Punky: El perro que nos encontró 1
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—No te quedes ahí plantado. Pasa.

Billy tardó un instante en reconocer la voz.

Empujó la puerta con cuidado. El olor llegó antes que la imagen: desinfectante, medicamentos, sábanas recién lavadas...

Ese olor limpio que tenían todos los hospitales y que siempre le había parecido el intento desesperado de un edificio entero por borrar el sufrimiento de quienes pasaban por allí.

La habitación era pequeña. La luz gris de la tarde entraba por la ventana y se derramaba sobre las paredes blancas, un ramo de flores demasiado grande para la mesilla, varias tarjetas escritas con prisas y un globo azul que empezaba a desinflarse.

Todo aquel esfuerzo por llenar la habitación de colores conseguía exactamente lo mismo que una tirita sobre una pierna rota.

Billy apenas reparó en nada de eso.

Miró directamente hacia la cama. La mujer descansaba incorporada sobre varias almohadas.

El camisón del hospital parecía quedarle grande y las sábanas apenas ocultaban un cuerpo mucho más delgado del que él recordaba.

Las clavículas marcaban sombras bajo la piel, las muñecas asomaban frágiles sobre la manta y el cabello rojizo, recogido sin demasiado cuidado, había perdido el brillo que Billy asociaba inmediatamente con ella.

Hasta las pecas que le cruzaban la nariz parecían haberse apagado después de tantas semanas lejos del sol.

Por un momento creyó estar mirando a una desconocida que solo conservaba el rostro de su profesora.

Entonces Hope levantó la vista y sonrió.

—¿Vas a quedarte toda la tarde ahí de pie? —preguntó con una voz todavía áspera, aunque inconfundiblemente suya—. Empiezo a pensar que el sótano te dejó algún trauma.

Al apartar por fin la vista de la cama reparó en el señor Hilton.

Seguía sentado a su lado, con un libro abierto sobre las rodillas que hacía mucho había dejado de leer.

Las ojeras le hundían la mirada, la barba le crecía sin ningún orden y la camisa estaba tan arrugada que parecía llevar varios días viviendo entre aquellas cuatro paredes.

Al reconocer a Billy levantó la vista y sonrió.

—Hola, Billy.

Billy soltó una risa nerviosa, la primera desde que había cruzado la puerta.

—Lleva dos días haciendo bromas malísimas —dijo el señor Hilton, señalando a Hope con una resignación tan afectuosa que parecía haber pasado media vida escuchándolas.

—Perdona —protestó ella, arqueando una ceja—. A mí me parecen estupendas.

—Cariño... son espantosas.

Hope dejó escapar un suspiro exagerado.

—Pues vaya. Supongo que el secuestrador también debió de llevarse mi sentido del humor...

Hilton resopló por la nariz.

—¿Ves? Justo de eso estaba hablando.

Hope volvió la cabeza hacia Billy y le hizo un gesto con la mano.

—¿Y tú qué? El William que yo conozco hacía tantas preguntas que algunos días me daban ganas de esconderme debajo de la mesa del profesor.

Billy bajó la vista.

—Supongo que... no sabía qué decir. —Vaciló un instante antes de añadir—. Y lo siento, señorita Hope.

—¿Estás de broma? Soy yo la que tiene que darte las gracias. Anda, acércate un poco. —Le hizo un gesto con la mano para que se acercara a la cama—. Me duele la garganta y todavía no me ha salido voz de soprano. Después de tanto gritar, cualquiera diría que he intentado cantar como Celine Dion.

Billy dio un par de pasos hacia ella.

—Creo que yo solo conozco a Neil Diamond...

Hope abrió mucho los ojos.

—¿Neil Diamond? William, ¿cuántos años crees que tengo? Ese lo escuchaba mi padre.

Hilton soltó una risa.

—Lo siento.

—No, hombre. —Hope sonrió—. Lo decía porque Celine Dion tiene una voz imposible y porque... da igual. No te he llamado para hablar de música.

La sonrisa permaneció unos segundos antes de suavizarse.

—Has sido muy valiente, Billy.

Él se encogió de hombros.

—Señorita Hope, yo solo seguí a un perro.

Hope sostuvo su mirada y asintió despacio.

—Y a veces con eso basta.

Billy bajó los ojos hacia la manta. Entonces recordó la mano que seguía escondiendo detrás de la espalda.

—Ah... Casi se me olvida.

Hope y Hilton lo miraron al mismo tiempo.

Billy sacó una flor silvestre que había arrancado del jardín del hospital mientras esperaba fuera. Había recorrido medio aparcamiento buscando la más bonita y, durante todo el camino hasta la habitación, había estado bastante orgulloso de la elección.

—Es para usted.

