Punky: El perro que nos encontró 19
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Al día siguiente, Billy salió de casa poco después de desayunar. Su padre cumplió su palabra. No hubo discusiones, amenazas ni una nueva colección de normas imposibles. Permaneció junto a la encimera con la taza de café entre las manos mientras Billy se colgaba la mochila al hombro.

—No vuelvas tarde.

Al cruzar el jardín miró por instinto hacia la cocina. Su padre seguía detrás de la ventana, inmóvil, con la taza olvidada entre las manos y la vista perdida en algún punto de Maple Street. Ni siquiera parecía estar mirándolo a él.

Echó a andar. Después de las últimas semanas, los dos necesitaban lo mismo: un poco de distancia. La señora Parker ya estaba inclinada sobre sus rosales, como todas las mañanas de junio, y el beagle de McMannaman volvió a ladrarle desde la acera de enfrente.

El sol empezaba a calentar el asfalto cuando recorrió Maple Street.

La panadería Doherty acababa de abrir y el olor a pan recién hecho todavía llegaba hasta la esquina antes de desaparecer al cruzar el viejo puente de madera.

Lo cruzó y tomó el viejo sendero de Willow Bend, ese que Claire insistía en llamar "el camino largo" aunque siempre fuera el más corto para llegar a la cascada.

A lo lejos, una radio anunciaba otra derrota de los Red Sox antes de perderse bajo los acordes de Pretty Fly (for a White Guy) , de The Offspring, que se fueron apagando entre los árboles.

A partir de allí el bosque se tragó cualquier otro sonido. El aire olía a humedad y hojas viejas, y el sendero apenas existía para quien no supiera dónde buscarlo. Billy, sin embargo, avanzaba sin vacilar. Conocía cada curva, cada roca y cada árbol torcido del camino.

El sendero apenas existía para quien no supiera dónde buscarlo.

En algunos tramos desaparecía bajo raíces nudosas, piedras cubiertas de musgo y una alfombra de hojas secas que llevaba allí desde mucho antes de que terminara el invierno.

Billy, en cambio, avanzaba sin vacilar. Conocía cada curva, cada roca y cada árbol torcido del camino.

Habría podido recorrerlo con los ojos cerrados.

La cascada permanecía escondida entre dos paredes de roca.

No tenía nada de espectacular, y quizá por eso Billy siempre había pensado que era mejor que siguiera siendo un secreto.

Su madre la había descubierto una tarde de verano, después de empeñarse en seguir un sendero que apenas merecía llamarse sendero.

Billy aún recordaba el crujido de las ramas apartándose a su paso y la sonrisa con la que dijo:

—¿Ves? Si hubiéramos dado la vuelta hace cinco minutos, nunca habríamos sabido qué había aquí.

Billy todavía recordaba la sonrisa con la que había dicho aquello, porque al final resultó que tenía razón.

Encontraron la cascada casi por accidente y volvieron tantas veces que el sendero terminó pareciéndoles el pasillo de casa.

A veces llevaban bocadillos; otras, se limitaban a escuchar el agua mientras Claire repetía que ningún psicólogo podía competir con una cascada.

Nunca llevó allí a Jonah. La cascada pertenecía a otra clase de recuerdos.

Llegó poco antes del mediodía. El agua descendía con fuerza entre las rocas, todavía alimentada por el deshielo que bajaba desde las colinas del norte.

Billy dejó la mochila sobre una piedra plana, se quitó las zapatillas y metió los pies en el arroyo.

El frío le recorrió las piernas como una descarga y sonrió sin darse cuenta.

Claire decía que aquella agua seguía helada porque la montaña aún no había despertado del invierno. Billy nunca supo si era verdad. Lo único cierto era que, cada vez que volvía allí, el ruido del agua hacía el mundo un poco más ligero.

Las libélulas patrullaban el arroyo. Billy sintió que el nudo del pecho aflojaba un poco. No era felicidad. Solo el ruido del agua consiguiendo que el mundo dejara de empujar.

El crujido de una rama lo devolvió de golpe al bosque.

Billy abrió los ojos y permaneció inmóvil.

El sonido había llegado desde el sendero, amortiguado por los helechos.

Esperó. Volvió a oírlo: hojas rozándose, otra rama partiéndose bajo un peso que avanzaba despacio entre la maleza.

Se puso en pie sin apartar la vista de los arbustos.

En cualquier otro momento habría pensado en un ciervo o en una ardilla.

Llevaba media vida caminando por aquellos bosques y conocía de sobra a sus habitantes.

Pero desde que Hope desapareció el lugar parecía otro.

Los árboles, el arroyo y el sendero seguían siendo los mismos.

El que había cambiado era él. Desde que Hope desapareció, cualquier ruido parecía esconder algo.

Durante un instante pensó en Aaron Mercer, pero descartó la idea enseguida. Aaron no caminaba una hora monte arriba ni aunque le regalaran entradas para la Super Bowl. Seguramente estaría en alguna playa del Mediterráneo contando mentiras a desconocidos.

