18 #3
Billy iba a decir algo más, pero entonces reparó en otro detalle: su padre no olía a cerveza.
Desde que su madre había desaparecido se había acostumbrado tanto a aquel olor que casi formaba parte de Rick, igual que la barba de varios días o las manchas de pintura de los pantalones.
Aquella noche solo percibía la humedad del césped, el aire fresco de la madrugada y el cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo sin descansar de verdad.
—Vamos dentro.
Rick volvió la vista hacia la calle antes de negar muy despacio.
—Estoy bien.
—Hace frío.
—Estoy bien, Billy —repitió, mientras una sombra de cansancio le cruzaba el rostro.
Billy iba a insistir, pero Rick cerró los ojos un instante y dejó escapar el aire con tanta lentitud que pareció vaciarse por dentro. Cuando volvió a abrir los ojos parecía otra vez él.
—No necesito ayuda.
Los dos permanecieron un momento frente a frente mientras Riverbend seguía dormido a su alrededor. No se veía una sola luz encendida y apenas se movían las hojas de los árboles. Era una de esas madrugadas en las que el pueblo entero parecía contener la respiración.
Al cabo de unos segundos Rick se dio la vuelta y echó a andar hacia la casa.
Billy lo siguió. Entraron sin encender ninguna luz.
Las viejas tablas crujieron bajo sus pasos mientras cruzaban el recibidor y subían la escalera.
Ya en el pasillo, Rick se detuvo frente a la puerta de su dormitorio con la mano apoyada en el picaporte.
—Mañana termina el castigo.
Billy asintió.
—Lo sé.
Su padre permaneció un segundo más junto a la puerta antes de abrirla.
—Vete a dormir.
Billy esperó a oír el leve crujido del somier al otro lado del tabique antes de regresar a su cuarto.
No encendió la luz. Conocía aquella habitación demasiado bien para necesitarla.
Abrió el cajón de la mesilla casi de memoria y sacó una fotografía cuyas esquinas llevaban años doblándose entre sus dedos.
Conservaba la pequeña arruga del borde superior y aquella mancha de humedad que apareció una tarde de lluvia y que nunca consiguió borrar del todo.
Se acomodó contra el cabecero mientras la sostenía entre las manos.
Claire sonreía desde una de las atracciones de la feria del condado.
El viento le revolvía el pelo, llevaba una blusa blanca, unos vaqueros gastados y aquellas gafas de sol enormes que insistía en ponerse porque decía que la hacían parecer una estrella de cine.
Billy pasó despacio el pulgar por el borde de la fotografía.
No era capaz de recordar aquella tarde entera.
La memoria siempre le devolvía retazos: el olor dulzón del algodón de azúcar, las bombillas encendiéndose cuando empezaba a caer la noche, la música de las atracciones mezclándose con las voces de la gente...
y, por encima de todo, la risa de Claire, que siempre encontraba la manera de sobresalir entre cualquier otro ruido.
Llamaron a la puerta con tanta suavidad que, por puro reflejo, escondió la fotografía bajo la almohada.
—¿Billy?
Era su padre.
—Sí.
La puerta se abrió apenas unos centímetros y Rick asomó la cabeza con un plato entre las manos. Billy no tardó en descubrir la porción de tarta de cerezas que descansaba sobre él.
—Toma.
Billy sonrió.
—Gracias.
—Espera a probarla antes de dármelas —dijo Rick mientras entraba y se sentaba despacio en el borde de la cama—. Sigue siendo tarta de cerezas.
—Y sigue sin gustarme.
—Eso también lo sé.
El ventilador giraba sobre sus cabezas con el mismo zumbido de siempre.
A través de la ventana llegó el rugido lejano de una motocicleta, que volvió a perderse entre las calles del pueblo.
Rick permaneció un momento con el plato entre las manos, distraído en algún pensamiento que Billy no alcanzaba a adivinar.
Al cabo de unos segundos levantó la vista y, sin señalar directamente la almohada, inclinó apenas la cabeza.
—¿Qué escondes ahí? —preguntó Rick, inclinando apenas la cabeza hacia la almohada.
—Nada —respondió Billy con una mueca.
Rick sonrió para sí.
—Billy...
—De verdad.
—Llevas quince años siendo un desastre mintiendo —dijo con una sonrisa.
Billy resopló por la nariz antes de sacar la fotografía de debajo de la almohada.
Rick la reconoció antes incluso de tenerla entre las manos. La sostuvo unos instantes en silencio, recorriendo el borde gastado con el pulgar, como quien vuelve a encontrarse con un objeto que conoce de memoria.
—Hacía tiempo que no veía esta.
—¿La hiciste tú?
Rick asintió sin apartar la vista de la fotografía.