Hope la recibió con cuidado. La hizo girar entre los dedos y terminó levantando la vista hacia Hilton.

—Con que era eso...

Billy sonrió.

—¿Qué pasa?

Hilton se llevó una mano a la boca para contener la risa.

Hope volvió a mirar la flor.

—Nada... Solo que soy alérgica a la ambrosía. Ya decía yo que hoy me encontraba un poco más cansada.

Billy pasó la vista de la flor a Hope.

—Yo no quería...

—Tranquilo. —Hilton le quitó importancia con una sonrisa—. ¿Cómo ibas a saberlo? Además, después de sobrevivir a un secuestro, morir por culpa de una flor sería una forma bastante absurda de salir en los periódicos.

Billy se aclaró la garganta y adoptó la solemnidad de un presentador de informativos.

—«Profesora rescatada tras treinta y cinco días de cautiverio fallece por una flor entregada por uno de sus alumnos».

Hope soltó una carcajada que enseguida se convirtió en tos. Hilton ya le estaba acercando el vaso de agua.

—Despacio.

Hope bebió un par de sorbos, carraspeó y le devolvió el vaso.

—Gracias.

Hilton asintió y volvió a dejarlo sobre la mesilla antes de sentarse de nuevo.

Durante unos segundos nadie dijo nada. La habitación recuperó ese silencio tan particular de los hospitales, roto de vez en cuando por el chirrido de un carrito al otro lado del pasillo o el pitido lejano de algún monitor.

—En realidad te he hecho venir por otra cosa —dijo Hope al fin.

—¿Sí?

—La policía lleva dos días haciéndome siempre la misma pregunta. —Cruzó una rápida mirada con Hilton antes de volver a fijarse en Billy—. Quieren saber cómo me encontraste. Yo les cuento la verdad..., pero no saben muy bien qué hacer con ella.

—Hope...

—No, déjame terminar. —Levantó un dedo hacia Billy—. Díselo tú.

Billy parpadeó.

—¿El qué?

—Cómo llegaste hasta el sótano.

—Seguí a un perro —respondió encogiéndose de hombros.

Hope volvió despacio la cabeza hacia Hilton.

—¿Ves?

Hilton levantó las manos.

—Nunca he dicho que no te crea.

—Llevas dos días buscando otra explicación.

—Llevabas treinta y cinco días encerrada en un sótano —respondió con infinita paciencia—. Perdóname si intento contemplar todas las posibilidades.

Hope estuvo a punto de replicar, pero las palabras se le quedaron a medio camino. Desvió la mirada hacia la ventana.

—Al principio pensé exactamente lo mismo. Creí que los ladridos también estaban en mi cabeza.

El silencio regresó unos instantes.

—Había perdido la cuenta de los días. A veces oía pasos. Otras, puertas. Incluso voces. Ya no sabía qué era real y qué no..., pero los ladridos seguían volviendo. Y, al cabo de un rato, siempre aparecía comida. Un trozo de pan..., un sándwich aplastado..., una vez hasta medio perrito caliente.

Arrugó la nariz.

—Bastante malo, por cierto.

—Seguro que era de la gasolinera. —Hilton sonrió de lado—. Hargrove nunca ha sabido comprar perritos calientes.

Billy sonrió. Hope también, aunque enseguida volvió a ponerse seria.

—Durante días pensé que había otra persona escondida en la casa. Alguien que sabía que yo estaba allí y que, por el motivo que fuera, no podía acercarse. Llegué a imaginar que era otra chica... o cualquiera.

—Nunca imaginé que fuera un perro. —Levantó la vista hacia Billy—. Punky me mantuvo con vida.

Billy frunció el ceño.

—¿Punky?

—La perra. —Hope sonrió con cansancio—. Tú y ella me sacasteis de allí.

Guardó silencio un instante antes de añadir:

—Siempre os estaré agradecida.

Las últimas palabras apenas habían salido de su boca cuando cerró los ojos un instante y dejó caer la cabeza sobre la almohada.

Hilton se inclinó hacia ella.

—Ya está bien por hoy.

Hope abrió un ojo.

—Estoy bien...

—Hace cinco segundos estabas quedándote dormida.

—Eso solo demuestra que puedo dormirme muy deprisa.

—Y también que llevas media hora intentando convencerme de que no necesitas descansar.

Ella suspiró con resignación y volvió la cabeza hacia Billy.

—¿Ves con lo que tengo que vivir?

Mientras hablaban siguió observando al señor Hilton.

No parecía capaz de apartar la atención de Hope más de unos segundos.

Bastaba que cambiara ligeramente de postura para que él se incorporara; si alargaba la mano hacia el vaso, ya lo estaba acercando; cuando intentó acomodarse mejor sobre la cama, Hilton recolocó la almohada antes incluso de que terminara el movimiento y le apartó con cuidado un mechón pelirrojo de la frente.

