15
—¡La he encontrado!
La figura se volvió y Billy apenas alcanzó a dar un par de pasos antes de frenar en seco.
—¡Jesucristo bendito! —exclamó la mujer mientras se llevaba una mano al pecho.
Billy permaneció inmóvil, todavía con la respiración desbocada. Durante unos segundos no entendió cómo había podido confundirla con la figura que había perseguido entre los árboles.
—¿Billy Kowalski? —preguntó la mujer.
Reconoció la voz antes de levantar del todo la vista.
—Señora McCarthy... Yo...
Ella seguía respirando con dificultad, una mano sobre el pecho y la otra señalándolo con un dedo tembloroso.
—¿Qué demonios haces corriendo hacia mí de esa manera? ¿Quieres matarme del susto?
Billy abrió la boca, pero cualquier explicación sonaba ridícula incluso antes de pronunciarla.
—No... No puedo... —consiguió decir Jonah entre risas mientras aparecía entre los árboles, doblado por la cintura—. Pensabas que era Hope.
—Jonah...
—¡Has salido corriendo gritando «la he encontrado»! —La risa volvió a doblarlo sobre sí mismo—. Oeeer, Billy, esto supera incluso lo de la alcantarilla.
—Y yo convencida de que había llegado mi hora —dijo la señora McCarthy, negando despacio con la cabeza—. Como le contéis esto a mi hija, me encierra en una residencia antes del desayuno.
—Lo siento. De verdad.
—Más te vale —respondió la señora McCarthy.
—Voy a recordarte esto toda la vida —dijo Jonah mientras se apoyaba en un árbol para no caerse.
—Lo sé —murmuró Billy con un suspiro.
—En tu boda —añadió Jonah—. Y en tu funeral, por supuesto.
—Los niños sois idiotas —dijo la señora McCarthy, negando otra vez con la cabeza.
—Gracias —respondieron los dos al mismo tiempo.
La anciana terminó sonriendo. Durante unos segundos, la risa de Jonah fue lo único que se oyó entre los árboles. Billy volvió la vista hacia el claro y buscó al perro entre los troncos. Ya no estaba.
—¿Qué buscas? —preguntó Jonah mientras se acercaba.
—Nada
El perro había desaparecido igual que había llegado. Billy intentó convencerse de que solo era otro animal perdido en el bosque, pero siguió pensando en él durante todo el camino de regreso.
La señora McCarthy regresó con el resto del grupo asegurando, al menos tres veces, que no se había perdido.
Nadie tuvo ganas de discutirle la versión.
Cuando alcanzaron la vieja pista que salía de Cottonwood Road, el campamento empezaba a deshacerse.
Varias linternas descansaban ya sobre los capós de las camionetas; los voluntarios cerraban mochilas, recogían termos y hablaban en voz cada vez más baja.
Después de tantas horas entre árboles, todos caminaban más despacio y hablaban más bajo.
Billy avanzaba unos pasos por detrás de los Kaplan. La señora Kaplan seguía repartiendo galletas con la misma determinación con la que otras personas daban órdenes, mientras su marido discutía con dos policías sobre la conveniencia de ampliar la búsqueda hacia el norte.
—Lo digo completamente en serio. Si yo secuestrara a alguien...
—Por favor, no empiece otra vez —lo interrumpió uno de los agentes, levantando una mano.
—...la escondería allí.
Billy sonrió. El señor Kaplan siguió explicando su teoría al policía mientras su mujer se acercaba y le ponía una bolsa de papel entre las manos.
—Llévate estas —dijo la señora Kaplan mientras le ponía la bolsa en las manos.
Billy miró dentro.
—¿Más galletas?
—No preguntes cuántas quedan.
—¿Por qué?
—Porque tendría que mentirte —respondió ella con absoluta tranquilidad.
—¿Lo ves? Lo está haciendo otra vez —dijo Jonah, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—¿El qué? —preguntó ella con una sonrisa.
—Adoptar gente.
—Pues claro. Ya es de la familia —dijo la señora Kaplan mientras pasaba un brazo por los hombros de Billy y le daba un pequeño apretón.
Las risas fueron suaves, cansadas. El señor Kaplan continuó persiguiendo al policía con su teoría mientras su mujer repartía las últimas galletas entre los voluntarios. Los Kaplan siempre habían sido así. A su lado era difícil sentirse fuera de lugar.
