Punky: El perro que nos encontró 14
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El aire fresco le golpeó la cara y lo obligó a detenerse un instante. Entonces vio las luces. Destellos azules y rojos barrían el jardín y rebotaban en los coches patrulla, los troncos de los árboles y los charcos del camino de grava.

Las radios escupían mensajes entrecortados; un fotógrafo cambiaba el objetivo de la cámara mientras alguien desenrollaba más cinta policial alrededor de la casa.

Al fondo del jardín, los empleados de la perrera intentaban conducir a los perros rescatados hacia varios transportines sin demasiado éxito.

Los ladridos se mezclaban con las sirenas y las voces hasta que una camilla se abrió de golpe con un estrépito metálico.

Billy salió despacio del cobertizo. La muchacha caminaba apoyándose casi por completo en él, mientras el perro avanzaba pegado a su costado, rozándole las piernas con el lomo y pendiente de cada uno de sus movimientos.

Uno de los sanitarios levantó la cabeza al verlos aparecer.

—¡Aquí! ¡La tenemos!

La camilla llegó casi al mismo tiempo.

—Con cuidado.

—Sujétala por aquí.

—Eso es... despacio.

Billy apenas tuvo tiempo de apartarse. Los tres empezaron a trabajar sin estorbarse, pasándose órdenes y material de una mano a otra.

La manta apenas ocultaba el estado en que se encontraba.

El rostro se había afilado hasta marcarle los pómulos, los labios aparecían abiertos por pequeñas grietas y la piel tenía una palidez casi translúcida.

El cabello cobrizo le caía sobre los hombros en mechones apelmazados y las manos seguían aferradas a la manta, aunque parecía no quedarle fuerza para nada más.

No dejaba de temblar. Los ojos iban de un lado a otro con una lentitud desconcertante. Se detenían en las ambulancias, en los árboles, en los uniformes que iban de un lado a otro y, al levantar la cabeza, en el cielo abierto sobre Riverbend.

—Míreme... eso es... muy bien —dijo uno de los sanitarios mientras comprobaba su respuesta.

Su compañero abrió la mochila naranja de emergencias.

—Pulso filiforme. Prepara una vía.

La tercera sanitaria iluminó una de sus pupilas con la linterna.

—Señorita, ¿me escucha? Necesito que me diga cómo se llama.

Los labios de la joven temblaron sin llegar a formar ninguna palabra.

La sanitaria levantó la vista hacia Billy sin dejar de sostener la linterna.

—Inspector, ¿la conoce?

Billy no respondió. A su alrededor seguían sonando las radios y los sanitarios iban de un lado a otro.

Volvió a mirarla. Seguía siendo ella, aunque tuvo que buscarla en la curva del rostro, en la forma de la boca y en aquella manera casi imperceptible de entrecerrar los ojos cuando la luz le molestaba.

—¿Inspector? —insistió la sanitaria—. ¿Se encuentra bien?

Billy parpadeó, como si acabara de regresar de muy lejos.

—Sí... sí.

—¿Quiere que lo vea un compañero?

—Déjalo tranquilo —dijo Walter desde el escalón de la ambulancia mientras otro sanitario terminaba de vendarle el antebrazo—. Le toca de cerca.

Walter buscó su mirada y levantó apenas una ceja.

—¿Verdad, muchacho?

Billy tardó un instante en levantar la vista. Asintió apenas y la sanitaria, todavía con una sombra de duda en la cara, regresó junto a la camilla.

Solo entonces dejó escapar el aire. Notó el barro seco pegado a los pantalones, la humedad que seguía aferrada a la ropa y aquel olor a moho que todavía llevaba pegado a las manos.

Se acercó a Walter.

—¿Y tú? ¿Todo bien?

Walter bajó la vista hacia el vendaje.

—Sobreviviré.

—Eso mismo dijiste cuando te dispararon en Cincinnati.

—Y aquí sigo.

—También dijiste que era un rasguño.

—Lo era.

—Te atravesó el hombro.

—Bah. Nunca tuve brazo para los Yankees.

Los sanitarios seguían trabajando alrededor de la camilla. Se pasaban el material de mano en mano mientras uno sostenía la bolsa de suero y otro hablaba por la radio sin dejar de atender a la joven.

Walter siguió la mirada de Billy hacia la ambulancia.

—¿Cómo está?

—Mal... —Billy se frotó despacio la nuca—. Ni siquiera sé cuánto tiempo llevaba encerrada ahí abajo.