—Con una cámara desechable. De las que prometían treinta y seis fotos y siempre encontraban la forma de morirse en la treinta y cuatro.
Billy soltó una risa.
Su madre seguía allí, con el pelo revuelto por el viento y una sonrisa tan grande que costaba creer que hubiera cabido dentro de un rectángulo de papel.
—Sale muy guapa.
—Ya lo creo —respondió Rick con una sonrisa apenas visible, sin dejar de contemplar la fotografía antes de levantarla un poco—. Ese verano estaba convencida de que se parecía a Rita Hayworth.
—Más o menos sé quién era... —frunció el ceño Billy—. Una actriz, ¿no?
—Una actriz... —repitió Rick con una risa baja—. Y probablemente la mujer más guapa que ha pisado Hollywood.
Billy señaló la fotografía.
—Después de mamá.
—Eso mismo le dije yo.
—¿Y?
—Que no tenía ni idea de quién era Rita Hayworth.
—¿En serio? —preguntó Billy entre risas.
—Completamente en serio. Me miró como si me hubiera inventado el nombre para ligar con ella. Hasta le aposté una cena a que, en cuanto viera una película suya, entendería exactamente de qué estaba hablando.
—¿Y la vio?
—La llevé al videoclub aquella misma tarde. Alquilamos Gilda . Se pasó media película diciendo que no se parecían en nada.
—¿Y al final?
—Al salir me dio un codazo y dijo: «Vale... un poco sí» —recordó Rick con una sonrisa.
Billy soltó otra carcajada.
—¿Y quién ganó la apuesta?
—Yo.
—¿Y qué cenasteis?
—Pizza —respondió Rick tras rebuscar un instante en el recuerdo.
—Claro —rió Billy.
—Tu madre era incapaz de perder una apuesta sin celebrarla con pizza.
Las risas fueron apagándose poco a poco. Rick volvió a bajar la vista hacia la fotografía y pasó el pulgar por el borde gastado antes de hablar casi para sí mismo.
—Lo curioso es que nunca terminó de creérselo.
Billy levantó la cabeza.
—¿El qué?
—Que era guapa.
.
Sonrió con una ternura que Billy llevaba demasiado tiempo sin verle.
—Podía comerse una pizza familiar ella sola, ponerse aquellas gafas enormes y salir de casa convencida de que tenía las orejas demasiado grandes o el pelo imposible. Y, aun así... era la mujer más guapa que he conocido en mi vida.
Billy volvió la vista hacia la fotografía. Rick hizo lo mismo y, durante un rato, ninguno encontró nada que añadir. Tampoco parecía necesario. A veces echar de menos a alguien consistía únicamente en compartir un silencio delante de una fotografía y aceptar que aquello bastaba.
Fue Rick quien terminó rompiendo el silencio. Señaló con la barbilla el plato que Billy seguía sosteniendo sobre las rodillas.
—Cómetela.
Billy hizo una mueca.
—No me gusta.
—Ya lo sé —respondió Rick, dando un golpecito con el dedo en el borde del plato antes de levantar la vista hacia él.
—Entonces... ¿por qué me la traes?
Rick tardó un instante en responder. Bajó la vista hacia la porción de tarta y sonrió para sí.
—Porque a ella sí le gustaba.
Billy no contestó. Se quedó mirando la tarta mientras Rick se levantaba despacio de la cama. Ya había llegado a la puerta cuando, con la mano apoyada en el pomo, se detuvo unos segundos, como si acabara de acordarse de algo.
—Mañana se acaba el castigo.
—Lo sé.
—Supongo que tendrás pensado desaparecer de casa en cuanto desayunes —dijo Rick, volviendo apenas la cabeza por encima del hombro.
—Puede —respondió Billy, intentando mantener el gesto serio.
—Mentirosillo... —rió Rick por lo bajo.
Billy levantó un poco el plato.
—¿Entonces...?
—Entonces procura volver para cenar —respondió Rick mientras terminaba de abrir la puerta.
—Lo haré.
—Ya veremos.
—Gracias, papá —dijo Billy con una sonrisa.
Rick respondió con un leve movimiento de cabeza. Ya estaba en el pasillo cuando volvió a detenerse. Permaneció unos segundos de espaldas, apoyado en el marco de la puerta.
—Billy...
—¿Sí?
—Nada. Duerme —murmuró al final, negando para sí con una media sonrisa.
—Buenas noches.
—Buenas noches, hijo.
La luz del pasillo desapareció y la puerta se cerró con un clic apenas audible.
Billy permaneció un rato más con la fotografía entre las manos. Después la dejó sobre la mesilla con el mismo cuidado con que se guarda algo que no puede romperse, cogió el tenedor y cortó un pedazo de tarta.
Seguía sin gustarle.
Aun así, aquella noche no dejó ni una sola miga.