16
La patrulla avanzaba despacio por la carretera que atravesaba los bosques al norte de Riverbend.
A aquellas horas apenas circulaban coches. Los faros abrían un túnel de luz entre los árboles y el resto del mundo parecía haberse quedado atrás. Solo se oían el zumbido constante del motor, alguna interferencia perdida en la radio y el golpeteo regular de los neumáticos sobre el asfalto.
Billy dejó que la vista recorriera el interior del vehículo.
Había visto patrullas toda su vida. Desde la desaparición de Claire formaban parte del paisaje de Riverbend igual que los buzones de Maple Street o la torre de agua que dominaba el pueblo.
Aparcaban delante de casa, ocupaban medio jardín y entraban por la puerta principal a cualquier hora del día.
Los vecinos fingían barrer la acera mientras miraban de reojo, y los periodistas aparecían y desaparecían con la obstinación de las moscas en verano.
Aquella noche, sin embargo, nadie esperaba nada de él. No tenía que responder preguntas, recordar fechas ni repetir una vez más dónde había estado o qué había visto. Por primera vez desde que Hope desapareció, alguien se limitaba a llevarlo a casa.
Morrigan conducía con una mano apoyada en el volante y la otra cerca de la radio.
La luz azulada del salpicadero le marcaba el perfil mientras avanzaban entre los árboles.
No se parecía demasiado a los policías de las series que veía Jonah.
Más bien daba la impresión de ser un hombre cualquiera intentando terminar un turno que se había alargado más de la cuenta.
El silencio se instaló entre los dos con absoluta naturalidad.
La carretera seguía desplegándose delante del parabrisas mientras los faros arrancaban fugazmente de la oscuridad un buzón junto al arcén, una señal reflectante o la ventana iluminada de alguna casa perdida entre los árboles.
Billy acabó fijándose en la fotografía pegada junto al salpicadero. Un niño sonreía desde una bicicleta roja.
—Mi sobrino —dijo Morrigan sin apartar la vista de la carretera.
Billy retiró la mirada.
—Perdón... No quería fisgonear.
—¿Y quién ha dicho que estuvieras fisgoneando? —preguntó Morrigan mientras tomaba una curva con toda la calma del mundo.
Billy tardó un momento en responder.
—No sé... Estaba mirando.
—Las fotos están para que las miren.
Aquello le arrancó una sonrisa, no tanto por la frase como por la naturalidad con que Morrigan la había dicho, como si la curiosidad no fuera una molestia, sino algo perfectamente normal.
Volvió la vista al bosque. Al cabo de unos segundos le llegó un olor conocido. Loción para después del afeitado. Durante un instante dejó de ver los árboles. Volvió a tener once años, sentado en el sofá de casa mientras un policía le hacía las mismas preguntas una y otra vez.
Bajó despacio la vista hacia la placa del uniforme y volvió a levantar la cabeza.
—Usted estuvo allí... ¿verdad?
Morrigan dejó que la patrulla terminara la curva antes de responder.
—¿Dónde?
—Cuando desapareció mi madre.
—Sí. —Guardó un instante de silencio mientras dejaban atrás el cruce de Willow Road—. Estuve allí.
Billy asintió despacio.
—Lo recordaba más mayor.
—Y yo te recordaba bastante más pequeño —respondió Morrigan con una risa breve.
Un coche apareció en sentido contrario. Los faros inundaron el interior de la patrulla y desaparecieron casi de inmediato, devolviendo al bosque su oscuridad.
El coche quedó otra vez en silencio.
—¿La conocía?
—¿A tu madre? —Morrigan mantuvo la vista en la carretera.
Billy asintió.
—Un poco. A quien conocía de verdad era a tu padre.
Billy dejó escapar el aire despacio. No le sorprendía.
En Riverbend casi todo el mundo había conocido al Rick Kowalski de entonces: el hombre que aparecía después de cada tormenta para ayudar a levantar una valla caída, que nunca encontraba una excusa cuando un vecino necesitaba echar una mano y que organizaba barbacoas donde acababa reuniéndose medio pueblo.