El ruido volvió a sonar más cerca.

—¿Hola? —llamó Billy, alzando un poco la voz.

La única respuesta fue el rumor constante de la cascada.

Permaneció inmóvil, escrutando la espesura que bordeaba el arroyo.

Entre los helechos, junto a unas rocas cubiertas de musgo, algo acababa de agitar las hojas.

Al principio le pareció un simple destello blanco, apenas un movimiento fugaz entre la vegetación, pero volvió a verlo unos metros más allá.

Esta vez no tuvo dudas. Entre los helechos había pelaje blanco. El vuelco llegó antes que el recuerdo.

El animal salió despacio de entre los arbustos.

Bajó hasta la otra orilla y se quedó inmóvil.

El agua seguía corriendo entre los dos mientras Billy intentaba reconocerlo.

Primero vio la oreja doblada. Después las manchas irregulares del pelaje.

Cuando encontró aquellos ojos oscuros ya no le quedó ninguna duda.

—No puede ser...

El animal ladeó ligeramente la cabeza al oír su voz y a Billy le recorrió un escalofrío. Era el mismo perro que había surgido entre los árboles la noche de la búsqueda de Hope, el que apareció cuando todos empezaban a creer que la señora McCarthy no iba a salir nunca de aquel bosque.

Permanecieron mirándose unos instantes sin que ninguno de los dos se moviera. Al final, el perro rompió el silencio con un ladrido corto, se dio media vuelta y echó a andar con la tranquilidad de quien conoce el camino de memoria.

Billy frunció el ceño.

—¿Hola?

El perro siguió caminando. Unos metros más adelante volvió a ladrar y giró apenas la cabeza, como hacen los perros cuando esperan que alguien los siga.

—¿Qué quieres?

La pregunta sonó bastante ridícula incluso antes de terminar de pronunciarla.

El animal ni siquiera pareció prestarle atención.

Continuó avanzando y, unos metros más allá, volvió la cabeza apenas un instante.

Billy sintió de nuevo aquella impresión que ya había tenido durante la búsqueda de Hope.

No habría sabido explicarla. Simplemente tenía la incómoda sensación de que el perro esperaba que fuera detrás de él.

Aquello no tenía ningún sentido. Los perros perseguían pelotas, destrozaban zapatillas, robaban calcetines del cesto de la ropa y ladraban a los carteros.

No aparecían en mitad de un bosque para conducir a un chaval hasta quién sabía dónde.

Eso ocurría en las novelas de misterio que leía Jonah o en alguna película rara de domingo por la tarde, no en Riverbend.

El ladrido volvió a romper el murmullo del bosque.

Billy vio cómo la silueta blanca desaparecía otra vez entre los helechos y permaneció inmóvil unos segundos, con las zapatillas todavía en la mano.

A su espalda la cascada seguía cayendo, igual que llevaba haciéndolo toda la mañana.

Bastaba con darse la vuelta, regresar a la roca de siempre y convencerse de que nunca había visto a aquel perro.

En lugar de hacerlo, se calzó a toda prisa y echó a andar tras él.

Durante los primeros minutos todavía distinguía un sendero entre las raíces y las piedras, pero el bosque fue cerrándose poco a poco a su alrededor.

Las ramas lo obligaban a apartarlas con los brazos, el terreno se volvía cada vez más irregular y las copas de los árboles apenas dejaban pasar algunos jirones de luz.

Sin darse cuenta dejó también de oír la cascada.

El agua terminó perdiéndose detrás de él hasta que solo quedaron el viento, el zumbido constante de los insectos y aquel ladrido que aparecía de vez en cuando desde algún punto situado un poco más adelante: lo bastante lejos para no alcanzarlo y lo bastante cerca para impedir que se rindiera.

—Esto es una idea horrible... —murmuró Billy cuando una rama le arañó la frente.

Nadie pareció llevarle la contraria, aunque tampoco hacía falta. Siguió caminando. Hacía tiempo que había descubierto que algunas decisiones empezaban a parecer una estupidez mucho antes de encontrar el valor para abandonarlas, y aquella llevaba ya varios minutos entrando de lleno en esa categoría.

El perro avanzaba entre la vegetación con la facilidad de quien llevaba toda la vida moviéndose por aquel bosque.

Billy apenas alcanzaba a distinguir un destello blanco entre los helechos antes de perderlo otra vez de vista.

Cuando creía estar a punto de alcanzarlo, el animal ya esperaba unos metros más adelante.

Aquel perro no parecía andar perdido. Caminaba como si conociera el bosque de memoria. Billy empezaba a sospechar que el único que avanzaba a ciegas era él.

El terreno fue empinándose poco a poco. Las raíces afloraban de la tierra húmeda como viejas cicatrices y lo obligaban a mirar dónde ponía los pies.

Bajo la sombra de los árboles el aire era más fresco y olía a hojas mojadas, madera envejecida y esa humedad oscura que solo existe en los lugares donde el sol apenas consigue abrirse paso unas horas al día.