18 #2
Billy sonrió sin darse cuenta. Había costumbres tan viejas como las grietas del techo del pasillo, e igual de imposibles de imaginar de otra manera.
Abajo volvió a hacerse un pequeño silencio.
—¿Dónde está?
Rick tardó un instante en responder.
—¿Quién?
—Billy.
—Ah... Está bien.
Aquella pausa bastó para que Billy imaginara a la señora McCarthy sujetando la fuente entre las manos, inclinando apenas la cabeza con la expresión de quien ya se arrepentía de haber hecho una pregunta completamente normal.
—Es que no lo he visto estos días.
—Está castigado.
—Vaya...
La mujer guardó silencio unos segundos. Cuando volvió a hablar lo hizo con la misma delicadeza con la que otras personas moverían un jarrón para no romperlo.
—Pues dígale que mis flores empiezan a echarlo de menos.
Rick dejó escapar una risa por la nariz.
—No está enfermo.
—Ya lo sé.
Hizo otra pausa antes de añadir:
—Pero mis flores lo echan de menos igualmente.
Aquella respuesta le arrancó una sonrisa de verdad. Hacía varios días que no sonreía así.
Escuchó los pasos de la señora McCarthy alejándose por el porche, el chirrido de la cancela al cerrarse y, unos segundos después, el golpe suave de la puerta principal. Permaneció un rato más junto a la ventana, viendo cómo la anciana se alejaba calle abajo con el plato vacío bajo el brazo.
Riverbend estaba lleno de personas como ella.
Gente que hablaba con las plantas mientras regaba el jardín, discutía con el cartero como si cada carta fuera un asunto de Estado o dejaba comida en el bosque para animales que probablemente nunca llegarían a ver.
Personas capaces de presentarse en tu puerta con una tarta recién hecha sin que nadie las hubiera invitado y conseguir que aquello pareciera la cosa más normal del mundo.
A veces el pueblo resultaba entrometido, exagerado e incluso un poco ridículo. Otras, sin embargo, tenía una forma muy particular de cuidar de los suyos que hacía difícil imaginarse viviendo en cualquier otro sitio.
Billy siguió dándole vueltas a aquella idea hasta que la tarde terminó de apagarse y la casa empezó a sonar distinta.
No necesitó bajar a la cocina para saber que su padre había abierto otra cerveza.
Hacía mucho tiempo que había aprendido a reconocer aquellos pequeños ruidos: el chasquido de la chapa al saltar, las botellas golpeándose unas contra otras, las puertas de los armarios cerrándose con un poco más de fuerza de la necesaria, unos pasos que parecían hacerse más lentos conforme avanzaba la noche y, tarde o temprano, el volumen del televisor subiendo lo suficiente para intentar llenar todos los silencios de la casa.
Aquella noche ocurrió exactamente igual.
Billy llevaba ya un rato despierto cuando oyó abrirse la puerta del dormitorio. Cerró los ojos por puro instinto.
Su padre permaneció unos segundos inmóvil junto al marco. Antes incluso de oír sus pasos, Billy reconoció el ritmo pausado de su respiración. Después llegaron los crujidos familiares de la madera mientras cruzaba despacio la habitación hasta detenerse frente a la vieja caja de cartón.
Seguía apoyada contra la pared, donde llevaba tantos años que casi formaba parte del dormitorio, igual que el armario, la mesilla o las marcas del papel pintado.
Rick no hizo ademán de tocarla. Se limitó a contemplarla bajo la tenue claridad que entraba desde el pasillo, como si aquellos pocos pasos fueran una distancia imposible de recorrer.
Billy sabía perfectamente lo que guardaba allí dentro.
Fotografías, cartas, postales de lugares a los que Claire siempre decía que algún día viajarían, entradas de cine, pulseras de conciertos, mapas doblados...
pequeños recuerdos sin ningún valor para cualquiera que los encontrara por casualidad y que, sin embargo, sostenían una vida entera.
—Deberíamos tirarla... —dijo para sí mientras se acercaba despacio—. Tirarlo todo... Las cartas, las fotos...
La voz se fue apagando por sí sola. Rick se pasó una mano por la cara mientras el ventilador seguía girando sobre sus cabezas con aquel zumbido perezoso que llevaba tantos veranos mezclándose con los ruidos de la casa.
—Hasta esta maldita casa.
Billy permaneció inmóvil bajo las sábanas.
Sabía que no hacía falta responder. Al amanecer la caja seguiría exactamente dónde estaba.
También las fotografías, las cartas y todos aquellos pequeños recuerdos incapaces de dejar marchar a Claire.
La casa tampoco habría cambiado. Seguiría guardando su olor en algún armario, su taza favorita al fondo de un mueble de la cocina y el eco de una risa que ninguno de los dos conseguía olvidar.
—Pero tampoco haríamos eso... ¿verdad? —sonrió con amargura.