Le costaba creer que aquel hombre y el que ahora se dormía cada noche en el sofá con una cerveza entre las manos fueran la misma persona.
—Mi padre ya no es así.
Morrigan tardó unos segundos en responder. Al final se limitó a asentir una vez.
—No.
La radio volvió a crepitar. Alguien cantó una matrícula, otra voz respondió con un código y el silencio regresó al coche casi de inmediato. Billy siguió un momento mirando por la ventanilla, hasta que las primeras luces de Elm Avenue empezaron a sucederse entre los árboles.
—¿Cree que encontrarán a Hope?
—Eso espero.
Billy apartó por fin la vista del cristal.
—No le he preguntado eso.
Morrigan sonrió apenas.
—Veo que escuchas.
—Mi profesor dice que hago demasiadas preguntas.
—Los buenos policías también las hacen. —Giró el volante para tomar Cedar Avenue y añadió sin mirarlo—. Puede que por eso siga aquí.
—Yo no quiero ser policía.
—Puede ser.
—Lo digo en serio.
—Y yo también.
Billy volvió la cabeza hacia él. Morrigan seguía con la vista fija en la carretera.
—Entonces... ¿la encontrarán?
Dejaron atrás el cartel de Riverbend y enfilaron Elm Avenue. Morrigan dejó pasar unos segundos antes de responder.
—Si te digo que sí, te estaría mintiendo. Si te digo que no... también. La verdad es que nadie lo sabe.
Billy siguió callado.
Morrigan recorrió otra manzana antes de hablar de nuevo.
—Pero hay una cosa que sí sé.
Billy levantó la vista.
—¿Cuál?
Morrigan señaló con un leve movimiento de la cabeza la carretera que acababan de dejar atrás.
—Que esta noche había gente buscándola desde Hollow Creek hasta Oak Square.
Billy recordó el río de linternas perdiéndose entre los árboles, a los Johnson avanzando junto a los voluntarios, a los Kaplan llamando a Hope en mitad de la oscuridad y a los perros olfateando el suelo con una obstinación que parecía no conocer el cansancio.
—Mañana volverán— Asintió sin dejar de mirar la carretera—, y pasado mañana también.
Billy apoyó la cabeza en el respaldo. Por un momento volvió a imaginar el bosque lleno de luces moviéndose entre los árboles.
Ninguno habló mientras la carretera seguía deslizándose entre los árboles. Billy llevaba un buen rato dándole vueltas a la misma pregunta y acabó soltándola antes de pensárselo dos veces
—¿Tiene algo que ver con las otras chicas?
Los dedos de Morrigan apenas cambiaron de posición sobre el volante.
—No puedo hablar de eso.
—Entonces sí tiene que ver.
—He dicho que no puedo hablar de eso —repitió Morrigan con una leve sonrisa, sin apartar la vista de Elm Avenue mientras la patrulla dejaba atrás las últimas casas de Maple Heights.
Billy cruzó los brazos.
—No es la misma respuesta.
—Te aseguro que tus profesores van a acabar agotados contigo —dijo Morrigan, negando para sí mientras reducía la velocidad al llegar al cruce con Cedar Avenue
—Eso dicen todos.
—Pues no van desencaminados.
Billy sonrió apenas.
La patrulla siguió avanzando por Elm Avenue. Morrigan no añadió nada más, pero la respuesta seguía dando vueltas en la cabeza de Billy.
No le había contado nada.
Y, aun así, acababa de contarle mucho.
Las primeras casas de Riverbend aparecieron entre los árboles.
Los porches seguían iluminados, los buzones continuaban alineados junto a la carretera y los jardines parecían tan cuidados como cualquier otra noche de verano.
Todo estaba donde siempre había estado, pero desde la desaparición de Hope el pueblo había adquirido una calma distinta, una de esas que invitaban a bajar la voz incluso cuando no había nadie cerca.
La conversación se fue apagando por sí sola.
Morrigan no volvió a mencionar a las otras chicas y Billy comprendió que insistir no serviría de nada.
El policía subió un poco el volumen de la radio.
