, el nuevo videoclub de Fairview o el misterio de quién seguía robando las calabazas que el señor McAllister dejaba cada año delante de su tienda.

Billy pensaba en todo aquello una mañana, sentado al fondo del aula de Biología, junto a la ventana. El viento hacía bailar las ramas de los arces del patio cuando la puerta se abrió y el profesor Arnold apareció cargando una maceta entre los brazos.

Como casi todos los lunes, llevaba una de sus inconfundibles camisas hawaianas.

Aquella estaba cubierta de hibiscos rojos y hojas verdes tan grandes que Jonah sostenía desde hacía dos cursos que, si algún día el profesor se perdía en la selva, solo tendrían que buscar la única planta que llevaba gafas.

Arnold dejó la maceta sobre la mesa con el mismo cuidado con el que otros profesores apoyaban una caja de reactivos.

—Hoy vamos a hablar de especies invasoras.

Un suspiro colectivo recorrió la clase.

Billy, en cambio, se incorporó un poco en el asiento. Había algo en aquella planta que le resultaba familiar.

Esperó a que Arnold terminara de colocar la maceta y apenas necesitó unos segundos para reconocer las hojas dentadas, las pequeñas flores blancas y aquel aspecto desgarbado que la hacía parecer una mala hierba cualquiera.

Levantó la mano.

—¿Eso es ambrosía?

Arnold alzó la vista y sonrió.

—Correcto, Billy.

Varias cabezas se volvieron hacia él casi por instinto. Desde el rescate de Hope, cualquier cosa que dijera parecía despertar más atención de la necesaria.

—Mi madre me enseñó a reconocerla.

—Entonces tu madre sabía de lo que hablaba. —Arnold hizo girar ligeramente la maceta sobre la mesa—. La ambrosía se ha extendido muchísimo por toda Nueva Inglaterra durante los últimos años.

Billy volvió a fijarse en la planta. Costaba creer que algo tan corriente pudiera llamar la atención de nadie. Parecía una de esas hierbas que crecían al borde de cualquier carretera sin que nadie se molestara en arrancarlas.

—¿Para qué sirve?

Arnold apoyó una cadera sobre la mesa.

—Depende de quién la utilice. Algunas comunidades la han empleado tradicionalmente como remedio casero, aunque su eficacia sigue siendo bastante discutida.

Jonah arqueó una ceja sin apartar la vista de la planta.

—Oeeer... Eso suena exactamente igual que todas las historias que acaban con alguien en Urgencias.

—A veces acaban así. —Arnold sonrió antes de volver a mirar la maceta.

Billy levantó otra vez la mano.

—¿Y es verdad que hay gente alérgica?

—Muchísima.

—¿Qué les pasa?

Arnold cruzó los brazos antes de responder.

—Lo más frecuente son estornudos, irritaciones, problemas respiratorios o erupciones en la piel. Pero hay personas que reaccionan de otras maneras.

—¿Cómo? —preguntó Billy.

—Fatiga. Debilidad. Somnolencia. Mareos... Algunas llegan a sentirse completamente agotadas durante horas.

Billy dejó de escuchar. El aula desapareció durante un instante. Solo quedó la habitación del hospital. Hope. La flor. Claire hablando de alergias durante la cena como si estuviera comentando el tiempo.

—¿Por qué lo preguntas?

Billy levantó la vista. Media clase lo observaba. Jonah mantenía una ceja arqueada; Dolores esperaba la respuesta con el bolígrafo suspendido en el aire y hasta un par de alumnos de las primeras filas habían dejado de escribir.

—Por nada.

—Si lo dices tú... —Arnold sonrió y volvió a la pizarra.

La carcajada llegó desde la última fila. Aaron Mercer seguía balanceándose peligrosamente sobre las dos patas traseras de la silla, ignorando que todos los profesores de Riverbend High llevaban años esperando el día en que terminara estampado contra el suelo.

—Seguro que está resolviendo otro caso.

Algunas risas respondieron casi por inercia, pero se apagaron enseguida. Antes del verano aquello habría bastado para poner media clase patas arriba. Aaron lanzó una rápida mirada alrededor, esperando que alguien rematara la broma.

Nadie lo hizo. Esperó apenas un instante más y, al comprobar que el silencio seguía adueñándose del aula, señaló la maceta con la barbilla y sonrió de nuevo.

—Tened cuidado. Igual al final descubrimos que el asesino era una planta.

Arnold dejó que aquellas palabras flotaran unos segundos mientras terminaba de escribir en la pizarra. Solo entonces se volvió, todavía con la tiza entre los dedos, y observó a Aaron con esa paciencia resignada que parecía haber desarrollado después de demasiados años dando clase.

—Aaron... si algún día consigues convertirte en una planta, serás la primera capaz de suspender Biología.

La carcajada fue inmediata, mucho más sonora que cualquiera de las que Aaron había conseguido arrancar aquella mañana.

Recorrió el aula con la mirada buscando alguna complicidad.

Tyler seguía riéndose sin demasiados motivos, pero Jamal permanecía callado, apoyado sobre la mesa y con la vista fija en él.

Aaron sostuvo aquella mirada apenas un segundo, antes de bajar las patas delanteras de la silla con un golpe seco, abrir el cuaderno y no volver a intervenir en toda la clase.

La campana sonó pocos minutos después y el aula se convirtió en el caos habitual de sillas arrastrándose, mochilas golpeando pupitres y alumnos convencidos de que llegar cinco segundos antes al pasillo podía cambiarles la vida.

