Punky: El perro que nos encontró 2 #2
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—Tengo una pregunta. —Jonah abandonó el sentimentalismo con la misma rapidez con la que había aparecido—. Si estabas castigado sin salir de casa, ¿qué hacías cerca del río? Según el periódico oíste unas voces por allí.

Billy tardó un momento en responder. La cascada apareció en su cabeza. El ruido del agua golpeando las rocas.

—Mi padre me dio un día libre antes de empezar las clases. Fui a un sitio al que iba con mi madre. Allí encontré a Punky. ¿Te acuerdas? Ya te dije que, al final, quien encontró a Hope fue ella.

Jonah frunció el ceño.

—Espera... rebobina un poco. ¿Me estás diciendo que conoces una cascada aquí, en Riverbend?

—Sí.

—¿Y llevamos siendo amigos todo este tiempo sin que me hayas hablado de ella? Vamos esta tarde. Bajamos por Elm Avenue, cruzamos Oak Square y en diez minutos estamos allí. Me vendrá bien un baño para borrar la imagen de mi tío sin bañador.

Billy se detuvo frente al aula de Ciencias.

Pensó en su madre. En todas las tardes que habían pasado allí, convencido de que aquel rincón solo les pertenecía a los dos.

—Todavía no.

Jonah dejó de sonreír.

Billy tardó unos segundos más en encontrar las palabras.

—Lo siento. Descubrí ese sitio con mi madre y... aún no estoy preparado.

Jonah asintió despacio.

—No te preocupes. Lo entiendo.

—Pero algún día te llevaré.

Jonah levantó un dedo.

—Eso ha sonado muchísimo a promesa.

—No lo era.

—Demasiado tarde. —Lo señaló con la manzana—. Según la legislación Rosenfeld, "algún día" tiene plena validez contractual.

—La legislación Rosenfeld te la inventas sobre la marcha.

—Somos un pueblo creativo.

Salieron al patio central arrastrados por la corriente de alumnos que cambiaban de aula.

En medio de la plaza seguía brotando la vieja fuente de piedra presidida por la estatua del general Nathaniel Whitmore, uno de aquellos héroes locales de la Guerra de Independencia cuya historia todo el mundo conocía...

o fingía conocer. La leyenda aseguraba que había ayudado a escapar hacia el norte a decenas de esclavos, aunque nadie sabía ya cuánto había de verdad y cuánto de orgullo de pueblo.

Lo único que seguía provocando discusiones era el bigote.

Medio Riverbend juraba que el escultor se lo había tallado; la otra mitad insistía en que solo era una sombra mal hecha bajo la nariz.

Billy siempre había pensado que el escultor tampoco debía de tenerlo demasiado claro.

A los pies del monumento, una placa de bronce recordaba que cada primavera el alcalde entregaba allí la Medalla General Whitmore al vecino que hubiera prestado el mayor servicio a Riverbend.

Jonah leyó la inscripción al pasar y le dio un codazo.

—¿Tú crees que algún día te darán esa medalla?

Billy soltó una risa.

—Jonah, tengo quince años. No voy a recibir ninguna medalla.

—Quién sabe...

Billy llegó a abrir la boca para responder, pero alguien pasó entre los dos y le descargó un hombrazo lo bastante fuerte para hacerlo trastabillar. La manzana escapó de la mano de Jonah, rebotó sobre el suelo encerado y fue rodando hasta detenerse junto a unas Nike completamente nuevas.

Ninguno necesitó levantar la vista. Aaron Mercer estaba allí, con Fred Nolan sonriendo antes incluso de saber de qué iba a reírse y Jamal Brooks arrastrando esa expresión cansada de quien había presenciado demasiadas veces la misma escena.

La manzana golpeó una taquilla con un ruido seco. Aaron ni siquiera la miró.

—Vaya, vaya... Mira quién tenemos aquí.

Jonah dejó escapar un suspiro.

—No.

Aaron arqueó una ceja.

—¿No qué?

—No vamos a hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Lo que llevas ensayando desde que nos viste al final del pasillo.

Fred soltó una carcajada.

Aaron apenas sonrió. Toda su atención seguía clavada en Billy.

—¿Qué tal, héroe?

El murmullo del pasillo pareció alejarse unos metros.

—Bien.

—Me alegro. No queremos que el héroe de Riverbend se haga daño.

Aaron sonreía igual que otros levantaban los puños. Billy siempre había pensado que era mucho más peligroso. Cuando gritaba o empujaba, al menos uno sabía de dónde iba a venir el golpe; cuando sonreía, en cambio, era porque todavía estaba decidiendo dónde clavar el cuchillo.

—He visto tu foto en el periódico... en la tele... hasta en la farmacia. La señora Atkins ha recortado la noticia y la ha pegado al lado de los preservativos.

Jonah cerró los ojos.

—Aaron...

