13 #3
Billy sacó una galleta. Todavía estaba templada.
—No parece una mala vida.
—Claro que no. Tú eres adoptable.
Billy levantó una ceja.
—¿Qué significa eso?
—Que, si desaparezco una semana, mis padres te sustituyen antes de que vuelva.
La señora Kaplan pasaba justo por detrás en ese momento. Sin dejar de caminar, le dio un golpecito cariñoso en la nuca.
—No seas dramático.
Jonah miró a Billy con resignación.
—¿Lo ves? Ni siquiera lo ha negado.
Las risas apenas duraron unos segundos. Enseguida alguien preguntó si aquel sería, por fin, el año de los Patriots. Otro respondió que llevaban diciendo lo mismo desde que él tenía memoria. Un tercero empezó a hablar del calor, de la sequía y de lo poco que había llovido aquel verano.
Billy llevaba días fijándose en lo mismo. Bastaba con que alguien sacara el fútbol, el precio de la gasolina o cualquier otra tontería para que, durante unos minutos, todos fingieran que la vida seguía igual.
Todos menos Hilton.
Lo vio cruzar el campamento una y otra vez. Hablaba con los agentes, revisaba las listas de voluntarios, consultaba los mapas y, cuando terminaba una conversación, ya estaba empezando otra. La taza de café seguía en su mano.
Los grupos se repartieron poco después. A Billy le tocó recorrer el sector oeste de Hollow Creek, cerca del viejo sendero del arroyo, junto a los Kaplan, Daniel Johnson, un policía estatal llamado Peters y otros cuatro vecinos cuyos nombres conocía de vista, aunque nunca conseguía recordar cuando alguien se los decía.
Antes de internarse entre los árboles, Peters repasó el plan una última vez sobre el mapa que llevaba doblado bajo el brazo.
—Avanzaremos despacio y sin romper la línea. Si alguien encuentra algo, avisa enseguida. Y no dejéis de llamarla.
Todos asintieron.
Los primeros minutos fueron casi animados.
Las linternas avanzaban entre los troncos formando una hilera irregular de luces, los perros tiraban de las correas con las orejas erguidas y todavía quedaban conversaciones que mantenían a raya el silencio del bosque.
Daniel Johnson intercambió un par de bromas con Peters; alguien comentó que aquella zona estaba llena de ciervos en otoño y otro respondió que, con la suerte que llevaban, lo único que encontrarían sería un cazador perdido.
Al cabo de un rato solo quedó el bosque.
Las voces fueron apagándose sin que nadie pareciera darse cuenta.
Los pasos comenzaron a espaciarse, el crujido de las ramas secas ocupó el lugar de las conversaciones y, de cuando en cuando, una linterna barría los matorrales con la esperanza de descubrir algo distinto a hojas, raíces y sombras.
Cada pocos minutos alguien levantaba la voz.
—¡Hope!
El nombre viajaba entre los árboles y regresaba deformado por el eco. A veces contestaba otro grupo desde muy lejos. Otras no volvía absolutamente nada.
Jonah fue el único que tardó más en contagiarse de aquel silencio. Durante casi una hora siguió hablando con la convicción de siempre.
—A ver... —dijo Billy mientras apartaba una rama con el antebrazo—. Explícamelo otra vez.
—Es facilísimo. Bill Belichick nunca sonríe, siempre lleva la misma sudadera y responde a todo con monosílabos.
—¿Y eso demuestra que es un extraterrestre?
—No. Demuestra que nadie puede asegurar que no lo sea.
—Jonah...
—Escúchame. ¿Has visto E.T. ?
—Sí.
—Pues mírale el cuello. Ahora mírale la sudadera de Belichick. Demasiadas coincidencias.
—¿Y qué tiene que ver eso con que los Patriots vayan a ganar la Super Bowl?
—Todo. Si tienes tecnología alienígena, ganar al resto de equipos es hacer trampas.
—La ciencia tampoco puede demostrar que tú no seas un extraterrestre.
— Je, je, Billy —Jonah sonrió, satisfecho consigo mismo—. Ese era exactamente mi punto.
Unos metros por delante, el señor Kaplan soltó una carcajada mientras apartaba unas ramas con el bastón que había encontrado al entrar en el bosque.
—Empiezo a entender por qué los profesores del instituto envejecen tan deprisa.
—Gracias por el apoyo moral, papá.
—Para eso estamos los padres. Además, soy de los Jets. Nunca perdonaré a Belichick lo que nos hizo. Si alguien tenía que ser un extraterrestre, prefería pensar eso antes que admitir que era un genio.
Hasta Peters acabó sonriendo.
Durante un rato el bosque volvió a llenarse de voces. Después el cansancio fue haciendo su trabajo. Poco a poco dejaron de hablar. Las linternas siguieron barriendo raíces, arbustos y troncos cubiertos de musgo, y cada vez que alguien gritaba, todas las cabezas se volvían al mismo tiempo.
