17
Rick ya había bajado del porche cuando Billy salió de la patrulla.
La luz amarilla de la entrada le hundía sombras bajo los ojos y acentuaba la barba de varios días que le cubría las mejillas.
Llevaba la misma camiseta de tirantes y los pantalones salpicados de pintura con los que había salido de casa horas antes.
Parecía cansado. Mucho más cansado que enfadado.
Y eso, por algún motivo, inquietó a Billy incluso más.
Cerró la puerta de la patrulla con cuidado. Apenas había puesto un pie sobre la acera cuando la voz de su padre cruzó el jardín.
—¿Sabes qué hora es?
—Papá...
—No. No me llames así todavía. —Rick soltó una risa corta, sin humor—. Contéstame, Billy. ¿Sabes qué hora es? Te dije que te quedaras en casa.
El olor a cerveza llegó hasta Billy, aunque Rick seguía demasiado despierto para esconderse detrás de él.
—Solo quería ayudar.
—Ya. Claro. Todos quieren ayudar. Hasta que pasa algo. Tienes doce años. Doce, Billy. Doce.
—Precisamente por eso quería ir.
Rick negó muy despacio.
—No. No, precisamente por eso.
La última frase salió más fuerte de lo que Rick pretendía.
En el número 11, una cortina se movió apenas antes de volver a cerrarse.
Desde la casa de los Johnson llegó una ovación apagada por el partido y, dos jardines más abajo, el beagle de McMannaman ladró una sola vez antes de que Maple Street recuperara el silencio.
Billy conocía aquel silencio. Sabía que detrás de más de una ventana de Maple Street había alguien escuchando y que lo mejor era quedarse quieto, esperar y dejar que pasara la tormenta.
La puerta de la patrulla volvió a abrirse a su espalda.
—Buenas noches, Rick —dijo Morrigan mientras cerraba con suavidad y se acercaba al jardín.
Rick apartó por fin la vista de Billy.
—Morrigan.
—Solo he traído al chico a casa. También ha estado ayudando en la búsqueda.
—Ya veo. —Rick dejó escapar el aire y miró un momento hacia la patrulla—. Eso también lo veo.
Morrigan esperó unos segundos. Rick se pasó una mano por la cara antes de mirarlo.
—¿Tú tienes hijos?
—No.
— Ya... Pues entonces no. No lo sabes —Rick se volvió hacia el final de la calle, donde el bosque comenzaba a tragarse la luz de las farolas—. Primero desaparecen chicas. Luego una profesora. Y ahora mi hijo... mi hijo decide que es buena idea meterse ahí dentro. Solo. De noche.
Respiró hondo y volvió a mirar a Billy.
—Dime una cosa, Morrigan... ¿Qué querías que hiciera? ¿Eh? ¿Esperar sentado? ¿Volver a perder a alguien? ¿Otra vez?
—No —dijo Morrigan al cabo de un momento.
Rick soltó una risa seca.
— Eso pensaba.
—Pero tampoco puedes pasarte el resto de la vida intentando protegerlo de todo. —Morrigan apoyó una mano sobre el techo de la patrulla.
Rick sostuvo su mirada antes de negar muy despacio.
— Eso... eso es muy fácil de decir cuando luego vuelves a casa y... Bueno. Cuando el hijo no es el tuyo.
Nadie añadió nada. El silencio volvió a instalarse en Maple Street mientras el murmullo lejano de un televisor escapaba por alguna ventana abierta y el viento hacía moverse las ramas del arce que crecía frente a la casa.
Billy observó a su padre sin decir una palabra. Rick seguía mirando hacia el bosque, con los hombros caídos y una mano todavía cerrada junto al cuerpo. Ya no parecía enfadado. Parecía asustado.
Morrigan no insistió. Se acercó a Billy y le apretó ligeramente el hombro.
—Será mejor que entres, muchacho.
—Sí, señor.
Billy echó a andar hacia el porche y ya había pasado junto a su padre cuando oyó a Morrigan a su espalda.
—Ve con calma, Rick.
—Que te den —respondió Rick sin volverse.
Billy cerró los ojos apenas un instante. No le sorprendió. Si hubiera tenido que apostar dinero antes de salir de la patrulla, habría elegido exactamente esa respuesta.
Rick esperó a que las luces traseras doblaran la esquina de Maple Street antes de abrir la puerta.
—Estás castigado. Sube, sube a tu cuarto.
No discutió. Hacía tiempo que sabía reconocer las conversaciones que no llevaban a ninguna parte.
La casa parecía aún más silenciosa después del ruido de las ambulancias y los coches patrulla.
Mientras subía la escalera alcanzó a oír a su padre en la cocina: una silla arrastrándose sobre el suelo, la puerta de un armario que se abría, el golpe apagado de un vaso contra la encimera. Luego todo volvió a quedar en silencio.
Se dejó caer sobre la cama sin quitarse siquiera las zapatillas.
El ventilador seguía girando despacio sobre su cabeza, incapaz de mover un aire que todavía conservaba el calor del verano.
Desde la ventana veía parte de Maple Street.
En casa de los Johnson seguía encendida la luz de la cocina.
En el porche de la señora Feldman seguía balanceándose muy despacio la mecedora vacía, aunque hacía rato que ella se había marchado a dormir.
A apenas unos metros, todo parecía igual que cualquier otra noche.
Abrió el cajón de la mesilla y sacó la carpeta donde llevaba semanas guardando todo lo relacionado con Hope.
Extendió los papeles sobre la colcha, separó los recortes de los mapas y ordenó las fechas antes de colocar su retrato en el centro.
Billy encontró la fotografía de su madre entre los demás papeles y la colocó a su lado.
Aparecía en una feria de verano, sujetando un algodón de azúcar casi tan grande como su cabeza mientras reía hacia alguien que había quedado fuera del encuadre.
Permaneció un buen rato mirando las dos fotografías. Las personas desaparecidas siempre parecían estar sonriendo. Como si las fotografías eligieran siempre el único instante en que todavía no sabían que iban a desaparecer.
Apoyó la espalda en el cabecero y volvió a revisar los mapas.
Siguió con el dedo las fechas marcadas en rojo, comprobó los nombres escritos al margen de los periódicos y movió uno de los recortes hasta colocarlo junto a la fotografía de Hope.
Pensó en las linternas avanzando entre los árboles, en el perro marrón apareciendo en la oscuridad y en Morrigan asegurando que al día siguiente volverían a buscarla.
Billy también volvería.
Fuera, Maple Street seguía en calma. Billy dejó la fotografía de su madre sobre la mesilla y la de Hope encima de los mapas. Durante unos segundos, antes de apagar la luz, volvió a mirar las dos sonrisas. Si encontraba a Hope, quizá también encontraría a su madre.