19 #2
No habría sabido decir cuánto tiempo llevaba caminando cuando volvió a oír el ladrido. Llegó amortiguado entre los árboles, desde algún punto situado bastante más arriba.
Billy resopló.
—Así empiezan todas las películas donde alguien acaba encontrando un cadáver.
El perro volvió a ladrar.
—Vale... y tampoco ayuda que parezca que me estés respondiendo.
Continuó abriéndose paso entre las ramas bajas, aunque empezaba a ser consciente de que la cascada había quedado mucho más atrás de lo que había imaginado al salir de casa aquella mañana. Todavía podía darse la vuelta. No lo hizo.
Fue entonces cuando distinguió una mancha oscura entre los árboles. Durante un segundo creyó que era una persona observándolo. Al acercarse descubrió una casa.
El bosque llevaba años reclamándola. La pintura había desaparecido casi por completo, la madera tenía el color gris de la lluvia, varias ventanas conservaban solo los dientes rotos de los cristales y del interior llegaba un olor agrio a humedad y madera podrida.
Sintió un escalofrío. Nunca había estado allí, pero la reconoció enseguida.
Todos los niños de Riverbend crecían escuchando historias sobre aquella casa, sobre todo las de Aaron Mercer, que juraba haber encontrado un sótano lleno de esqueletos, una pistola de la Guerra Civil y media docena de cosas más igual de improbables.
Billy hacía tiempo que había aprendido a no creerle demasiado.
Aun así, le bastó verla para reconocerla.
Todo el mundo en Riverbend la conocía: la Casa Hollow Creek.
Cada verano aparecía una historia nueva sobre aquella casa.
Un año alguien aseguraba haber visto a una mujer asomada a una de las ventanas durante una tormenta; al siguiente era una luz que se encendía de madrugada cuando el resto del bosque llevaba horas completamente a oscuras.
También corrían rumores sobre un asesino que había vivido allí escondido, varias personas enterradas bajo el sótano y otras historias que cambiaban un poco cada vez que pasaban de un niño a otro, hasta que ya nadie recordaba dónde terminaba la realidad y empezaba la imaginación.
Claro que era mucho más fácil reírse de aquellas historias sentado en el porche de casa, con Jonah exagerándolas todavía más, que plantado delante de la propia casa, solo, mientras el bosque parecía ir cerrándose a su alrededor.
El perro aguardaba junto a los escalones del porche, moviendo despacio la cola sin apartar los ojos de Billy, como si esperara una respuesta.
—No, no... Estás como una cabra.
El perro ladeó la cabeza.
—Ni de broma entro ahí.
Dos ladridos breves bastaron como respuesta. Después desapareció corriendo por un lateral de la vivienda.
—¡Eh!
Billy dio un paso, pero el perro ya había desaparecido.
El viento agitaba las ramas y alguna tabla del tejado crujía de vez en cuando. Los ladridos seguían llegando desde la parte trasera de la casa.
Dudó un instante y echó a correr. Cruzó el jardín cubierto de malas hierbas, subió los escalones del porche casi de un salto y rodeó la casa mientras la madera protestaba bajo sus zapatillas.
—¡Voy! ¡Ya voy!
Detrás de la casa el jardín había desaparecido hacía mucho tiempo.
Las ortigas y las zarzas se habían tragado casi todo.
Entre la maleza aún asomaban una vieja silla de jardín y la rueda oxidada de una bicicleta infantil.
Fue entonces cuando Billy vio varias cajas de pizza apiladas bajo una de las ventanas.
Se acercó. El cartón estaba húmedo y empezaba a deshacerse por los bordes, pero el logotipo seguía viéndose con claridad.
DOMINO’S
Billy frunció el ceño. Todo Riverbend daba por hecho que aquella casa llevaba años vacía y, sin embargo, las cajas no tenían el aspecto de llevar allí tanto tiempo.
Mientras las observaba le vino a la memoria una imagen absurda: Claire inclinándose sobre la mesa de la cocina para robarle las aceitunas negras de un trozo de pizza mientras aseguraba, con la boca ya llena, que solo estaba comprobando la calidad de los ingredientes.
Billy sonrió. Después volvió a fijarse en las cajas. El cartón estaba deformado por la humedad, pero no lo suficiente para llevar años allí. Como mucho, unas semanas. No encajaban con el resto de la casa.
El ladrido volvió a sonar, esta vez muy cerca. Billy dejó las cajas donde estaban y rodeó la casa casi sin pensar. Solo entonces vio la trampilla. La tierra, las ramas caídas y un tronco cubierto de musgo casi la ocultaban por completo. Sin el perro habría pasado de largo.