Hope levantó una ceja al descubrirlo mirando.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Menos mal. Pensé que se te había olvidado cómo hablar.

Billy se rascó la nuca.

—No... estaba pensando. Es igual.

Hope volvió a acomodarse sobre la almohada.

—¿Sigues queriendo ser astronauta?

Billy hizo una mueca.

—Creo que ya no.

—Mejor. —Lo señaló con un dedo—. Porque yo creo que serías un buen detective.

Billy soltó una risa.

—¿Yo?

—Claro. Como el policía de esa serie... —Frunció el ceño mientras buscaba el nombre—. El que iba siempre con el pastor alemán...

—¿Rex?

Los ojos de Hope se iluminaron.

—¡Ese! Me encantaba. Aunque, siendo sinceros, Punky se parece muy poco a Rex.

Hilton asintió.

—Rex obedecía.

—Exacto. Punky hace exactamente lo que le da la gana.

Le costaba reconciliar a aquella mujer que reía con la imagen que había tenido de ella durante aquellas cinco semanas. Había pasado demasiadas noches preguntándose dónde estaría para imaginar algo tan sencillo como volver a verla hacer una broma.

Cuando la habitación recuperó el silencio, Billy volvió a mirarla.

—Señorita Hope...

—¿Sí?

—¿Por qué la llamó Punky?

Hope tardó un momento en responder.

—No lo sé. Así los llamaba de pequeña. De niña quería un perro más que cualquier otra cosa del mundo.

Hilton volvió la cabeza hacia ella.

—Eso nunca me lo habías contado.

Hope sonrió.

—Hay cosas que una arqueóloga desentierra poco a poco.

Billy esperó.

—Me sabía el nombre de todos los perros de Riverbend. De todos. Aprendía quién vivía en cada casa solo para poder saludarlos cuando pasaba por delante.

—¿Y nunca tuviste uno?

Hope negó despacio.

—Nunca. Era alérgica.

Billy dejó escapar una risa.

—Eso sí que es mala suerte.

—Créeme, ya lo sé. —La sonrisa se le volvió un poco más lejana—. Mi padre intentó arreglarlo una vez. El día de mi cumpleaños apareció con un cachorro precioso. Duró exactamente una tarde en casa.

Hilton no dijo nada.

—Acabé en urgencias antes de cenar.

Billy abrió mucho los ojos.

—¿Y qué pasó?

Hope bajó la vista.

—Tuvimos que devolverlo al refugio del señor Maddison. —Calló un instante antes de sonreír con tristeza—. Mi padre intentó animarme comprándome un Pokémon Yellow unos días después. Decía que Pikachu daba menos alergia que un labrador.

Sonrió un poco más.

—Funcionó... más o menos.

Negó despacio con la cabeza.

—Pero todavía recuerdo la cara que puso aquel cachorro cuando nos vio marcharnos. Eso no se me ha olvidado nunca.

Hasta el señor Hilton terminó riéndose. Fue una risa breve, cansada, pero bastó para aliviar la habitación unos segundos.

Al otro lado de la puerta alguien cerró una habitación de un portazo; una televisión murmuraba en alguna parte del pasillo y la luz de la tarde empezaba a apagarse detrás de la ventana.

Billy aprovechó aquella pequeña tregua.

—Entonces... ¿qué va a pasar con... Punky?

Hope buscó la mirada de Hilton. Él sonrió antes de responder, como si aquella conversación ya la hubieran tenido más de una vez.

—Se vendrá con nosotros.

Billy abrió mucho los ojos.

—¿De verdad?

—Bueno... lo intentaremos. —Hope dejó escapar una risa cansada—. La casa tiene jardín y Nathaniel dice que encontraremos la forma.

—Si hace falta, viviré con un aspirador pegado a la espalda —dijo Hilton, encogiéndose de hombros.

Hope le dio un golpecito cariñoso en el brazo.

—Exagerado. —Volvió la vista hacia Billy—. Ese perro me salvó la vida, William. No pienso dejarla en un refugio si puedo evitarlo.

Sonrió otra vez.

—Y cuando estemos instalados... tendrás que venir a verla. Te estará esperando.

—Lo prometo -dijo Billy.

—Trato hecho —dijo Hilton.

Billy los observó en silencio.

Desde que había entrado en aquella habitación no había dejado de descubrir pequeños gestos entre ellos: la forma en que Hilton esperaba a que Hope terminara una frase antes de hablar, cómo adivinaba cuándo iba a pedir el vaso de agua o cuándo un mechón de pelo empezaba a molestarle sobre la frente. La conocía incluso en los silencios.

Billy bajó la vista y pensó en su madre.