Punky: El perro que nos encontró 18
26%

18

Los castigos parecían mucho más largos cuando uno tenía once años.

Dos semanas quizá no significaran gran cosa para un adulto, pero para Billy eran casi una condena.

Rick lo había castigado hasta el final del verano y, aunque solo fueran catorce días, aquellos catorce días parecían eternos vistos desde su ventana.

Jonah, por supuesto, fue el primero en ponerle números a la tragedia.

A la mañana siguiente apareció poco después de las diez, pedaleando por Maple Street con esa energía desordenada que parecía acompañarlo desde que abría los ojos hasta que se acostaba.

Billy lo vio acercarse desde la ventana y, en cuanto Jonah levantó la cabeza y descubrió su cara detrás del cristal, abrió los brazos con un dramatismo digno de una película de guerra, como si acabara de encontrar al único superviviente de un naufragio.

Billy negó para sí con una sonrisa que no consiguió disimular.

Apenas un minuto después sonó el timbre.

Desde arriba oyó a su padre cruzar el salón; las viejas tablas protestaron bajo sus pasos y, enseguida, el chasquido de la puerta al abrirse dio paso a la voz inconfundible de Jonah.

—¿Puede salir Billy?

—No.

—¿No?

—No.

—¿Nada de nada?

Rick dejó escapar un suspiro.

—Nada de nada.

Billy apoyó la frente contra el cristal. Conocía aquel tono. Su padre solo hablaba así cuando estaba haciendo un esfuerzo por no perder la paciencia.

—¿Ni una hora?

—No.

—¿Media?

—No.

—¿Quince minutos?

—Jonah...

—¿Cinco?

—No.

El silencio se alargó unos segundos. Billy no podía verlos, pero imaginó perfectamente a Jonah con las manos en la cintura, reorganizando la estrategia como un general que acaba de perder una batalla sin la menor intención de renunciar a la guerra.

Cuando volvió a hablar lo hizo con la solemnidad de quien está a punto de presentar un informe científico.

—¿Cuánto tiempo está castigado?

—Lo que queda de verano.

—Señor Kowalski...

—¿Sí?

—Eso son dos semanas.

—Ya lo sé.

—Catorce días.

Billy imaginó a su padre apoyando una mano en el marco de la puerta.

—También lo sé.

—Trescientas treinta y seis horas.

Rick soltó el aire por la nariz.

—Gracias, Jonah.

—Veinte mil ciento sesenta minutos.

—De verdad... gracias.

—Y eso sin contar los segundos.

Billy tuvo que aplastarse una almohada contra la boca para no echarse a reír.

Rick guardó unos segundos de silencio antes de responder con absoluta seriedad.

—Vosotros los judíos sois muy buenos con las matemáticas, ¿verdad?

—Mi madre dice que eso es un estereotipo.

—Tu madre es una mujer inteligente.

—Eso intento explicarle siempre.

Durante unos instantes solo se oyeron el zumbido lejano de una cortadora de césped y una radio que algún vecino tenía demasiado alta. Un locutor comentaba el último desastre de los Red Sox con un dramatismo que hacía pensar que el futuro del país dependía de aquel partido.

—Bueno... pues dígale a Billy que ha venido su amigo.

Rick dejó pasar un segundo.

—No hace falta que me digas tu nombre.

—¿Por qué?

—Porque eres el único amigo que tiene.

Billy cerró los ojos.

Ya sabía exactamente por dónde iba a salir.

—También está Aaron Mercer.

Al otro lado de la puerta se hizo un silencio tan largo que Billy pudo imaginar la expresión de desconcierto de su padre.

—¿Quién?

—No se preocupe —dijo Jonah con toda naturalidad—. Billy lo entenderá.

Billy volvió a hundir la cara en la almohada para que la risa no llegara hasta la planta baja.

Rick, en cambio, ni siquiera hizo el menor esfuerzo por contenerse.

La carcajada resonó por el recibidor, limpia, breve y tan inesperada que Billy tardó un instante en reconocerla.

Hacía muchísimo tiempo que no la oía. Era la misma con la que llenaba el jardín durante las barbacoas de verano, la que sonaba mientras arreglaba la bicicleta de algún vecino o gastaba una broma que solo le hacía gracia a él.

Durante unos segundos, el hombre que estaba abajo dejó de parecerse al Rick de los últimos años.

Billy siguió sonriendo incluso después de que el silencio volviera a adueñarse de la casa. Solo por haber escuchado otra vez aquella carcajada pensó que quizá el castigo no fuera a hacerse tan interminable como había imaginado.

Cinco minutos después, incapaz de encontrar nada que hacer, volvió a asomarse a la ventana. Jonah seguía allí abajo. En cuanto lo vio aparecer levantó un brazo por encima de la cabeza, como si acabara de encontrar a un náufrago en una isla desierta.

—¡Eh!

Billy empujó la hoja de la ventana y se apoyó en el alféizar.

—¿Qué?

Jonah señaló la casa con el pulgar.

—Tu padre me cae bien.

—No digas eso muy alto —respondió Billy con una risa.

—Lo digo completamente en serio. Creo que le gusto.

—Jonah...

—Je, je, Billy... Creo que soy el hijo que siempre quiso tener.

—Lárgate.