Billy señaló la trampilla.
—¿Ahí?
El perro volvió a ladrar.
—No estás bien de la cabeza.
El perro escarbó con más fuerza junto a la entrada y volvió a ladrar.
Billy recordó una de las manías de Claire.
Odiaba los sótanos. Decía que allí la luz desaparecía demasiado deprisa y que el aire siempre parecía más viejo.
De pequeño se reía de aquello. Ahora no le hacía ninguna gracia.
Miró la oscuridad y pensó en Hope. Después, casi sin querer, pensó en su madre.
—Mamá...
El perro respondió con otro ladrido y siguió escarbando junto al tronco. Empujó el tronco con las dos manos. No se movió. Cambió el apoyo de los pies, hizo más fuerza y la madera terminó cediendo con un crujido antes de rodar ladera abajo.
La entrada quedó completamente al descubierto. El perro descendió el primero. Billy dudó un instante. Detrás seguían sonando los pájaros y el viento entre los árboles. Desde el sótano llegó otro ladrido.
—Ya voy...
Bajó con cuidado. Los escalones estaban resbaladizos y el aire cambiaba a cada peldaño.
El calor del bosque desapareció casi enseguida, sustituido por un frío húmedo que olía a tierra mojada, moho y madera podrida.
Antes de perder por completo la luz del exterior levantó la vista una última vez hacia el rectángulo de cielo que quedaba sobre su cabeza.
Después siguió descendiendo hasta que la oscuridad terminó de envolverlo.
—¿Hola?
Su voz se perdió entre las paredes de piedra y regresó convertida en un eco apagado que apenas parecía suyo. Nadie respondió. Solo volvió a escucharse el ladrido del perro, esperándolo en algún lugar del fondo.
Billy descendió el último escalón y aguardó unos segundos a que los ojos se acostumbraran a la oscuridad.
El sótano era bastante más grande de lo que había imaginado.
La poca luz apenas alcanzaba para dibujar unas estanterías oxidadas, muebles cubiertos por sábanas, cajas amontonadas y una gruesa capa de polvo.
El perro lo esperaba al fondo de la estancia. Ya no ladraba. Permanecía inmóvil, con la vista fija en un rincón de la habitación, y Billy echó a andar hacia allí casi sin darse cuenta.
Al principio creyó distinguir poco más que una sombra encogida contra la pared.
El cabello rojizo le ocultaba buena parte del rostro y mantenía las rodillas abrazadas contra el pecho.
Durante un instante creyó estar viendo a su madre.
La melena cobriza era casi del mismo tono que recordaba en las fotografías.
—Mamá...?
El perro le lamió la mano. Billy dio otro paso y la luz terminó de iluminar el rostro.
No era su madre. Aquella chica era mucho más joven.
Era una muchacha. La esperanza apenas había durado un segundo.
Se arrodilló frente a ella. Ahora podía verla con claridad.
Las muñecas estaban marcadas por antiguas heridas.
Tenía los labios resecos, el rostro hundido y esa palidez de quien llevaba demasiado tiempo sin ver el sol.
El perro volvió a tirar suavemente de la manga, como si llevara días haciendo aquello.
Apartó con mucho cuidado el cabello que le cubría la cara.
La muchacha parpadeó varias veces antes de levantar la vista.
Sus ojos tardaron unos segundos en enfocar los de Billy y, cuando por fin lo hicieron, el corazón empezó a golpearle con tanta fuerza que creyó que iba a salírsele del pecho.
—¿Señorita Hope?... ¿De verdad es usted?
Ella parpadeó varias veces. Cuando por fin consiguió enfocar a Billy, el miedo empezó a desaparecer. Las lágrimas le llenaron los ojos.
—¿William?... Dios mio…Pensé que...
—Tranquila señorita Hope... Soy yo.
Hope seguía mirándolo como si aún no terminara de creer que estuviera allí. Al cabo de unos segundos dejó caer una mano sobre el lomo del perro. Él apoyó la cabeza en su regazo sin moverse.
Billy siguió de rodillas sin apartar la vista de ellos.
Nunca se había permitido pensar demasiado en la posibilidad de que una persona desaparecida regresara.
En Riverbend las personas desaparecidas no solían volver.
Primero eran carteles en las farolas. Después conversaciones cada vez más cortas. Al final, silencio.
Hope había vuelto.
Mientras veía a Hope acariciar al perro con la poca fuerza que aún le quedaba, Billy comprendió algo que nunca se había permitido creer. Si Hope había vuelto...quizá su madre también pudiera hacerlo.