—Dice que eres un ejemplo para la juventud. —Se encogió de hombros con una inocencia casi convincente—. Yo habría puesto a Batman, pero supongo que no había fotos suyas. Aunque, pensándolo bien... os parecéis bastante. Los dos casi huérfanos. Igual habría que llamarte Robin.

Alrededor escaparon varias risas. Jamal fue el único que permaneció en silencio. Aaron lo advirtió de reojo, pero, en lugar de detenerse, sonrió un poco más y dio otro paso hacia Billy.

—Déjalo ya —murmuró Jonah.

Aaron ni siquiera lo miró.

—Tengo una duda. —Ladeó apenas la cabeza sin apartar los ojos de Billy—. ¿Seguro que no fuiste tú quien secuestró a la señorita Hope?

El pasillo no llegó a quedarse en silencio, pero estuvo cerca. Las conversaciones continuaron alrededor de ellos, solo que más bajas, como si todo el mundo intentara escuchar sin que pareciera que estaba escuchando.

—Eres imbécil —dijo Jonah.

Aaron levantó las manos.

—Eh... solo hago una pregunta. —Aaron paseó la mirada por los curiosos que empezaban a reunirse alrededor—. Nadie encontraba a Hope... y, de repente, Billy aparece y sabe exactamente dónde está.

Sonrió apenas.

—Qué casualidad.

—Aaron. —Jamal apenas elevó la voz.

Aaron resopló por la nariz. La media sonrisa seguía ahí, aunque ya no parecía tan segura.

—Venga. Vámonos.

—Excelente idea —murmuró Jonah.

Aaron echó a andar, pero antes de desaparecer entre la gente volvió la cabeza un instante.

—Ya nos veremos, héroe. Bienvenido de vuelta.

Fred salió tras él todavía riéndose. Jamal fue el último en marcharse. Antes de doblar el pasillo volvió un instante la cabeza hacia Billy, como si quisiera decir algo, pero acabó siguiendo a los otros sin abrir la boca.

Jonah esperó a que desaparecieran y solo entonces se agachó para recoger la manzana. La examinó por los dos lados con una atención casi científica.

—Sigue siendo comestible. —Jonah le dio una vuelta a la manzana entre los dedos.

—Jonah... acaba de recorrer medio instituto.

—La ley de los cinco segundos.

—Eso no existe.

—Eso es microbiología. —Jonah le dio un mordisco y sonrió mientras masticaba—. ¿Ves? Sigo vivo.

Al cabo de unos segundos dejó de masticar.

—¿Qué te pasa Billy?

—No lo sé... Todo esto. Hope, los periódicos, Aaron... Siento que le he dado otra razón más.

—Billy... Aaron Mercer ya era imbécil antes de que encontraras a la señorita Hope. —Jonah volvió a morder la manzana sin darle demasiada importancia—. Y cuando tengamos ochenta años seguirá encontrando maneras nuevas de ser imbécil.

Iba a responder cuando Dolores Whitmore pasó junto a ellos con varios libros apoyados contra la cadera. Al oír el nombre de Aaron aflojó el paso y volvió la cabeza.

—No le hagas caso. —Dolores se acercó un poco más hasta quedar frente a él—. Yo creo que has sido muy valiente.

Billy levantó la vista.

—¿De verdad?

—Además... Aaron te tiene envidia.

—¿Envidia? —preguntó Billy sin apartar los ojos de ella.

—Supongo. —Dolores se encogió de hombros—. Tú sales en los periódicos y él lleva años intentando que todo el mundo hable de él.

—En serio, Dolores. —Jonah sonrió mientras negaba con la cabeza—. Tienes la extraña costumbre de aparecer justo cuando hace falta.

Ella bajó la vista un instante, algo incómoda.

—Qué va...

El pasillo seguía rugiendo a su alrededor.

Las puertas de las aulas se abrían y cerraban sin descanso, las taquillas metálicas chocaban unas contra otras y los profesores empezaban a asomarse con esa expresión de quien todavía confiaba en imponer algo parecido al orden durante el primer día de clase.

Billy la observó un instante. El verano le había dejado la piel ligeramente más dorada y el pelo, un poco más largo, le caía en ondas suaves sobre los hombros.

Llevaba unas pulseras nuevas que tintineaban cada vez que cambiaba los libros de brazo.

O quizá ya las tuviera en junio. Con Dolores nunca sabía cuánto había cambiado ella y cuánto cambiaba él cuando la tenía delante.

—Hola.

Billy respondió tan deprisa que casi se atropelló.

—Hoooola.

En cuanto lo dijo quiso meterse debajo de la taquilla.

—No le hagas mucho caso. —Jonah negó despacio con la cabeza—. Lleva semanas ensayando esta conversación.

—Eso no es verdad. —Billy se volvió hacia él.

—Claro que sí...

Billy le dio un codazo.

Dolores soltó una risa antes de negar con la cabeza.

—Qué locura lo de la señorita Hope, ¿verdad? Mi madre me lo contó en cuanto llegué ayer. Estuve todo el verano pensando en ella.

La sonrisa se le fue apagando poco a poco.