Casi siempre era una falsa alarma: una botella olvidada entre los helechos, una bufanda enganchada en un zarzal o cualquier trozo de plástico que, visto desde lejos, parecía algo mucho más importante de lo que realmente era.
El momento más absurdo llegó cuando el señor McKenna apareció entre los árboles con el mono azul del garaje todavía manchado de grasa, levantando una camiseta por una manga con una sonrisa de triunfo.
—¡La he encontrado!
Media docena de linternas cambiaron de dirección al mismo tiempo. Peters fue el primero en llegar. Cogió la camiseta que McKenna sostenía por una manga, la examinó apenas unos segundos y levantó la vista.
—Es de Tommy Walsh.
McKenna sonrió sin perder un ápice de entusiasmo.
—¿Seguro?
—Sí. Lo pone aquí, mira: «Propiedad de Tommy Walsh».
—Entonces... ¿qué significa?
Peters le devolvió la camiseta.
—Que Tommy Walsh lleva toda la tarde pescando con unos amigos.
McKenna tardó unos segundos en procesarlo.
—Bueno... pues cuando aparezca...
Peters arqueó una ceja.
—¿Sí?
—...va a enterarse de que no se deja la ropa tirada en medio del bosque.
La carcajada recorrió la línea de búsqueda de un extremo a otro. Incluso Peters terminó sonriendo, mientras McKenna negaba con la cabeza, poco convencido de que aquel detalle desmontara del todo su teoría.
Billy levantó la vista casi por casualidad.
Hilton también sonreía. Apenas un instante.
Al segundo siguiente ya volvía a escudriñar el bosque, con el mapa doblado bajo el brazo y la misma expresión cansada de toda la noche.
Durante un instante volvió a parecer el profesor de antes, el que saludaba a todos por su nombre.
No volvió a verlo sonreír.
La noche siguió avanzando. Los grillos llenaban los claros con un rumor constante, el aire olía a tierra húmeda y a repelente de mosquitos, y las linternas ya no se movían con el mismo brío del principio.
Hasta los perros habían dejado de tirar de las correas con la impaciencia de las primeras horas.
Cuando Peters levantó una mano, nadie hizo preguntas.
—Lo dejamos por hoy.
En pocos minutos todos lo sabían. sin necesidad de que nadie levantara la voz. Las linternas empezaron a apagarse poco a poco; algunos llamaban a los perros con un silbido y otros se echaban la mochila al hombro. Después de varias horas recorriendo el bosque, nadie discutió la decisión.
Billy caminaba detrás de los Kaplan cuando una ligera ráfaga de aire se abrió paso entre los árboles. No llegó a detenerse, pero aflojó el paso lo suficiente para volver la cabeza. Había algo en aquel olor.
Respiró otra vez.
La humedad del bosque seguía allí, mezclada con la tierra removida y las hojas mojadas, pero durante una fracción de segundo creyó distinguir también un perfume dulce, casi imperceptible, que lo llevó a un aula iluminada por el sol, a una voz tranquila pronunciando su nombre y a unas manos colocando una tirita con un dinosaurio verde sobre una rodilla ensangrentada.
Volvió a inspirar con más fuerza.
No quedaba nada.
Sacudió ligeramente la cabeza, dispuesto a alcanzar al resto del grupo, cuando un movimiento entre los troncos llamó su atención.
El perro permanecía inmóvil a unos veinte metros de distancia.
Era marrón, alto y algo desgarbado. Una de las orejas caía doblada hacia delante y el pelaje, largo y revuelto, tenía ese aspecto de los animales que llevaban demasiado tiempo arreglándoselas solos.
No ladró ni retrocedió al descubrir que Billy lo había visto.
Permaneció donde estaba, observándolo con calma.
Los dos sostuvieron la mirada unos segundos. Después el perro dio media vuelta y echó a andar sin prisa. Avanzó unos metros, volvió la cabeza para comprobar que Billy seguía allí y continuó internándose entre los árboles con la seguridad de quien recorre un camino que conoce de memoria.
Billy lo siguió. Las zarzas empezaron a cerrarse alrededor del viejo sendero y las ramas bajas le rozaban los brazos mientras avanzaba tras el animal.
A su espalda fueron quedando las luces de las linternas, las conversaciones y el murmullo de los voluntarios, que primero se confundieron con el viento y terminaron por desaparecer entre los árboles.
El perro seguía delante. De vez en cuando se detenía, miraba hacia atrás y esperaba.
—¡Billy! ¡Espérame, joder!
La voz de Jonah llegó amortiguada desde algún lugar a su espalda, pero Billy apenas la oyó. El perro se había detenido al borde de un pequeño claro y él siguió avanzando hasta colocarse a su lado.
Entonces vio una figura caminaba despacio entre los árboles. Apenas era una silueta recortada entre las ramas. La luna se abrió paso entre las copas y, durante un instante, iluminó su cabello.
Cobrizo.
Billy dejó de oír el bosque. Cuando creyó tenerla delante, no encontró una sola idea capaz de abrirse paso entre el estruendo de su propia respiración.
La figura continuó caminando, ajena a él.
—¡La he encontrado!