La pregunta se perdió en la habitación. Rick no esperaba una respuesta. Quizá ni siquiera le estuviera hablando a Billy. Al cabo de unos segundos apagó la luz del pasillo y, antes de marcharse, dejó la puerta entornada exactamente igual que llevaba haciéndolo desde que Billy era pequeño.
Después sus pasos se fueron perdiendo por el pasillo hasta desaparecer por completo, y la casa volvió a quedarse en silencio. Solo permanecían el ventilador, algún crujido de la madera y esos pequeños ruidos que nunca desaparecen del todo durante una noche de verano.
Billy nunca supo qué fue exactamente lo que lo despertó.
Abrió los ojos y permaneció inmóvil, escuchando la casa.
El ventilador seguía girando sobre su cabeza con aquel zumbido cansino que parecía llevar allí desde siempre y, en algún lugar lejano de Riverbend, un perro ladró una sola vez antes de que el silencio volviera a cerrarse sobre el pueblo.
Se quedó mirando el techo unos instantes.
A esas horas Maple Street parecía abandonada.
Hacía mucho que había dejado de pasar algún coche, las luces de las ventanas se habían apagado una tras otra y el único sonido que sobrevivía era el del ventilador, mezclándose con los pequeños crujidos de una casa demasiado vieja para quedarse completamente quieta.
Estuvo a punto de darse la vuelta y volver a dormirse cuando algo llamó su atención.
No llegó a distinguir qué había sido. Quizá una puerta, quizá una ventana mal cerrada movida por el aire o, sencillamente, uno de esos ruidos que todas las casas hacen de madrugada y que durante el día pasan desapercibidos.
Giró la cabeza hacia el despertador. Las cifras verdes marcaban las dos y diecisiete. Esperó unos segundos con la respiración contenida. Nada. Solo al incorporarse descubrió el resplandor amarillento que entraba por la ventana: la luz del porche.
Apartó las sábanas y cruzó la habitación descalzo.
El cristal estaba fresco bajo la palma de la mano.
Al otro lado, el jardín aparecía envuelto en esa mezcla extraña de luz eléctrica y claridad de luna que solo existía durante las madrugadas de finales de agosto.
El rocío empezaba a cubrir el césped y la vieja valla proyectaba una sombra torcida sobre la hierba.
Rick estaba allí, inmóvil junto a la cerca, descalzo, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo y la vista perdida hacia Maple Street.
No era raro encontrar a su padre despierto a aquellas horas.
Lo extraño era la quietud. No fumaba, no llevaba una cerveza entre las manos ni caminaba arriba y abajo por el jardín como hacía cuando algo se le metía dentro y no encontraba la manera de sacarlo.
Permanecía inmóvil, contemplando la oscuridad con una paciencia casi hipnótica, igual que otras personas se quedan mirando el mar durante horas sin buscar nada en concreto.
La primera idea que se le pasó por la cabeza fue la más evidente: habría bebido demasiado.
Sin embargo, cuanto más tiempo lo observaba, menos convencido estaba.
Rick no se tambaleaba, tampoco hablaba solo ni daba la impresión de estar luchando contra alguno de esos fantasmas invisibles que últimamente parecían acompañarlo a todas partes.
Había algo distinto en él. Billy no habría sabido decir qué.
Salió al pasillo procurando no hacer ruido.
De noche la casa parecía otra. Las fotografías colgadas en las paredes se convertían en manchas oscuras, el frigorífico respiraba desde la cocina con un zumbido grave y las viejas tablas protestaban bajo sus pies descalzos mientras avanzaba hacia la entrada.
El aire conservaba el calor atrapado durante el día, mezclado con el olor de la madera vieja y el polvo que parecía vivir para siempre entre aquellas paredes.
Abrió la puerta principal con cuidado. La humedad de la madrugada le golpeó la cara. Olía a césped recién regado, a tierra húmeda y a ese final de agosto que empezaba a parecerse al otoño mucho antes de que el calendario estuviera dispuesto a admitirlo.
Bajó un escalón del porche.
—¿Papá?
Rick no reaccionó.
Billy descendió despacio los escalones y echó a andar por el jardín. El rocío le empapó los pies enseguida. Mientras se acercaba creyó distinguir un murmullo, apenas un hilo de voz que el viento estuvo a punto de llevarse antes de que alcanzara a reconocer una sola palabra.
—Claire...
Miraba Maple Street como si esperara que ocurriera algo.
—Papá.
Aquella vez sí lo oyó. Parpadeó despacio antes de girarse.
Durante un instante tuvo la expresión desorientada de quien despierta en mitad de la noche y necesita unos segundos para recordar dónde está.
La mirada pasó de Billy a la casa, de la casa a la valla y de la valla al jardín, hasta detenerse en sus propios pies descalzos, como si acabara de descubrirlos allí.
—No lo sé —murmuró Rick tras fruncir ligeramente el ceño, sin excusas ni el menor intento de disimular.