Billy guardó el cuaderno casi sin darse cuenta.

La ambrosía seguía rondándole la cabeza.

Al salir del instituto, septiembre los recibió con ese olor a hierba recién cortada que llegaba desde los campos deportivos. El sol todavía calentaba las aceras, aunque ya no tenía la fuerza testaruda de agosto, y una brisa suave empezaba a amontonar hojas amarillas junto a los bordillos.

Billy y Jonah caminaron un buen trecho sin hablar.

En Maple Street un hombre lavaba su vieja camioneta con la radio a todo volumen.

Dos niñas dibujaban rayuelas con tiza en la acera y, unos metros más adelante, el señor Donnelly discutía con el cartero porque juraba que alguien seguía robándole la revista de pesca.

Riverbend parecía el mismo de siempre. Aunque bastaba quedarse quieto unos segundos para descubrir que todavía había algo distinto.

Una furgoneta desconocida cruzó despacio la avenida y dos conversaciones se apagaron casi al mismo tiempo.

Una madre esperó en el porche hasta que su hija cerró la puerta de casa antes de entrar ella también.

Al otro lado de la calle, una mujer observó unos segundos al repartidor de paquetería antes de abrir.

Jonah rompió el silencio.

—Así que... ambrosía.

—Sí.

—Tio, llevas diez minutos sin escucharme.

—Eso no es verdad.

—Acabo de contarte que estoy pensando en comprar una iguana.

—¡Que va! No has dicho eso.

—Je je je —Jonah sonrió—. Quería comprobar si seguías en este planeta.

—Estoy pensando.

—Ya lo sé. Cuando piensas pones esa cara. —Arqueó las cejas hasta límites casi imposibles—. La de detective de película barata.

Billy resopló, divertido.

—Pues vaya.

—De nada, detective. —Jonah respondió con una exagerada reverencia.

Cuando llegaron a la plaza, Billy levantó la vista hacia la fuente del general Whitmore. Dolores estaba sentada sobre el borde de piedra, balanceando distraídamente un pie mientras sujetaba la mochila entre las piernas. Fue la primera en verlos. Levantó una mano.

—¡Eh! —Dolores levantó una mano al verlos y sonrió mientras se ponía en pie de un pequeño salto—. Os estaba esperando. ¿Puedo ir con vosotros?

Billy intercambió una mirada con Jonah.

—Claro.

—Gracias. —Se colgó la mochila al hombro y se reunió con ellos.

Los tres reanudaron la marcha bordeando la fuente.

La estatua de bronce seguía dominando la plaza desde lo alto del pedestal, con el sable apoyado sobre el hombro y la mirada fija en algún punto perdido del horizonte.

El tiempo había desgastado tanto sus facciones que resultaba difícil saber si llevaba un bigote imponente o simplemente la nariz era demasiado grande.

Jonah alzó la vista hacia la estatua.

—¿Sabéis quién es?

—Un señor con un bigote bastante mejorable. —La señaló con gesto solemne.

—Es el general Whitmore. —Dolores no pudo evitar sonreír.

—¿Whitmore? —Jonah frunció el ceño.

— Mi bisabuelo. O uno de ellos. Ya he perdido la cuenta.

—Un momento...

—Jonah... —Dolores arqueó una ceja divertida—. ¿Por qué crees que compartimos apellido?

Jonah abrió mucho los ojos.

—¡Yo pensaba que era casualidad!

—Contigo todo parece casualidad.

Dejaron atrás la plaza y enfilaron la avenida que llevaba hasta la gasolinera.

Billy caminó unos metros en silencio antes de mirar a Dolores.

—¿Tus padres no tienen miedo de que vuelvas andando?

—Mi madre dice que todavía es peligroso. —Dolores se encogió ligeramente de hombros.

—¿Y entonces?

—También dice que, yendo con el héroe de Riverbend... —Dolores sonrió de lado—. estoy más segura que ella.

—Está rojo. —Jonah lo señaló inmediatamente.

—Cállate.

—Je je… no puedo. Técnicamente estoy obligado a seguir observando el fenómeno.

Caminaron unos metros más entre las primeras hojas secas del otoño hasta que Jonah se dio una palmada en los muslos.

—Bueno... primero la gasolinera.

—¿Para qué? —preguntó Dolores.

—Ha salido el nuevo número de Fangoria . Hargrove dijo que intentaría guardarme un ejemplar.

—¿La revista de películas de miedo?

—La mejor revista del mundo.

Billy resopló.

—Lleva una semana hablando de ella.

—Porque trae una entrevista a John Carpenter.

—Y un póster de The Blair Witch Project —añadió Billy.

—¡Exacto! —Jonah abrió mucho los ojos—. ¿Ves? Empiezas a entender el cine.

— Bueno... supongo que tendré que asegurarme de que no hacéis ninguna tontería —Dolores sonrió.

—Esa es la actitud. —Jonah se echó la mochila al hombro—. Además, Hargrove siempre acaba invitándonos a un refresco cuando compra demasiados.

—Eso solo ha pasado una vez.

—Estadísticamente, todas las grandes tradiciones empiezan una vez —Jonah siguió caminando como si acabara de zanjar el asunto.

Los tres reanudaron la marcha entre bromas y una discusión que fue saltando de monstruos a películas y de ahí a cuál era el mejor director de la historia, perdiéndose poco a poco entre los árboles de Riverbend.