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El verano se marchó sin hacer ruido, como suelen marcharse las cosas importantes cuando uno todavía es un niño.
Billy nunca habría sabido señalar el día exacto.
No hubo una tormenta que anunciara el final, ni una mañana especialmente fría, ni nadie que dijera: «Ya está.
Se acabó». Un día levantó la vista y descubrió que algunos árboles junto al río empezaban a salpicarse de amarillo.
Las bicicletas dejaron de aparecer tiradas sobre los jardines al caer la tarde y, en el centro comercial de Fairview, las madres llenaban los carros de cuadernos, barras de pegamento y zapatillas nuevas mientras los padres caminaban detrás con la resignación de quien sospecha que el verano siempre dura menos de lo que debería.
Riverbend también trataba de recuperar una rutina olvidada durante semanas.
Después de tanto tiempo pendiente de una chica desaparecida, el pueblo empezaba a convencerse de que todo volvería a ser como antes.
Hope Callaghan estaba viva y, para muchos, aquello bastaba para pensar que lo demás terminaría arreglándose solo.
Durante varios días no se habló de otra cosa.
En la iglesia encendieron velas por ella; la ferretería colgó un enorme cartel de BIENVENIDA A CASA, HOPE , y en la cafetería de May apareció una fotografía recortada del periódico junto a la máquina del café.
Hope sonreía con el pelo recogido y aquella serenidad que las fotografías conservan incluso después de que la vida se haya encargado de borrarla.
Billy descubrió entonces algo sobre los pueblos pequeños: los milagros siempre duran menos que los rumores.
Al principio todo fueron abrazos, agradecimientos y conversaciones sobre la suerte, Dios, la policía, el chico que había encontrado a la profesora y, por supuesto, el perro.
Después llegaron las otras preguntas. Las que nacían al caer la tarde en los porches, en la cola del supermercado o junto a los surtidores de la gasolinera, donde la gente hablaba convencida de que bajar la voz convertía cualquier cosa en un secreto.
¿Era repartidor o solo alguien disfrazado? ¿La había estado vigilando?
De pronto todo el mundo parecía haberlo visto alguna vez.
Unos aseguraban que se había sentado varias filas más abajo durante un partido de béisbol; otros juraban haber coincidido con él comprando leche o esperando turno con una bolsa de patatas y una Coca-Cola entre las manos.
Nadie sabía realmente quién era, pero en Riverbend la imaginación siempre había trabajado más horas que la memoria.
Los periódicos tampoco ayudaron. Al principio lo llamaron el secuestrador de Riverbend, pero, cuando Hope pudo declarar, recordó un detalle que hasta entonces nadie había considerado importante: el hombre que la abordó llevaba una gorra y una chaqueta de Domino’s.
La información se filtró antes de que terminara la investigación y, apenas un par de días después, Martin Ellis, un veterano reportero del Boston Globe, utilizó por primera vez un nombre nuevo.
Domino’s Killer.
Algunos protestaron enseguida. Decían que parecía más una campaña publicitaria que el apodo de un asesino; otros aseguraban que era una falta de respeto para la empresa.
Dio igual. Los nombres malos tienen la desagradable costumbre de encontrar a la persona adecuada para pronunciarlos una sola vez.
Después pertenecen a todo el mundo. En menos de una semana era imposible entrar en una cafetería, una gasolinera o un supermercado sin escuchar a alguien decirlo en voz baja.
Hope había vuelto a casa, pero el miedo decidió quedarse un poco más.
Nadie habló de ello abiertamente. Simplemente empezaron a cambiar pequeñas costumbres.
Las madres dejaron de permitir que sus hijos volvieran solos cuando anochecía, los padres comprobaban dos veces las cerraduras antes de acostarse y aquella vieja competición de llamar a un timbre y salir corriendo desapareció casi de un día para otro, como tantas otras cosas que parecían eternas hasta que dejaban de serlo.
Incluso pedir una pizza dejó de ser un gesto rutinario; antes de abrir la puerta, más de uno miraba por la mirilla y esperaba a que el repartidor enseñara la identificación.
Riverbend seguía teniendo el mismo aspecto de siempre. Las mismas casas, los mismos jardines, las mismas bicicletas apoyadas junto a los porches. Solo que ahora el pueblo parecía caminar con los hombros un poco más tensos.
Billy empezó a notarlo en detalles que probablemente habrían pasado desapercibidos para cualquier otra persona.
Las ventanas se cerraban antes de que oscureciera, algunos coches reducían la velocidad al cruzarse con un grupo de chavales y las conversaciones no se interrumpían cuando él aparecía por la acera; simplemente bajaban un poco el volumen, lo justo para que cualquiera entendiera que seguían hablando de él.
El primer día de clase llegó casi sin pedir permiso.
Riverbend High olía igual que todos los septiembres: a cera reciente sobre el suelo, a libros nuevos recién sacados del plástico y a esas taquillas metálicas que parecían conservar el olor de todas las generaciones que habían pasado por delante de ellas.