—Nos vemos mañana.

—No.

—¿Pasado?

—Tampoco.

Jonah alzó la vista al cielo como si estuviera resolviendo una ecuación especialmente complicada.

—Bueno... entonces dentro de catorce días.

—Qué generoso.

—Intento ser un buen amigo.

Billy permaneció apoyado en el alféizar mientras veía a Jonah alejarse calle abajo.

La bicicleta dobló la esquina de Maple Street y desapareció entre las casas, pero él siguió mirando un rato más, con esa sonrisa que su amigo siempre conseguía arrancarle, incluso cuando se empeñaba en llevarle la contraria.

A veces pensaba que tenía muchísima suerte por haber conocido a Jonah. Otras, en cambio, estaba convencido de que era un desgraciado por no tener ningún otro amigo.

Lo más probable era que ambas cosas fueran ciertas.

Los días siguientes empezaron a pasar con una lentitud casi ofensiva. Billy acabó convencido de que alguien había estropeado todos los relojes de Riverbend y de que el tiempo, solo por fastidiarlo, caminaba a la mitad de velocidad.

Cada mañana lo despertaban el zumbido perezoso del ventilador, el olor del café que subía desde la cocina y aquella luz blanquecina de finales de agosto colándose poco a poco en la habitación.

Durante unos instantes olvidaba que seguía castigado.

Después miraba por la ventana y el recuerdo volvía a caer sobre él con la misma facilidad con la que uno recuerda que tiene fiebre al intentar levantarse de la cama.

Fuera, el verano continuaba exactamente donde lo había dejado el día anterior.

Los Johnson ponían en marcha los aspersores poco después de las nueve y Billy había oído tantas veces aquel chasquido metálico, seguido del silbido del agua, que habría sido capaz de adivinar la hora con los ojos cerrados.

Algunas mañanas veía a Cole correr descalzo por el jardín mientras Mozart perseguía los chorros, convencido de que tarde o temprano acabaría atrapándolos.

Maple Street tampoco parecía dispuesta a alterar sus costumbres.

El camión de Doherty dejaba el pan poco antes de las ocho; desde Chestnut Avenue llegaba el olor de la masa de Antonio's incluso antes de abrir y, cuando el viento soplaba desde Oak Square, hasta se oían las campanas de la iglesia mezcladas con la radio del señor Peterson.

El olor de la hierba recién cortada se mezclaba con el calor espeso que el asfalto empezaba a devolver incluso antes del mediodía y, de vez en cuando, aparecía el camión del helado.

Bastaba que sonara aquella música para que el barrio entero despertara. Las puertas se abrían, los niños salían disparados con las monedas apretadas en el puño y alguna madre gritaba desde el porche que esperaran a los pequeños o dejaran de correr antes de romperse la cabeza.

Billy contemplaba todo aquello desde la ventana como si estuviera al otro lado del verano.

Intentaba leer unas páginas de cualquier novela y aguantaba diez minutos, quizá doce, antes de levantarse otra vez.

Daba una vuelta por la habitación, hojeaba un cómic, volvía a mirar el reloj y descubría, entre incrédulo y resignado, que apenas habían pasado cuatro minutos.

A esas alturas estaba convencido de que el tiempo se estaba riendo de él.

Al menos Jonah seguía apareciendo con la puntualidad de una tormenta de verano. A veces se limitaba a cruzar Maple Street en bicicleta; levantaba una mano al descubrir a Billy detrás del cristal y seguía pedaleando sin detenerse, como si aquel saludo bastara para comprobar que seguía vivo.

Otras aparecía pedaleando desde Birch Lane, con la mochila colgada del manillar, después de cruzar Oak Square y media Elm Avenue solo para contarle que Cole Johnson había intentado estrenar una rampa nueva y había terminado de cabeza dentro de unos arbustos; que Aaron Mercer seguía siendo un imbécil certificado o que los Red Sox mantenían una guerra abierta contra sus propios aficionados.

La tarde del cuarto día volvió a sonar el timbre.

Billy reconoció antes el crujido de los muelles del sofá que el propio timbre. Escuchó a su padre incorporarse con aquel resoplido cansado que llevaba oyéndole desde hacía años, cruzar el salón mientras las viejas tablas protestaban bajo sus pasos y abrir la puerta.

No hicieron falta más de dos palabras para reconocer la voz que llegaba desde el porche.

Era la señora McCarthy.

La misma mujer a la que, unos días antes, había confundido con Hope en mitad del bosque.

—Buenas tardes, Rick.

—Buenas.

Hubo un breve silencio.

—Le he traído una tarta.

No necesitaba asomarse para saber cuál era. La señora McCarthy solo sabía hacer una tarta realmente buena y llevaba preparándola todos los veranos desde mucho antes de que él pudiera alcanzar la encimera de la cocina. De cerezas.

Con aquella tarta ocurría siempre lo mismo.

La señora McCarthy aparecía en el porche sujetándola con las dos manos; Claire fingía sorprenderse como si fuera la primera vez y, acto seguido, las dos repetían una conversación tan antigua que Billy llevaba años anticipando cada frase antes de que saliera de sus bocas.

Rick tampoco pareció haberla olvidado.

—No hacía falta...

—Ya estaba hecha.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.