Una central mencionó una carretera, otra patrulla respondió con un código y la comunicación volvió a perderse entre el siseo de las interferencias.
La primera casa que reconoció fue la de los Johnson.
A través de la ventana de la cocina alcanzó a ver a Rebecca recogiendo la mesa mientras Daniel fregaba los platos. El televisor seguía encendido en el salón y aquella escena le resultó extrañamente tranquilizadora, quizá porque no tenía nada de extraordinaria.
Morrigan también miró hacia la casa.
—Buena gente.
—Sí. La patrulla siguió avanzando.
—Tu padre pasó aquí unas cuantas semanas. Construyó la pérgola del jardín y el cobertizo.
Billy miró de nuevo hacia la casa de los Johnson justo cuando ambas construcciones desaparecían por el retrovisor. Le costaba imaginar a Rick levantando nada últimamente. Hacía meses que parecía gastar más energía buscando una cerveza que saliendo al taller.
—Era bueno en eso.
Morrigan mantuvo la vista en la carretera. No respondió enseguida. Esperó a que la patrulla dejara atrás la casa de los Johnson antes de negar muy despacio.
—Lo es.
Billy volvió la cabeza hacia el retrovisor. La pérgola y el cobertizo acababan de desaparecer tras una curva, pero aquellas dos palabras siguieron dando vueltas en su cabeza mientras Maple Street empezaba a abrirse paso entre los árboles.
La casa de los Kowalski siempre le había parecido fácil de encontrar. Ni siquiera hacía falta conocer la dirección. Bastaba con buscar la pintura desconchada, la valla torcida y el único jardín del vecindario que parecía haber renunciado hacía tiempo a parecer un jardín.
Aquella noche, además, había una figura inmóvil en el porche.
Billy dejó escapar el aire.
—Mierda...
Morrigan siguió la dirección de su mirada y tardó exactamente el mismo tiempo que él en reconocer la silueta.
—¿Tu padre?
Billy asintió sin apartar los ojos de la casa.
Rick llevaba años enfadándose de la misma manera.
No hacía falta verle la cara. Bastaban la espalda recta, los brazos cruzados y aquella forma de apoyarse sobre una sola pierna que Billy conocía mejor que la distribución de su propia habitación.
Siempre era igual: primero llegaba el silencio; después, las preguntas.
Morrigan esbozó una media sonrisa.
—No parece muy contento.
—Me preocuparía más si lo estuviera —dijo Billy con una risa que apenas pasó de un resoplido.
La patrulla se deslizó hasta el bordillo y el motor quedó al ralentí. Ninguno hizo ademán de abrir la puerta. Rick seguía donde estaba, sin moverse un centímetro, como si hubiera decidido que la noche podía esperar todo el tiempo que hiciera falta.
—Billy... —Morrigan apoyó las manos sobre el volante y esperó un instante antes de continuar.
—¿Sí?
La radio volvió a crepitar con una llamada para otra patrulla. Morrigan esperó a que terminara antes de hablar.
—No dejes nunca de hacer preguntas.
—¿Por qué?
—Porque la mayoría de la gente deja de hacerlas demasiado pronto. —Calló un momento y añadió con una leve sonrisa—. Y tú no pareces de esos.
—¿Y Hope?
Morrigan tardó unos segundos en responder. Afuera, Maple Street seguía completamente desierta.
—Mañana volveremos a buscarla.
Billy asintió.
El motor seguía vibrando bajo sus pies y, al otro lado del parabrisas, Rick continuaba inmóvil, esperándolo con la paciencia tensa de quien sabe que la explicación que está a punto de escuchar no le va a gustar.
—Será mejor que vaya.
—Sí.
Billy abrió la puerta, pero antes de bajar volvió a inclinarse hacia el interior.
—Gracias por traerme.
—Cuídate, Kowalski —respondió Morrigan levantando una mano del volante.
Billy esperó a que la patrulla doblara la esquina y las luces traseras desaparecieran calle abajo. Solo entonces volvió la vista hacia el porche. Rick seguía allí, inmóvil, esperándolo. Billy cerró la puerta de la patrulla y echó a andar hacia él.