—Pero la has encontrado.

—La hemos encontrado.

—No me gustan las promesas —dijo Walter, mirando la ambulancia—. Pero esta la hemos cumplido.

Uno de los paramédicos echó mano de la puerta cuando la muchacha levantó apenas la cabeza. Fue un movimiento tan débil que casi pasó desapercibido. Sus ojos recorrieron despacio las ambulancias y los uniformes hasta detenerse en un punto inmóvil junto al camino de grava.

El perro seguía junto al camino de grava, inmóvil entre las luces. No apartaba los ojos de ella.

—Vámonos —dijo uno de los paramédicos mientras apoyaba una mano en la puerta.

—No...

La voz apenas consiguió abrirse paso entre el murmullo de las radios.

—Ya está. Está a salvo —dijo el sanitario, inclinándose hacia ella.

La muchacha negó débilmente.

—Él... él... —Le costó incluso levantar la mano para señalar hacia el jardín—. Aquí...

El hombre siguió la dirección de aquel gesto hasta detenerse en el perro.

—¿Quieres que venga?

—Por favor...

—Señorita, no podemos trasladar animales dentro de una ambulancia.

Billy volvió la vista hacia el perro. Seguía donde lo habían dejado, embarrado hasta las patas y con una pequeña herida seca junto a la oreja. No apartaba los ojos de la muchacha.

—Subid al perro —dijo Walter mientras apartaba con suavidad la mano del sanitario y se ponía en pie.

—Inspector...

—He dicho que lo subáis —repitió Walter sin levantar la voz.

El sanitario dudó un instante y acabó asintiendo.

—Vale.

Apenas abrió espacio junto a la camilla, el perro levantó la cabeza, avanzó dos pasos y saltó al interior.

Las patas le resbalaron sobre el suelo metálico.

Se rehízo y fue directo hacia la joven, que hundió los dedos en su lomo en cuanto lo tuvo al alcance.

Entonces se derrumbó. Los dedos se hundieron en el pelaje embarrado, empezó a temblarle todo el cuerpo y, con los ojos ya cerrados, rompió a llorar.

Uno de los sanitarios cerró las puertas y la ambulancia abandonó el jardín despacio.

Los destellos azules se perdieron entre los árboles y poco después dejó de oírse el motor.

Solo cuando las luces dejaron de verse, Billy reparó en el movimiento que continuaba alrededor de la casa.

Los trabajadores de la perrera seguían trasladando los perros a los transportines mientras los animales ladraban, gemían o permanecían inmóviles al fondo de las jaulas, demasiado cansados para oponer resistencia.

—¿Y ellos?

—¿Los perros?

—¿Qué va a pasar con ellos?

Walter suspiró.

—La mayoría acabará en el refugio del condado.

Billy observó cómo uno de los animales apoyaba el hocico contra la rejilla y retrocedía cuando un voluntario pasó demasiado cerca.

—¿Y después?

—Dependerá de que alguien quiera llevárselos a casa.

Billy no apartó la vista de los transportines.

Walter terminó de ajustarse el vendaje.

—No todos salen de allí.

—Ya... ¿Y el que te mordió?

—Ese lo tiene difícil. Ha mordido a un agente.

—Pero...

Walter miró los transportines.

—Ya. Lo evaluarán. Después, lo más probable es que lo sacrifiquen.

Los dos perros rescatados del cobertizo iban en jaulas separadas.

El mestizo marrón permanecía sentado junto a la puerta, siguiendo con los ojos a cada persona que pasaba delante de él.

De vez en cuando daba un solo golpe con la cola y volvía a quedarse quieto.

Al fondo de la fila, el otro perro descansaba echado sobre el suelo de plástico.

La vieja cicatriz que le atravesaba el ojo izquierdo resaltaba todavía más bajo la luz azul de las ambulancias.

Ni siquiera levantó la cabeza cuando un voluntario pasó junto a la jaula.

—Estás pensando en ella, ¿verdad?

Billy continuó mirando al mestizo marrón mientras un voluntario se agachaba frente al transportín y le hablaba en voz baja. El perro dio otro golpe con la cola, acercó despacio el hocico a la rejilla y se quedó mirando al voluntario.

El jardín seguía lleno de luces, radios y voces que iban de un lado a otro, pero Billy apenas las escuchaba. Entre todo aquel ruido volvió a ver al perro al que nunca había olvidado.