En los pasillos también flotaban otros aromas menos memorables —desodorante barato, chicle de sandía, colonia demasiado generosa— y un nerviosismo que ningún adolescente habría admitido ni bajo tortura.
El verano siempre cambiaba a la gente. Algunos regresaban diez centímetros más altos; otros aparecían con un corte de pelo nuevo o con la absurda convicción de que tres meses bastaban para convertirse en otra persona.
Billy cruzó las puertas principales con la mochila colgada de un hombro y la incómoda sensación de que habría preferido entrar por una ventana. O por un conducto de ventilación. Mejor todavía: no entrar.
Apenas había recorrido unos metros cuando empezó a notarlo.
No fue un silencio repentino; habría resultado demasiado evidente.
Las conversaciones continuaron a su alrededor, pero perdieron volumen, igual que una radio cuando alguien gira apenas el dial.
Una chica de segundo lo señaló discretamente mientras susurraba algo al oído de su amiga; dos chicos dejaron de reír junto a las máquinas expendedoras y, al cruzarse con él en el vestíbulo, el señor Braddock le dio una palmada en el hombro.
—Buen trabajo, Kowalski.
Billy respondió como respondía siempre que alguien esperaba de él una reacción que no sabía dar. Asintió, murmuró un «gracias» que apenas llegó a salirle de la boca y siguió hasta su taquilla. Entre las rendijas de la puerta encontró tres papeles doblados.
Los sacó uno a uno.
El primero decía: ERES UN HÉROE.
El segundo aseguraba que la madre de alguien opinaba que debería salir en televisión. El tercero ni siquiera era una nota. Alguien había dibujado un perro con una capa ondeando al viento y una enorme P en el pecho.
Hope nunca mencionó a Punky cuando habló con la policía. Bastante difícil había resultado convencerlos de todo lo demás. Aquel detalle solo lo conocían tres personas.
Levantó la vista. Jonah seguía apoyado en la taquilla de al lado, mordisqueando una manzana con la expresión más inocente que Billy había visto en su vida.
—Vaya, vaya...
La carpeta seguía cubierta de tantas pegatinas que parecía el escaparate de una tienda de cómics; el pelo continuaba desafiando todas las leyes conocidas de la física y las gafas nuevas aún le quedaban un poco grandes, como si estuvieran esperando a que su cabeza terminara de alcanzarlas.
—El héroe local... —anunció con solemnidad, señalándolo con la manzana—. El Batman de los pobres. El Indiana Jones de los sótanos. El chico que susurraba a los perros.
Billy cerró la taquilla de un golpe suave.
—Jonah, no empieces.
—No puedo. —Jonah dio otro mordisco a la manzana sin perder la expresión solemne—. Mi mejor amigo se convierte en una leyenda durante las vacaciones y pretendes que actúe con normalidad. Tengo responsabilidades como ciudadano.
—No soy una leyenda.
—Precisamente así empiezan todas.
Lo recorrió con la mirada de arriba abajo antes de asentir.
—Bueno... al menos confirmo que eres de carne y hueso. ¿Qué tal el verano?
Billy lo miró sin pestañear.
—¿Me estás preguntando qué tal el verano? ¿En serio? Sabes perfectamente que me lo he pasado castigado y encerrado con mi padre.
—¿Qué quieres? Es el primer día de clase. Hay unas normas sociales. —Se encogió de hombros—. Además, tu historia es muchísimo mejor que la mía.
—¿Qué historia?
Los ojos de Jonah se iluminaron.
—Mi tío Phil se cayó de una moto acuática delante de una familia entera de turistas canadienses.
Billy esperó.
Jonah hizo exactamente lo mismo.
—¿Y?
—Y perdió el bañador.
—¿Eso fue todo? —Billy arqueó una ceja.
—No, Billy. —Negó despacio, con infinita paciencia—. Cuando digo que perdió el bañador, quiero decir que el lago Winnipesaukee contempló cosas que ningún lago debería contemplar jamás.
Billy soltó una carcajada.
—Dios mío...
—Mi madre gritó, mi padre fingió no conocerlo y yo aplaudí. —Se llevó una mano al pecho—. Uno de los mejores momentos de la historia de la familia Kaplan.
Billy volvió a reír.
Jonah lanzó el corazón de la manzana hacia una papelera varios metros más adelante. Entró limpio.
—Sigo teniendo una puntería sobrenatural. —Levantó los brazos como si acabara de ganar un campeonato.
—Has tenido suerte.
—No desacredites el talento.
Echaron a andar.
Durante unos pasos ninguno dijo nada. Las taquillas se abrían y cerraban a su alrededor, algún profesor intentaba imponer un orden condenado al fracaso y el murmullo del instituto acababa fundiéndose en un único ruido de fondo.
Jonah carraspeó.
—Te he echado de menos, amigo.
—Yo también te he echado de menos.
Jonah volvió a llevarse una mano al pecho.
—Qué bonito... —Negó lentamente con la cabeza—. Voy a vomitar emoción.
—Eres idiota.
—Pero soy tu idiota.
Billy volvió a reír.