—¿Seguro que no quieres que te acerquemos? —preguntó el señor Kaplan mientras hacía tintinear las llaves y señalaba el coche.
—Seguro.
—Como tu padre descubra que te he dejado volver andando, me retira el saludo —dijo el señor Kaplan después de echar un vistazo a la carretera.
Billy sonrió.
—Creo que ahora mismo tiene motivos mejores para enfadarse conmigo.
—Eso tampoco me tranquiliza.
—Ten cuidado —dijo la señora Kaplan mientras le revolvía el pelo al pasar.
—Lo tendré —respondió Billy, fingiendo apartarse.
—Y dile a tu padre que sigo esperando mi taladro —añadió ella, asomando otra vez la cabeza desde el coche.
—Hace dos años de eso.
—Precisamente por eso empiezo a sospechar que piensa jubilarse con él.
—Hasta mañana —dijo Jonah con un pie ya dentro del coche.
Billy arqueó una ceja.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
—Lárgate de una vez —dijo Billy, empujándolo suavemente hacia el asiento.
La carcajada de Jonah siguió oyéndose cuando la puerta se cerró. Un momento después, el coche arrancó y las luces traseras se perdieron entre los árboles hasta desaparecer detrás de la curva.
Billy permaneció inmóvil, sorprendido una vez más por lo deprisa que podía vaciarse un lugar cuando la gente empezaba a marcharse. Unos minutos antes, el aparcamiento estaba lleno de voces, linternas y motores; ahora solo se oían los árboles.
Billy se ajustó la mochila al hombro y había dado apenas unos pasos cuando una voz lo detuvo desde la oscuridad.
—¿Billy Kowalski?
Se volvió.
Un policía descansaba apoyado contra una patrulla con un vaso de café en la mano. No tendría muchos más años que algunos profesores del instituto y llevaba las mangas remangadas hasta los codos.
—Sí.
—¿Vuelves andando? —preguntó el agente después de mirar hacia la carretera.
Billy siguió la dirección de su mirada.
—Supongo.
—Pues no —dijo el policía mientras abría la puerta del acompañante—. Sube.
—De verdad, no hace falta...
—Claro que hace falta —lo interrumpió el policía—. Bastante trabajo me da ya tu padre como para tener que llamarlo dentro de media hora y decirle que un conductor medio dormido te ha llevado por delante.
—Gracias —dijo Billy, sonriendo al fin.
—Espera a llegar a casa antes de darme las gracias.
Rodeó el coche mientras Billy ocupaba el asiento del copiloto. Al cerrar la puerta lo recibió un olor a café recalentado, cuero viejo y ambientador de menta.
El coche se puso en marcha con un leve traqueteo y abandonó despacio la pista forestal. Detrás quedaron las ambulancias, las luces azules que todavía parpadeaban entre los árboles y los últimos voluntarios recogiendo el campamento.
Durante un buen rato ninguno de los dos dijo nada; solo se oían el motor, los neumáticos sobre la gravilla y alguna rama golpeando los bajos del coche.
—Maple Street, ¿verdad?
—La casa azul —respondió Billy con un asentimiento. Después giró la cabeza hacia él—. ¿La conoce?
—En Riverbend todos conocemos la casa azul de los Kowalski —respondió el policía con una leve sonrisa—. Igual que conocemos a los Johnson, a los Kaplan y a la señora McCarthy. Es un pueblo pequeño.
Billy sonrió y volvió la vista hacia la ventanilla.
El bosque retrocedía al otro lado del cristal. Entre los troncos todavía se colaban destellos azules, cada vez más lejanos, hasta que la carretera empezó a descender y desaparecieron por completo.
Hope seguía sin aparecer y el perro marrón se había esfumado sin dejar rastro. Al menos Jonah había encontrado una historia con la que pensaba perseguirlo durante media vida. La noche no había salido exactamente como Billy había imaginado.
Las primeras casas de Riverbend empezaron a asomar entre los árboles. Billy bajó la vista distraídamente y reparó en el apellido bordado sobre el bolsillo del uniforme.
MORRIGAN.
Lo leyó antes de volver a mirar por la ventanilla, sin saber que algún día aquel nombre significaría casi todo.